La vida en segundo plano

María del Mar Prieto Bermejo

02 de mayo de 2025

Es complicado expresar con palabras tantos años de dolor y sufrimiento, de sentimientos encontrados. Lo cierto es que, aún recuerdo aquella llamada desde el Ministerio de Educación, en septiembre, en la que me comunicaban que mi hijo había sido aceptado en el colegio que habíamos elegido.

 

He de decir que no miramos colegios ni hicimos un estudio de idoneidad, nos dejamos guiar por la fama, un colegio relativamente pequeño, familiar, que cubría hasta bachillerato. Con nuestra elección, estábamos felices y encantados.

 

Juan empezó infantil con ilusión, la jornada escolar era partida por lo que salía a comer a casa y a él se le veía feliz y contento, es más, en segundo de infantil lo apuntamos a alguna extraescolar al mediodía para que estuviese con sus compañeros. A los meses, empezó a quedarse dormido después de comer, estará cansado –pensaba yo–, pero cuando se convirtió en un hábito diario comenzamos a preocuparnos.

 

Quizá esas fueron las primeras señales y no supimos verlas

Juan empezó la educación primaria y pese a ser un niño feliz, apenas hablaba de su día a día en el colegio y comenzó con pequeños despistes en los deberes, demandaba a menudo: ¿mamá así voy bien?, ¿de verdad? hasta que de repente, un día que se enfadó con su hermano pequeño –lleno de furia y dolor– le dijo: ¡Tú no vales para nada!

 

¿Quién le decía eso a mi hijo?

Fue entonces cuando, tras hablar con otras madres, nos enteramos de que un niño en concreto se metía con él. Lo insultaba, lo humillaba y el resto de los niños o eran partícipes o simplemente se daban la vuelta. Y cuando nosotros lo consultamos al resto de padres, además de quitarle importancia a los actos, nos contestaban: Por favor, ¡es Primaria!, ¡cómo se van a dar cuenta!

 

Como padres preocupados y primerizos en estas lides acudimos al colegio, solicitamos reunirnos con el tutor y con la dirección del centro, que calmaron nuestras preocupaciones diciéndonos que se tomarían medidas al respecto y que no se nos informaría de ellas por el bien del otro menor (el agresor). Así es como, desde 3º de primaria, mi hijo y este otro alumno ya no coincidieron en clase. Pero el mal ya estaba hecho, pues la solución no consiste sólo en separar, sino en trabajar con ambos menores, el resto de la clase e incluso también con las familias.

 

Juan tenía sólo 8 años cuando acudió a su primera consulta con el psicólogo para poder gestionar las situaciones derivadas del acoso, las pesadillas, el estar solo en clase, en los recreos, el no tener el respaldo ni siquiera de un profesor.

 

Y llegó el siguiente paso. Juan comenzó educación secundaria obligatoria (ESO) con ilusión, ya que llegaban alumnos nuevos y, en su mente, cabía la posibilidad de hacer amigos. De hecho hizo un nuevo amigo, pero la fama pesa y no solo le dio la espalda sino que se unió a la ronda de insultos, humillaciones e incluso alguna agresión física.

 

En segundo de la ESO llegó el silencio, a Juan se le hizo el vacío, ahora sí que estaba sólo de verdad y fue entonces cuando me pidió que le cambiase de centro y nosotros, como padres, tuvimos la iniciativa de hacerlo. No se podía cambiar en el período ordinario, así que lo intentamos fuera de plazo, utilizando el motivo del acoso escolar sufrido en el centro anterior, pero nos encontramos una sorpresa: el centro nunca había abierto el protocolo de acoso  porque según nos refirieron posteriormente, habían tomado medidas.

 

Llegó tercero de la ESO y, con el nuevo curso, la agresión. No es que no hubiera habido agresiones físicas antes, pero esta marcó un antes y un después. Y no solo para Juan, sino también para otros alumnos, que se asustaron y avisaron a un profesor responsable que, por cierto, se encontraba ausente en el momento en el que se produjo la agresión.

 

Todo cambió, tras la agresión. Juan tuvo que visitar un servicio sanitario de urgencias desde donde se cursó el parte de lesiones al juzgado, denuncia en GRUME, solicitud de apertura de protocolo de acoso (el colegio tardó dos días en abrirlo y fue por exigencia mía) y cambio de centro. Con esto, nosotros como padres, dábamos por terminada una etapa en la que todos,  alumnos y profesores habían sido partícipes.

 

A día de hoy he de decir que tenemos la inmensa suerte de que Juan está en un centro escolar con un equipo directivo, de orientación y docente profesionales y con vocación, pero todavía nos espera un largo camino por recorrer. Quién sabe si, al igual que en el Kintsugi, resurgirá una nueva persona o esas heridas le atarán de tal manera que no le dejarán crecer como a otro niño de 15 años.

 

Lo que sí es cierto es que, en este camino, hay que rodearse de buenos profesionales porque es complicado encontrar apoyos en el resto de padres, bien por egoísmo o por temor a que su hijo sea el siguiente objetivo. Hablar con nuestros hijos todos los días es fundamental, por lo que dicen y por lo que callan; las señales siempre están ahí aunque no las veamos.