Aprender entre generaciones: cuando la educación une infancia, mayores y comunidad
Sara Alcaina Martínez y Yolanda Martínez Santos
6 de octubre de 2026
En octubre, un mes en el que la educación y el envejecimiento activo ocupan un lugar destacado en el calendario internacional, el aprendizaje intergeneracional ofrece una oportunidad para pensar cómo la escuela puede convertirse en un puente real entre infancia, personas mayores y comunidad. Esta propuesta parte de una idea sencilla, pero profundamente transformadora: niños, niñas y personas mayores aprenden juntos, se escuchan y se reconocen mutuamente.
Durante las últimas décadas, el progresivo envejecimiento de la población y la transformación de las estructuras familiares han reducido muchos de los espacios cotidianos donde diferentes generaciones compartían experiencias. En consecuencia, la infancia y la vejez han pasado a desarrollarse, con frecuencia, en escenarios separados. La escuela, la familia y la comunidad tienen hoy el reto de reconstruir esos vínculos, no solo por razones sociales o afectivas, sino porque la evidencia científica muestra que el aprendizaje intergeneracional constituye una estrategia educativa capaz de beneficiar a todas las personas implicadas.
El aprendizaje intergeneracional se entiende como un proceso en el que personas de distintas generaciones intercambian conocimientos, experiencias, habilidades y valores en un contexto de aprendizaje mutuo. Su principal característica es la reciprocidad: no existe un único grupo que enseña y otro que aprende, sino que todas las personas participan como agentes activos del proceso educativo.
Esta idea rompe con una visión tradicional en la que las personas mayores únicamente transmiten conocimientos a las generaciones más jóvenes. Las investigaciones actuales muestran que las relaciones intergeneracionales son mucho más complejas y enriquecedoras. Cuando estas experiencias se planifican con una finalidad educativa, niños y mayores construyen conjuntamente nuevos aprendizajes, fortalecen sus relaciones y generan espacios de diálogo difíciles de reproducir mediante otras metodologías.
Nuestra reciente revisión sistemática de la literatura científica publicada entre 2015 y 2025 muestra precisamente esta tendencia. Aunque todavía existen pocos estudios y muchos presentan muestras reducidas, los resultados coinciden en señalar que las experiencias intergeneracionales favorecen la empatía, la cooperación, la comunicación oral y la construcción de relaciones significativas entre generaciones.
Uno de los aspectos más interesantes es que estos beneficios no se limitan al alumnado. Con frecuencia, la educación se analiza únicamente desde aquello que aprenden los niños, pero las experiencias intergeneracionales ponen de manifiesto que el aprendizaje también transforma a las personas mayores. La participación en proyectos educativos contribuye a incrementar el sentimiento de utilidad, la participación social y el bienestar emocional, al tiempo que reduce el aislamiento que muchas personas experimentan en edades avanzadas.
Desde la perspectiva de la infancia, estos encuentros crean situaciones auténticas de comunicación. Escuchar historias de vida, conversar sobre experiencias pasadas, formular preguntas o compartir recuerdos permite desarrollar habilidades comunicativas en contextos reales, mucho más ricos que los ejercicios descontextualizados del aula. Al mismo tiempo, estas conversaciones favorecen la escucha activa, el respeto por diferentes puntos de vista y la capacidad para comprender otras formas de vivir y entender el mundo.
Pero quizá uno de los aprendizajes más valiosos sea la ruptura de estereotipos. En una sociedad donde la vejez suele asociarse con dependencia o pasividad, el contacto continuado entre generaciones permite descubrir a las personas mayores como portadoras de conocimientos, experiencias y capacidades que continúan siendo valiosas para la comunidad. Del mismo modo, los niños dejan de ser únicamente receptores del aprendizaje para convertirse en interlocutores activos capaces de enseñar, preguntar, acompañar y construir conocimiento junto a otras generaciones.
Estos beneficios explican por qué el aprendizaje intergeneracional encaja especialmente bien con el enfoque competencial promovido por la LOMLOE. Competencias como la comunicación lingüística, la competencia personal, social y de aprender a aprender, la competencia ciudadana o la conciencia y expresión culturales encuentran en estas experiencias un contexto auténtico para desarrollarse. La escuela deja de ser un espacio cerrado sobre sí mismo y se convierte en un lugar donde la comunidad también educa.
Además, las experiencias revisadas muestran que el aprendizaje intergeneracional puede desarrollarse en contextos muy diversos. Algunas iniciativas incorporan a personas mayores dentro de las aulas de Educación Infantil; otras organizan proyectos compartidos en Educación Primaria, actividades de aprendizaje-servicio, programas de lectura, huertos escolares o encuentros de memoria histórica. Incluso durante la pandemia surgieron experiencias virtuales que demostraron que la tecnología también puede convertirse en un puente entre generaciones cuando existe un propósito educativo claro.
Especialmente interesante resulta el creciente protagonismo que adquieren los abuelos como nexo entre la escuela y el hogar. Su participación no solo fortalece los vínculos familiares, sino que también hace visibles conocimientos cotidianos, relatos, tradiciones y experiencias que habitualmente permanecen fuera del currículo escolar. En un momento en que la educación busca conectar los aprendizajes con la realidad del alumnado, estas aportaciones enriquecen enormemente la experiencia educativa.
No obstante, conviene interpretar estos resultados con prudencia. Nuestra revisión también pone de manifiesto que la investigación sobre aprendizaje intergeneracional continúa siendo un campo emergente. Predominan los estudios cualitativos y todavía son escasas las investigaciones longitudinales que permitan conocer el impacto de estas experiencias a medio y largo plazo. Del mismo modo, en España aún existe un amplio margen para desarrollar programas estables integrados en el currículo y evaluarlos con mayor rigor metodológico.
Lejos de ser una limitación, esta situación representa una oportunidad. Cada vez más centros educativos, administraciones y entidades sociales comienzan a reconocer que la educación puede desempeñar un papel decisivo en la construcción de comunidades más cohesionadas e inclusivas. En este contexto, el aprendizaje intergeneracional deja de entenderse como una actividad puntual para convertirse en una forma diferente de concebir la educación, donde aprender significa también establecer relaciones, compartir experiencias y reconocer el valor que cada generación puede aportar a las demás.
Quizá esa sea una de las mejores enseñanzas que nos deja el mes de octubre. Más allá del reconocimiento y el afecto, esta celebración nos recuerda que educar también consiste en crear oportunidades para encontrarnos. Porque cuando la infancia, las personas mayores y la comunidad comparten espacios de aprendizaje, no solo se transmiten conocimientos: se construyen vínculos, se fortalece la comunicación y se genera un sentido de pertenencia que beneficia a toda la sociedad.

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