Cuando el amor no se acaba con la muerte
Laura Lasso Olayo
15 de octubre de 2025
Recibir la muerte cuando esperas la vida es algo que nadie debería de vivir. Es un dolor desgarrador, quieres parar el tiempo, jugar a que eso no está ocurriendo, a que es una ilusión, a que tu bebé está bien, a que no se mueve porque está descansando y que cuando llegues al hospital para consultar por la falta de movimientos te van a decir que todo está bien, incluso fantaseas con que te llamen exagerada y te digan que todo está perfecto, que tu niña está fenomenal, pero incluso en ese lapso de tiempo en el que te permites tener la última fantasía antes de iniciar uno de los procesos más dolorosos de tu vida, sabes que no hay absolutamente nada que hacer, que tu hija ya no está contigo. O por lo menos yo lo viví así.
Como profesional había asistido en numerosas ocasiones a mujeres que se enfrentaban a una muerte perinatal, intentaba en cada una de ellas elegir con mimo las palabras, expresarles mi afecto y mis condolencias y hacerles ver que la muerte de su bebé me importaba. Porque así lo he sentido siempre, no sólo muere un bebé, sino que mueren muchos sueños, ilusiones y planes de futuro que van a afectar a todo el sistema familiar. Recuerdo cada uno de los nombres de los bebés fallecidos de los que he formado parte de su proceso asistencial, recuerdo los ojos de esas madres, rojos de tanto llorar, esa mirada devastada en la que la tristeza más profunda de su alma se hacía patente, recuerdo a esas parejas sintiendo y expresando un dolor tan intenso como quizás nunca hubieran sentido. Recuerdo a esos bebés que se habían ido antes de tiempo, esas facciones perfectas y esa pureza, los trataba con el máximo respeto y delicadeza mientras los preparaba para su traslado.
Cada año, el día 15 de octubre, se celebra el Día Internacional de la muerte perinatal con el propósito de concienciar sobre lo que significan y suponen la muerte gestacional, perinatal y neonatal. Estas muertes suponen un intenso dolor emocional que en ocasiones se va a ver agravado por el silencio y la incomprensión social a la que se enfrentan estas familias.
Es necesario concienciar a la población porque, aunque sea un fenómeno desconocido, es un suceso frecuente. En España, cada año aproximadamente entre 80.000 y 90.000 mujeres se enfrentan a un proceso de muerte perinatal con todo lo que ello supone para ellas, para su entorno y para sus familias. Cuando la muerte sucede durante el embarazo, el parto o poco después de nacer, el duelo, en demasiadas ocasiones, tiende a ser minimizado, silenciado, invisibilizado y desautorizado socialmente lo que complica notablemente el proceso.
Como profesionales somos piezas clave para que ese duelo se empiece a elaborar bien desde el momento del diagnóstico. Pongamos la empatía en primer lugar y dejemos los tecnicismos fuera porque ciertas palabras hacen daño. La persona que ha fallecido no solo es un “feto”, es su hijo o hija. No hablemos de “expulsión”, sino de parto. Refirámonos a ellos con respeto y con cariño. Ayudemos a esas familias a crear recuerdos: animémosles a coger a sus hijos e hijas en brazos, a hacer piel con piel, a besarles, a olerles, a acunarles y cantarles, si así lo desean. Animémosles a fotografiar esos momentos de amor porque cuando te vas a casa ya no vuelven y los recuerdos que hayas generado son los que perdurarán. Muy frecuentemente, decidir no ver ni coger al bebé, es fuente de malestar y sufrimiento, incluso en ocasiones las familias intentan recuperar las fotos de la autopsia, en caso de que se le hubiera realizado, como modo de obtener alguna imagen y recuerdo de su bebé. Ofrezcámosles cortar un mechón de pelo, porque no podemos hacernos a la idea de lo valioso que será eso para ellos mañana. Todos estos recuerdos harán patente que ese bebé ha existido, esa madre ha parido y ese amor ha tenido lugar y de este modo podremos ayudar a esas familias a transformar poco a poco ese dolor en amor. Animémosles a poner un nombre a su bebé porque es un ser único y aunque haya nacido sin vida, merece tener su propia identidad. Y, sobre todo, dejémosles tiempo para despedirse, porque es el único tiempo del que van a disponer para estar juntos. Ojalá, en un futuro no muy lejano, todos los hospitales puedan disponer de una “cuna de abrazos” para que el tiempo no sea una limitación en la despedida.
A nivel social, en muchas ocasiones, ante la muerte de un bebé se produce un silencio, que invisibiliza e invalida lo ocurrido. La muerte desconcierta y la de un bebé, incluso antes de nacer, todavía más. En ocasiones se dicen frases para intentar ayudar que hieren a las familias. Si eres amigo o familiar de una persona cuyo bebé ha fallecido, no intentes buscar lo positivo de la muerte de un hijo o hija y evita decir frases como: “todo pasa por alguna razón”, “puedes tener otro hijo”, “sé fuerte”, “no llores”, “el tiempo lo cura todo”, “al menos no llegaste a conocerle” o “mejor ahora que más adelante”, estos comentarios aunque se hacen con buena intención pueden ser muy dolorosos y entendidos como una forma de invalidar lo ocurrido. Tampoco va a ser de ayuda presionar para pasar página, la muerte de un bebé no es algo que se supere sino más bien es algo con lo que se aprende a vivir. Puede ser suficiente decir algo como: “siento mucho lo que te /os ha ocurrido”.
Recibir la muerte cuando esperas la vida es algo que nadie debería vivir, pero si alguien tiene que vivirlo ojalá pueda hacerlo de la mejor manera posible para no sumar dolor a la experiencia y pueda conservar un recuerdo bonito y estar en paz con lo que ha ocurrido porque el amor no se acaba con la muerte.
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