La información navega en la niebla

José Antonio Gabelas Barroso

24 de octubre de 2026

Vuelve un año más la semana de la “Alfabetización Mediática e Informacional”, que se celebra aquí y allá. No está de más poner el foco en la desinformación que acampa en unos tiempos convulsos e inciertos para todos. Comprobamos cada día que cada vez resulta más difícil distinguir entre información verídica y falsa.

 

La reciente radiografía que nos ofrece el Digital News Report 2026 del Reuters Institute y la Universidad de Oxford advierte que el creciente consumo de noticias en las redes sociales, las plataformas de vídeo, y en estos últimos años, la inteligencia artificial, aumenta la preocupación por la desinformación, y reduce la confianza en las noticias.

 

Se señala que en 29 de los 48 mercados en los que se trabaja con la noticia ha disminuido su confianza, lo que constata una caída general al nivel más bajo desde que comenzaron las mediciones en 2015. Los usuarios confían menos en las redes sociales y las plataformas de vídeo, que en las fuentes tradicionales. Sin embargo, se produce la paradoja de que mientras crece esta desconfianza, el consumo de los chatbots de IA y el consumo de las noticias en vídeo cada semana también crecen, con el 77% según el promedio global.

 

Esta inquietud en torno a la desinformación aumenta, llegando al 62%, con subidas superiores a cinco puntos porcentuales en 11 mercados. Según el Eurobarómetro de 2025, un 36% de ciudadanos europeos afirma haber estado expuesto con regularidad a noticias falsas, a diferencia del 28% que se registró en 2022. Por consiguiente, en el ecosistema informativo actual resulta muy complicado diferenciar entre lo real y lo falso, entre la mentira y lo verdadero. Muchas voces, escasa verificación, reducción de la relevancia del directo, servilismo a redes y plataformas, parecen ser algunas de las razones de la paradoja citada: pérdida de la confianza en la información que galopa por las redes y las plataformas, pero en donde aumenta día a día su consumo.

 

La historia tiene sus lecciones, como se indica en “Vamos a contar mentiras”. Los oráculos en Grecia transmitían las respuestas de la divinidad a sus preguntas a través de sus sacerdotes. También disponían de los suyos los fenicios y hebreos, incluso determinados pueblos africanos como los yorubas, disponían de los propios. Entonces no era necesaria la avanzada tecnología ni asesores políticos, sin embargo, tanto los chamanes de entonces como el ejército de spin doctor de ahora despliegan todas las competencias para construir una realidad paralela. Los montes, fuegos y templos en los que hablaba el oráculo han sido sustituidos por otros lugares institucionales y virtuales. El contexto desinformativo actual se asienta en una concentración del control de datos en pocas plataformas tecnológicas que marcan los viales de circulación y gestionan el diseño de su conectividad social, así como el tráfico emocional de sus individuos, como bien ha desarrollado en la “Cultura de la conectividad” Van Dijck y ha ficcionado Black Mirror, en “Sonríe, te están puntuando”.

 

Estos días padecemos el diseño de una campaña y estrategias electorales, de uno y otro lado, que desde la polarización política producen crispación y enfrentamiento, lo cual evita subrayar y atender las necesidades que preocupan a los ciudadanos. En este clima de sospecha, se alimenta un pensamiento tribal amparado en el colectivismo, que anestesia todo sentido crítico. En efecto, las estructuras sobre las que se cimenta la web social refuerzan el agrupamiento tribal del individuo, las cámaras de eco de las redes sociales encapsulan al sujeto y homogeniza su opinión. Para eso están los algoritmos, diseñados para ofrecernos lo que queremos, no lo que buscamos, en lo que nos afirmamos, no en lo que cuestionamos. La satisfacción de creer que el usuario encuentra la información que busca, solapa el hecho de que es la información la que encuentra al usuario.

 

La desinformación necesita diferentes acciones que deberían comprender un trabajo coordinado de las instituciones, los medios, las redes y plataformas, así como el diseño de la IA que necesitamos, las familias, la educación, pero también a cada una y cada uno de los ciudadanos. Sabemos que la alfabetización mediática e informacional es una carrera de fondo, que requiere un organigrama conjunto de toda la sociedad, porque sin formación lo que nos queda es desinformación.

 

Desde el Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital (GICID) de la Universidad de Zaragoza hacemos una apuesta integral por este desafío. Con numerosos proyectos que se pueden consultar en las referencias dadas, hemos desarrollado iniciativas para afrontar la desinformación desde la comunicación, la educación y la salud. En esta línea tenemos una línea de investigación y transferencia abierta en lo que se ha denominado el factor relacional, que acuña el modelo TRIC (Tecnologías de la Relación, Información y Comunicación). El histórico de este trabajo puede consultarse en el espacio del GICID, Factor Relacional. La contextualización de la noticia, la contrastación de las fuentes, la verificación de los datos que aporta la IA, la independencia de los medios y sus plataformas, el rigor de los periodistas, pero también la responsabilidad de los ciudadanos y ciudadanas para ser responsables de sus decisiones, porque lo son de su información, son redes de conexión que explicita esa dimensión relacional propuesta en el modelo TRIC.