Más allá del diagnóstico: el camino de Cristina durante el cáncer de mama
Cristina Caudevilla García
19 de octubre de 2025
A los 37 años, Cristina Caudevilla trabajaba como técnico de Educación Infantil y cuidaba de sus dos hijas pequeñas. La rutina diaria transcurría entre el trabajo, la familia y los planes cotidianos, hasta que en enero de 2024 un diagnóstico de cáncer de mama interrumpió su normalidad.
Actuar ante las señales
“En septiembre me noté un bulto, pero pensé que era por la lactancia”, recuerda Cristina. Su hija pequeña tenía apenas siete meses, y ella seguía con lactancia materna. Esperó unos meses, pero el bulto no desapareció. En diciembre acudió a su médico de cabecera, quién solicitó una ecografía preferente. Sin embargo, los plazos se alargaban.
“Era Navidad, y hablando con la familia decidí pedir cita en un centro privado. Me dieron cita el 3 de enero, me hicieron eco y mamografía todo el mismo día… y me dijeron que no pintaba bien”.
Acudió sola. Salió de allí llorando y tomó un taxi a casa para contarlo a su familia, quién le acompañó al hospital público con los informes en la mano y logró que la atendieran de inmediato en la Unidad de Mama. “Ese mismo día viendo el informe me hicieron las tres biopsias. El 9 de enero me confirmaron el diagnóstico: cáncer de mama. Tenía 37 años”.
Esa rapidez fue clave: “Mi primera quimio fue el 25 de enero, un día después de mi cumpleaños. Si me hubiera esperado a la cita del hospital público prevista para el 15 de febrero, habría empezado el tratamiento casi dos meses más tarde”.
Cristina insiste en la importancia del diagnóstico precoz: “A veces el sistema va más lento de lo que debería. Por eso es fundamental que las mujeres aprendan a explorarse y acudan al médico ante cualquier duda. Yo no estaba en edad de cribado; por protocolo, las mamografías empiezan a los 50. Si no llego a actuar por iniciativa propia, quizá habría sido demasiado tarde.”
Su experiencia ha tenido un efecto de concienciación en su entorno: “Ahora todas mis amigas cada vez que se notan un bulto o algo, están concienciadas. Me dicen: ‘Cris, esto…’ `Cris, lo otro …’. Todas han empezado a explorarse, a ir a los médicos, a hacerse revisiones. Antes era algo que dejabas pasar.”
Recibir la noticia: gestionar el impacto emocional
Recibir un diagnóstico de cáncer nunca es fácil. Cristina recuerda aquel momento como “un shock”, pero sorprende su serenidad al contarlo. “Nunca pensé en la muerte. Siempre confié en los médicos y fui paso a paso. Lo más difícil fue pensar en mis hijas: cómo decírselo, cómo reorganizarlo todo.”
La menor no tenía todavía el año, y la lactancia tuvo que interrumpirse de inmediato. “Pasó al biberón sin problema. Tomé la pastilla para cortar la leche y seguimos adelante. La mayor tenía tres años, y ahí fue más complicado: cómo explicarle que mamá ya no iba a trabajar y que iba a llevar un pañuelo en la cabeza”.
En ese punto, Cristina y su marido buscaron apoyo psicológico en la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). “Fui a la AECC enseguida, porque necesitaba saber cómo afrontar la situación en casa. Nos atendió una psicóloga que nos ayudó a cómo hablar con la niña. Nos dio pautas, libros y consejos muy útiles. No hicieron falta más sesiones: lo gestionamos en casa con naturalidad, pero su ayuda fue esencial al principio.”
Además del apoyo psicológico, Cristina recibió orientación de la trabajadora social de la asociación. “Ella nos explicó los recursos disponibles, las ayudas económicas y los permisos laborales. Desde el hospital público no te dan esa información. Si no lo buscas tú, no sabes que existen”.
Cristina añade: “Cuando te dan el diagnóstico, te cambian la vida de golpe. No sabes qué va a pasar ni cómo se va a reorganizar todo, pero poco a poco vas avanzando.”
Una red que sostiene
“En todo momento estuve acompañada”, cuenta Cristina. Su marido no faltó a ninguna cita, y sus padres, su hermana y sus suegros se volcaron en el cuidado de las niñas. “Vivimos todos en Zaragoza, y eso ha sido una suerte. Los abuelos se turnaban para recogerlas, darles de cenar o quedarse con ellas si yo tenía pruebas que implicaban aislamiento. En casa nunca estuvimos solos.”
También el entorno laboral tuvo un papel relevante. Cristina llevaba solo tres meses en su nuevo trabajo cuando tuvo que coger la baja. “Se lo comuniqué ese mismo día. No fue fácil, pero era inviable seguir trabajando con bebés mientras hacía pruebas o quimio. No es un trabajo que se pueda adaptar al teletrabajo”.
Desde entonces, mantiene el contacto con sus compañeras: “Siempre ha habido buen trato. Ahora mismo sigo de baja, y estoy deseando volver a trabajar con niños cuando esté al cien por cien”.
Además del apoyo familiar y laboral, Cristina ha encontrado un nuevo espacio de comprensión mutua “Ahora mismo tengo un grupo de cuatro personas con las que quedo una vez al mes, de diferentes edades y todas con diferentes tipos de cáncer de mama. Hablamos tanto de la enfermedad como de nuestra vida. Nos desahogamos entre nosotras.”
Durante el proceso, Cristina aprendió algo fundamental: aceptar ayuda. “Al principio me costaba aceptar ayuda, pero entendí que no podía con todo. Aprendí a dejarme cuidar, a delegar”, cuenta Cristina. “Mis padres, mi marido, mis suegros, mi hermana… todos querían ayudar, y poco a poco fui soltando. Antes quería controlarlo todo, pero con la enfermedad eso cambia. Te das cuenta de que no pasa nada por dejarte ayudar, aunque las cosas no se hagan exactamente como a ti te gustaría. Lo importante es que se hagan”
También destaca el valor del acompañamiento en las consultas médicas: “Yo recomiendo venir siempre acompañado. Escuchan más cuatro orejas que dos. Estás nerviosa y no retienes todo, así que tener a alguien contigo es fundamental.”
El apoyo fuera del sistema sanitario
Gran parte del apoyo emocional y físico que Cristina ha recibido ha venido de fuera del sistema sanitario. Tras los primeros meses de tratamiento, acudió también a AMAC GEMA, una asociación aragonesa de mujeres con cáncer de mama y ginecológico: “Me informaron desde el principio, pero me hice socia después de la operación. Allí he encontrado atención de fisioterapia para el linfedema, talleres, ejercicio terapéutico y compañía.”
En la actualidad, Cristina también colabora como voluntaria. “Formo parte del programa Contigo, donde visitamos institutos y colegios para contar nuestra experiencia y concienciar a los jóvenes. Es una manera de devolver lo que he recibido. Si mi testimonio sirve para que alguien se haga una revisión o sepa cómo actuar ante un diagnóstico, ya merece la pena.”
Lo que no se ve
Más allá de los tratamientos, la enfermedad implica muchos cambios invisibles: en el cuerpo, en la rutina y en la percepción social. “Tu aspecto cambia, y debes decidir si te pones peluca, pañuelo o nada. Yo no dejé de hacer vida normal, aunque fuera con camiseta en la playa. No hay que esconderse.”
Su mayor deseo es que la sociedad entienda que vivir con cáncer no significa rendirse ni aislarse, sino adaptarse y seguir adelante. “Yo nunca me he ocultado. Hablo con todo el mundo, en la sala de espera, en los talleres… ahora tengo un grupo de cuatro nuevas amigas que nos vemos cada mes. Hablamos de la enfermedad, pero también de la vida.”
Entrevista realizada por Alba Medina Castillo

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