La pandemia silenciosa, los ultraprocesados

Sofía Pérez-Calahorra

12 noviembre 2024

Un problema de salud pública

El aumento constante de las enfermedades no transmisibles (ENT), como la diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, enfermedad del hígado graso, hipertensión, enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares, cáncer incluso la demencia, son uno de los problemas de salud pública más graves a lo que la sociedad se enfrenta. Tal es la crisis a la que nos enfrentamos, que estas ENT son causantes de 70 % de las muertes a nivel mundial.

Muchos pensarán en la obesidad, como causa primaria de estas enfermedades no transmisibles. En parte, se podría decir que es así. Aunque la prevalencia de obesidad y diabetes están relacionadas, no son del todo coincidentes. Esto se justificaría con la existencia de poblaciones que son obesas sin ser diabéticas (Islandia o Mongolia), o países que son diabéticos sin ser obesos (Pakistán o China). Por otro lado, una proporción de personas con obesidad, son metabólicamente sanas y tienen una esperanza de vida normal; mientras que casi un 50 % de las personas con un peso normal tienen alteraciones metabólicas como diabetes mellitus tipo 2, dislipidemia y enfermedad cardiovascular. Por este motivo, la obesidad y en concreto la excesiva adiposidad acumulada, se considere un marcador de los mecanismos alterados de estas enfermedades no transmisibles, pero no causa directa.

 

Y entonces, ¿Cuál es una de las causas de esta pandemia?

Es indiscutible el papel de la dieta occidentalizada en esta pandemia. La dieta occidentalizada o Western diet se caracteriza por un consumo elevado de alimentos ultra-procesados (formulaciones industriales que normalmente tienen 5 o más ingredientes), poco saludables, con una ingesta excesiva de calorías y, en especial, una mala calidad nutricional. A este escenario, se suma la cantidad como la calidad de alimentos como causa prioritaria de estas enfermedades. Y, por tanto, nos preguntamos ¿Es la cantidad o es la calidad la causa?

A finales de la segunda guerra mundial, desde 1945, la industrialización alimentaria con la finalidad de mejorar la higiene y seguridad de los alimentos, condujo a su vez al avance tecnológico en la producción de alimentos como conocemos actualmente y, sin saberlo fue el inicio hacía esta pandemia silenciosa.

El hecho de que personas jóvenes con peso normal, incluso por primera vez niños y adolescentes puedan contraer enfermedades no trasmisibles plantea la hipótesis de que esta pandemia se debe a una exposición, más que una conducta, y que la cantidad de alimentos no es la causa. Por el contrario, y seguramente amparado a los intereses económicos, la industria alimentaria continúa argumentando que la causa es la cantidad, no la calidad de los alimentos. Pero este argumento necesita una explicación.

La cantidad de lo que se come, únicamente es responsabilidad individual y lo decide la persona; si bien es correcto, la cantidad mantenida en el tiempo, puede generar obesidad. Pero la calidad solamente la determinan los fabricantes, siendo realmente una cuestión de salud pública.

 

¿Qué pasaría sí la calidad altera la cantidad?  ¿La calidad impulsa la adicción a consumir estos alimentos?

Ante estas cuestiones, la literatura indica como los alimentos característicos de una dieta occidentalizada, es decir ultra-procesados, impulsan a su vez a un consumo excesivo de estos, además de ser alimentos de mala calidad. Esto se produce por interacciones fisiológicas y neuroanatómicas asociadas al acumulo de grasa corporal y a la alteración de las vías de recompensa cerebrales, aumentando la tolerancia y la necesidad de consumir mayores cantidades.

Es posible, que al consumir componentes específicos presentes en la comida rápida y en los alimentos procesados, por ejemplo, la fructosa o azúcares añadidos, son adictivos de una manera similar a la adicción que se produce por la cocaína y la heroína (se desensibilizan los receptores de dopamina en el cerebro).

El problema se agudiza cuando el azúcar añadido lo encontramos presente en más del 70 % de los alimentos disponibles en los supermercados, lo que dificulta que no sea consumido. Además, se utilizan más de 200 nombres diferentes para indicar el azúcar en el etiquetado, lo que dificulta su identificación por los consumidores. Pero lo relevante, es como los azúcares añadidos son el componente predominante, insidioso y dañino de los alimentos ultra-procesados, lo que realmente favorece el riesgo de ENT.

 

¿Qué sucede si consumimos diariamente azúcares añadidos?

Diferentes estudios epidemiológicos han demostrado una importante correlación entre el consumo diario de azúcar y la prevalencia de diabetes tipo 2 y otras enfermedades, incluso después de controlar la ingesta calorías y la obesidad, lo que nos indica que la calidad es más importante que la cantidad.

La diabetes tipo 2 ha sido investigada en diferentes países a través de un metaanálisis, y se mostró que el aumento del 10 % en la ingesta de alimentos ultra-procesados en la alimentación se asoció con un 15% mayor riesgo de diabetes tipo 2. Otro metaanálisis concluyó como una mayor ingesta de alimentos ultra-procesados se asoció con un 29% más de riesgo de incidencia y mortalidad por enfermedades cardiovasculares y un 34% más del riesgo de incidencia y mortalidad por enfermedad cerebrovascular.

Otro azúcar predominante en los ultra-procesados, la fructosa, lo que favorece su consumo excesivo, se sabe que este azúcar genera estrés, toxicidad y y produce importantes cantidades de radicales libres, daña las proteínas y las células en el organismo, acelerando el proceso de envejecimiento prematura y el desarrollo de enfermedades metabólicas.

En definitiva, los ultra-procesados y, en particular, los azucares añadidos, representan la causa y son una amenaza para las personas que los consumen. Bien por desconocimiento o porque ya son adictos a consumir diariamente este tipo de alimentos, el riesgo de enfermar es muy alto. Además, no podemos obviar como profesionales sanitarios preocupados en el bienestar de las personas los aspectos que agravan la situación. La industria alimentaria lo sabe y la no maleficencia de añadir azucares a más y más alimentos, no parece recaer en la mejora de la palatabilidad, sino que posiblemente percibe como una estrategia para vender más, sin atender al daño. Es aquí donde las medidas y políticas sanitarias incluso comerciales deberían redefinirse y legalizarse desde otra perspectiva. El objetivo, es parar esta debacle en términos económicos y de salud con mayor esperanza y calidad de vida.