Derecho a vivir sin dolor

Carlos David Albendea Calleja

17 de octubre de 2025

Con el ánimo de promocionar, difundir y concienciar sobre determinados aspectos de la salud, se han diseñado campañas y usado frases atractivas como la del “derecho a vivir sin dolor”. Asociaciones médicas, medios de comunicación y grupos de pacientes la han utilizado para remarcar la importancia de tratar el dolor como una prioridad sanitaria. En España, en algunos hospitales, se han desarrollado campañas como la del “Hospital sin Dolor” que pretende transformar el abordaje de este síntoma, no como algo secundario sino como una prioridad médica incluso ética. La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) han promovido este enfoque, subrayando que el tratamiento del dolor debe ser accesible, ético y basado en evidencia científica.

Sin embargo, qué ocurre cuando lo que se extrae de la campaña es la literalidad de las palabras. La importancia de las palabras que utilizamos es clave en el proceso terapéutico. El pacto implícito que se establece entre los pacientes y los profesionales que los atienden está cargado detalles que determinan el buen funcionamiento y la eficacia de las intervenciones. En la relación terapéuticaque se crea entre las personas enfermas y los profesionales que los atienden, es necesario crear un vínculo para el que son imprescindibles la confianza y la buena comunicación. La confianza mutua por la que el paciente confía en la competencia y ética del médico; y el médico confía en la sinceridad y colaboración del paciente. Y la comunicación clara, mediante la que se comparteinformación médica, expectativas, riesgos y alternativas de forma comprensible. Cuando las intervenciones no son eficaces, lo malo no son los resultados sino las expectativas. Los mensajes “hospital sin dolor” o “derecho a vivir sin dolor” son asimilados por algunos pacientes o familiares transformándose, de un mensaje para una campaña de difusión, en un arma psicológica contra nosotros mismos, un positivismo tóxico que nos acerca más al aislamiento y la frustración que a la asimilación y superación de nuestras circunstancias. “Derecho a vivir sin dolor” es marketing sanitario, no una frase que se pueda utilizar en la consulta real con nuestros pacientes. De otra manera, podríamos tener “derecho a vivir sin diabetes”, “derecho a vivir sin osteoporosis” o “derecho a vivir sin tristeza”.

El significado de las palabras es importante. Como pacientes, las palabras que utilizamos cuando hablamos con nuestro médico, cuando nos hablamos a nosotros mismos, o cuando nuestro familiar o cuidador nos habla, determina en buena medida nuestra conducta. Como profesionales, las palabras que utilizamos con las personas con las que trabajamos, pueden ser sanadoras o pueden ser perjudiciales. La neurociencia ha demostrado que los mensajes que llegan a nuestro cerebro tienen la capacidad de alterar la percepción de nuestras circunstancias, pudiendo agravar nuestras patologías como también mejorarlas. Por eso el mensaje que mandamos a las personas con dolor crónico debe ser un mensaje realista.

Pero si no tenemos “derecho a vivir sin dolor”, a qué podemos tener derecho en pleno siglo XXI. Pues ese el mensaje que debemos hacer llegar, los pacientes que sufren dolor crónico tienen derecho a ser atendidos, derecho a ser escuchados, derecho a que los profesionales que los atiendan estén capacitados, derecho a que los equipos sean multidisciplinares, derecho a disponer de psicólogos y nutricionistas, derecho a tener un trabajo adaptado a sus circunstancias, derecho a no ser discriminados, derecho a tener apoyo financiero si no pueden trabajar y sobre todo derecho a que el dolor no sea el centro de sus vidas.

Sin embargo, como dijo Félecité de Lamennais, “el derecho y el deber son como las palmeras: no dan frutos si no crecen uno al lado del otro”. Los pacientes que sufren dolor crónico tienen deberes. No sólo las intervenciones sanitarias pueden aliviar su situación, es necesaria e imprescindible la máxima implicación de los pacientes. De los derechos anteriores emanan unos deberes como son: tras una buena asistencia y comunicación conocer su enfermedad y la medicación que están tomando; tras un apoyo adecuado la obligación de cuidar su alimentación, perder peso y mejorar sus hábitos de vida; tras la ayuda psicológica necesaria, tienen el deber de socializar, de no quedarse en casa, de salir a tomar el sol y sentir el aire en la cara y cuidar sus niveles de estrés; tras el soporte de las personas que les rodean deben hacer más ejercicio, mover el cuerpo siempre es analgésico a medio y largo plazo; tras la adaptación de su puesto de trabajo, tienen la obligación de mejorar su ergonomía y postura laboral. En definitiva, en el dolor crónico como en otras muchas enfermedades crónicas, debemos transitar el camino hacia un nuevo concepto de salud. En la era de las enfermedades crónicas, los pacientes debemos hacernos responsables de nuestra enfermedad. Es prioritario promover el acceso a tratamientos adecuados del dolor, especialmente en cuidados paliativos y enfermedades crónicas. Y garantizar ese acceso sí que debería ser un derecho. Para ayudar realmente a nuestros pacientes garanticemos los medios, no los resultados