Se apaga una luz, nace una vida
Natalia Barrio Forné
04 de mayo de 2025
Un lunes normal, de una semana como otra cualquiera, a veces, se puede convertir en un día para recordar. Siempre se ha dicho que no es cómo se empieza, sino cómo se acaba.
El comienzo de esta historia surge en un hospital donde nos dedicamos las 24 horas a atender gestantes y recién nacidos. Este día no difería de otros al inicio de la jornada laboral. Estábamos controlando las evoluciones de los partos de unas embarazadas ingresadas, quienes estaban esperando a conocer a su hijo o hija cuando, de repente, a las 12:33h, se apagó la luz.
Durante unos instantes todos nos quedamos quietos, esperando que el generador saltara y supliera las funciones de la red eléctrica, pero tardó unos segundos más de lo habitual y, aunque comenzaron a funcionar todos los monitores y aparatos con normalidad, nos dimos cuenta de que algo no iba del todo bien.
Aun así, nuestro trabajo nos reclamaba y teníamos que continuar. Unos minutos más tarde, algunos compañeros empezaron a recibir mensajes de que la luz no se había ido solo en el hospital o en esa calle o en nuestra ciudad, sino que se había ido en toda España. Incrédulos, nos asomamos a la ventana y vimos semáforos sin funcionar, policías controlando el tráfico, comercios sin luz. La información que nos llegaba era cierta.
Gracias al generador disponíamos de todos los medios –a diferencia de las personas que estaban fuera del hospital–, pero las dudas comenzaron a aflorar: ¿Cuánto tiempo duraría el apagón de luz?, ¿y cuánto tiempo duraría el generador? ¿Existía la posibilidad de que el gasoil del generador se acabara? Si se acababa, ¿Qué ocurriría?
Desde la dirección del hospital nos informaron que la situación se iba a alargar durante varias horas y que no se sabía con exactitud si la capacidad del generador aguantaría el tiempo necesario hasta que se recuperara la luz, por lo que se debía economizar toda la energía que se pudiera. En ese preciso momento, pensamos en la cantidad de maquinaría que se maneja dentro del hospital y que son necesarias para el soporte vital de los pacientes, así como lo imprescindible que es la electricidad para ellos.
Por ese motivo, comenzamos a desenchufar todos los monitores, ordenadores y elementos eléctricos que no utilizábamos, así como todos aquellos que usábamos para ejercer nuestro trabajo pero que podíamos reemplazar por otros medios que no emplearan la luz para su funcionamiento. Solo dejamos conectados aquellos que necesitábamos de forma imprescindible para poder realizar adecuadamente nuestro trabajo.
Apagadas todas las luces de los pasillos, del control, de los cuartos de la medicación, del almacén y de todas las dilataciones y paritorios, a partir de ese momento vivimos una situación inusual. Debíamos usar las linternas de nuestros móviles para acceder a las zonas que se habían quedado a oscuras, seguimos controlando a las futuras madres y a sus hijos con la profesionalidad de siempre –pero con métodos más tradicionales– y permanecimos constantemente dentro de la dilatación, al lado de los futuros progenitores, para que no tuvieran que utilizar los timbres de llamada.
La vida se abre paso a pesar de las circunstancias y sucedió lo esperable, pues las gestantes estaban a punto de dar a luz –una frase muy llamativa, dada la ausencia de electricidad fuera del hospital–.
En esa situación, el ingenio, la experiencia y el conocimiento del medio a la perfección se mezclaron, aportando una gran idea para el parto: situamos a las mujeres embarazadas en las dilataciones-paritorio, que disponen de ventanas, para que parieran allí. De esa manera, utilizamos a nuestro favor la luz del día para prescindir de la luz artificial en ese momento y usarla exclusivamente tras el alumbramiento, para comprobar que todo estaba bien.
Horas después, todo volvió a esa normalidad que caracteriza a los lunes. Pero no había sido un comienzo de semana más, todos lo sabíamos. Esta situación nos había dado la posibilidad de ser conscientes, si no lo éramos ya, de lo mucho que dependemos de la electricidad.
También aprendimos a agudizar el ingenio, creciéndonos ante la adversidad para priorizar la atención y el bienestar de las personas que estaban a nuestro cargo. Asistimos a las gestantes en la recta final del embarazo y dimos la bienvenida a esos recién nacidos que, aunque llegaron a este mundo en un momento de incertidumbre, sus padres y los profesionales sanitarios que les esperábamos teníamos la seguridad de que todo iba a ir bien.
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