No es solo oír menos: El impacto real de la pérdida auditiva en la vejez

Yolanda Gracia Rivas

22 de mayo de 2026

“¿El qué? Háblame más alto”. Con seguridad, ha escuchado esta expresión en reiteradas ocasiones. La respuesta habitual consiste en elevar el volumen de la voz o articular con mayor lentitud.

 

Existe una creencia generalizada de que este fenómeno es una consecuencia natural e inevitable del envejecimiento.

 

Pero, ¿y si no es tan inofensivo como parece?

 

La pérdida auditiva en personas mayores – también llamada presbiacusia – no es un simple “oigo menos”, sino que viene acompañada de afecciones en la esfera cognitiva y social.

 

Además, no se trata de un concepto minoritario: su prevalencia es elevada a nivel mundial; se estima que el 65% de los adultos mayores de 60 años la padecen.

 

¿Cómo afecta al cerebro?

 

En la última década, múltiples estudios han evidenciado una asociación entre la demencia y la presbiacusia. De hecho, la comisión de The Lancet concluyó que eliminar la pérdida auditiva en personas mayores podría reducir hasta en un 9% el riesgo de desarrollar el deterioro cognitivo.

 

Este fenómeno se debe a que la pérdida auditiva crónica disminuye la estimulación de las vías auditivas centrales. En consecuencia, el cerebro activa mecanismos compensatorios que incrementan la actividad en las redes neuronales vinculadas al control cognitivo.

 

En términos más sencillos: la disminución de estímulos sonoros obliga al cerebro a “trabajar más” para entender lo que oye, utilizando recursos cognitivos adicionales que, normalmente se dedicarían a la memoria y a la atención. A medio y largo plazo, este sobreesfuerzo puede comprometer el rendimiento cognitivo general.

 

El camino silencioso hacia el aislamiento

 

La audición es clave para la comunicación diaria y representa un factor esencial – frecuentemente infravalorado – para el bienestar social del individuo. A nivel conductual, las personas mayores con pérdida de audición tienden a evitar situaciones de alta exigencia comunicativa, tales como las llamadas telefónicas o la permanencia en ambientes con mucho ruido, debido a la frustración que les genera no poder seguir una conversación.

 

A largo plazo, esta conducta de evitación puede producir: disminución de la participación social, aumento de la sensación de soledad, reducción de interacciones sociales, frustración y ansiedad al no comprender bien y mayor riesgo de depresión.

 

¿Por qué no la atendemos como se merece?

 

A pesar del impacto clínico y social descrito, la presbiacusia constituye una de las condiciones menos tratadas en geriatría. La causa principal es la naturalización de la pérdida auditiva, interpretada erróneamente como una consecuencia inevitable del envejecimiento. Esta percepción social provoca tanto las personas afectadas como sus familias desestimen los síntomas, retrasando la atención oportuna y el diagnóstico.

 

Asimismo, el estigma social hacia el uso de audífonos – relacionados culturalmente con el envejecimiento y la pérdida de autonomía- refuerza esta problemática. Como resultado, se produce un retraso en la búsqueda de ayuda y una tendencia hacia la negación del problema.

 

Cómo actuar de manera efectiva

 

En primer lugar, es necesario un cambio en la perspectiva sociocultural, abordando el problema bajo criterios objetivos. Los estudios apuntan tres soluciones clave para abordarlo correctamente.

 

Detección precoz. La revisión auditiva debería integrarse en los controles habituales de salud. Esta práctica requiere la identificación de señales de alerta que incluyen dificultad para el seguimiento de las conversaciones, la dependencia de la lectura de labios o la solicitud recurrente de repetición verbal.

 

Cuestionarios como el Inventario de Discapacidad Auditiva para Ancianos (HHIE-S) permiten detectar casos sospechosos y remitirles a pruebas de audiometría más específicas. 

 

Implante coclear o uso de audífonos. Los audífonos contemporáneos no solo amplifican el sonido, sino que mejoran su procesamiento. Un estudio de la Escuela Bloomberg evidenció que su uso se asocia con una prevalencia de demencia un 32 % menor en personas con pérdida auditiva moderada o grave. En estadios clínicos casos más avanzados, el implante coclear constituye la opción terapéutica de elección. Un estudio realizado en 2024 en Australia sugiere la posibilidad de retrasar la aparición de la demencia, prolongando la calidad de vida y promoviendo un envejecimiento saludable.

 

Adaptación del entorno. Existen modificaciones ambientales y conductuales sencillas que facilitan la interacción social. Estas medidas incluyen vocalizar sin gritar, reducir ruidos de fondo (como la televisión), hablar de frente a la persona o gesticular para una mejor comprensión.

 

Conclusión

 

La privación auditiva no se limita a la pérdida de sonidos, implica sino perder conversaciones, conexiones y, en última instancia, el deterioro de la calidad de vida.

 

Merece la pena replantearse el impacto de esta situación que puede iniciar con un “no te escucho, repítemelo” y acabar comprometiendo el estado emocional y cognitivo.  En consecuencia, el diagnóstico precoz y el abordaje terapéutico oportuno no es solo una cuestión de audición, sino de salud general y autonomía.