Alfabetización mediática para la salud: La vacuna contra la desinformación

Carmen Marta Lazo

24 de octubre de 2025

La era hiperconectada y la pandemia de la mentira

 

Vivimos en una era hiperconectada donde la información circula más rápido que nuestra capacidad para digerirla. Las que bautizamos desde el Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital (GICID) de la Universidad de Zaragoza como “Tecnologías de la Relación, la Información y la Comunicación” (TRIC) (Marta-Lazo & Gabelas, 2013) han transformado radicalmente el ecosistema mediático. La pluralidad de voces y el acceso abierto al conocimiento ha supuesto, en contrapartida, la puerta a un fenómeno cada vez más alarmante, la desinformación. Y lo que es más grave, cuando esta desinformación afecta al ámbito de la salud, sus consecuencias no solo confunden, sino que pueden costar vidas.

 

La alfabetización mediática para la salud es una necesidad urgente. Además de enseñar a consumir medios de manera crítica, se trata de dotar a la ciudadanía de herramientas para tomar decisiones informadas, basadas en evidencia científica y no en creencias virales. La “pandemia de la desinformación” afecta desde elecciones cotidianas relacionadas con la alimentación, el ejercicio o el descanso, hasta cuestiones complejas de salud pública como la vacunación, el uso responsable de medicamentos o la confianza en los sistemas sanitarios.

 

El impacto de la posverdad en la salud pública

 

En el actual ecosistema comunicativo, el fenómeno de la posverdad (los hechos objetivos tienen menos peso que las emociones o creencias personales) se manifiesta como una gran amenaza. En salud, esto se traduce en decisiones basadas en sensaciones relacionadas con «lo que vi en redes», en lugar de la evidencia contrastada y demostrada.

 

Las redes sociales, lejos de actuar como canales efectivos de información sanitaria, se han convertido en un terreno fértil para la circulación de bulos, teorías conspirativas y remedios peligrosos. Plataformas como TikTok, Instagram o YouTube están plagadas de “influencers” que, sin formación médica ni rigor, recomiendan dietas extremas, productos milagrosos o terapias alternativas sin base científica.

 

Durante la pandemia de COVID-19 lo vivimos con especial dramatismo, proliferaron tratamientos sin evidencia, teorías antivacunas, noticias falsas sobre efectos secundarios, pero el problema no terminó ahí, siguió con contenidos pseudocientíficos con apariencia de autoridad, relativizando el valor de décadas de investigación médica.

 

Cámaras de eco y el sesgo de confirmación

 

La manera en que consumimos información está fuertemente mediada por algoritmos. Las cámaras de eco alimentan nuestros sesgos cognitivos y nos hacen más vulnerables a aceptar informaciones que confirman lo que creemos, sin pasar por filtros racionales. En salud, esto puede llevar a rechazar tratamientos médicos validados o a adoptar conductas de riesgo, convencidos de que son «lo mejor» para nuestro cuerpo.

 

El resultado de estas dinámicas erróneas afecta a personas que autodiagnostican enfermedades graves siguiendo videos de treinta segundos, padres y madres que rechazan vacunar a sus hijos por miedo a efectos inventados, jóvenes que ponen en riesgo su salud física y mental por alcanzar estándares estéticos irreales promovidos en redes. De este modo, la salud, que supone un derecho fundamental, se ve amenazada no solo por virus o enfermedades, sino también por la ausencia de pensamiento crítico en el tratamiento informativo.

 

La alfabetización mediática como competencia esencial

 

Frente a esta «infodemia», la alfabetización mediática debe extenderse al terreno de la salud con la misma urgencia y sistematización con la que se promueven campañas de vacunación o prevención al tabaquismo. Saber identificar fuentes fiables, contrastar datos, entender el funcionamiento de los algoritmos, reconocer sesgos y detectar intenciones ocultas detrás de ciertos discursos debe formar parte del currículum educativo básico. Se trata de capacitar ciudadanos libres, críticos y responsables para potenciar el derecho a recibir información veraz en una sociedad democrática.

 

La alfabetización mediática para la salud puede definirse como la capacidad para acceder, comprender, evaluar críticamente y utilizar información de salud de manera eficaz. Esta capacitación implica entender cómo se construyen los discursos mediáticos, cómo circulan los contenidos en redes y cómo nuestra percepción puede ser moldeada por lo que consumimos.

 

La UNESCO plantea que la Alfabetización Mediática e Informacional (AMI/MIL) proporciona un conjunto de habilidades esenciales para hacer frente a los desafíos del siglo XXI. En el ámbito de la salud, no puede depender únicamente de campañas puntuales, es necesaria una estrategia educativa estructural, transversal y continua, que incorpore estas competencias desde la infancia hasta la formación universitaria y también en ámbitos de educación no formal. La alfabetización mediática debe considerarse una herramienta de salud pública.

 

Responsabilidad compartida entre medios, sistema educativo y ciudadanía

 

El problema de la desinformación en salud no puede combatirse desde un solo frente, requiere la articulación de varios actores sociales:

Los medios de comunicación, que deben recuperar su función pedagógica y priorizar el rigor frente al clic fácil. Los periodistas especializados en salud tienen la enorme responsabilidad de traducir el lenguaje técnico sin banalizar el contenido, contextualizar sin alarmar y verificar cada dato.

El sistema educativo, que debe incorporar la alfabetización mediática desde la infancia. Enseñar a los niños a desconfiar de los titulares sensacionalistas y a no compartir contenidos sin verificar, es tan importante como enseñar matemáticas o historia.

La ciudadanía, que debe asumir un rol activo como EMIREC (emisor-receptor), entendiendo que compartir información es una forma de intervenir en la salud colectiva. Cada mensaje difundido puede llegar a salvar o a perjudicar vidas. Por tanto, debemos actuar con responsabilidad, criterio y compromiso.

 

Además, urge exigir mayor transparencia a las plataformas digitales sobre sus algoritmos, así como fomentar políticas públicas que regulen la difusión de contenidos sanitarios falsos, protegiendo el derecho a la verdad.

 

Como sociedad, tenemos que entender que la verdad, especialmente cuando hablamos de salud, no es negociable. Educar en alfabetización mediática para la salud no es un lujo académico ni una moda educativa, es una vacuna social contra el virus de la mentira. Una vacuna que, como todas las que funcionan, debe llegar a todos y administrarse cuanto antes para protegernos de males como los bulos, las estafas u otros mecanismos de ciberdelincuencia.

 

La alfabetización mediática no solo nos protege del engaño, nos empodera como ciudadanos y nos ayuda a construir una sociedad más informada, crítica y sana.