Educación sexual: Lo que todos mencionan, pero pocos entienden

Laura Alonso, Sonia Barriuso, Davinia Heras y Lucía González-Mendiondo

08 de junio de 2025

La Educación Sexual va mucho más allá de hablar sobre preservativos o Infecciones de Transmisión Sexual (ITS). Se trata de educar para la vida, uniendo esta formación con el respeto, la empatía y la igualdad. Sin embargo, en pleno 2025, la sexualidad sigue siendo un tabú en muchas aulas del mundo y España no es la excepción.

 

 

¿Qué es la Educación Sexual? ¿Qué impacto tiene en la sociedad?

 

La educación sexual es un proceso de enseñanza y aprendizaje basado en la evidencia científica en el que se estudian las actitudes, conductas y creencias relacionadas con la salud sexual y la sexualidad. Es fundamental comprender que la sexualidad es inherente al ser humano, ya que somos seres sexuados y esta realidad nos acompaña a lo largo de toda nuestra existencia. Esta educación, adaptada a las necesidades individuales y contextuales, debe promover el respeto de los Derechos Sexuales. La educación sexual es esencial para la construcción de sociedades más inclusivas y sexualmente felices y sanas.

 

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura defiende la llamada Educación Sexual Integral (ESI). Su objetivo es proporcionar al alumnado conocimientos, actitudes y valores holísticos para tomar decisiones sobre su vivencia de la sexualidad y su salud sexual y reproductiva. Insisten en que la educación sexual debe basarse en la evidencia científica y los derechos humanos. Sin embargo, la realidad en las aulas es desigual. Algunos países han logrado grandes avances, pero otros siguen considerando estos contenidos temas secundarios o incluso inexistentes, permitiendo que sean impartidos por personas no cualificadas, guiadas por sus propias ideologías en lugar de basarse en la evidencia científica. No es extraño, por ello, que los contenidos de educación sexual impartidos mundialmente sean muy diversos. No obstante, la Agenda 2030 de las Organización Naciones Unidas (ONU) con sus Objetivos de Desarrollo Sostenible marca el camino conjunto que deben seguir los países y las distintas sociedades que los componen. Dichos contenidos deben trascender una visión centrada en los riesgos, tales como las Infecciones de Transmisión Sexual (ITS) o los embarazos no planificados; abordando aspectos como el placer, la identidad sexual, las relaciones afectivas, la respuesta sexual, la perspectiva de género, la diversidad sexual y los derechos sexuales.

 

 

¿Por qué es tan importante la Educación Sexual?

 

Son muchas las razones que avalan y justifican la necesidad de hacer Educación Sexual. Algunas relacionadas con problemáticas de amplio calado, y otras relacionadas con la esencia de la educación y la propia naturaleza sexuada del ser humano.

 

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada día más de un millón de personas contraen una Infección de Transmisión Sexual (ITS). Además, según el Instituto de la Juventud de España (INJUVE), el 50% de los diagnósticos de ITS ocurren en menores de 24 años. En 2024, casi 40 millones de personas vivían con VIH según ONUSIDA, una cifra en aumento respecto a años anteriores. En el mismo sentido, la OMS alertaba, también, sobre el problema de salud global que constituye la violencia hacia las mujeres, puesto que se alcanzan tasas epidémicas. De esta forma, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) denunciaba cómo, la principal causa de muerte de las mujeres con edades comprendidas entre los 15 y los 44 años fueron los asesinatos machistas, por delante de causas naturales o de accidentes de tráfico.

 

Más allá de la prevención de infecciones y otras consecuencias no deseables como los embarazos no planificados, las agresiones, la homofobia, la transfobia o el sexismo –es decir, la prevención de las miserias que rodean la vivencia de la sexualidad–, la Educación Sexual es fundamental porque supone educar para la vida, atendiendo a una dimensión humana fundamental como es la sexualidad. No se trata de prevenir, sino de educar, entendiendo que, educando, además, prevenimos. Desde esta amplia perspectiva, la educación sexual es clave para el desarrollo de competencias que favorezcan una vivencia satisfactoria, ética y feliz de la sexualidad, caracterizada por la aceptación positiva de la propia identidad sexual y el respeto por la sexualidad del otro. Se trata, por tanto, de una educación indispensable en la formación humana.

 

 

¿Qué está fallando?

 

Uno de los grandes retos es la falta de formación del profesorado y de herramientas concretas para desarrollar esta tarea. Diversos estudios han constatado la escasa formación sobre sexualidad, diversidad o igualdad de género, tanto en nuestro país como en el extranjero. Sin preparación, ¿cómo puede el profesorado abordar con rigor, naturalidad, y sensibilidad estos temas?

 

Además, los prejuicios socioculturales y los mitos siguen pesando. En algunos entornos, la sexualidad es un tabú o un tema controvertido, por lo que su abordaje en la escuela genera miedos, e incluso rechazo. Se teme que se despierte algo en el alumnado, aspecto que está científicamente refutado. Lo que se despierta es la aceptación de nuestra naturaleza sexuada, la conciencia crítica y el respeto hacia la sexualidad del otro. Por otro lado, la resistencia para acceder a información verificada contribuye a perpetuar la desinformación y dificulta identificar a los profesionales cualificados en materia de sexualidad, tanto en centros sanitarios como educativos. Esta situación está favoreciendo que sigan existiendo las problemáticas antes descritas y que aparezcan otras nuevas.

 

 

Educación sexual: Un derecho de todas las personas

 

El silencio pesa aún más en colectivos históricamente excluidos. Por ello, la educación sexual reconoce e incorpora la perspectiva interseccional, es decir, la interacción compleja y simultánea de diferentes situaciones de desigualdad (como género, raza, clase, orientación del deseo, entre otros) que influyen en las experiencias individuales y colectivas. En este sentido, la construcción y el respeto a las diferentes biografías sexuales se torna fundamental.

 

Las personas con discapacidad, por ejemplo, siguen siendo sexualmente infantilizadas. La educación sexual, debe contar con ellas y garantizar su derecho a vivir una sexualidad plena, segura y autónoma. Algo similar sucede, o puede suceder, en algunas etapas de vida, como la niñez o la vejez. Los mitos entorno a las mismas, junto con cierta rigidez en los contenidos que se consideran adecuados en cada una de ellas, limitan la inclusión de saberes diversos y perpetúan la invisibilización de la realidad sexuada a lo largo de la vida.

 

Por otro lado, es crucial atender desde la Educación Sexual las necesidades de las personas pertenecientes al colectivo LGTBIQ+ o de minorías étnicas y culturales para generar espacios de aprendizaje seguros, donde puedan construir su biografía sexual libre y responsablemente.

 

Incluir todas estas realidades no solo mejora el bienestar de las personas destinatarias de educación sexual, sino que contribuye a construir aulas más respetuosas, inclusivas y preparadas para la diversidad.

 

 

¿Cómo podemos mejorar?

 

La buena noticia es que ya existen intervenciones exitosas de Educación Sexual Integral en nuestro país y en el extranjero. El resultado: ciudadanía sexualmente formada, con una aceptación positiva de su sexualidad y capaz de tomar decisiones responsables.

 

Estas iniciativas emplean metodologías diversas, incluyendo recursos variados como videos, debates, podcasts y juegos. Además, promueven el desarrollo de habilidades y competencias personales y sociales, que favorecen la autoestima, la asertividad, la empatía y el respeto. Son propuestas que deberían replicarse en todo el sistema educativo y regularse en el currículum para que nadie se quede hoy sin la necesaria Educación Sexual.

 

Pero para que esto funcione de verdad, hace falta planificación y compromiso institucional. La educación sexual no puede depender del interés personal de los familiares, el profesorado o del centro. Necesita estar regulada, ser científica, obligatoria y adaptada a cada etapa educativa.

 

Por otro lado, es necesario llevar a cabo la evaluación de los programas realizados, ya que actualmente esta es una carencia importante en las intervenciones realizadas en España. Esto permitirá conocer qué funciona realmente en educación sexual, lo cual facilitará el diseño de futuras intervenciones y la promoción de políticas públicas.

 

 

Conclusión: no podemos seguir esperando

 

La Educación Sexual es un derecho fundamental que no debe considerarse ni un lujo, ni una moda, sino una formación clave para la vida, que redunda en salud pública, equidad social y bienestar emocional. Es también una forma de prevenir abusos, empoderar a los individuos y construir relaciones más sanas.

 

Hablar de sexualidad no es corromper; es cuidar, es proteger, es educar. Por este motivo se precisa un esfuerzo conjunto. Familias, docentes, instituciones y gobiernos debemos derribar barreras y garantizar que la sexualidad y su educación dejen de ser un tabú, y se conviertan en una realidad. Ejerzamos juntos este derecho, porque la educación nos permite construir una sociedad más libre, más justa y sana.