Estrés laboral: un agotamiento prevenible
Sergio Hijazo Larrosa
22 de octubre de 2026
Montañas de correos apilados sin leer y, por supuesto, sin contestar; agendas selváticas, imposibles hasta para los bolos filipinos; fechas límite que se van saltando cual piedras en las cataratas: con el máximo esfuerzo y la menor seguridad; procesos administrativos infinitos como las estrellas en el firmamento… Poco a poco vamos dejando atrás las vacaciones y nos introducimos en la vorágine (o en la rueda, si una/o tiene sensación de ser un hámster) del día a día.
Ocurre, además, que este es el ritmo en el que nos instalamos de forma permanente. Los estilos de vida, las nuevas e intensas exigencias, los recientes paradigmas en las relaciones personales y digitales, la imprevisibilidad y la falta de certidumbre generan incomodidad, malestar y consecuencias negativas.
El salto al estrés laboral desde estos preludios no es misión imposible. Más bien lo contrario. Este concepto puede definirse como la respuesta que las personas pueden tener cuando se enfrentan a demandas y presiones laborales que no corresponden con sus conocimientos y habilidades, y que desafían su capacidad de hacer frente a ellas. El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) matiza que el estrés son las respuestas físicas y emocionales ante un desequilibrio entre las exigencias percibidas y las capacidades individuales para afrontar estas exigencias.
Esta respuesta fisiológica se puede explicar desde la activación del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal. Este eje está compuesto por el hipotálamo, la hipófisis y las glándulas suprarrenales, con toda su cascada de activación hormonal, principalmente con aquellas relacionadas con el cortisol. Además, el sistema nervioso autónomo, a través del sistema simpático, contribuye a la regulación de este eje. Quizá de lo más interesante en cuanto a la respuesta fisiológica al estrés es el Síndrome General de Adaptación, propuesto en 1936 por Hans Selye. En él se plantean tres fases bien diferenciadas. La fase de alarma, la fase de resistencia o adaptación y la fase de agotamiento. En la fase de alarma la respuesta es instantánea y se producen reacciones encaminadas a preparar al organismo para una tarea o esfuerzo. En la fase de resistencia, el organismo se adapta a la situación y se normalizan los niveles hormonales, desapareciendo la sintomatología. El mantenimiento de la segunda fase (a partir de periodos de entre uno y tres meses) conlleva la aparición del agotamiento. Es en esta última fase donde aparecen las alteraciones en los tejidos y las patologías denominadas psicosomáticas.

Figura 1. Fases del “Síndrome General de Adaptación”. Alarma, resistencia y agotamiento (adaptado de Selye, 1936)
Las clasificaciones del estrés se pueden generar según su duración (agudo, crónico, postraumático), en función del efecto que provoca (eustrés, distrés) o en relación con la naturaleza del origen estresor.
En el marco de la prevención de riesgos laborales, el estrés está determinado por diversos riesgos psicosociales. Algunos tienen que ver con el propio contenido del trabajo: la jornada laboral, la carga y el ritmo del trabajo, el control sobre este; otros, con la organización en la que se encuentre la persona: estructura y cultura organizativa, rol de la persona en esa institución, desarrollo de la carrera profesional; y un último bloque, más indefinido, tiene que ver con la conciliación de la vida laboral y personal y las relaciones interpersonales en el trabajo.
La Guía sobre el Estrés recientemente publicada por el INSST establece colectivos en situación de vulnerabilidad. Tras leerlos todos, resulta más difícil encontrar una población ajena a esa vulnerabilidad que una que esté expuesta a ella.
La prevención del estrés no puede realizarse de una forma efectiva sin la cuantificación o cualificación del mismo. Proponer medidas de control del estrés sin que este se pueda determinar antes y después de esas acciones, además de un ejercicio de empirismo, puede ser totalmente ineficiente. Teniendo todo esto en cuenta, en la actualidad se proponen dos tipos de estrategias de afrontamiento del estrés. Una, la que tiene que ver con la generación de elementos estresores. La segunda, la que realiza intervenciones en la persona para que pueda gestionar los aspectos que conforman la experiencia del estrés. Esta segunda opción es relevante en las situaciones en las que es difícil la actuación sobre las fuentes del estrés.
También en función del momento temporal de actuación, se distinguen tres tipos de actuaciones. Las primarias, donde el objetivo es eliminar en su origen las causas y fuentes de estrés. Las secundarias, donde el objetivo se fija en ayudar a la persona a desarrollar habilidades para el manejo del estrés. Y las terciarias, donde el objetivo también es la persona, pero en este caso para la rehabilitación de los trastornos y patologías que ha sufrido.
Porque en este punto hay que, al menos, nombrar algunas de las consecuencias al impacto por el estrés. El primero, por acumulación de este, es el síndrome de estar quemado por el trabajo (o burnout), que sin duda merece un capítulo aparte por su importancia. También el tecnoestrés, la violencia en el entorno laboral (o acoso), tanto la física como la psicológica, son situaciones límite generadas por el estrés.
Como recomendación general, quizá la mejor acción que podríamos tener es la de ser conscientes del problema. Eso implicaría poder identificar las fuentes que generan ese estrés y organizar, de una forma cabal, el entorno laboral, adecuando las demandas, aumentando el control de la persona sobre su trabajo y mejorando las fuentes de apoyo; y, en el plano personal, generando hábitos saludables e incluyendo algunas técnicas de meditación y consciencia, así como el descanso (no solo el sueño), entre nuestras prioridades.


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