SIBO ¿Pandemia o sobrediagnóstico?
Esta definición no era controvertida y se sospechaba en pacientes con un síndrome de malabsorción y diarrea crónica debido a una causa predisponente quirúrgica o médica.
En la actualidad, el SIBO se diagnostica cuando existe una concentración de ≥ 103 unidades de bacterias colónicas formadoras de colonias por mililitro (UFC/mL) en el cultivo del aspirado duodenal/yeyunal. Este diagnóstico es complejo y poco práctico, ya que conlleva la realización de una prueba invasiva como una gastroscopia.
En este sentido, las pruebas de medición del hidrógeno en el aire espirado son una alternativa diagnóstica y se aplican, actualmente, para detectar SIBO como método diagnóstico indirecto, aunque sin una base científica obtenida mediante ensayos clínicos controlados. Es decir, las pruebas disponibles hasta el momento son poco precisos. Incluso se desconoce si la normalización de estas pruebas es realmente garantía de curación, ya que muchos de ellos no están validados ni son reproducibles.
Recientemente, el término SIBO se ha popularizado, debido a la alta prevalencia reportada desde que se diagnostica de manera indirecta, y gracias a la difusión de la enfermedad por “influencers” en las redes sociales.
La definición actual del SIBO ha generado polémica debido a que su espectro se ha ampliado más allá de la malabsorción. Por ello, en 2024, y debido a la gran incertidumbre generada, un grupo de expertos de la AEG (Asociación Española de Gastroenterología) y la ASENEM (Asociación Española de Neurogastroenterología y Motilidad), se pusieron manos a la obra para intentar dar un poco de luz sobre esta enfermedad. Realizaron un estudio formulando preguntas fundamentales sobre el manejo de la patología y dando respuesta a las mismas, de acuerdo con la evidencia científica disponible hasta el momento. Se trata de un documento práctico para el manejo de pacientes con SIBO y ayuda a contrarrestar la desinformación actual que existe sobre la enfermedad.
Así mismo, la Guía Europea editada en el año 2022 para la indicación de test de aliento de hidrógeno (H2) y metano (CH4), propone que, aún en ausencia de un consenso absoluto para la interpretación de sus resultados, y hasta disponer de un verdadero patrón oro para el diagnóstico de SIBO, se considere la realización de las pruebas en pacientes con hinchazón, dolor abdominal y/o signos de malabsorción, una vez descartados otros diagnósticos mediante técnicas endoscópicas o de imagen, y especialmente si hay factores predisponentes.
Estos factores predisponentes son sobre todo alteraciones anatómicas y estructurales intestinales, como cambios posquirúrgicos, asas ciegas, estenosis y fístulas o diverticulosis yeyunal; trastornos graves de la motilidad (conectivopatías graves, amiloidosis y enfermedad de Parkinson); trastornos endocrinos y metabolopatías avanzadas (aclorhidria, hipotiroidismo y diabetes mellitus); diversos fármacos; y una miscelánea constituida por condiciones como rosácea, inmunodeficiencias, enfermedad inflamatoria intestinal, enfermedad celíaca, enteritis radica, pancreatitis crónica, hepatopatía o nefropatía graves y el síndrome del intestino irritable (SII), con mayor riesgo en la forma con predominio de diarrea.
En ausencia de dichos factores predisponentes bien definidos, la probabilidad de tener un SIBO es baja y la decisión de realizar pruebas para diagnosticarlo no estaría justificada.
En conjunto, los síntomas compatibles con SIBO, muchas veces pueden confundirse con una disbiosis intestinal, entidad mucho más frecuente y con un tratamiento distinto.
La disbiosis intestinal se define por el desequilibrio en la microbiota intestinal. Una pérdida de dicha diversidad junto el desequilibrio entre las proporciones de cepas bacterianas puede provocar graves consecuencias.
La microbiota intestinal está formada por más de 1.000 especies microbianas, incluyendo bacterias, arqueas y eucariotas. Alcanzan su mayor proliferación en el colon y son parte funcional y no prescindible del organismo humano: aportan genes (microbioma) y funciones adicionales a los recursos de nuestra especie, participando en múltiples procesos fisiológicos (desarrollo somático, nutrición, inmunidad, etc.). La microbiota juega un papel relevante en la salud y en la enfermedad, aunque todavía no tenemos respuestas definitivas para describir cómo es la simbiosis perfecta entre microorganismos y humanos, o cuál es la proporción o combinación de microorganismos más adecuada para cada individuo. En personas sanas, la composición de la microbiota intestinal es sumamente diversa, con cepas bacterianas protectoras que superan en número a las cepas potencialmente perjudiciales.
Múltiples factores como el uso de antibióticos y otros fármacos, estrés, factores genéticos, dieta, estilo de vida, etc., se han implicado en el origen de la disbiosis. Si el factor desencadenante es intenso o persistente en el tiempo, el proceso puede conducir a enfermedad intestinal, generalmente de tipo crónico o recurrente y de patrón inflamatorio.
Como todos sabemos, la salud de un individuo depende de múltiples factores, su biología (genética, desarrollo, envejecimiento), estilo de vida (alimentación, ejercicio, consumo de fármacos, hábitos tóxicos, etc.), medio ambiente (factores externos físicos, químicos, biológicos, psicosociales, socioculturales, etc.) y del sistema sanitario que le atiende (utilización de servicios, eficacia, eficiencia, etc.). La colonización microbiana está implicada, de un modo u otro, en muchas de esas variables. En concreto, la investigación experimental y clínica de la última década ha subrayado el impacto funcional de las comunidades microbianas que habitan el intestino de los animales, incluyendo el ser humano.
Definir con precisión la población microbiana en el intestino delgado asociada al SIBO es por tanto un desafío, y se espera que futuros estudios de la microbiota mediante secuenciación de nueva generación proporcionen un nuevo concepto de SIBO, tanto en términos cuantitativos como cualitativos.
Mientras tanto, debemos informar correctamente a los pacientes y tener mucha cautela antes de diagnosticarles de SIBO, interpretando únicamente un test indirecto de aire espirado, sin tener en cuenta los riesgos del tratamiento, antecedentes y un contexto clínico adecuado.

Última entrada
¿Quieres colaborar con nosotros en la creación de artículos para la web?
Descarga aquí las normas de colaboración con OCODES para autores/as.

