Libros que sanan

Libros que sanan

Maite Escudero Alías

23 de abril de 2026

“La literatura es, en primer lugar, una de las maneras fundamentales de nutrir la conciencia. Desempeña una función esencial en la creación de la vida interior, y en la ampliación y ahondamiento de nuestras simpatías y nuestras sensibilidades hacia otros seres humanos y el lenguaje.” (Susan Sontag, 2003).

 

Comienzo esta sección recordando las palabras de Susan Sontag en su discurso al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2003 porque ahondan en el poder de la literatura para enaltecer la sensibilidad y la empatía del ser humano. Más específicamente, los libros son el vehículo transmisor para contar historias y hacernos partícipes de ellas. Podríamos afirmar que las historias son a nuestra alma lo que el ejercicio físico es al cuerpo: primordiales, vitales y trascendentales para vivir. Desde que nacemos, las historias forman parte de nuestra vida: “érase una vez”, expresión que anuncia acontecimientos mágicos, gozosos, misteriosos, a veces también tristes y melancólicos. Ya desde nuestra infancia conectamos con seres y personajes cuyas vidas y aventuras conforman un espacio imaginario común en el que mirarnos o diferenciarnos, ya que nuestra identificación depende de los anhelos, expectativas y códigos éticos que nos definen. Técnicamente, existen formas de empatizar en mayor o menor grado con ciertos personajes: quién cuenta la historia y cómo lo hace será determinante para identificarnos con la trama y un personaje en concreto.

 

Una función significativa de los libros es conmovernos. Del latín emovere, el sustantivo “emoción” alude a un movimiento hacia fuera, reflejando una respuesta fisiológica que nos conecta a otros seres y lugares que pueden condicionar e influir en nuestro desarrollo cognitivo y emocional. Algunos críticos literarios hablan de paisajes afectivos para referirse a los vínculos que se crean con otras personas, con entes no humanos, objetos y territorios, ya que éstos actúan como repositorios de distintos sentimientos, como pueden ser el amor, la nostalgia, el duelo, la vergüenza, la ira, el placer, el asombro o la esperanza. Otra de las funciones clave de la literatura consiste en transmitir el lema que anuncia la marca deportiva ASICS: Anima Sana In Corpore Sano, promoviendo un equilibrio entre la salud física y la mental. Así, anima se refiere en latín al hálito de vida, a la respiración, designando el principio vital que anima al cuerpo y que evolucionó, etimológicamente, al castellano “alma”. Según Aristóteles en su tratado De Anima, el alma nombra el principio fundamental de la vida humana, animal y vegetal, a la vez que interviene de forma esencial en los afectos y en los instintos. Si el alma está en armonía con la vida, con el entorno y con los demás, redundará en un mayor bienestar mental y físico, fomentando el (auto)cuidado, el respeto y la empatía hacia otras culturas y formas de pensar. De esta manera, los libros abren puertas y ventanas hacia la tolerancia, la comprensión y el entendimiento; también hacia la libertad, el deseo, a veces inesperado, y la frustración, cuando algún elemento de la trama nos decepciona. Son el espejo de nuestras pasiones, secretos e ilusiones, alimentando nuestra curiosidad y despertando en nosotros/as emociones espontáneas que, en un momento difícil como puede ser la pérdida de un ser querido, nos conectan con la vida de nuevo.

 

Hoy, día del libro, San Jorge –Saint George—y día de la lengua inglesa, no nos olvidamos de clásicos de su literatura que exploran distintas emociones de la condición humana: la venganza y el amor más allá de la muerte en Cumbres Borrascosas (Emily Bröntë); el impacto del utilitarismo en la imaginación de los niños en Tiempos difíciles (Charles Dickens) o la depresión en La señora Dalloway (Virginia Woolf). Si preferís autores contemporáneos, la ficción de Ali Smith es de obligada lectura: desde Chica conoce a chico, el Cuarteto Estacional, Gliff o Glyph, todos sus libros fomentan la empatía, la solidaridad, la creatividad y el humor como formas resilientes de supervivencia en un mundo cada vez más polarizado y hostil. Sea cual sea vuestra elección, la lectura entraña sabiduría y reparación. Los libros como antídoto para atenuar la soledad o el desamor; como ancla que nos sostiene en periodos de enfermedad y de declive físico; la escrito-terapia como forma de trabajar e integrar experiencias traumáticas complejas, tanto individuales como colectivas; la narración y la poesía como herramientas para conocer y denunciar procesos de esclavitud y colonización, guerras, terrorismo, odio y discriminación por cuestiones de género, raza, orientación sexual, clase social, religión, capacitismo, neurodivergencia, etc. Libros que resuenan con fuerza en nuestras vidas; historias cuya magia nos envuelve y, de forma cuasi-ceremoniosa, nos transforman para siempre. ¿Quién no tiene un libro favorito, depositario de un recuerdo inolvidable?

 

Otra historia: escribo estas líneas en primavera, cuando la luz natural perdura durante más tiempo. La albura, capa blanda y blanquecina de los troncos, ha hecho su trabajo durante el invierno, transportando la savia hacia las ramas, y ya se vislumbran los brotes primaverales en los árboles. El cierzo de los últimos días ha dado paso a un repentino calor, propio del verano. Y mientras el ciclo de la naturaleza sigue su curso, aparece un agente artificial y artificioso que todo lo inunda; IA, lo llaman, que arrasa, sin piedad, con otra de las funciones que nos brinda la literatura: la posibilidad de desarrollar y dilatar nuestras facultades cognitivas activando conexiones neuronales y favoreciendo emociones espontáneas que nos hagan vibrar. Reivindico en este espacio la importancia de una lectura sosegada (slow reading) de poemas y novelas con tramas complejas con el propósito de recuperar la atención. Leer libros enteros, de principio a fin, se ha convertido hoy en día en un acto revolucionario, pues implica invertir tiempo y desafiar el dogma de la aceleración y fragmentación impuesto por la sociedad actual. Además de todas las recomendaciones y consejos prácticos que podéis encontrar en este espacio de OCODES, os animo a que incorporéis la lectura de un libro (al mes) como otro hábito de vida saludable.

 

Literatura y creatividad: Potencia crítica

Literatura: Creatividad y potencia crítica

Alfredo Saldaña Sagredo

15 de abril de 2026

Me gustaría en este breve texto apuntar algunas ideas sobre las funciones que la literatura —en especial, la poesía—, la creatividad y el pensamiento crítico han podido desempeñar en mi trayectoria como profesor y autor de unos cuantos libros de poesía y de ensayo en el ámbito de una universidad cada día más aletargada y burocratizada, tanto en el contexto docente como en el investigador, y ello en unas circunstancias en las que, como se lamenta el poeta sirio Adonis, la productividad y la rentabilidad están ganando terreno a la imaginación, el ingenio y el cacumen.

 

Comenzaré recordando que con el término poesía designamos un hacer, un dar a luz o un engendrar, un acontecimiento creativo, en cualquier caso, inherente a lo femenino de nuestra especie y asociado estrechamente a la noción de alumbramiento. En ese proceso, el poeta intuye que la escritura es una actividad imaginaria, fantasmática y especular, una práctica en la que acaba diluyéndose en el vacilante e incierto trazo de su propio texto. En ese recinto brota una palabra poética extraña y anómala que comienza a manifestarse cuando ­—al menos por un instante­— se interrumpen los latidos de la existencia y, en ese sentido, a la vez que un aviso premonitorio de la muerte que viene, no es otra cosa que una representación, una imagen, en fin, un signo de la propia vida, detenida en su extrema y radical intensidad.

 

Percy B. Shelley distingue en A Defence of Poetry entre catalogue y creation, una distinción sobre la que se ha trazado la gran diferencia entre el lenguaje de la historia y los registros (im)propios de la poesía. Sin embargo, esa disonancia responde a menudo más a un ideal, una aspiración o un tópico que a una realidad contrastada dado que, al igual que existe un subgénero literario que denominamos «ciencia ficción» (un sintagma construido a partir de dos términos aparentemente contradictorios y excluyentes), el relato de la historia, presuntamente objetivo y veraz, aparece salpicado con frecuencia de elementos y recursos ficcionales, míticos, imaginarios, fantásticos; por el contrario, tampoco es infrecuente encontrar una poesía anclada a la experiencia en su sentido más restrictivo, concebida casi como fedataria de la realidad material, sensorial y sentimental. Y es en ese momento —recordemos, primeras décadas del siglo XIX— cuando surge la poesía tal como todavía hoy la seguimos explorando, es decir, entendiendo e ignorando, una poesía que, manteniendo unos estrechos vínculos con la creación y la imaginación, no deja de ocasionar desconcierto y malestar. Quizás ahí se encuentren algunas de las razones por las que la poesía ocupa un espacio social cada vez más exiguo e irrelevante.

 

De paso, nos encontramos sumidos en un escenario en el que los saberes relacionados con la especulación, la crítica, el pensamiento o los estudios menos instrumentales están siendo arrinconados hasta casi hacerlos desaparecer del ambiente educativo, frente a esos otros relacionados con la adquisición de unas cuantas reglas y consignas que la doxa académica califica como habilitantes. Así, las interrogantes se disparan de una manera espontánea y natural, ¿por qué ese tipo de contenidos y conocimientos tildados a menudo de inútiles e innecesarios sufren tales ataques?, ¿por qué, en definitiva, la poesía, la filosofía y la crítica encuentran tan difícil arraigo en sociedades como la nuestra? Aunque cualquier sujeto mínimamente informado esté al cabo de la calle y conozca qué intereses se esconden detrás de todas estas cuestiones, no creo que se trate de preguntas retóricas. Una posible, tentativa y rápida respuesta podría argumentarse recordando que la poesía (cuando se acompaña de esa enfermedad sagrada, como decía Heráclito, que es el pensar) y la filosofía (cuando se manifiesta con un ingobernable decir poético) contienen un aliento epifánico, siembran una semilla indomable y desestabilizadora, y que por ahí puede entenderse y explicarse su expulsión de los foros públicos.

 

A partir de ahí, es innegable que no se puede desarrollar un trabajo poético sin la intervención del pensamiento crítico y, en esas circunstancias, es obvio que pensar consiste en destensar los puntos de amarre para que el pensamiento pueda desplazarse con soltura y fluidez, generar espacio para que broten las ideas, errar —en los sentidos de andar y fallar— y hacer casa, como defendía la poeta rusa Anna Ajmátova, en un camino abarrotado de preguntas. Perderse para encontrarse, perder el sendero y reconocerse en esa pérdida.

 

En fin, una reflexión como esta que aquí apenas queda esbozada solo tiene sentido si se aborda como un esfuerzo para (des)ubicar y extrañar los lugares que ocupa la poesía en las sociedades contemporáneas, y ello sin renunciar a un compromiso con la defensa de una naturaleza y un entorno cada vez más devastados por los insensatos y letales comportamientos del ser humano. En ese sentido, se trataría de estar a la altura de las circunstancias y explorar una poesía solidaria con una realidad en la que ese ser humano es solo una parte —aunque una parte responsable, sin duda— de esa totalidad. Y todo ello porque la poesía, a veces, nos enseña que no se es poeta sino que se está en modo poético.

 

El libro infantil: La salud mental del futuro

El libro infantil: La salud mental del futuro

Silvia Pellicer Ortín

2 de abril de 2026

El Día Internacional del Libro Infantil se celebra con la idea de promover el amor por la lectura entre los más jóvenes; de hecho, se instituyó en conmemoración del nacimiento del reconocido escritor danés Hans Christian Andersen el 2 de abril de 1805. Cantar rimas y poemas a los bebés, leer cuentos tradicionales en los brazos de nuestros padres, contar leyendas a la hora de dormir o participar en actividades de cuenta-cuentos son experiencias que todos podemos asociar como placenteras y entrañables en los primeros años de nuestra vida. Pero, ¿cuáles son los beneficios más exactos de contar historias a los más pequeños?

 

Exponer a los niños a la escucha y lectura de cuentos es muy positivo para su desarrollo cognitivo (Fons Esteve, 2004) en tanto que promueve destrezas de pensamiento que les ayudan a predecir eventos y el significado de las palabras, hacer hipótesis y comparaciones, etc. Además, son un gran promotor del pensamiento simbólico, la atención, la memoria de trabajo y la meta-cognición, reforzando estrategias como la planificación y la autoevaluación. Si los abordamos desde un punto de vista pedagógico, a través de los cuentos podemos trabajar multitud de contenidos curriculares a la par que desarrollamos estrategias de estudio, organización de ideas o transferencia de información. Sin olvidarnos del desarrollo de la alfabetización visual y multimodal (Mancebo Suárez and Pellicer-Ortín, 2023), tan imprescindible en la época actual.

 

 Bien es sabido que los cuentos nos ayudan a ejercitar la imaginación, los niños pueden conectar con sus personajes y desarrollar esta capacidad que, en tiempos de la IA, puede ser garantía del desarrollo de un pensamiento más flexible y crítico en el futuro así como de mejores habilidades sociales, emocionales y comunicativas. Además, dado que escuchar o leer un cuento es motivador y agradable, y que suele ser una experiencia social compartida, esto nos permite potenciar actitudes positivas en el niño hacia la lengua y cultura en la que están escritos. Desde el punto de vista lingüístico, Gail Ellis and Jean Brewster (2014) explican cómo el escuchar historias se puede convertir en un recurso potente para adquirir una lengua. A través de la repetición que caracteriza muchas de estas narrativas, los niños pueden interiorizar un amplio repertorio de vocabulario y formas lingüísticas en un contexto natural. Está ampliamente demostrado (Ellis and Shintani, 2014) que exponer a los niños al lenguaje en contextos variados, memorables y familiares enriquece su pensamiento y hace que se incorpore poco a poco a su habla. También, los cuentos exponen a los niños al ritmo, entonación y pronunciación de una lengua. Igualmente los cuentos nos transportan a otras culturas, favoreciendo el desarrollo de la Competencia Comunicativa Intercultural, entendida como la habilidad de comunicarse adecuadamente con personas de otras culturas, comprendiendo y respetando sus valores, formas de hablar y actitudes.

 

Los cuentos tratan temas y experiencias universales que conectan con nuestros sentimientos y emociones. Contar historias provoca una reacción compartida de risa, tristeza, emoción y expectación que no solo resulta placentera, sino que también puede ayudar a reforzar la confianza del niño y avivar su desarrollo social y emocional, y es en esta última parte en la que me quiero centrar como aspecto estrechamente relacionado con la salud. La educación emocional de las futuras generaciones es un aspecto que cada vez tiene más peso en nuestras aulas y en el currículo. Desde que Daniel Goleman desarrollará su teoría acerca de la Inteligencia Emocional y la importancia de entrenarla e integrarla en la educación de los niños y adolescentes, se ha ido constatando como los cuentos y la literatura pueden ayudar a desarrollar los cinco dominios que comprende esta inteligencia – conciencia de las propias emociones, regulación, autoestima, confianza y motivación, empatía, y habilidades sociales. Por otra parte, como afirma Susan Perrow, contar historias ofrece posibilidades imaginativas para transformar las situaciones problemáticas y promover la resiliencia desde etapas tempranas.

 

Las manifestaciones artísticas en general y la literatura en particular corresponden a la necesidad humana de integrar las experiencias vividas, y más aún cuando estas han sido difíciles o traumáticas. Volviendo a Goleman, este psicólogo nos explica que la parte emocional de la mente humana está vinculada a los contenidos simbólicos que pueden expresarse mediante metáforas, cuentos, mitos y arte y, especialmente, a través de la narración de historias y el dibujo. En el caso del cuento infantil, ya que los cuentos son un artefacto familiar y seguro para los niños, estos les permiten tratan de entender de manera profunda lo que en ellos sucede, conectando con las experiencias propias y ajenas. Muchos cuentos giran en torno a personajes atravesando desafíos que deben solventar con la ayuda de otros personajes y/o haciendo uso de su fuerza interior. De hecho, muchas historias infantiles recurren a la metáfora y los símbolos, lo que las ha convertido en herramienta de terapia psicológica en casos de niños sufriendo algún tipo de trauma o trastorno mental. Conforme se ha estudiado más sobre los procesos neurobiológicos y la relación entre el hemisferio derecho, el trauma y el apego, comprendemos mejor cómo los cuentos pueden activar los procesos emocionales del hemisferio derecho, despertar recuerdos sensoriales y desencadenar emociones intensas no resueltas.

 

Como educadores, terapeutas o familiares, podemos encontrar cuentos que ayuden a los niños a conectar con experiencias concretas traumáticas o difíciles, ya sea el duelo y la muerte (El hilo invisible de Miriam Tirado), la enfermedad (Soñar con unicornios de Lisa Aisato y Mariangela Cacace), el estrés y la ansiedad (Tengo un nudo en la barriga de Alberto Soler y Concepción Roger), la separación parental (Valentina tiene dos casas de Paula Carbonell), el bullying (Nos tratamos bien de Lucía Serrano), o abusos sexuales (Tu cuerpo es tuyo de Lucía Serrano). Por otra parte, los cuentos pueden usarse como vía de prevención de futuros problemas mentales o promoción de hábitos saludables (Sanotes, sanitos de Blanca García-Orea Haro), también abordando temas como el control de esfínteres (El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza de Werner Holzwarth) y problemas de sueño (Dormir sin miedo de Laura Pazos de Sleepykids y Marta Moreno), e incluso trabajando valores humanos que mejoren sus relaciones humanas en el futuro: diversidad cultural y empatía (Elmer, el elefante multicolor de David McKee; Las jirafas no pueden bailar de Giles Andreae), emociones (El monstruo de colores de Anna Llenas), auto-regulación (Tengo un volcán de Miriam Tirado), apego (Adivina cuanto te quiero de Sam McBratney), y habilidades sociales (La abrazosaurio de Rachel Bright).

 

Elegir el cuento apropiado es sólo el primer paso, aquí he citado algunos ejemplos que funcionan muy bien, pero no es suficiente. Debemos crear una ambiente relajado y cálido para que los niños entren en el mundo de la historia; hacerles partícipes de ella a través de preguntas, pausando la lectura para comprender que nos siguen y ayudarles a entender los matices más complejos; y, una vez, que la hemos narrado, hay multitud de maneras de explorar lo que ha suscitado en ellos mediante juegos, diálogos, dramatizaciones, actividades de dibujo o manualidades, etc. Está claro que un cuento por sí mismo no puede sanar una patología, abordar problemas conductuales o solucionar un problema en la vida del niño, pero sí que puede ser una ventana a otro mundo donde nuevos valores, emociones y experiencias nos ayuden a comprender la complejidad del ser humano. 

 

 

La literatura como medio de supervivencia

La literatura como medio de supervivencia

Natalia Jiménez Pérez

3 de marzo de 2026

Aunque no se sabe con certeza cuándo se estableció que el Día Internacional del Escritor y la Escritora se celebraría el 3 de marzo de cada año, lo que sí se tiene claro es el quién y el por qué de la celebración: tras su fundación en los años 20 del siglo pasado, la asociación PEN Club International (PEN como acrónimo de poetas, ensayistas y novelistas), propuso esta fecha para reconocer la importantísima labor y contribución de los escritores y las escritoras (y por supuesto de la literatura) a la sociedad. La idea es muy inspiradora, pero cabe preguntar: ¿cuál es esa contribución, realmente? ¿Acaso va más allá del valor cultural de la literatura (aunque en sí ya sean una contribución notable)?

 

Si preguntamos a una persona cualquiera que nos encontremos por la calle si cree que la literatura es uno de los elementos más importantes de la sociedad, seguramente se quedaría extrañada y, más allá de si lee o no, lo más probable es que diga que es un entretenimiento importante, y poco más. Las personas más lectoras podrían añadir que además la lectura ayuda a desarrollar la imaginación; pero ¿acaso son tan relevantes el entretenimiento y la imaginación en un mundo marcado por las guerras, el hambre, el cambio climático y las pandemias, entre otros horrores? Incluso si nos centramos en un ámbito más cercano, ¿cuántas personas tienen tiempo de preocuparse por la literatura cuando el precio de los alimentos y de la vivienda están alcanzando máximos históricos?

 

Si pensamos en la famosísima jerarquía de necesidades humanas de Maslow, el arte se incluye en la última de las necesidades de la pirámide, la de autorrealización, después de las necesidades fisiológicas básicas (como comer o descansar), las de seguridad (como la salud), las de afiliación (como la amistad, el afecto y el amor) y de reconocimiento (como el respeto y el éxito).

 

Es decir, si bien todas son necesidades humanas, solo se consigue llegar a las más elevadas una vez suplimos las más básicas.

 

Sin embargo, se ha criticado mucho a Maslow por su rigidez, defendiendo en su lugar una visión holística del ser humano en la que, más que una pirámide, sus necesidades forman una red de elementos que dependen los unos de los otros. Por ejemplo, mientras que la falta de salud física puede afectar a la satisfacción de las necesidades sociales y emocionales, la insatisfacción de estas necesidades también puede afectar negativamente a la salud física. Esto encaja a la perfección con la definición de salud que da la Organización Mundial de la Salud (OMS):

 

“La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.

 

Y si todavía quedaban dudas sobre lo mucho que se influyen y retroalimentan los niveles de necesidades, la pandemia del COVID-19 las despejó todas: resultó que problemas emocionales como la soledad, la incertidumbre y la desesperanza podían empeorar notablemente la salud física y hacernos más vulnerables al virus. Pero los descubrimientos no se quedaron ahí. También pudimos comprobar en nuestras propias carnes que el entretenimiento que ofrecía la narrativa en sus múltiples expresiones (ya sea en forma de series, películas, novelas, etc.) no era un lujo prescindible; al contrario, se convirtió, junto con la tecnología que nos permitía comunicarnos a distancia, en nuestro salvavidas. De hecho, este fenómeno dio lugar a estudios que demostraron los enormes beneficios que había tenido la lectura en la salud durante la pandemia.

 

Al contrario de lo que podría parecer a priori, la fuerza que nos daba la literatura no venía solo de su capacidad de escapar del confinamiento a través de nuestra imaginación (que también, por supuesto), sino, sobre todo, de la forma en que nos permitía comprendernos y expresarnos entre nosotros y nosotras: nuestra soledad, nuestras caídas y recaídas, pero también nuestros deseos y anhelos, y nuestra enorme necesidad de afecto y de cuidados. Su impacto fue tan gran grande que hasta dio lugar a subgéneros literarios específicos basados en la pandemia, como las corona fictions.

 

Pero resulta que este descubrimiento no es tan novedoso (como reza el famoso refrán, no hay nada nuevo bajo el sol). Lo cierto es que se ha teorizado durante siglos sobre la relevancia de la literatura a la hora de comprendernos como personas y de comprender al mundo que nos rodea. De hecho, J.R.R. Tolkien, célebre escritor de novelas clásicas de fantasía como El Señor de los Anillos y El Hobbit, creía que la literatura era una necesidad humana básica, puesto que nos ayudaba a entender aquello a lo que la ciencia no podía llegar. Y con esto no se refería a que la incomprensión o desconocimiento de la naturaleza haga que acudamos a los mitos. Todo lo contrario: para él, incluso cuando la ciencia consigue darnos explicaciones válidas del mundo y del ser humano, sigue siendo insuficiente.

 

Y la verdad es que no es tan difícil de comprender: por mucho que la ciencia pueda explicarnos por qué sufrimos cuando muere un ser querido y cómo nos afecta exactamente, nos sirve de poco si no tenemos una historia o un poema que nos permita procesar lo que hemos vivido y nos haga sentir que no estamos solos y solas, sino que nos pueden comprender. Un buen ejemplo lo encontramos en la fuerza que ganaron las novelas de Sally Rooney entre las generaciones más jóvenes porque conseguían plasmar lo que supone vivir con problemas graves de salud mental en un mundo cada vez más hostil, volviéndose un faro de esperanza en un tiempo crítico. Ya no era tan grande la soledad.

 

Claro que una novela o un poema no pueden curar una enfermedad crónica o devolvernos a ese ser querido que hemos perdido. Pero eso no quiere decir que no nos resulten esenciales para sobrellevarlo. Creo que C.S. Lewis, autor de las Crónicas de Narnia, lo explicó mucho mejor en su reflexión sobre la importancia de las relaciones humanas:

 

“La amistad es innecesaria, como la filosofía, como el arte […]. No tiene valor de supervivencia; más bien es una de esas cosas que dan valor a la supervivencia.”

 

No podría estar más en lo cierto: cuando la literatura consigue resonar con nuestro sufrimiento y nuestros anhelos, nos reconforta porque sabemos que no estamos solos y solas: lo que sentimos ya lo sintieron (y describieron) escritores y escritoras de la talla de Jane Austen hace más de doscientos años, o incluso Homero decenas de siglos antes.

 

Y la cosa es que esa necesidad que tenemos de los demás, de saber que no estamos solos y solas y de sentirnos comprendidos y comprendidas, es crucial para sobrevivir. Ese es el lugar que ocupa la literatura. En otras palabras: junto con las relaciones personales (del tipo que sean: familiares, de amistad, románticas, etc.), la literatura es un pilar básico de la salud humana.