Death Café: hablar de la muerte para aprender a vivir
Jesús Samper Ibáñez
1 de noviembre de 2026
Cada año, con la llegada del 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, la muerte ocupa un lugar más visible en nuestra vida cotidiana. Los cementerios se llenan de visitas, flores y recuerdos de quienes ya no están. Sin embargo, más allá de esta jornada de homenaje y memoria, hablar de la muerte sigue resultándonos difícil. Sabemos que está ahí y que tarde o temprano nos alcanzará a todos, pero pocas veces encontramos el momento o el espacio para conversar sobre lo que significa, cómo nos afecta o qué lugar ocupa en nuestras vidas.
Vivimos en una sociedad que ha logrado hablar con mayor naturalidad de cuestiones que durante mucho tiempo fueron tabú, pero la muerte continúa ocupando un lugar incómodo por el que no queremos pasar.
La cultura, la religión o la filosofía han intentado ofrecer respuestas sobre lo que sucede después, pero nadie puede clarificar completamente el misterio. Esta incertidumbre suele hacernos más conscientes de nuestra fragilidad, conectándonos con el hecho de que la vida es finita y de que hay muchas cosas (muchas más de las que nos gustaría) que no podemos prever ni controlar.
Hemos aprendido, o nos han enseñado, a intentar apartar de nuestro día a día todo aquello que nos recuerda que somos vulnerables. La enfermedad, el envejecimiento o la muerte quedan, muchas veces, relegados al ámbito privado o directamente son silenciados. En una sociedad que pone el foco en la juventud, el rendimiento y el bienestar, hablar de la finitud resulta desagradable, provocando que muchas personas crezcan sin espacios donde compartir sus preguntas, sus temores o sus inquietudes sobre algo que forma parte de la experiencia humana, y el silencio no elimina el miedo, sino que, en ocasiones, lo alimenta.
Naturalizando lo natural
Ramón Bayés, uno de los padres de la atención psicológica en los cuidados paliativos en España, solía decir que “hablar de muerte no significa morir”, porque dialogar sobre la muerte no tiene por qué hacer que nos obsesionemos con ella ni adoptar una visión pesimista de la vida; más bien, puede ocurrir lo contrario. Diferentes filósofos, como Heidegger y otras investigaciones psicológicas han señalado que la conciencia de nuestra mortalidad puede ayudarnos a vivir de una manera más significativa.
Cuando conseguimos hablar de la muerte con algo más de naturalidad, muchas preocupaciones cotidianas cambian de tamaño. Cosas que parecían urgentes dejan de serlo tanto, mientras que las relaciones, el tiempo compartido y aquello que da sentido a nuestra vida cobran más importancia. Ser conscientes de que el tiempo se acaba puede hacernos mirar la vida de otra manera, ayudándonos a priorizar lo que es fundamental para cada uno de nosotros.
Normalizar hablar sobre la muerte puede tener beneficios emocionales importantes, puesto que facilita la expresión de miedos y preocupaciones, favorece la elaboración de los procesos de duelo y contribuye a que las personas se sientan menos solas cuando atraviesan pérdidas o enfermedades graves.

Death Café: espacios para conversar sin juicios
En este contexto surgen iniciativas como los Death Café. Estos no dejan de ser nada más que encuentros informales en los que las personas se reúnen para conversar sobre la muerte alrededor de un café, un té o algo de comer.
La primera reunión de este tipo de la que tenemos constancia fue organizada en la localidad suiza de Neuchâtel por el sociólogo y antropólogo Bernard Crettaz y su mujer Yvonne Preiswerk en 2004, utilizando la denominación de Café Mortels. Posteriormente, en 2011, inspirados por las ideas de estos, Jon Underwood y su madre, la psicoterapeuta Sue Barsky Reid, prepararon el primer Death Café utilizando ya esta terminología, en 2011, en Londres. Poco a poco se fueron trasladando a otras partes del mundo, hasta llegar a España en 2014, cuando se llevó a cabo la primera actividad de este tipo en A Coruña impulsada por la psicóloga Iriana Cacheiro y Gema Abad.
No son grupos de terapia ni sesiones de acompañamiento psicológico. Tampoco persiguen convencer a nadie de una determinada visión filosófica o espiritual. Su objetivo es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, profundamente transformador: crear un espacio seguro para hablar de la muerte con naturalidad.
En estos encuentros pueden surgir cuestiones muy diversas: el miedo a morir, las experiencias de pérdida, las creencias sobre el final de la vida, los cuidados al final de la existencia o la manera en que queremos ser recordados. Lo importante no es llegar a respuestas definitivas, sino abrir conversaciones que habitualmente permanecen silenciadas.
Los participantes suelen descubrir que muchas de sus inquietudes son compartidas por otras personas. Al escuchar diferentes experiencias y perspectivas, el tema deja de percibirse como algo extraño o amenazante y se convierte en una realidad humana común.
Una herramienta para construir una cultura más saludable
Los Death Café representan una oportunidad para transformar la relación que mantenemos con la muerte. Al favorecer conversaciones abiertas y respetuosas, contribuyen a reducir el estigma, el miedo y el aislamiento que a menudo rodean este tema.
En una sociedad que con frecuencia evita mirar de frente la muerte, estos espacios nos recuerdan que hablar de ella no es una señal de desesperanza, sino un ejercicio de humanidad. Porque cuando nos permitimos reconocer nuestra condición finita, también aprendemos a valorar más profundamente la vida que tenemos delante.
Hablar de la muerte no resuelve todos nuestros miedos, pero sí puede hacer que nos sintamos menos solos con ellos. Por ello, tal vez la verdadera función de un Death Café no sea enseñarnos a morir, sino ayudarnos a vivir con mayor autenticidad y plenitud, siendo conscientes de lo que realmente es importante para cada uno de nosotros.

Última entrada
¿Quieres colaborar con nosotros en la creación de artículos para la web?
Descarga aquí las normas de colaboración con OCODES para autores/as.

