Cuando la comunidad se une: Una experiencia de ayuda en Albal
María Teresa Fernández Rodrigo
23 noviembre 2024
Cuando ocurre una tragedia, como la que vivimos recientemente en Valencia tras la DANA, es fácil sentirse abrumado. Sin embargo, en medio de ese desconcierto, surge también un impulso casi instintivo de ayudar. Así nos encontramos la semana pasada un grupo de personas, decididos a prestar apoyo. Todo comenzó como una iniciativa particular de Juan Camón Cala, un profesor de la Facultad de Economía, y un grupo de estudiantes. En cuestión de horas, la determinación de colaborar se extendió a otros centros y el convoy se organizó para partir al amanecer del sábado.
Éramos 53 personas, entre profesores, exalumnos, amigos, familiares y estudiantes de las facultades de Economía, Administración y Dirección de Empresas, Filosofía y Letras, Ingeniería, Arquitectura, Trabajo Social, Enfermería, Fisioterapia y Terapia Ocupacional, junto a los conductores voluntarios que nos llevaron hasta el corazón del desastre. Nuestros vehículos, aportados generosamente por Autocares Murillo, Grupo la Veloz S. Coop, Tiebel S. Coop, una furgoneta costeada por el Vicerrectorado de estudiantes de la Universidad de Zaragoza y un vehículo particular, transportaron a todos los voluntarios además del material recogido y donado por las facultades de Económicas y Ciencias de la Salud y por particulares anónimos.
Cada uno de nosotros vivió el momento de la partida de manera diferente. Nos preocupaba la devastación que encontraríamos, el estado físico y emocional de la gente afectada, nuestra propia seguridad y, sobre todo, si seríamos capaces de brindar una ayuda efectiva. Al llegar, el escenario era desolador, un paisaje dantesco que evocaba el sufrimiento y la pesadilla de aquellos que, al principio, nos parecían anónimos, pero que pronto se volvieron rostros y nombres.
Es común, en estas situaciones, sentirse frustrado por la magnitud de la desgracia y la limitada capacidad para ofrecer consuelo. Pero sabíamos que nuestro papel no era resolver todo, sino apoyar. Esto implicaba un equilibrio constante entre mantener la empatía y, al mismo tiempo, una actitud práctica y objetiva. En ocasiones, debíamos ser pragmáticos y fríos; en otras, estar abiertos y cercanos, dispuestos a escuchar a quienes habían perdido tanto.
Si algo aprendimos, es la importancia de una preparación cuidadosa antes de ofrecer ayuda. En nuestro caso, todos asumimos una parte de responsabilidad en la expedición bajo el liderazgo de Juan, que fue fundamental y realmente efectivo, y de dos estudiantes comprometidos: Damián, de Fisioterapia, y Pablo, de Enfermería, hacia quienes siento una profunda admiración. Contactar directamente con los concejales del pueblo de Albal fue fundamental, ya que permitió que nuestra labor tuviera una dirección y nos asignaran tareas concretas, lo que convirtió nuestro esfuerzo en un pequeño éxito.
Nuestro trabajo incluía limpiar y desinfectar una escuela primaria, retirar agua y lodo de un instituto de secundaria y ofrecer atención sanitaria básica para los voluntarios y personas con heridas provocadas por el trabajo de desescombro. Aunque el pueblo estaba solo a 20 km de Valencia capital, nos tomó tres horas llegar debido al caos vial. Gracias a la gestión y las autorizaciones del ayuntamiento de Albal, una vez allí, no tuvimos problemas para acceder. Nos recibieron el concejal y las responsables del colegio, Rosa y Raquel, quienes nos ayudaron a organizarnos en grupos: brigadas de limpieza, retirada de fango, distribución de materiales donados y atención en el puesto de primeros auxilios, que instalamos en el patio de la escuela y que fue anunciado a la población por WhatsApp.
Hay muchas anécdotas y vivencias que hicieron que esos dos días se sintieran como dos semanas, pero quiero resaltar lo más positivo que viví y recordaré siempre. Por un lado, la fortaleza de las personas de Albal, que no dejaban de agradecernos nuestra ayuda, asegurándonos que «los valencianos somos fuertes y vamos a salir adelante.» Por otro, la calidad humana y profesional de nuestra juventud. Los estudiantes mostraron una madurez y capacidad de organización sorprendentes. No solo llegaron con generosidad para ayudar, sino que demostraron una capacidad de trabajo, disciplina y humildad dignas de admiración.
Es evidente que no podemos generalizar ni frivolizar denominando a la juventud como “la generación de cristal” porque nos demuestran, en muchas ocasiones, lo que son capaces de hacer por los demás de forma voluntaria y generosa.
Soy una profesora orgullosa de los jóvenes, compañeros, amigos y familiares que he tenido el honor de acompañar en esta experiencia y espero que poco a poco estas poblaciones afectadas puedan volver a retomar su vida y, sobre todo, mi más sentido pésame a todas las familias de los fallecidos.
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