Una manera de mirar el mundo

Mar Aísa Poderoso

14 de octubre de 2025

En un mundo tan pragmático y convulso como el que vivimos, la cultura, en todas sus dimensiones, es una de las herramientas más poderosas para espolear conciencias. Es lo que dota al ser humano de un nivel de pensamiento y trascendencia que le ayuda a cuestionar, a analizar y, sobre todo, a humanizar cada uno de sus actos. Y al mismo tiempo, es aquello que aporta la capacidad de admirarse, de contemplar, de conmoverse, de disfrutar con la razón y los sentidos, de buscar la belleza, que siempre nos hace mejores. La literatura pone palabras a los sentimientos, evoca y provoca, es el asidero al que nos agarramos para evadirnos, para aprender, para viajar dentro y fuera de nosotros. Es la lupa que muestra y amplifica todo lo que importa al ser humano.

 

Cuando me preguntan qué mueve a un escritor a escribir, estoy convencida de que hay tantas respuestas como escritores, pero todos tenemos en común la necesidad de buscar, de contar, de compartir, de transformar. Para unos la escritura es terapéutica, catártica. Para otros es una pasión incontrolable; para algunos, es un refugio o una huida. Para todos, una necesidad vital.

 

Escribir es un acto humano en el que cada uno deja su impronta a partir de su cultura, su entorno, su trayectoria, su sensibilidad y su modo de ver el mundo. Las mujeres escritoras dejamos nuestra mirada en cada una de nuestras historias. No me gusta hablar de literatura masculina o femenina, prefiero hablar simplemente de literatura y celebrar las maravillosas obras de unas y otros, la diversidad de miradas, la elección de temas, de palabras, de matices.

 

Sin embargo, todavía hoy, hay que recordar a modo de ejemplo, que solo doce mujeres han ocupado un asiento en nuestra Real Academia de la Lengua, desde 1713 o que en ciento veinticuatro años solo dieciocho mujeres han ganado el premio Nobel de Literatura.

 

Precisamente, la última en hacerlo en 2024 ha sido la surcoreana Han Kang, autora de consolidada trayectoria con novelas que nos hablan de temas perturbadores como la crueldad, la guerra, el dolor. Una autora preocupada por el sufrimiento, capaz de convertir en universales historias impregnadas de una cultura muy alejada de la nuestra. Eso es lo que dota a la literatura de grandeza, que una historia pequeña y particular se convierta en la gran historia de todos. Quizá La vegetariana sea una de las más controvertidas y perturbadoras. Una novela con múltiples interpretaciones, casi tantas como lectores, que entre otros aspectos pone el foco en cómo se puede ejercer la violencia desde el silencio dentro de la propia familia, desde aquellas personas que supuestamente nos tendrían que amar y proteger. Una violencia que llega a despersonalizar y a provocar la necesidad de escapar de su propia condición humana. Una visión original y, al mismo tiempo, demoledora sobre la salud mental con una sensibilidad femenina, pero una mirada universal.

 

Han Kang se compromete a contar historias que duelen y ese dolor nos lleva a mirar a nuestro alrededor y a formularnos preguntas, como ya lo hizo, años antes, una de nuestras escritoras más brillantes y combativas Emilia Pardo Bazán. Una autora que mereció su asiento en la Academia de la Lengua española por mérito propio. Ni su talento ni su coraje fueron suficientes para lograr un reconocimiento que reclamó sin falsa modestia y que nunca le fue otorgado por ser mujer, a pesar de ser un referente literario a la altura de Zola en Francia. Fue una escritora audaz que hizo propio el Naturalismo y lo adaptó a la idiosincrasia española. Emilia, nos mostró la hondura del alma humana y retrató a la sociedad española de finales del siglo XIX y principios del XX con una pluma mordaz y al mismo tiempo delicada y precisa con la que puso el foco en lo más excelso y lo más miserable del ser humano. Fue una pionera, una visionaria, que utilizó sus novelas para mostrar su preocupación por la pobreza, la enfermedad, la falta de medios en el ámbito rural que tan bien conocía y, por supuesto, en las grandes ciudades como Madrid y Barcelona en las que las nuevas clases sociales, hijas de la industrialización, se hacinaban en barracones y barrios insalubres. Ningún tipo de miseria e injusticia le fueron indiferentes. Y de todo ello encontró inspiración para sus personajes y sus novelas. Inolvidable su Máximo Juncal con su visión positivista y científica frente a la superstición en Los Pazos de Ulloa y en La madre naturaleza. Sin duda, sus novelas tienen una finalidad pedagógica que palpita tras historias inolvidables de una enorme altura estética y literaria.

 

Y como no podía ser de otra manera, Rosa Montero también introduce en sus novelas una panorámica del mundo que nos rodea y que los lectores reconocemos como propio. Seguramente su obra más comprometida en este sentido sea El peligro de estar cuerda que comienza con toda una declaración de intenciones: “Siempre he sabido que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza” y con semejante naturalidad nos adentra en un libro en el que, sin ambages, nos va mostrando el diluido límite entre creatividad y locura o, al menos, las peculiaridades y excentricidades que afectan a gran parte de los considerados genios e incluso a la mayoría de las personas consideradas normales. Y empieza por ella misma, reconociendo que “A mí ya me tocó. Formo parte de ese 25% de personas que sufrirán algún problema mental a lo largo de su vida”. Qué importante poner en palabras, compartir y visibilizar la realidad con humor y ternura a través de la literatura.

 

No quiero tampoco olvidarme de Isabel Allende y de su novela Paula, un libro que te acaricia y te golpea, que te adentra en el dolor de la espera, del tiempo inabarcable en un hospital, de la muerte de una hija como desenlace irrevocable. Es el testimonio de una madre, de una escritora, que transforma el dolor en una de las obras más hermosas que he leído y que lo cataliza en una eclosión de belleza y de esperanza.

 

Al igual que logra también Noemí Trujillo en su reciente novela Una noche de Reyes en la que, a través de una conversación ficticia con maravillosas escritoras como Carmen Laforet, Ana María Matute o Carmen Martín Gaite, nos narra su propia experiencia ante un diagnóstico de cáncer. Una novela que celebra la vida y la literatura, precisamente con literatura escrita por mujeres.

 

Muchas son las escritoras que merecen aparecer en estas páginas y en cualquier artículo que hable del poder de la literatura para mirar y contar lo que nos rodea, para transformar a las personas y al mundo, para provocarnos la risa y el llanto, para hacernos, en definitiva, más humanos.  Ya lo dijo Ana María Matute: “El mundo hay que fabricárselo uno mismo, hay que crear peldaños que te suban, que te saquen del pozo. Hay que inventar la vida porque acaba siendo verdad”.