Crianza en brazos: de «lo vas a malcriar» a comprender para qué sirven los brazos

Susana Lafuente Pardos
7 de octubre de 2026

La Semana Internacional de la Crianza en Brazos suele asociarse al porteo, a los fulares, las mochilas ergonómicas o a llevar al bebé cerca del cuerpo. Pero en realidad habla de algo mucho más amplio: de una manera de entender la crianza basada en la proximidad, el contacto físico, la respuesta a las necesidades del bebé y el vínculo.

 

El porteo es una de sus herramientas, quizá la más visible, pero no la única. Crianza en brazos también es piel con piel, acunar, sostener, consolar, alimentar, acompañar el sueño, responder al llanto, jugar cerca del bebé o permitirle volver al cuerpo del adulto cuando necesita seguridad.   Y resulta curioso observar cuánto ha cambiado nuestra mirada en apenas unas décadas.   «No lo cojas tanto, que se acostumbra». «Déjalo llorar un poco». «Te está tomando la medida». «Como lo tengas siempre en brazos, luego no querrá estar solo». Son frases que han acompañado a generaciones enteras de madres y padres. Detrás de ellas había una preocupación concreta: que responder rápidamente al llanto o mantener demasiado contacto físico hiciera al bebé más dependiente, menos autónomo o, sencillamente, lo “malcriara”.

 

Hoy sabemos mucho más sobre el desarrollo temprano y sobre la inmadurez con la que un bebé llega al mundo. Un recién nacido no tiene todavía capacidad para regular por sí mismo muchas de las sensaciones que experimenta. Hambre, frío, cansancio, sobreestimulación o miedo pueden desbordarlo con facilidad. Necesita de un adulto no solo para alimentarse y protegerse, sino también para ayudarle a recuperar la calma. 

 

 

Y aquí aparece un concepto especialmente importante: la corregulación.

 

Antes de que un bebé pueda autorregularse necesita haber vivido, una y otra vez, experiencias de regulación compartida. La voz conocida, el calor, el olor, el contacto, el balanceo, la mirada o el ritmo respiratorio del adulto pueden ayudarle a reorganizarse cuando todavía no dispone de recursos suficientes para hacerlo solo.

 

La corregulación no consiste en evitar cualquier llanto ni en adelantarse a todas sus necesidades. Consiste en que el bebé vaya experimentando que, cuando algo le desborda, existe otro cuerpo disponible que puede acompañarlo. Con el tiempo, esa regulación inicialmente compartida irá dando paso progresivamente a mayores capacidades propias.

 

Por eso quizá hemos formulado mal durante mucho tiempo aquella famosa frase de que «se acostumbran a los brazos». El bebé no empieza a necesitar brazos porque lo cojamos. Llega al mundo necesitando proximidad.

 

Durante la gestación ha vivido contenido, rodeado, expuesto al movimiento constante del cuerpo materno, a sonidos, vibraciones y cambios posturales. El nacimiento supone una transición enorme. No resulta extraño que busque nuevamente calor, movimiento y contacto.   Esto no significa que haya que tener al bebé encima las veinticuatro horas ni que exista una única manera correcta de criar.

 

Tampoco que una madre tenga que sentirse culpable porque necesita descansar o porque su bebé pasa ratos tranquilo en la cuna, en el carrito o explorando el suelo.   La crianza en brazos no debería convertirse en una nueva exigencia. El vínculo se construye en miles de pequeños momentos cotidianos: al responder a un llanto, durante una toma, en una mirada, al cambiar un pañal, hablando al bebé, jugando con él, acariciándolo o sosteniéndolo cuando necesita consuelo.

 

Y proximidad y autonomía tampoco son conceptos opuestos. A medida que el bebé madura aparecen nuevas capacidades: controla mejor su cuerpo, se desplaza, manipula objetos, explora y empieza a separarse físicamente del adulto. Los brazos pueden ser refugio en un momento y, poco después, el lugar desde el que impulsarse nuevamente hacia fuera.

 

 

Esta nueva forma de entender el contacto empieza incluso a trascender el ámbito sanitario.

 

Las propias marcas comerciales relacionadas con el porteo y el cuidado infantil están incorporando cada vez más mensajes sobre vínculo, contacto, piel con piel, desarrollo o regulación. Durante años se vendieron productos destinados, en buena medida, a facilitar que el bebé pudiera permanecer separado del adulto. Hoy una parte del mercado está descubriendo precisamente el valor de mantenerlo cerca.   Pero hablar de crianza en brazos tiene todavía otra dimensión de la que quizá hablamos menos: la biomecánica.  

Porque cuidar en brazos implica siempre dos cuerpos. Está el cuerpo del bebé, con su desarrollo progresivo, su columna, sus caderas, su control cefálico y su necesidad de ir adquiriendo movimiento y autonomía. El porteo debe adaptarse a ese momento madurativo y mantener siempre una posición segura, especialmente respecto a la vía aérea.

 

 

Pero está también el cuerpo de quien cuida.

 

Durante los primeros meses levantamos al bebé de la cuna, lo sostenemos para alimentarlo, lo acunamos, caminamos con él, lo cambiamos de lado y repetimos muchos de estos gestos decenas de veces al día. Y con frecuencia ese cuerpo pertenece además a una mujer que acaba de atravesar un embarazo y un parto y que todavía está recuperándose.

 

Por eso, criar en brazos debería incluir aprender a cuidar el cuerpo que sostiene: acercar al bebé antes de levantarlo, alternar lados, modificar posiciones, utilizar apoyos durante las tomas, evitar mantener durante horas una misma postura y elegir un sistema de porteo bien adaptado tanto al bebé como al adulto. No necesitamos encontrar una postura perfecta. Necesitamos movimiento, adaptación y variabilidad.   Quizá ese sea uno de los grandes cambios de mirada de nuestra generación: hemos pasado de preocuparnos porque un bebé pudiera acostumbrarse demasiado a nuestros brazos a intentar comprender qué ocurre realmente cuando lo sostenemos.

 

Vínculo, comunicación, corregulación, contacto, movimiento, desarrollo y también biomecánica. Los brazos no son un mal hábito del que haya que enseñar al bebé a desprenderse. Tampoco una obligación que deba pesar sobre quien cuida. Durante un tiempo son, sencillamente, uno de los primeros lugares seguros desde los que empezar a conocer el mundo.

 

 

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