Literatura: Creatividad y potencia crítica

Alfredo Saldaña Sagredo

15 de abril de 2026

Me gustaría en este breve texto apuntar algunas ideas sobre las funciones que la literatura —en especial, la poesía—, la creatividad y el pensamiento crítico han podido desempeñar en mi trayectoria como profesor y autor de unos cuantos libros de poesía y de ensayo en el ámbito de una universidad cada día más aletargada y burocratizada, tanto en el contexto docente como en el investigador, y ello en unas circunstancias en las que, como se lamenta el poeta sirio Adonis, la productividad y la rentabilidad están ganando terreno a la imaginación, el ingenio y el cacumen.

 

Comenzaré recordando que con el término poesía designamos un hacer, un dar a luz o un engendrar, un acontecimiento creativo, en cualquier caso, inherente a lo femenino de nuestra especie y asociado estrechamente a la noción de alumbramiento. En ese proceso, el poeta intuye que la escritura es una actividad imaginaria, fantasmática y especular, una práctica en la que acaba diluyéndose en el vacilante e incierto trazo de su propio texto. En ese recinto brota una palabra poética extraña y anómala que comienza a manifestarse cuando ­—al menos por un instante­— se interrumpen los latidos de la existencia y, en ese sentido, a la vez que un aviso premonitorio de la muerte que viene, no es otra cosa que una representación, una imagen, en fin, un signo de la propia vida, detenida en su extrema y radical intensidad.

 

Percy B. Shelley distingue en A Defence of Poetry entre catalogue y creation, una distinción sobre la que se ha trazado la gran diferencia entre el lenguaje de la historia y los registros (im)propios de la poesía. Sin embargo, esa disonancia responde a menudo más a un ideal, una aspiración o un tópico que a una realidad contrastada dado que, al igual que existe un subgénero literario que denominamos «ciencia ficción» (un sintagma construido a partir de dos términos aparentemente contradictorios y excluyentes), el relato de la historia, presuntamente objetivo y veraz, aparece salpicado con frecuencia de elementos y recursos ficcionales, míticos, imaginarios, fantásticos; por el contrario, tampoco es infrecuente encontrar una poesía anclada a la experiencia en su sentido más restrictivo, concebida casi como fedataria de la realidad material, sensorial y sentimental. Y es en ese momento —recordemos, primeras décadas del siglo XIX— cuando surge la poesía tal como todavía hoy la seguimos explorando, es decir, entendiendo e ignorando, una poesía que, manteniendo unos estrechos vínculos con la creación y la imaginación, no deja de ocasionar desconcierto y malestar. Quizás ahí se encuentren algunas de las razones por las que la poesía ocupa un espacio social cada vez más exiguo e irrelevante.

 

De paso, nos encontramos sumidos en un escenario en el que los saberes relacionados con la especulación, la crítica, el pensamiento o los estudios menos instrumentales están siendo arrinconados hasta casi hacerlos desaparecer del ambiente educativo, frente a esos otros relacionados con la adquisición de unas cuantas reglas y consignas que la doxa académica califica como habilitantes. Así, las interrogantes se disparan de una manera espontánea y natural, ¿por qué ese tipo de contenidos y conocimientos tildados a menudo de inútiles e innecesarios sufren tales ataques?, ¿por qué, en definitiva, la poesía, la filosofía y la crítica encuentran tan difícil arraigo en sociedades como la nuestra? Aunque cualquier sujeto mínimamente informado esté al cabo de la calle y conozca qué intereses se esconden detrás de todas estas cuestiones, no creo que se trate de preguntas retóricas. Una posible, tentativa y rápida respuesta podría argumentarse recordando que la poesía (cuando se acompaña de esa enfermedad sagrada, como decía Heráclito, que es el pensar) y la filosofía (cuando se manifiesta con un ingobernable decir poético) contienen un aliento epifánico, siembran una semilla indomable y desestabilizadora, y que por ahí puede entenderse y explicarse su expulsión de los foros públicos.

 

A partir de ahí, es innegable que no se puede desarrollar un trabajo poético sin la intervención del pensamiento crítico y, en esas circunstancias, es obvio que pensar consiste en destensar los puntos de amarre para que el pensamiento pueda desplazarse con soltura y fluidez, generar espacio para que broten las ideas, errar —en los sentidos de andar y fallar— y hacer casa, como defendía la poeta rusa Anna Ajmátova, en un camino abarrotado de preguntas. Perderse para encontrarse, perder el sendero y reconocerse en esa pérdida.

 

En fin, una reflexión como esta que aquí apenas queda esbozada solo tiene sentido si se aborda como un esfuerzo para (des)ubicar y extrañar los lugares que ocupa la poesía en las sociedades contemporáneas, y ello sin renunciar a un compromiso con la defensa de una naturaleza y un entorno cada vez más devastados por los insensatos y letales comportamientos del ser humano. En ese sentido, se trataría de estar a la altura de las circunstancias y explorar una poesía solidaria con una realidad en la que ese ser humano es solo una parte —aunque una parte responsable, sin duda— de esa totalidad. Y todo ello porque la poesía, a veces, nos enseña que no se es poeta sino que se está en modo poético.