Mutilación Genital Femenina: un desafío para la equidad en salud y el relativismo cultural
Ana Belén Subirón Valera
6 Febrero 2025
Cada 6 de febrero, el mundo celebra el Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina (MGF), un recordatorio de la urgencia de erradicar una práctica que afecta la vida de millones de mujeres y niñas en todo el mundo. Instituido en 2012 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, este día busca sensibilizar a la comunidad internacional. Aunque la MGF se asocia principalmente con países de África, también se practica en comunidades de Oriente Medio, Asia y en la diáspora en Europa, Norteamérica y Australia. La migración ha transformado esta tradición de un fenómeno local a uno global, desafiando a los sistemas de salud y a los defensores de los derechos humanos.
La MGF, definida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la extirpación parcial o total de los genitales femeninos por razones culturales o no terapéuticas, es considerada una violación de los derechos humanos. Sin embargo, para abordar su erradicación es imprescindible entender la complejidad sociocultural que sostiene esta práctica.
La MGF no es homogénea. Existen cuatro tipos principales, desde la clitoridectomía parcial hasta la infibulación, la más severa, que implica la sutura de la vagina dejando apenas un pequeño orificio. Las consecuencias son devastadoras: infecciones urogenitales, hemorragias, complicaciones obstétricas, traumas psicológicos y, en casos extremos, la muerte.
Pero ¿por qué se perpetúa esta práctica? Las razones varían. En algunas comunidades, se considera un rito de iniciación o un requisito para el reconocimiento social de la niña y su familia. En otras, se realiza para garantizar la castidad femenina, preservar la virginidad o reforzar la fidelidad en el matrimonio. Además, se relaciona con mitos asociados a la higiene, la estética y la buena fertilidad. En muchos países la MGF está legalmente prohibida, pero el reto no es solo legislar, sino cambiar las percepciones culturales que la sustentan. Ya que esta práctica, tiene arraigado un fuerte significado simbólico entre las comunidades que la practican, además de una estructura social que la mantiene.
Relativismo cultural y la protección de los derechos humanos
El debate sobre la MGF no está exento de tensiones. El relativismo cultural sostiene que las prácticas culturales deben respetarse y comprenderse dentro de sus contextos.
Pero también es fundamental cuestionar aquellas tradiciones que perpetúan una mutilación con graves repercusiones para la salud y crean sufrimiento, inequidad y desigualdad. Se nos plantea un dilema ético, y la clave no está solo en imponer valores externos, sino en empoderar a las comunidades para que cuestionen y transformen sus propias prácticas desde adentro.
Educación y empoderamiento: el camino hacia el cambio
El cambio cultural no solo se logra a través de la condena, sino de la educación. Como bien se ha destacado, las soluciones deben ser respetuosas con las particularidades culturales y lideradas por las propias comunidades afectadas. Es aquí donde la educación para la equidad en salud juega un papel fundamental.
Promover el cambio desde las lentes de la libertad, el sentido ontológico, la justicia social, la participación, la salud planetaria y el respeto, son esenciales para desafiar las tradiciones perjudiciales. Organizaciones como el programa conjunto UNFPA-UNICEF han trabajado estableciendo pautas basadas en evidencia para manejar las complicaciones de salud relacionadas con la MGF y sensibilizar a las comunidades sobre sus efectos negativos. De igual manera, la erradicación de la MGF también está alineada con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), en particular con la meta 5.3: eliminar todas las prácticas nocivas, como el matrimonio infantil y la mutilación genital femenina. Este compromiso global reconoce que el desarrollo humano integral solo es posible si se respetan los derechos de las mujeres y niñas.
Sin embargo, la lucha contra la MGF no debe limitarse a las leyes o el establecimiento de metas internacionales. Es crucial abordar las raíces estructurales que perpetúan la desigualdad de género y el control sobre los cuerpos femeninos. En España, por ejemplo, la red estatal “Libres de MGF”, creada en 2019, se ha convertido en un referente. Conformada por entidades, activistas y profesionales, esta red trabaja en la prevención de la MFG y la atención de mujeres afectadas, promoviendo un enfoque de género que evita la estigmatización cultural y fomenta la participación activa de estas comunidades.
Hacia una cultura de la equidad en salud
Deconstruir patrones culturales violentos y construir una cultura equitativa hacia la salud requiere un esfuerzo colectivo y sostenido. Como sociedad global, debemos reconocer que no todas las tradiciones son inofensivas. Respetar la diversidad cultural no significa aceptar prácticas que violan los derechos fundamentales. La MGF es un recordatorio de que el camino hacia la equidad y el respeto por los derechos humanos es largo y complejo. Pero también es una oportunidad para reflexionar sobre cómo construir un mundo donde todas las niñas y mujeres puedan desarrollarse plenamente, libres de violencia y discriminación.
La erradicación de la MGF no solo implica la inexcusable protección de la salud física y psicológica de las mujeres, sino también garantizar su derecho a vivir con dignidad y autonomía en su comunidad. El primer paso hacia ese objetivo es reconocer que el cambio no vendrá de afuera, sino desde las propias sociedades en las que viven estas mujeres. Solo a través del diálogo, la educación en equidad en salud y el empoderamiento colectivo podremos transformar esta realidad.
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