Con el colesterol a vueltas
Consuelo Miqueo
13 de abril de 2025
Algo muy personal como paciente me ha removido el último debate de la “Red Estatal de Mujeres Profesionales Sanitarias” a la que pertenezco desde que se creó hace más de 25 años, promotora de la revista Mujeres y Salud (MYS) dirigida por Carmen Valls, la autora del conocido libro Mujeres invisibles para la medicina.
Me ha movido a la lectura de los estudios del sobrediágnostico (overdiagnosis) que nos rodea, entendiendo por tal esa tendencia creciente a intervenir en estado de salud sobre factores desencadenantes de una enfermedad antes de que aparezcan los síntomas. En este caso, una tendencia iniciada por la estrategia de negocio de la industria farmacéutica de las estatinas en la década de los 70, con el hallazgo del colesterol sanguíneo fácilmente detectable. De hecho, hay quién entre nosotras, en la Red, se pregunta porqué a las/los profesionales les gusta más trabajar con los sanos que con los enfermos al observar el desarrollo de la planificación, investigación y tiempo de consulta gastados en el control de signos premonitorios, y lamentar las listas de espera de los pacientes ya enfermos.
Como intelectual debo saber pero como paciente debo tomar decisiones, siendo yo una persona de 70 años que no toma medicación alguna y considerarme afortunada y agradecida por mi herencia familiar, incluida la genética y el estilo de vida adquirido. Y en esto cuento la alimentación y el ejercicio, pero también la pasión vital: leer y escribir, trabajar y andar por el campo, estudiar o disfrutar de tener una buena conversación con risas amigas o bailes sobrevenidos, y ser voluntaria de alguna asociación pública. De hecho, el colesterol es una palabra mágica que me persigue desde hace décadas, que me tiene harta, que nos atraviesa a casi todas las personas, pero más a las mujeres desde antes de los 40 años. Hace décadas, pues, que algunas estamos preparadas tomar las estatinas cuando las cifras de LDL lo indiquen, y evitar las temibles placas de ateroma que pueden enroñar nuestras arterias y provocarnos infartos, ictus y otras calamidades que nos darían una muy “mala calidad de vida” de por vida. Una vida que podría ser todavía larga sin colesterol y sin pasión.
Pero las cifras límites de indicación de estatinas o similares medicamentos ha cambiado mucho desde los años 80, en que yo usaba un artículo sobre este tema para que los estudiantes de medicina aprendieran a hacer “análisis de texto científico”, cuando el límite de lo patológico estaba en 280. Y no se me ocurría, entonces, dudar de nada de lo que leía. Pero mis sospechas han crecido. Y he sido consciente del cambio de cultura educativa de los profesionales y las sucesivas ofertas farmacológicas, con sus polémicas sobre lo que yo llamaba “la píldora de la tercera edad”, para la extensa población susceptible de hacer progresivamente su hipercolerestolemia.
En 2002 ya informábamos en la revista Mujeres y Salud del estudio prospectivo del Whomen’s Initiative Observational Studyrealizado con una muestra de 73.743 mujeres, de 50-79 años de edad y seguimiento de 5-9 años, que evidenció la “prevención de problemas cardiovasculares en mujeres que realizan ejercicio” (era el titular), es decir, que realizan actividad física constante y gradual. Andar de forma rápida o el ejercicio vigoroso se asociaron con una reducción de riesgos similares, siendo los resultados parecidos en todas las edades, sin diferencias entre razas ni entre mujeres con diferente masa corporal. En conclusión: el ejercicio vigoroso pero moderado una hora al día mejora la tensión arterial sistólica y diastólica en las mujeres después de la menopausia, mientras que la vida sedentaria prolongada incrementa el riesgo cardiovascular.
La difusión mediática y profesional de estos resultados cambiaron las pautas de los servicios de Cardiología y toda la Atención Primaria también en España. La cultura médica ya no es tan paternalista y la educación para la salud práctica, promovida desde los despachos de enfermería, ha cambiado el saber y hábitos de las usuarias, y también la organización del panorama urbano. Además del parque, las calles y los grandes paseos verdes de nuestras ciudades, repletas de mujeres libres de cargas familiares o laborales, hemos conocido la expansión de los gimnasios, grandes y pequeños, en el centro de las ciudades, en los barrios y hasta en los pueblos de los valles de montaña. Y no hay centro de salud que no cuelgue un cartel alusivo.
Pero yo me sigo preguntando si será sensato rechazar la propuesta médica de tomar las estatinas de por vida si tus indicadores de colesterol superan la frontera establecida entre lo normal y lo patológico, que ha ido cambiado en los últimos 50 años. En especial, si la LDH supera los 180 de forma estable, o si será casi obligatorio cuando supere los 150 mantenidos, si el Danacol no reduce el esperable 10% de su tasa. O si no debo dudar más cuando mi LDH no baje a los deseados y sanos 130 mg/dl.
La cuestión de fondo de mi zozobra es si debo arriesgarme a no tomar estatinas, esa píldora de la edad del colesterol con la misma fe y confianza que la juvenil píldora anticonceptiva, que la dejé pronto por todos sus efectos secundarios a medio y largo plazo (aquí solo importarían los inmediatos). ¿Me reprocharé no haber confiado en la pauta convencional? ¿Padecerán los efectos nocivos mi familia y amistades? Considero que si ya he vivido mucho y bien a mis 70 años puedo arriesgarme con lucidez, invertir mi esfuerzo y orgullo en el ejercicio y no en la cómoda pastillita. Hasta llego a pensar en que si ese temible accidente cardiovascular se diera, podría decidir cómo afrontar la vida de limitaciones, engorros y dependencia. Ya sabemos que tenemos que morir, pero me gustaría vivir libre hasta el final.
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