VPH: el virus democrático y la vacuna que nos cuestiona
El VPH no discrimina; afecta tanto a hombres como a mujeres, aunque históricamente se ha considerado principalmente una amenaza femenina. Así, en la primera década del siglo XXI, nació la vacuna con un enfoque claro: una promesa de protección para las niñas, un escudo contra el carcinoma cervicouterino. Se diseñó una estrategia epidemiológica basada en la inmunización antes del inicio de la actividad sexual, maximizando la producción de anticuerpos neutralizantes contra las proteínas L1 de la cápside viral. En este contexto, los hombres fueron reducidos a una variable prescindible.
Durante años, la vacunación fue vista como un asunto exclusivo de mujeres, no por voluntad propia, sino por la simple y determinante posesión de un útero. Ellas debían protegerse, inmunizarse y asumir la carga de la prevención, como si el virus entendiera de roles, como si los hombres fueran meros figurantes en este drama epidemiológico. ¿Es posible que la biología también tenga sesgos culturales? Esta pregunta permanece suspendida en el aire.
Pero la realidad es tozuda y, tarde o temprano, se impone. Una infección persistente por los tipos de alto riesgo del VPH no solo provoca carcinoma de cuello uterino; también está involucrado en la patogénesis de carcinoma orofaríngeo, anal y de pene, neoplasias que han mostrado un aumento significativo en su incidencia en las últimas décadas. En 2019, el VPH causó aproximadamente 620,000 casos de cáncer en mujeres y 70,000 en hombres en el mundo. La literatura científica ha acumulado suficiente evidencia para sostener que la vacunación en ambos sexos no solo protege de manera directa, sino que también reduce la transmisión del virus a nivel poblacional, contribuyendo al fenómeno de la inmunidad de grupo.
En España, la vacunación masculina ha sido incorporada de forma gradual. Algunas comunidades, como Aragón, han dado pasos más firmes, incluyendo a los niños en los programas de inmunización desde 2023. Sin embargo, la brecha persiste. Los individuos adultos y ancianos siguen quedando fuera de la estrategia, con la justificación de que la vacuna es más efectiva antes de la exposición al virus. Como si la medicina también fuera una cuestión de justicia, como si el derecho a la prevención tuviera fecha de caducidad.
Es cierto que existen ciertas excepciones que incluyen vacunación en individuos hasta los 45 años con condiciones como el síndrome WHIM, infección por VIH, receptores de trasplante de órganos sólidos (TOS) o trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH). Mujeres tratadas por lesiones intraepiteliales de alto grado en el cérvix (H-SIL), donde se recomienda tras el tratamiento de la lesión. Y personas vulnerables por prácticas sexuales de riesgo o en situación de prostitución.
La resistencia al cambio, sin embargo, se expresa de diversas maneras. Primero fue la economía: proteger a las mujeres era suficiente para frenar la propagación del virus, se decía. La inmunización masiva de adultos mayores implicaría un alto costo para el sistema de salud, con un beneficio marginal. Luego, un sesgo de género, similar a lo que ocurre con la anticoncepción. Históricamente, la prevención de enfermedades de transmisión sexual y la anticoncepción han recaído de manera desproporcionada en las mujeres. Y finalmente el hábito: las estrategias de salud pública se construyen con el cemento de la costumbre, y desmontarlas es como intentar mover una catedral con una cuchara.
El VPH es un virus democrático, pero la vacunación no lo ha sido. Durante años, hemos decidido a quién proteger y a quién no. La historia de esta vacuna es también la historia de nuestros prejuicios, omisiones y de esa costumbre tan humana de mirar solo donde la luz es más conveniente. Pero la biología es obstinada y, al final, siempre encuentra la forma de recordarnos que la salud no es una cuestión de género, sino de equidad.

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