Delirium agudo en el anciano
Pablo Jorge Samitier
27 de mayo de 2026
¿Alguna vez has cuidado a una persona mayor y, en un momento concreto, ha comenzado a comportarse de manera extraña? ¿No había manera de que se despertara durante el día y luego no había manera de que se durmiera por la noche? ¿No te conocía, te gritaba, te insultaba, desconfiaba de ti y quería irse a su casa?
La unión de diversos factores relacionados con la patología aguda, el deterioro cognitivo y funcional puede ocasionar desorientación, adormilamiento o agitación. Es lo que se conoce como delirium agudo en el anciano y se caracteriza por la presencia de cuatro características clave:
Alteración del nivel de conciencia, manifestándose con un estado de agitación, inquietud o nerviosismo o, por el contrario, mediante un estado de somnolencia intensa. Además, estos estados pueden alternarse, generando un cuadro mixto que fluctúa en diferentes etapas.
Presencia de alteraciones cognoscitivas y perceptivas. Puede aparecer alteración de la memoria a corto plazo, pensamiento incoherente y desorganizado e incluso alucinaciones visuales y/o auditivas. Por ejemplo, no reconocer la habitación y pensar que está en su propia casa, no reconocer a las personas que le cuidan o percibir agresión o amenaza por parte de quienes le hablan.
Aparición brusca, habitualmente en horas o días, y con mayor probabilidad durante el periodo nocturno.
Carácter fluctuante. Puede iniciarse tras una descompensación cardiaca o renal, o por una infección urinaria o respiratoria cursando con fiebre y deshidratación, acumulándose sustancias que afectan a la correcta actividad cerebral y comenzando un cuadro de somnolencia. Este puede ser el motivo inicial de ingreso. Al cabo de unos días de tratamiento hospitalario, el paciente puede despertarse desorientado y nervioso, evolucionando hacia un cuadro de agitación. También podría iniciarse directamente con agitación, necesitando medicación que puede acumularse en sangre y mantener efectos tranquilizantes en horarios no adecuados, como los diurnos, alterando el ciclo sueño-vigilia (somnolencia diurna e insomnio nocturno).
Puede considerarse un cuadro multifactorial que resulta de la interacción entre ciertas características del paciente que le hacen más vulnerable al desarrollo de delirium, llamadas factores predisponentes (edad avanzada, deterioro funcional y cognitivo, pluripatología, etc.) y factores etiológicos externos denominados factores precipitantes, que desencadenan el cuadro (dificultad respiratoria, fiebre, dolor, fármacos o factores ambientales).
El delirium agudo en el anciano es la complicación más frecuente durante la hospitalización de la población mayor, y su incidencia aumenta progresivamente conforme aumentan la edad, el deterioro funcional y el deterioro cognitivo, especialmente a partir de los 75 años. En definitiva, cuanto más dependiente y mayor es la persona, mayor es el riesgo de padecer delirium.
Es, por lo tanto, una complicación grave que implica un incremento de los días de estancia hospitalaria. Mina la capacidad vital, cognitiva y de autonomía de la persona anciana, aumentando significativamente la carga de cuidados, hasta convertirse en un factor clave para iniciar un proceso de institucionalización residencial. Además, facilita nuevos ingresos hospitalarios futuros, asociándose, por tanto, a una mayor mortalidad.
Tener que manejar un cuadro de agitación psicomotriz, que puede manifestarse en gritos, insultos, intentos de salir de la cama, falta de reconocimiento personal y rechazo a la toma de medicación oral, además durante la noche y pudiendo prolongarse durante varias noches o incluso días sin descanso, se convierte en un factor de estrés intenso. Se identifican tres temas comunes que aumentan el grado de estrés en los cuidadores familiares e informales: primero, los síntomas difíciles de manejar; segundo, la carga emocional derivada de la ira, frustración, angustia emocional, miedo, culpa e impotencia; y, finalmente, la carga situacional, relacionada con la pérdida de control, la falta de atención, de conocimientos o de recursos, las preocupaciones de seguridad, la imprevisibilidad y la falta de preparación.
Por fortuna, el fenómeno ha sido investigado en profundidad y se han desarrollado propuestas prácticas. En torno al 30-40 % de los episodios pueden prevenirse mediante medidas no farmacológicas. La intervención preventiva contribuye a mejorar el desarrollo, pronóstico y evolución de los ingresos hospitalarios:
La valoración de los factores predisponentes al comienzo del ingreso hospitalario: edad, grado de dependencia, deterioro cognitivo, enfermedades crónicas, alteraciones del sueño y antecedentes de delirium en ingresos previos.
El control y monitorización de los factores precipitantes: monitorización de signos vitales, control de la oxigenoterapia, evaluación de parámetros analíticos, control de la micción y del ritmo intestinal, monitorización del dolor o las molestias y limitación de las restricciones físicas.
Formación del cuidador informal sobre medidas preventivas de cuidado directo: ayuda con el autocuidado, asegurando una nutrición e hidratación adecuadas; facilitando la toma de medicación oral; promoviendo una movilización temprana; disminuyendo la ansiedad; favoreciendo la orientación a la realidad; facilitando una adecuada visión y audición; estimulando cognitivamente al paciente y asegurando periodos de sueño nocturno.
El acompañamiento del enfermo a pie de cama es fundamental. Contamos con la tradición cultural de acompañar al enfermo durante el proceso hospitalario por parte de cuidadores informales (familiares o cuidadores remunerados no familiares). Los cuidadores informales no tienen por qué tener experiencia previa en cuidados sanitarios. Para conseguir su implicación en el cuidado de enfermos con delirium, minimizar sus efectos y disminuir el estrés, es importante hacerles partícipes del proceso preventivo, informando y proporcionando formación específica sobre esta situación.
Por todas estas cuestiones, la relación entre el personal de enfermería y los cuidadores familiares e informales debe ser fluida y basada en la confianza. El objetivo es común: el bienestar de la persona ingresada, su pronta recuperación y minimizar las complicaciones derivadas de la estancia hospitalaria.
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