Cuando la navidad ilumina la ausencia: Hablemos de soledad no deseada

Virginia Salinas Pérez

26 de diciembre de 2025

Diciembre es un mes paradójico. Mientras el calendario se llena de luces y melodías pegadizas que imponen una narrativa de felicidad infinita —reuniones familiares multitudinarias, comidas y brindis ruidosos, un calor humano que parece, por decreto social, inextinguible—, también se convierte en un tiempo especialmente duro para quienes viven la soledad no deseada.

 

Y aunque hay quienes piensan que la soledad es siempre una elección, esta conclusión parte de una visión excesivamente simplificada de la realidad. Sobre todo, porque estar solo y sentirse solo no son lo mismo. En ocasiones, la soledad buscada puede ser un refugio fértil para la reflexión y el crecimiento personal; pero cuando se convierte en una condición no deseada, impuesta por las circunstancias, la experiencia es radicalmente distinta.

La soledad es, en realidad, un fenómeno poliédrico, tan complejo como humano. No hablamos de un estado único, sino de múltiples soledades que se entrecruzan con la edad, la cultura, el género, la salud o la situación económica. Es un fenómeno difícil de conceptualizar, con un fuerte componente afectivo, pero también con dimensiones cognitivas, perceptivas y conductuales. Por un lado, existe una dimensión emocional, vinculada a sentimientos de vacío, carencia o privación en la necesidad de relación social: ese dolor social del que cada vez habla más la ciencia. Por otro lado, una dimensión cognitiva, relacionada con la discrepancia entre las relaciones sociales que una persona tiene y las que desearía tener; es decir, la sensación de no contar con vínculos significativos o de no sentirse satisfecha con los existentes, y sentirse sola aun cuando se está rodeada de otras personas.

 

La soledad no deseada no distingue edades. Los jóvenes, paradójicamente hiperconectados a través de las redes sociales, también se sienten abandonados y desconectados. Las personas mayores la padecen tras la pérdida de seres queridos, la partida de los hijos o hijas o la disminución de la movilidad. Nadie elige perder a su pareja, quedarse viudo o viuda, migrar por necesidad, envejecer con una red social que se reduce, vivir con una discapacidad que dificulta la vida social o ser excluido por su identidad o su situación económica. En todos estos casos, la soledad no es una decisión, sino una consecuencia. Pensar que “quien está solo es porque quiere” desplaza la responsabilidad exclusivamente al individuo y borra los factores sociales y estructurales que influyen: horarios laborales incompatibles con la vida social, ciudades poco amables para el encuentro, familias fragmentadas, precariedad, edadismo o un modelo de vida cada vez más individualista.

 

Esta soledad no deseada afecta a millones de personas en todo el mundo y, cuando se cronifica, la evidencia científica muestra que tiene efectos reales sobre la salud física y mental. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) la considera una de las mayores amenazas para la salud pública del siglo XXI: un problema urgente, con un fuerte impacto en la calidad de vida y un aumento de la morbimortalidad comparable al del tabaquismo, el sedentarismo o la obesidad.

 

Diciembre incorpora, además, una novedad relevante. España impulsa ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU) la declaración del 16 de diciembre como Día Internacional de la Soledad No Deseada, a través de la Fundación Padre Ángel y con el compromiso del Gobierno de España, en línea con la OMS y con países pioneros como Reino Unido o Japón. Se trata de un paso importante, porque la soledad no deseada sigue siendo invisible y estigmatizada. Contar con un día internacional permite hacerla visible, sacarla del ámbito privado y situarla en la agenda pública, mediática, social y política. Nombrarla sin culpa ni vergüenza es una condición necesaria para movilizar a la sociedad y promover la implicación de administraciones públicas, entidades sociales, empresas, centros educativos y ciudadanía en alianzas y acciones sostenidas contra la soledad.

 

La elección del 16 de diciembre tiene, además, un fuerte valor simbólico. Por un lado, coincide con el aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven, compositor que padeció aislamiento social debido a su discapacidad auditiva, sin que ello le impidiera crear obras tan significativas como la Oda a la Alegría, un himno a la fraternidad, la unión y la esperanza que sigue emocionando al mundo.

 

Por otro, la fecha precede a la Navidad. Y no se trata de dramatizar, sino de comprender el contexto emocional. Las fechas señaladas actúan como un amplificador: cuando el entorno insiste en la unión, la felicidad y la celebración compartida, la ausencia se vuelve más visible y más dolorosa. No es que la Navidad cree la soledad, es que la hace más consciente. Para quienes cuentan con redes familiares y sociales sólidas, estas fiestas refuerzan la sensación de pertenencia; para quienes viven la soledad no deseada, pueden intensificar el vacío. Es la paradoja de unas celebraciones que exaltan la compañía y, al mismo tiempo, revelan la ausencia.

 

Por eso, la Navidad debería entenderse como una oportunidad ética y social. No basta con adornar las casas y las calles o consumir más. La verdadera esencia de estas fechas está en la solidaridad, en ese principio que la bioética europea reivindica como compromiso colectivo, donde la empatía y la compasión no son gestos aislados, sino responsabilidades compartidas.

 

El reto está en transformar el espíritu navideño en una acción comunitaria permanente: en programas que tejan redes de apoyo intergeneracional y comunitario. Si la Navidad tiene la capacidad de movilizar emociones y voluntades, puede ser también el momento idóneo para reforzar estas iniciativas y recordar que nadie debería vivir la soledad como un fracaso personal. La soledad no deseada es un problema colectivo y, si estas fiestas significan algo, debería ser la certeza de que nadie se salva solo. Convertir la solidaridad en práctica cotidiana —una llamada, una visita, un espacio compartido— puede ser el gesto más sencillo y, quizá, el más transformador. Tal vez ahí resida el verdadero milagro navideño: recordar que, en un mundo cada vez más individualista, la compañía sigue siendo el mejor regalo.