Bienestar en la adolescencia: Claves para acompañar el crecimiento

Tatiana Simal Galindo y Alba Zorrilla Blasco

2 de marzo de 2026

​La palabra adolescencia proviene del término del latín adolesco–adolescere: adolecer, crecer a pesar de todo, con dificultades. La propia etimología ya sugiere que no se trata de un tránsito sencillo, sino de un proceso de transformación profundo, a veces contradictorio, en el que conviven la fragilidad y la potencia creadora.

 

 

La mayoría de las personas transitan el paso del mundo infantil al adulto sin rupturas ni desequilibrios importantes; pero las dudas, la incertidumbre, la explosión de deseos y los peligros son inherentes a esta transición. El adolescente deja atrás certezas infantiles mientras todavía no dispone plenamente de los recursos adultos. Se encuentra, por tanto, en una etapa de construcción: de su identidad, de su proyecto vital y de su manera de estar en el mundo.

 

 

A continuación, se presentan algunos factores protectores del bienestar emocional en la adolescencia.

 

 

La atención a las etapas previas

 

Los padres tienen una tarea clave en la infancia y la latencia. En la medida en que se hayan cultivado en el núcleo del hogar factores como la autonomía y la responsabilidad progresivas, la promoción de la toma de decisiones, el acompañamiento tanto en la tolerancia a la frustración como en la culpa y la reparación, el atender a los intereses del niño y facilitar sus aficiones, la práctica de la comunicación asertiva, la transmisión del orgullo por sus logros, así como la ayuda en la modulación de sentimientos y actitudes menos sanos, el juego compartido, etc., los cimientos para el desarrollo del adolescente serán más sólidos.

 

 

Se busca que el niño, al finalizar la latencia, haya llegado a conocer sus puntos fuertes y débiles; que pueda entretenerse por sí mismo y estar a gusto más allá de la presencia constante de sus padres; que pueda afrontar situaciones novedosas y ejercer su carácter defendiéndose ante sus iguales. Habrá disfrute en cuanto a sus posibilidades y capacidades, comenzándose así el diseño de un proyecto propio de vida que en la adolescencia tomará forma más definida.

 

 

La estabilidad de la familia

 

Una base de seguridad familiar es un factor fundamental ante el reto del crecimiento, que no es sino el paso desde la dependencia completa del bebé hacia la confianza e independencia del adulto. Esta estabilidad no implica ausencia de conflictos, sino coherencia, límites claros y disponibilidad afectiva. La familia extensa, los amigos de los padres y los profesores pueden desempeñar un papel esencial al acompañar al adolescente, teniendo en cuenta que la cercanía directa con los padres puede resultarle incómoda. En su proceso de autoafirmación necesita otros modelos y figuras que puedan ser vividas de forma menos amenazante y más facilitadora del diálogo.

 

 

El acompañamiento en la salud sexual

 

Desde el cuidado del propio cuerpo y el respeto al de los demás hasta la posibilidad de hablar de los cambios corporales, del primer amor, de la diferencia entre sexo y amor o de los riesgos de la pornografía, es deseable encontrar un equilibrio que permita abordar estos temas sin invadir en exceso. El adolescente necesita asimilar progresivamente que su cuerpo ya no es infantil: puede aparecer miedo, extrañeza o vergüenza. Se abre la sexualidad, el encuentro con el otro y con uno mismo al mismo tiempo, y contar con adultos que orienten sin juzgar es un factor decisivo de protección.

 

 

Educar en valores y compromisos

 

Estos serán asideros firmes para la construcción de la identidad. La coherencia entre lo que se dice y lo que se hace en el entorno familiar y educativo facilita que el adolescente pueda integrar principios éticos propios, desarrollar el sentido de responsabilidad y aprender a convivir con la diversidad.

 

 

Promover las aficiones

 

Las actividades culturales, deportivas o artísticas no sólo afectan al rendimiento formativo, sino también a las decisiones académicas y al encuentro con iguales con intereses comunes. Las aficiones estructuran el tiempo libre, fortalecen la autoestima y ofrecen espacios de pertenencia saludables.

 

 

Destacar sus logros y no insistir en exceso en sus errores

 

La confianza del adolescente en sí mismo es quebradiza, aunque se aparente lo contrario. Tras actitudes desafiantes o indiferentes puede esconderse una profunda inseguridad. El reconocimiento sincero y proporcionado favorece la consolidación de una autoestima realista.

 

 

Regular el acceso a redes sociales, videojuegos y pantallas

 

El adolescente aún no ha desarrollado plenamente el córtex prefrontal, zona encargada de la planificación, la toma de decisiones y el control de los impulsos. Por ello necesita supervisión y límites externos que suplan esa inmadurez neurológica transitoria. La educación digital debe combinar la confianza con normas claras y razonadas.

 

 

No obviar el efecto tóxico del alcohol, cannabis y otras drogas

 

En el cerebro en desarrollo del adolescente su impacto puede ser especialmente dañino, tanto por el riesgo de desconexión con el estudio (síndrome amotivacional) como por la puerta que supone al desarrollo de adicciones y otros trastornos mentales. Del mismo modo, cuidar la alimentación, el sueño y el descanso son hábitos saludables imprescindibles que sostienen el equilibrio emocional.

 

 

Fomentar el encuentro con el grupo de iguales

 

Acompañar el acceso a grupos acordes con los intereses del adolescente —y si es antes de esta etapa, mejor— facilita una pertenencia sana. No olvidemos que los amigos son, en cierto modo, la familia que uno elige, pero no a pesar de uno mismo. Combatir el acoso escolar es una tarea fundamental de todos: familias, centros educativos y sociedad en su conjunto.

 

 

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, 1 de cada 7 menores entre 10 y 19 años sufre algún trastorno de salud mental. Este dato nos recuerda que la adolescencia, aun siendo una etapa de oportunidad y crecimiento, también puede ser un tiempo de especial vulnerabilidad. Abordar el sufrimiento de forma temprana, desde unidades especializadas y con un enfoque biopsicosocial, permitirá elaborar un diagnóstico adecuado y ofrecer los tratamientos más pertinentes.

 

 

En definitiva, acompañar la adolescencia no consiste en evitar las dificultades —porque crecer implica atravesarlas— sino en ofrecer presencia, límites y confianza. Si la infancia ha sentado bases sólidas y el entorno continúa siendo un espacio de referencia y apoyo, el adolescente podrá transformar la incertidumbre en proyecto, la duda en búsqueda y la fragilidad en fortaleza. Crecer, a pesar de todo, seguirá siendo un desafío, pero también una extraordinaria oportunidad de desarrollo humano.