La trampa de la prosa perfecta: el papel del corrector frente a la desinformación en salud

Raquel Bayarte

27 de octubre de 2026

Cuando el equipo de OCODES me invitó a escribir en este espacio para conmemorar el 27 de octubre el Día Internacional del Corrector de Textos, me planteé cómo encajaba la voz de una traductora y correctora en un observatorio dedicado a combatir la desinformación en salud. Nuestro oficio suele asociarse a una tarea casi invisible y mecánica: corregir erratas, revisar tildes o ajustar la concordancia de un manuscrito. Aun así, acepté la invitación con interés porque creo que el lenguaje no es un simple envoltorio de la ciencia, sino el medio a través del cual la entendemos, la transmitimos y, a veces, la malinterpretamos.

 

Solemos asociar la desinformación a la mentira deliberada: remedios milagrosos que se promocionan con intereses comerciales o teorías que desafían frontalmente la evidencia científica. En inglés, se distingue entre disinformation, la falsedad difundida con intención de engañar, y misinformation, el error compartido sin esa intención. En español, el uso común de «desinformación» suele abarcar ambas, aunque el Diccionario de la Lengua Española solo recoge el sentido intencionado y el de información insuficiente. De hecho, la propia Organización Mundial de la Salud usa el término «información errónea» para esta segunda vertiente, la involuntaria, que considero la amenaza más silenciosa: la que no nace de la mala fe, sino de un error de traducción o de una simplificación tan forzada de los datos para el público general que termina desvirtuando el mensaje.

 

En el ámbito biosanitario, un matiz lingüístico sutil puede transformar por completo un mensaje clínico y tener consecuencias directas en la vida de las personas. No es lo mismo afirmar que «un fármaco no ha demostrado ser ineficaz» que asegurar que «ha demostrado ser eficaz». También se distorsiona la evidencia científica cuando, por descuido, el «sugiere» de un estudio se convierte en «demuestra», cuando se toman unos resultados preliminares por concluyentes o cuando se interpreta una asociación estadística como una relación de causa y efecto. Para quien lee estas imprecisiones mientras enfrenta la preocupación de un diagnóstico reciente, la precisión es una cuestión de seguridad, no solo de estilo. El error puede generar falsas esperanzas y miedos infundados que terminan condicionando las decisiones sobre su propio tratamiento.

 

El problema adquiere nuevas dimensiones con la llegada de la inteligencia artificial generativa. En un contexto marcado por la infodemia —la sobreabundancia de información, fiable o no, que satura a la población—, los modelos de lenguaje pueden crear en segundos resúmenes clínicos, artículos divulgativos, recomendaciones sanitarias o prospectos farmaceúticos con una redacción fluida y un tono de autoridad que inspira confianza. Ahí radica el riesgo, porque la fluidez de un texto no es garantía de veracidad. Las herramientas de inteligencia artificial no entienden de fisiología ni asumen responsabilidades éticas, solo calculan probabilidades estadísticas entre palabras para redactar textos gramaticalmente correctos, pero que pueden incluir referencias inexistentes, alterar datos cuantitativos, omitir advertencias de seguridad o presentar como hechos conclusiones que la investigación disponible no respalda. La desinformación sanitaria ya no llega con faltas de ortografía ni un formato descuidado; hoy se presenta bajo la apariencia de un texto impecable. En el ámbito de la salud, las llamadas «alucinaciones» de la inteligencia artificial pueden comprometer la fiabilidad de la información y, en algunos casos, contribuir a la toma de decisiones clínicas equivocadas.

 

Por eso, el criterio humano de quienes nos dedicamos a la traducción y corrección de textos de salud es indispensable. Nuestra labor no consiste en imponer preferencias de estilo ni en utilizar un corrector ortográfico automático. Corregir exige discernimiento, contrastar que la terminología se ajuste al consenso científico y verificar que la traducción respete los límites de lo que permite afirmar la investigación original. No se trata de sustituir a los investigadores ni al personal sanitario, cuyo conocimiento especializado no está en cuestión, sino de contribuir a que la información llegue al público con el mismo rigor con el que fue concebida.

 

La responsabilidad, por supuesto, no termina en la mesa de corrección. Desde quienes investigan y redactan hasta quienes editan y publican información sanitaria, todos los eslabones de la cadena comparten el compromiso de cuidar lo que se comunica. La inteligencia artificial puede ser útil para algunas tareas, pero no elimina la necesidad de verificar los resultados ni convierte una afirmación en cierta por estar bien formulada. Cuanto más fácil sea producir y difundir contenidos, más importante será detenerse a revisarlos antes de publicarlos. La rapidez no debe imponerse al rigor, especialmente cuando lo que está en juego es la salud. Quien lee también puede protegerse: debe desconfiar de la certeza absoluta («cura», «demuestra»), contrastar las fuentes y, cuando sea posible, comprobar la procedencia del original de una traducción.

 

Agradezco a OCODES la oportunidad de recordar, con motivo del 27 de octubre, que cuando hablamos de salud, la precisión en el lenguaje no es una manía, sino una medida de prevención. Cuidar las palabras también es una forma de cuidar a quienes las leen.