Preguntas y respuestas para dialogar sobre el alcohol

Gema Puig Esteve y José Miguel Ausejo Sanz

24 de febrero de 2026

Las adicciones nos enfrentan a situaciones complejas, y también a procesos que desgastan las relaciones y que, desde una cierta aproximación de ayuda, o incluso terapéutica, resultan difíciles de acompañar.

 

 

Se puede intuir que cuando el uso diario del alcohol por una persona hace descarrilar la vida familiar, social o laboral, algo le ocurre a la persona; algo se está desencadenando y seguramente será conveniente buscar ayuda.

 

 

Hacer como si no sucediera nada, dejar pasar el tiempo, ocultar lo que pueda estar ocasionando, evitar afrontar la situación, solo va a llevar consigo un agravamiento y, con frecuencia, consecuencias que afectarán a la persona que está inmersa en el consumo de alcohol y a sus diferentes contextos.

 

 

En nuestra sociedad, dada la legalidad y normalización de su presencia en la vida cotidiana, el tabaco y el alcohol son las sustancias más usadas y, probablemente, las que ocasionan mayor número de consecuencias indeseables. Podemos decir que serán estas las sustancias con las que muchas personas se inicien en los «usos de sustancias».

 

 

Se pueden recordar algunos asuntos que reflejan la proximidad que históricamente se ha mantenido con el uso de bebidas alcohólicas, y las dificultades para tomar conciencia de los estragos que estos usos han originado, y originan en la vida de muchas personas.

 

 

Así recordamos cómo se merendaba con «rebanadas de pan con vino y azúcar», cómo se usaban las bebidas de alta graduación como «estimulantes del apetito» para niños, cómo se hacía ver que las intoxicaciones formaban parte del proceso de crecimiento de las personas «quién no se ha intoxicado en alguna ocasión», de las transiciones vitales de los ritos de paso «bebe que ya eres un hombre» o cómo se generalizaba el uso tratando de restar importancia a situaciones complejas «todo el mundo bebe».

 

 

Hoy encontramos que «hacer botellón», o «beber una cantidad excesiva en el menor tiempo posible», así como introducir el uso del alcohol en diferentes juegos o retos, o incluso beber una cantidad importante de alcohol antes de acudir a un encuentro de amigos, añaden peculiaridades al modo de relacionarse con el alcohol.

 

 

Más cantidad, a menor edad, con cierta frecuencia, y repitiendo las intoxicaciones nos sitúan en una realidad cuyas consecuencias a medio y largo plazo desconocemos. Nos enfrentamos a las consecuencias más agudas que pueden llegar a resultar fatales para algunas personas.

 

 

En estas situaciones, como en otros tantos aspectos de la vida, reconocer que algo no va bien y que se precisa ayuda no resulta sencillo.

 

 

Encharcar la conciencia tratando de padecer menos, de no sufrir o de hacer desaparecer una realidad desagradable puede ocasionar varias consecuencias. Entre ellas, la de volver a beber, no ya para aliviar las situaciones referidas, sino para calmar el deseo desarrollado por usar el alcohol. A los malestares previos se añade la necesidad por mantenerse en ese estado de «bienestar» experimentado por la persona ebria.

 

 

El alcohol es una sustancia cercana, presente en todos los momentos de la vida, en nuestra cultura, en nuestras costumbres, en nuestras rutinas. De fácil acceso y no excesivamente caro, nos presenta un escenario complejo que favorece su uso y abuso, el mantenimiento del consumo e incluso el retorno a usarlo tras periodos de abstinencia más o menos prolongados.

 

En este sentido proponemos una serie de preguntas que quizá propicien un cierto diálogo.

 

¿Es posible controlar el uso del alcohol para una persona que ha tenido problemas con dicho uso?

 

Nuestra experiencia compartida nos dice que resultará muy difícil controlar el uso de alcohol para la persona que ha experimentado previamente una dependencia alcohólica. Es posible que la memoria originada por esa dependencia se reactive con velocidad, y que incluso no precise muchos nuevos usos para retornar al punto de dependencia anterior.

 

 

¿La persona que abusaba del alcohol podrá volver a consumirlo de forma social?

 

Nos parece relevante tener en consideración para tratar de entender el alejamiento permanente del uso del alcohol en estas circunstancias, que si retorna el deseo por beber puede estar señalando que las dificultades personales existentes no se han orientado suficientemente y que el malestar originado busca de nuevo en el alcohol un modo de mitigarse. Añadimos que para un individuo vulnerable el retorno a la bebida presenta sensaciones muy difíciles de controlar.

 

 

¿Basta con que hayan transcurrido algunos años de abstinencia para que una persona que tuvo un uso abusivo del alcohol pueda mantener un uso controlado?

 

No hay forma, desde nuestra experiencia, de retornar a un uso social del alcohol cuando previamente existió una historia de abuso; es un deseo difícil de llevar a la práctica. El control no parece posible y es un riesgo del que el individuo habrá de ser consciente por las consecuencias que puede desencadenar. Nuevas satisfacciones han podido favorecer una vivencia cotidiana en la que el alcohol se mantuvo ausente, e incluso esta nueva experiencia cotidiana originó mayor conciencia sobre las complicaciones surgidas en torno al abuso previo del alcohol. Desde la inexactitud, en muchos aspectos de la medicina cada persona es una experiencia concreta, una relación particular entre la sustancia que se usa, el sujeto que la usa y los contextos donde se llevan a cabo dichos usos, y en estas líneas señalamos la enorme dificultad existente para retornar a ese consumo social.

 

 

Tras un periodo de abstinencia, ¿sería adecuado que una persona que ha mantenido un uso abusivo de alcohol tomase bebidas «alcohólicas sin alcohol»?

 

Las bebidas alcohólicas que se presentan como «cero alcohol» favorecen en las personas que han vivido una experiencia de uso abusivo del alcohol, traspasar una puerta de consecuencias impredecibles. Participar en este juego podría suponer propiciar un contexto de proximidad y permiso que, tras los esfuerzos realizados para mantener la abstinencia, puede conducir a nuevos usos de alcohol.

 

 

¿Cómo se puede reconocer que alguien que vivió una época de consumo abusivo, excesivo, o de dependencia al alcohol ha superado dicha situación?

 

El único modo de percibir que una persona ha superado una dependencia del consumo de alcohol es observar que se mantiene abstinente, ya que el riesgo de reactivar ese uso abusivo y, por tanto, que nuevamente aflore la dependencia va a estar siempre presente. Otros rasgos son observar cómo la vida familiar, social y laboral se reconduce; se introducen nuevos modos de disfrutar o se recuperan algunos arrinconados. Incluso se percibe cómo los aspectos más frágiles de la persona adquieren una mayor consistencia. El rechazo a la búsqueda de ayuda se transforma en la necesidad de afrontar las dificultades que la sobriedad muestra y que parece conveniente recolocar del mejor modo posible.

 

 

Añadimos una mirada que nos parece relevante. Desde un punto de vista ocupacional, beber alcohol se configura en la historia de algunas personas como una ocupación significativa, posiblemente iniciada debido a las influencias sociales, que en determinados momentos han podido otorgarle beneficios personales e incluso un «cierto reconocimiento social» e identidad ocupacional. Esa persistencia a lo largo del tiempo a pesar del constante desafío que supone para su vida personal, familiar, laboral, favorecida por las oportunidades del entorno (normalización del consumo, accesibilidad de la bebida, legalidad de la sustancia, ligado a la celebración, al ocio, a la fiesta) da cuenta de ese «lado oscuro» de algunas actividades cuyo desempeño conduce a una adicción.

 

Entendida la «resiliencia ocupacional» como el grado de persistencia en cualquier actividad específica, podemos intuir la importancia de generar socialmente oportunidades de ocio que fomenten la salud y el bienestar y aprovechen el potencial de la participación y el apoyo social.