Enfermería y los retos futuros
Comisión Deontológica del Colegio Oficial de Enfermería de Zaragoza
21 de octubre de 2026
Con la actualización del Código Ético y Deontológico de la Enfermería Española en 2026, nos obliga a pararnos a pensar en la profesión que somos. Y, sobre todo, en la que queremos ser.
Los principios de siempre siguen ahí: dignidad, respeto, confidencialidad, compromiso con las personas. Lo que ha cambiado es el terreno donde tenemos que aplicarlos. Hay más tecnología, más pacientes mayores, más enfermedad crónica y una sociedad mucho más diversa que hace veinte años. Todo eso afecta a cómo cuidamos, pero también a cómo nos organizamos y al sitio que ocupamos dentro del sistema sanitario.
Un código orienta y marca obligaciones. Lo que no puede hacer es cumplirse solo. Nuestro reto está en llevar esos principios al día a día, a las condiciones reales en que trabajamos. Hay que decir que la persona está en el centro suena bien, pero queda vacío si los tiempos de consulta, la organización del servicio o las decisiones de gestión hacen imposible escucharla.
1. Defender cuidados seguros y condiciones para poder ofrecerlos
La seguridad del paciente depende de cada enfermera, pero también de que haya plantillas suficientes, continuidad en la atención, coordinación entre profesionales y formación. Un error rara vez es solo culpa de quien lo comete. Por eso necesitamos una cultura en la que notificar un incidente sirva para corregir el proceso y para que no se repita, y deje de vivirse como una búsqueda de culpables.
Hay una contradicción que hemos normalizado demasiado tiempo. Se nos pide atención individualizada, buena comunicación y decisiones compartidas con el paciente, y a la vez faltan manos y minutos para hacerlo. Pedir unas condiciones laborales dignas tiene, por tanto, una dimensión ética evidente, porque de ellas depende directamente la calidad y la seguridad de lo que hacemos.
2. Consolidar la autonomía y el liderazgo enfermero
La enfermería tiene que estar donde se decide cómo se cuida: en la planificación de servicios, en los protocolos, en la gestión de recursos, en la investigación. Ocupar un cargo de responsabilidad está bien. Liderar es otra cosa más exigente, que pasa por aportar criterio clínico propio y responder de las decisiones que afectan a los pacientes.
Mucha gente sigue pensando que lo nuestro es «poner vías» y «hacer curas». Valorar necesidades, anticiparse a un riesgo, educar en salud, acompañar a alguien en una decisión o coordinar los cuidados de un paciente complejo son intervenciones con peso propio, y hay que hacerlas visibles. Sin ese reconocimiento es difícil hablar de una identidad profesional fuerte o de equipos de verdad interdisciplinares.
3. Hacer realidad la participación de las personas
Respetar la autonomía del paciente va bastante más allá de darle información o pedirle una firma en un consentimiento. Hay que explicarse de forma que se entienda, saber qué prefiere, qué valora, y ayudarle a decidir. El objetivo es dejar atrás el paternalismo sin caer en el extremo contrario, el de dejar a alguien solo frente a una decisión difícil.
Para eso hacen falta habilidades de comunicación y continuidad en la relación. Y sensibilidad. Una persona mayor, alguien con discapacidad o quien está pasando por un problema de salud mental puede necesitar apoyos distintos para participar. Ser equitativo significa detectar esas barreras y adaptar el cuidado a cada uno, aunque eso suponga tratar de forma diferente a personas diferentes.
4. Incorporar la tecnología sin perder el juicio clínico
La inteligencia artificial, la teleconsulta y las herramientas digitales pueden ayudarnos mucho. También traen riesgos: sesgos, errores, problemas de privacidad y una dependencia de sistemas que a veces ni siquiera sabemos cómo funcionan por dentro. La pregunta que debemos hacernos es ¿cómo conseguir que la tecnología trabaje para las personas?, y no al revés.
Esto exige formación digital seria, y que las enfermeras participemos en el diseño, la implantación y la evaluación de estas herramientas. Tenemos que poder cuestionar lo que nos dice un algoritmo, conocer sus límites y proteger los datos de los pacientes. Supervisar un sistema automatizado implica asumir una responsabilidad real. Ninguna máquina va a hacer una valoración integral de un paciente ni a construir la confianza en la que se apoya el cuidado.
5. Reforzar la investigación y la formación continua
La práctica basada en la evidencia solo tiene sentido si ese conocimiento llega a la cama del paciente, al domicilio y a la comunidad. Pedir que nos actualicemos de forma permanente está muy bien. Pero hace falta tiempo protegido para formarse, acceso a formación de calidad y organizaciones que dejen aplicar lo aprendido.
Investigar también es hacernos nuestras propias preguntas. ¿Qué intervenciones mejoran la autonomía del paciente? ¿Cómo prevenimos complicaciones? ¿Qué viven las personas durante su enfermedad y qué modelos de cuidados dan mejores resultados? Generar conocimiento enfermero y llevarlo a la práctica mejora la atención y nos da argumentos para decidir con fundamento.
6. Defender los derechos y abordar los nuevos dilemas éticos
El final de la vida, la salud mental, la salud sexual y reproductiva, la violencia contra las mujeres o la atención a personas especialmente vulnerables exigen preparación clínica y reflexión ética. Muchas veces no hay una respuesta sencilla. Justo por eso necesitamos espacios para deliberar, respaldo de la institución y equipos capaces de discrepar con respeto.
Las enfermeras estamos en el primer lugar a la hora de ver el sufrimiento, la discriminación, las barreras para acceder a la atención o la vulneración de derechos. Lo vemos de cerca y antes que nadie. Ese conocimiento tiene que traducirse en actuar, en comunicarlo al equipo y en defender una atención digna. A veces cuidar consiste también en plantarse ante una práctica que está perjudicando al paciente.
7. Ampliar nuestra responsabilidad hacia la comunidad y la sostenibilidad
El cuidado va más allá de la atención individual. La prevención, la educación para la salud, la lucha contra las desigualdades y el cuidado del entorno forman parte de una idea amplia de salud. Con una población cada vez más envejecida y con más enfermedad crónica, se necesita una enfermería que acompañe procesos largos y trabaje codo con codo con las familias y con los recursos de la comunidad.
La sostenibilidad añade otro equilibrio: usar bien los recursos sin poner en riesgo la seguridad ni la calidad. Reducir el desperdicio, gestionar mejor los residuos y trabajar de forma más responsable debe ser un objetivo de todos, profesionales y organizaciones. Sería injusto que esa carga recayera una vez más solo en quien está a pie de cama.
Del compromiso escrito al cambio real
Tenemos por delante una tarea que nadie va a hacer por nosotras: convertir la ética en algo que cambie la práctica. Para conseguirlo necesitamos liderazgo, autonomía, conocimiento y unas condiciones de trabajo que permitan cuidar bien. Y una voz colectiva que se escuche cuando se toman decisiones sanitarias.
El futuro de la enfermería se medirá por las nuevas tecnologías que incorporemos y por las competencias que ganemos, sí. Pero se medirá sobre todo por lo que seamos capaces de defender: los derechos de las personas, su seguridad, la igualdad en el acceso a la salud y la humanidad en los momentos más difíciles. El nuevo código marca el camino. Recorrerlo nos toca a nosotras.

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