Cuando la ciencia asegura “no existe evidencia”: ¿incertidumbre o motivo para desconfiar?

Anna Espart

26 de septiembre de 2026

Imagine que una mañana aparece una noticia en los medios de comunicación advirtiendo sobre los posibles efectos de una sustancia química que está presente en productos de consumo de uso cotidiano, como cosméticos, productos de limpieza o utensilios de cocina. Pocos días después, y ante el revuelo ocasionado a nivel social, un grupo de científicos asegura que todavía no existen pruebas concluyentes de que dicha sustancia perjudique nuestra salud. Puede que su reacción a esta nueva información sea: ¿en qué quedamos? ¿Es peligrosa o no? ¿Por qué los científicos no se ponen de acuerdo?

 

La salud ambiental está llena de preguntas complejas y no siempre fáciles de responder. Determinar si un contaminante afecta a nuestra salud requiere estudiar la cantidad a la que estamos expuestos, la duración de la exposición, la interacción de dicho contaminante con otras sustancias tanto dentro como fuera de nuestro organismo -el llamado efecto cóctel-, y las características de las personas, así como los posibles efectos a corto y largo plazo. La realidad es que muchas veces no siempre disponemos de toda esta información.

 

Sin embargo, cuando los resultados científicos llegan a estos medios de comunicación o a las redes sociales, los matices tienden a desaparecer, fruto de la necesidad de informar en pocas palabras, de modo inmediato y también, por qué no decirlo, cayendo en la necesidad de comunicar aquello más llamativo o provocador. Y es precisamente ahí donde la posible incertidumbre científica de ese preciso momento puede convertirse en terreno fértil para la desinformación. Esa sustancia química de la que hablábamos al principio, y que originalmente era una conclusión condicionada por determinadas circunstancias acaba convertida en una afirmación rotunda, que es tomada por parte de la población como una “sentencia inapelable con condena de cadena perpetua o absolutoria de por vida” de dicha sustancia.

 

En el Día Mundial de la Salud Ambiental, que se celebra cada 26 de septiembre, esta reflexión cobra especial relevancia, puesto que proteger la salud, no solo significa velar por el bienestar de los individuos y ecosistemas en los que vivimos, sino que también exige comprender y comunicar adecuadamente la evidencia científica, incluidas sus incertidumbres.

 

No tener todas las respuestas no significa ausencia de riesgo

 

Uno de los errores más frecuentes al interpretar la investigación científica consiste en confundir la ausencia de pruebas con las pruebas de ausencia. Pensemos nuevamente en “nuestra” sustancia química. Si actualmente sus posibles efectos sobre la salud todavía no se han investigado suficientemente y por consiguiente los estudios disponibles no encuentran una asociación directa o indirecta con una enfermedad, ¿podemos afirmar que nuestra sustancia es inocua? No necesariamente. Puede que los estudios sean demasiado pequeños -con pocos pacientes analizados-, que hayan evaluado exposiciones de corta duración o que no hayan incluido a determinados grupos de población. También puede ocurrir que los resultados sean imprecisos o que las investigaciones presenten limitaciones metodológicas.

 

Pero hay un matiz igualmente importante: la falta de evidencia de daño tampoco demuestra que exista este daño. No es lo mismo una sustancia apenas estudiada que otra evaluada mediante numerosas investigaciones rigurosas cuyos resultados permiten descartar, con un elevado grado de confianza, determinados efectos en condiciones concretas.

 

La cuestión no es simplemente si existen pruebas, sino qué se ha investigado, cómo se ha hecho y qué conclusiones permiten extraer realmente los resultados.

 

Cuando nuevas evidencias cambian lo que creíamos

 

Pongámosle un posible nombre a “nuestra” sustancia. Bisfenol A (BPA). El BPA, es un compuesto utilizado en la fabricación de determinados plásticos y resinas, para darles flexibilidad y reducir el riesgo de rotura. Esta sustancia nos ofrece un ejemplo de cómo evoluciona el conocimiento científico.

 

En 2015, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) estableció una ingesta diaria tolerable provisional para esta sustancia, basándose en la información disponible. Tras reevaluar la evidencia disponible, en 2023 redujo ese valor 20.000 veces, considerando especialmente los posibles efectos sobre el sistema hormonal y sus efectos en la salud. En diciembre de 2024, la Comisión Europea adoptó una prohibición de su uso en materiales destinados a entrar en contacto con alimentos, con determinadas excepciones y períodos transitorios. ¿Significa esto que la ciencia estuvo equivocada hasta hace pocos años? No. Significa que las evaluaciones científicas se han ido realizando con el conocimiento disponible en cada momento y pueden modificarse cuando aparecen nuevas evidencias, mejoran los métodos de análisis o se revisa la interpretación de los resultados.

 

Cambiar una conclusión ante nuevas pruebas no es necesariamente una debilidad de la ciencia. Es una parte esencial de su funcionamiento.

 

El riesgo de convertir una asociación en una certeza

 

Otra fuente habitual de confusión aparece cuando una noticia afirma que un contaminante provoca una enfermedad, aunque el estudio original únicamente haya identificado una asociación estadística entre variables.

 

Imaginemos una investigación que encuentra una mayor frecuencia de una enfermedad entre personas con niveles elevados de exposición a una sustancia ambiental. ¿Podemos concluir que esa sustancia es la responsable? No directamente. La asociación podría estar influida por otros factores o por limitaciones del estudio. Para investigar una posible relación causal es necesario considerar, entre otros aspectos, si la exposición precede a la enfermedad, la calidad de las investigaciones, la consistencia de los resultados y la existencia de explicaciones alternativas. Aterricémoslo con un ejemplo: el asma infantil. Si un estudio encuentra que hay una mayor frecuencia de asma infantil entre niños que viven en zonas con niveles elevados de contaminación atmosférica ¿podemos concluir que la contaminación es la responsable del asma? La respuesta vuelve a ser la misma: no directamente. Puede haber muchos otros factores a los que estos niños están expuestos y que contribuyan al desarrollo de esta enfermedad.

 

Esto no significa que los estudios en los que se observa una relación entre dos variables, es decir, estudios observacionales, carezcan de valor, al contrario: muchas veces son la el primer paso para identificar vínculos entre dos variables y empezar a estudiar su relación. A todo ello, cabe destacar que, en salud ambiental, exponer deliberadamente a personas a sustancias potencialmente perjudiciales puede ser éticamente inadmisible. Por ello, las conclusiones causales pueden construirse integrando diferentes diseños de investigación, datos epidemiológicos y evidencias experimentales o mecanísticas.

 

Entonces, el problema aparece cuando una relación entre una sustancia y sus efectos, que todavía se está investigando, se presenta como si ya estuviera demostrada o, por el contrario, cuando se descarta una relación causal entre una sustancia y sus efectos sobre la salud, simplemente porque no hay estudios en humanos.

 

Dos formas opuestas de desinformar

 

Toda esta incertidumbre que puede llegar a generar el conocimiento científico en relación a los efectos de diferentes compuestos ambientales en nuestra salud, puede utilizarse para transmitir mensajes falaces en dos direcciones. La primera consiste en transformar cualquier sospecha en una certeza de daño: “Como no se ha demostrado que esta sustancia sea completamente segura, debemos considerarla peligrosa para la salud”. La segunda hace exactamente lo contrario: “Como no se ha demostrado de manera concluyente que cause una enfermedad, podemos afirmar que es inofensiva y que no genera ningún daño”. Ninguna de estas afirmaciones está justificada por sí sola. La primera convierte una posibilidad en una certeza. La segunda utiliza las limitaciones del conocimiento para ofrecer una garantía de seguridad que los datos quizá no permiten establecer en el momento actual.

 

En salud ambiental también es fundamental distinguir entre peligro y riesgo. Una sustancia puede tener capacidad para producir efectos adversos, pero el riesgo depende, entre otros factores, de las condiciones de exposición, así como de otros factores como la vulnerabilidad -en todos los aspectos- del individuo.

 

La comunicación rigurosa debe evitar ambos extremos: ni exagerar las amenazas ni minimizar los riesgos documentados.

 

Entonces ¿debemos esperar a tener certezas absolutas para poder actuar?

 

¿Qué debemos hacer cuando existen indicios científicamente fundamentados de un posible riesgo, pero todavía persisten incertidumbres importantes? Lo más sensato por parte de las autoridades, pero también por parte de los profesionales implicados -investigadores, profesionales sanitarios, comunicadores, etc.- es aplicar el principio de precaución, el cual aboga por adoptar medidas preventivas para minimizar los posibles riesgos derivados de la exposición a sustancias sospechosas de afectar nuestra salud.

 

En el marco europeo, este principio permite considerar medidas de protección cuando se han identificado posibles efectos perjudiciales y la evaluación científica no permite determinar el riesgo con suficiente certeza. Sin embargo, no significa que cualquier sospecha justifique automáticamente una prohibición. Las medidas deben ser proporcionales al nivel de protección perseguido, considerar las posibles consecuencias de actuar o no hacerlo y revisarse a medida que aparezcan nuevos datos.

 

La incertidumbre no obliga a la inacción, pero tampoco justifica cualquier intervención. La prevención responsable consiste en utilizar la mejor evidencia disponible, reconocer sus limitaciones y adaptar las decisiones cuando evoluciona el conocimiento.

 

Aprender a leer más allá del titular

 

¿Cómo podemos protegernos frente a la desinformación ambiental? No necesitamos convertirnos en expertos en toxicología, pero sí aprender a formular algunas preguntas antes de compartir una noticia.

 

¿Quién proporciona la información? ¿Se basa en un estudio científico o en una opinión? ¿Se ha investigado en personas, animales o células? ¿Qué exposición se ha evaluado? ¿El estudio demuestra una relación de causa-efecto o únicamente encuentra una asociación entre la sustancia y la alteración en la salud? También debemos examinar con especial atención los mensajes que utilizan expresiones absolutas como «totalmente seguro», «completamente inocuo» o «científicamente demostrado» sin explicar a qué condiciones y evidencias se refieren.

 

La Organización Mundial de la Salud como la EFSA recomiendan comunicar de forma transparente qué se sabe, qué se desconoce y qué recomendaciones podrían cambiar cuando aparezca nueva información. No todas las incertidumbres son iguales. Hay riesgos ambientales ampliamente demostrados, otros sobre los que persisten preguntas importantes y otros cuya evidencia todavía es insuficiente. Tratar todas estas situaciones como equivalentes también distorsiona el conocimiento científico. La próxima vez que una noticia afirme que una sustancia es peligrosa o completamente segura, quizá la pregunta más útil sea: ¿qué sabemos realmente y qué pruebas respaldan esa afirmación?

 

En salud ambiental, comunicar bien la ciencia también es una forma de prevención. Permite reconocer los riesgos documentados, evitar alarmas injustificadas y fundamentar las decisiones de protección de la salud. Porque combatir la desinformación no consiste en sustituir una certeza falsa por otra, sino en aprender a distinguir entre lo demostrado, lo probable y lo que todavía desconocemos.