Obesidad infantil: Todos tenemos algo que decir

Roberto Alijarde Lorente

4 de marzo de 2026

La obesidad infantil es una condición caracterizada por una acumulación anormal o excesiva de grasa corporal que representa un riesgo para la salud en los niños y adolescentes.

 

La obesidad infantil ha aumentado de forma alarmante en las últimas décadas, constituyendo uno de los desafíos de salud pública más importantes del siglo XXI. En el año 2024, se estimó que más de 35 millones de niños menores de 5 años tenían sobrepeso en todo el mundo, y cerca de 390 millones de niños y adolescentes de 5 a 19 años tenían sobrepeso y obesidad. Entre 1990 y 2022, la prevalencia de obesidad en niños y adolescentes pasó del 2% al 8% globalmente, con incrementos en todas las regiones y grupos socioeconómicos.

 

Aunque los datos de incidencia, que miden los nuevos casos por unidad de tiempo, son menos frecuentemente reportados a nivel global, los patrones sugieren que la incidencia continúa siendo elevada, especialmente en contextos urbanos y en países de ingresos bajos y medios, donde la transición nutricional y estilos de vida sedentarios están aumentado.

 

La obesidad infantil es una enfermedad multifactorial, dependiendo su desarrollo de la interacción de múltiples factores:

 

Desequilibrio energético: La causa fundamental es un desequilibrio entre la energía ingerida y la energía gastada, favorecido por dietas altas en calorías, alimentos ultraprocesados ricos en grasas y azúcares, y un estilo de vida sedentario con baja actividad física.

Factores ambientales y socioeconómicos: La urbanización, el fácil acceso a alimentos ultraprocesados, la falta de espacios seguros para la realización de actividad física y la publicidad de productos poco saludables son clave en la epidemia de obesidad infantil.

Influencias familiares y comunitarias: Los hábitos familiares en alimentación y actividad física, el nivel educativo y económico de los cuidadores principales y la disponibilidad de alimentos saludables son factores determinantes.

Factores genéticos y biológicos: Sabemos que el aumento reciente de la incidencia y prevalencia de la obesidad viene explicado principalmente por factores ambientales y conductuales a nivel individual, familiar y comunitario. Pero también sabemos, que la genética juega un papel importante en el desarrollo de la obesidad. Existen múltiples variantes genéticas que aumentan la susceptibilidad a ganar peso, especialmente en entornos obesogénicos con alta disponibilidad de alimentos calóricos y sedentarismo. La genética puede influir en la regulación del apetito y la saciedad, en el gasto energético basal, la distribución de grasa corporal, la respuesta metabólica a alimentos y las conductas alimentarias.

La obesidad en niños, en muchas ocasiones, no presenta signos físicos evidentes de inmediato. Algunos pueden manifestar mayor sensación de fatiga o dificultad para realizar actividad física, problemas respiratorios o alteraciones ortopédicas. Pero la mayoría no describe síntomas, restando importancia a la condición de tener sobrepeso u obesidad.

 

La obesidad tiene consecuencias en la salud del paciente y de la sociedad a corto, medio y largo plazo, con importantes implicaciones en morbilidad y mortalidad. A corto plazo, la obesidad infantil implica principalmente la aparición de alteraciones metabólicas(dislipemia y resistencia a la insulina) y problemas psicológicos (baja autoestima, estigmatización, ansiedad y/o bullying).

 

A medio y largo plazo, la obesidad infantil es un factor de riesgo que aumenta la mortalidad prematura en el adulto, siendo factor de riesgo para la aparición de enfermedades no transmisibles como diabetes mellitus tipo 2, hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares y cáncer. Aunque la obesidad puede actuar como factor de riesgo independiente, recordar que en muchas ocasiones irá asociado a otros condicionantes como sedentarismo y malos hábitos de alimentación.

 

Es conocida por la población general la relación entre obesidad y enfermedades como diabetes tipo 2, hipertensión arterial o enfermedad cardiovascular. Desarrollaremos con mayor profundidad un tema más actual y no tan conocida por los lectores como es la relación entre obesidad y cáncer, y otro especialmente importante en la edad infantil como es la relación entre obesidad y bullying.

 

La obesidad infantil y el bullying están muy relacionados y constituyen un problema creciente a nivel de salud pública y del ámbito escolar. Diversos estudios muestran que los niños con sobrepeso y obesidad tienen mayor probabilidad de sufrir acoso escolar con una fuerte implicación en la salud mental y el desarrollo social del niño. El bullying hacia niños con obesidad suele basarse en el estigma del peso. El acoso genera baja autoestima, ansiedad, depresión, aislamiento social, conductas compulsivas, sedentarismo y baja participación en actividades físicas haciendo más difícil la lucha contra la obesidad.

 

La obesidad se ha reconocido como un factor de riesgo de algunos tipos de cáncer. La evidencia epidemiológica muestra como el exceso de tejido adiposo puede favorecer algunos procesos biológicos (inflamación crónica de bajo grado, alteraciones hormonales, resistencia a la insulina con hiperinsulinemia y alteraciones en el microbioma y el sistema inmunitario) que aumentan la probabilidad de desarrollar cáncer.

 

Sabemos que el inicio temprano de la obesidad y los años de evolución aumentan el riesgo de complicaciones crónicas. De ahí, la importancia de la obesidad en edad infantil y de realizar intervenciones en este grupo de edad.

 

Tratamiento

 

El tratamiento de la obesidad infantil es multifactorial, dirigido a mejorar hábitos de vida y apoyar cambios conductuales.

 

Intervenciones conductuales y educativas dirigidas al niño y su familia para mejorar alimentación y actividad física.

Seguimiento clínico regular controlando el crecimiento, la composición corporal y los factores de riesgo asociados.

Apoyo psicopedagógico para mejorar aspecto emocionales y conductuales relacionados con la alimentación.

 

Prevención

 

La Organización mundial de la salud (OMS) subraya que la prevención es la estrategia más eficaz para luchar contra la epidemia mundial de obesidad infantil, dado que el tratamiento una vez establecida es complejo y, con frecuencia, con resultados no satisfactorios.

 

A nivel individual, las intervenciones deben ir dirigidas a:

 

Alimentación saludable aumentando el consumo de frutas, verduras, legumbres y cereales integrales. Fomentar el consumo de proteína de alta calidad y grasa saludable. Limitar el consumo de azúcares, grasas saturadas y alimentos ultraprocesados. Controlar el tamaño de las raciones.

Actividad física: Implementar la cultura del niño activo. Luchar contra el sedentarismo. Disminuir el uso de pantallas y recomendar al menos 60 minutos diarios de actividad física de moderada a vigorosa adecuada al desarrollo del niño.

A nivel comunitario y político cómo se puede actuar. La OMS enfatiza que la prevención requiere enfoques multisectoriales e integrados que incluyan:

 

Políticas que incluyan entornos alimentarios saludables: Regulación de la publicidad de alimentos poco saludables dirigida a niños; Aplicar impuestos a bebidas azucaradas y productos ultraprocesados, junto con incentivos para alimentos saludables y de proximidad.

Políticas escolares: Educación nutricional en escuelas y comunidades; Programas de alimentación escolar nutritiva; Tiempo obligatorio para actividad física; Algunas intervenciones estructuradas en escuelas y comunidades que combinan educación nutricional y actividad física se han mostrado beneficiosas en reducir el riesgo de obesidad y mejorar parámetros antropométricos a medio plazo.

Diseño de ciudades que promuevan la actividad física: Parques y espacios seguros para jugar; Infraestructuras para caminar o ir en bicicleta; Reducción del sedentarismo asociado a entornos urbanos poco activos.

Reducción de las desigualdades sociales: Políticas que mejoren el acceso a alimentos saludables, educación y servicios de salud.

Fortalecer la atención primaria y los programas de prevención temprana.

 

Conclusión

 

La obesidad infantil es un problema global con consecuencias profundas para la salud presente y futura. Su prevalencia e incidencia han aumentado en las últimas décadas impulsadas por cambios en la dieta, sedentarismo y ambientes obesogénicos. La evidencia internacional, impulsada en gran medida por las recomendaciones de la OMS, señala que frenar la obesidad infantil requiere políticas públicas sólidas y sostenidas. Los gobiernos tienen un papel clave porque muchos de los factores que favorecen la obesidad están relacionados con el entorno en el que viven los niños, y no únicamente con decisiones individuales.

 

La obesidad infantil es prevenible si se abordan sus causas estructurales. La combinación de políticas públicas, educación, entornos saludables y participación comunitaria puede cambiar la trayectoria de esta epidemia. Actuar hoy no solo mejora la salud actual de nuestros niños, sino que también contribuye a construir sociedades más sanas en el futuro.