Violencia obstétrica

Natalia Barrio Forné

27 Noviembre 2024

La atención al parto ha evolucionado mucho a lo largo de los tiempos, desde la atención domiciliaria hasta la atención hospitalaria, donde se han practicado técnicas no apoyadas en ocasiones por la evidencia científica.

Es por ello, que en 2014 la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertó sobre ciertas prácticas irrespetuosas e inadecuadas durante la asistencia al parto, concretando que serían actitudes calificadas como violentas en el ámbito de la obstetricia los “abusos físicos, la humillación profunda, el abuso verbal, los procedimientos médicos no consentidos, la falta de confidencialidad, no aportar un consentimiento realmente informado, negativa a administrar analgésicos, graves violaciones de la privacidad, negativa de admisión de centros de salud, descuido de las mujeres durante el parto para que sufran complicaciones evitables y potencialmente mortales, y detección de las mujeres y sus recién nacidos en los centros sanitarios debido a la incapacidad de pagar”. De ahí surgió el término Violencia Obstétrica, aunque no tiene una definición consensuada ni existen instrumentos válidos que la detecten, se han incluido en este concepto intervenciones como la falta de acompañamiento, la realización de cesáreas innecesarias, exploraciones vaginales rutinarias, el uso de oxitocina, la maniobra Kristeller o no respetar el plan de parto en las ocasiones en las que se podía haber hecho.

Más tarde, en julio de 2019, la Asamblea General de la ONU publica un informe sobre las movilizaciones que había en diferentes países en contra de la violencia obstétrica y propone que la violencia durante el parto se visualice como una falta de protección hacia los derechos humanos de las mujeres.

Hoy en día, la prevalencia de este evento es cada vez mayor. Entre el 25% y el 78% se ha sentido afectada por un proceso de violencia obstétrica durante su parto.   Estos porcentajes demuestran que la violencia obstétrica está presente en nuestra sociedad, a pesar de que no sea aceptada en muchos países. Se ha comprobado también que las características sociodemográficas; como el estado civil, la edad, el nivel de estudios, el nivel de ingresos o el tipo de empleo; no están asociadas al riesgo de sufrir este tipo de violencia.

Se han objetivado que las consecuencias de este tipo de violencia pueden tener efectos tanto a corto como a largo plazo en la salud física, psicológica y sexual de las mujeres, además de afectar al vínculo con el recién nacido. Por lo que la creación de instrumentos que la detecten precozmente podría tratar a tiempo un problema actual en nuestra comunidad. Sin embargo, la experiencia del parto es subjetiva y está sujeta a la sensibilidad de las mujeres o la capacidad individual de afrontamiento ante la incertidumbre del parto.

En esta detección también influye la percepción de los profesionales. Algunos estudios afirman que solo el 25% de los especialistas en obstetricia ha presenciado algún caso de violencia obstétrica en su servicio.

La difusión de esta circunstancia ha despertado el interés social, llevando a la creación de una legislación para abordarlo y penalizarlo, ya sea por acción u omisión.

También ha influido en los profesionales especialistas en obstetricia, quienes se preocupan cada vez más de estos eventos, aunque el 44% de ellos consideran que no se está actuando correctamente. La mayoría, en especial las matronas, consideran que la información veraz y la formación completa y basada en la evidencia son las herramientas que pueden ayudar a concienciar de la gravedad de esta esta problemática y, así, poder erradicarla. Estos conocimientos se adquieren sobre todo a través del programa de educación maternal, el cual incluye un compendio de sesiones que se imparten en atención primaria, constituyendo la puerta de entrada clave para la vinculación entre la matrona y la gestante.

La unión de todos estos factores empuja hacia la atención humanizada durante el parto, hacia una comunicación eficaz de los especialistas en obstetricia con las gestantes y, por lo tanto, hacia una relación paciente- profesional de confianza y de calidad.

Es muy importante que la embarazada se siente segura en el proceso, ya que esto promueve la comprensión mutua y el reconocimiento de los sentimientos de ambas partes.

Este entendimiento evita en muchas ocasiones desigualdades en materia de salud y fomenta la experiencia positiva entorno al parto, principalmente en cuanto a las prácticas que puedan llevarse a cabo dentro del mismo, haciendo que se acepten y contemplen como necesarias y no como impuestas por una actitud de superioridad y patriarcal por parte de los sanitarios.