Cuando el cuidado llega a casa. ¿Estamos preparando a las familias para cuidar o simplemente les estamos dando información?

Cuando el cuidado llega a casa. ¿Estamos preparando a las familias para cuidar o simplemente les estamos dando información?

Adriana Juncosa París

29 de octubre de 2026

Imagina que tu madre se rompe el tobillo. La operan, pasa unos días ingresada y, por fin, os dan el alta. Antes de salir, alguien os explica unas normas claras: no debe apoyar el pie en el suelo, tiene que guardar reposo y hay que ponerle heparina una vez al día. Asientes, recoges el informe y os vais a casa con la sensación de que todo está bajo control. Pero al llegar, todo es distinto. Hay que ayudarla a ir al baño sin que apoye el pie, buscar la mejor postura en el sofá y acordarse de la medicación. Y cuando llega la noche, aparecen preguntas que en el hospital ni se te pasaron por la cabeza: ¿es normal que el pie esté tan hinchado?, ¿y si ese dolor no es el habitual? Creías que lo habías entendido todo, pero ahora te toca a ti.

 

Hoy, 29 de octubre, Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo, quiero reflexionar sobre esto: qué significa de verdad preparar a una familia para cuidar y cuál es el papel de la enfermería en este nuevo escenario de sobreinformación.

 

No existe un manual de instrucciones para el alta hospitalaria. Hay recomendaciones que seguir y signos y síntomas por los que volver a consultar, pero nadie te prepara para asumir que quien hasta ayer era tu familiar, desde hoy es también la persona a la que cuidas. Sabes lo que hay que hacer porque te lo han explicado, pero aparece una duda y el profesional sanitario ya no está al otro lado de la puerta. ¿A quién recurres entonces?

 

Nunca hemos tenido tanta información sanitaria al alcance de la mano. El reto ya no es encontrar respuestas, sino saber cuáles merecen nuestra confianza y qué hacer con ellas. ¿Quién no ha buscado alguna vez en Google o en ChatGPT por qué le duele la cabeza o la barriga? Ahora imagina que esa duda no es tuya, sino de la persona a la que cuidas.

 

Desde la enfermería, educar para la salud no puede limitarse a transmitir conocimientos. Tiene que dar a pacientes y cuidadores las herramientas para tomar decisiones seguras cuando nosotros ya no estamos. Porque es justo en esos momentos de incertidumbre cuando una búsqueda en internet se convierte en la respuesta más accesible, aunque no sea la más fiable.

 

Sabemos que buena parte de lo que se explica en una consulta se olvida casi de inmediato: algunos estudios hablan de entre el 40 y el 80 %. Y casi la mitad de lo que se recuerda, se recuerda mal. Además, saber algo no significa atreverse a hacerlo. Puedes saber perfectamente cómo se pincha una heparina y, aun así, que te tiemble el pulso. Puedes conocer las instrucciones y seguir pensando: «¿Y si lo hago mal?». Ese miedo es el hueco por el que entra la desinformación. No buscamos en internet por ingenuidad, sino porque estamos solos y tenemos dudas. La psicología lo explicó hace décadas. La confianza en la propia capacidad, lo que Albert Bandura llamó autoeficacia, nace sobre todo de haber hecho algo uno mismo con éxito. Ningún folleto da eso. Por eso ensayar antes del alta no es un lujo: es lo que convierte la información en seguridad.

 

Creo que nuestro papel no es solo informar, sino enseñar a cuidar. Y enseñar a cuidar se parece más a un ensayo que a una charla. Significa cambiar el «¿Alguna duda?» por «Enséñeme cómo lo haría», y ver cómo lo hace antes de que se vaya a casa. No es solo intuición. Una revisión sistemática del Instituto Joanna Briggs concluyó que el método teach-back mejora el conocimiento, la adherencia al tratamiento y la autoeficacia. Consiste en pedir al paciente o a la familia que explique o demuestre con sus propias palabras lo que ha aprendido. No es una técnica cara ni compleja: basta con cambiar una pregunta. Educar no es entregar un papel al alta. Es comprobar que la otra persona sabe hacerlo, que se siente capaz de hacerlo y que sabe a quién llamar cuando dude.

 

La investigación sobre desinformación apunta en la misma dirección. En un experimento con usuarios de YouTube, avisar de antemano de las técnicas de manipulación más habituales ayudó a reconocerlas después. Es lo que se conoce como inoculación psicológica o prebunking: llegar antes que el bulo. En la consulta podemos hacer lo mismo: «Puede que leas que este remedio casero baja la inflamación; no lo uses, y te explico por qué».

 

Y no solo se trata de lo que pasa antes del alta. Los programas de cuidados transicionales, en los que un profesional acompaña al paciente y a su cuidador en el paso del hospital a casa y los entrena para gestionar sus cuidados, han demostrado reducir los reingresos hospitalarios (5). El alta no debería ser un momento, sino un proceso.

 

Esa historia del principio es mi historia, y la de cómo supe lo que quería ser. Yo tenía catorce años cuando operaron a mi madre del tobillo, y siempre digo que aquel verano hice mis primeras prácticas de enfermería, mucho antes de saber que acabaría siéndolo. Salimos adelante, como salen adelante tantas familias: a base de intuición, de preguntar y de equivocarnos alguna vez. Cuando cerramos la puerta de la habitación del hospital, el cuidado no desaparece: cambia de escenario. Y en ese nuevo escenario, la pregunta no es cuánta información les hemos dado, sino si les hemos enseñado a cuidar.

La participación importa: vivir también es poder decidir y formar parte

La participación importa: vivir también es poder decidir y formar parte

Marta Marín Berges y Sandra León Herrera

27 de octubre de 2026

Cada día realizamos multitud de actividades a las que apenas prestamos atención: preparar el desayuno, acudir al trabajo, acompañar a nuestros hijos al colegio, encontrarnos con amistades, practicar una afición o simplemente decidir cómo queremos emplear nuestro tiempo. Son acciones aparentemente sencillas, pero detrás de ellas se encuentran aspectos fundamentales de nuestra vida: nuestra identidad, nuestros roles, nuestras relaciones y nuestro sentimiento de pertenencia.

 

¿Qué sucede cuando una persona deja de poder realizar aquello que es importante para ella? ¿Qué ocurre cuando las barreras físicas, sociales o ambientales le impiden participar en su propia comunidad? Estas preguntas se sitúan en el centro de la Terapia Ocupacional.

 

Cada 27 de octubre celebramos el Día Mundial de la Terapia Ocupacional, una iniciativa promovida por la Federación Mundial de Terapeutas Ocupacionales (WFOT). En 2026, el lema elegido es «La participación importa», un mensaje que nos invita a reflexionar sobre el papel que desempeñan nuestras actividades, roles y rutinas cotidianas en la salud, el bienestar y la calidad de vida.

 

Participar es mucho más que realizar una actividad

 

Cuando hablamos de participación, no nos referimos únicamente a la capacidad de ejecutar una tarea ni a mantenerse ocupado. Participar significa tener oportunidades reales de implicarse en aquellas actividades que queremos, necesitamos o se espera que realicemos, de acuerdo con nuestras preferencias, circunstancias y proyectos vitales.

 

Para una persona mayor, puede significar continuar preparando las comidas familiares; para un niño, jugar con sus compañeros en el recreo; para alguien que atraviesa un problema de salud mental, recuperar sus relaciones sociales; y para una persona con una discapacidad, acceder a un empleo o disfrutar de actividades culturales en igualdad de condiciones. Estas situaciones tienen algo en común: lo verdaderamente importante no es únicamente hacer, sino poder elegir, participar y sentirse parte de la sociedad.

 

Además, participar no implica necesariamente realizar todas las actividades de manera independiente. Utilizar un producto de apoyo, necesitar asistencia personal o adaptar una actividad no resta valor a la participación. La autonomía también implica poder tomar decisiones sobre la propia vida y contar con los apoyos necesarios para llevarlas a cabo.

 

Cuando el entorno limita nuestras oportunidades

 

Con frecuencia, las dificultades para participar se atribuyen exclusivamente a las capacidades o limitaciones de cada persona. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Una persona puede tener las habilidades necesarias para realizar una actividad y, aun así, encontrar importantes obstáculos: edificios inaccesibles, transportes inadecuados, falta de recursos, prejuicios sociales, barreras digitales o ausencia de apoyos.

 

Pensemos, por ejemplo, en una persona mayor que vive en un municipio rural y desea continuar participando en las actividades de su comunidad, pero carece de alternativas de transporte. O en un niño con discapacidad que no puede disfrutar de determinadas actividades escolares porque el entorno no está adaptado. En ambos casos, la dificultad no puede explicarse únicamente por las características individuales. También es necesario analizar las oportunidades que ofrece el entorno. La participación no depende solo de lo que una persona puede hacer, sino también de las posibilidades que la sociedad le ofrece para hacerlo.

 

¿Qué aporta la Terapia Ocupacional?

 

La Terapia Ocupacional es una profesión sanitaria que promueve la salud y el bienestar a través de la participación en ocupaciones significativas. Su intervención parte de una pregunta esencial: ¿qué es importante para esta persona y qué necesita para poder hacerlo? A partir de esta cuestión, los y las terapeutas ocupacionales analizan la relación entre las capacidades de la persona, las características de las actividades y las condiciones del entorno.

 

Su trabajo puede incluir el desarrollo o la recuperación de habilidades, la adaptación de actividades, la modificación de espacios, la recomendación y el entrenamiento en el uso de productos de apoyo, la reorganización de rutinas o la promoción de oportunidades de participación social. Por ello, la Terapia Ocupacional está presente en ámbitos tan diversos como la infancia, la salud mental, la rehabilitación, la atención a personas mayores, la discapacidad, la educación, el empleo o la intervención comunitaria. En todos ellos, el objetivo trasciende la mejora de una capacidad aislada: se trata de que las personas puedan desarrollar su vida cotidiana de acuerdo con sus necesidades, intereses y valores.

 

La participación también es una responsabilidad colectiva

 

El lema de este año nos recuerda que favorecer la participación no es responsabilidad exclusiva de quienes encuentran dificultades para desenvolverse en su día a día. Construir entornos accesibles, eliminar barreras, combatir la discriminación y garantizar apoyos adecuados son compromisos que deben asumir las instituciones, los servicios sanitarios, educativos y sociales y la sociedad en su conjunto.

 

Desde el Colegio Profesional de Terapeutas Ocupacionales de Aragón (COPTOA) consideramos fundamental seguir avanzando en el reconocimiento de la participación como un componente esencial de la salud y en la incorporación de la Terapia Ocupacional a aquellos ámbitos donde su intervención puede contribuir a mejorar la vida de las personas. Porque una atención verdaderamente centrada en la persona no debería preguntarse únicamente qué dificultades presenta, sino también qué desea hacer, qué oportunidades tiene y qué barreras encuentra para desarrollar su proyecto de vida.

 

Este 27 de octubre queremos invitar a la ciudadanía a mirar su propia vida cotidiana y reconocer el valor de esas actividades que, muchas veces sin darnos cuenta, nos conectan con otras personas, nos permiten tomar decisiones y dan sentido a nuestros días. Porque participar no es un privilegio. Es una parte fundamental de la salud, la dignidad y la calidad de vida. Y porque la participación importa, la Terapia Ocupacional también.

La trampa de la prosa perfecta: el papel del corrector frente a la desinformación en salud

La trampa de la prosa perfecta: el papel del corrector frente a la desinformación en salud

Raquel Bayarte

27 de octubre de 2026

Cuando el equipo de OCODES me invitó a escribir en este espacio para conmemorar el 27 de octubre el Día Internacional del Corrector de Textos, me planteé cómo encajaba la voz de una traductora y correctora en un observatorio dedicado a combatir la desinformación en salud. Nuestro oficio suele asociarse a una tarea casi invisible y mecánica: corregir erratas, revisar tildes o ajustar la concordancia de un manuscrito. Aun así, acepté la invitación con interés porque creo que el lenguaje no es un simple envoltorio de la ciencia, sino el medio a través del cual la entendemos, la transmitimos y, a veces, la malinterpretamos.

 

Solemos asociar la desinformación a la mentira deliberada: remedios milagrosos que se promocionan con intereses comerciales o teorías que desafían frontalmente la evidencia científica. En inglés, se distingue entre disinformation, la falsedad difundida con intención de engañar, y misinformation, el error compartido sin esa intención. En español, el uso común de «desinformación» suele abarcar ambas, aunque el Diccionario de la Lengua Española solo recoge el sentido intencionado y el de información insuficiente. De hecho, la propia Organización Mundial de la Salud usa el término «información errónea» para esta segunda vertiente, la involuntaria, que considero la amenaza más silenciosa: la que no nace de la mala fe, sino de un error de traducción o de una simplificación tan forzada de los datos para el público general que termina desvirtuando el mensaje.

 

En el ámbito biosanitario, un matiz lingüístico sutil puede transformar por completo un mensaje clínico y tener consecuencias directas en la vida de las personas. No es lo mismo afirmar que «un fármaco no ha demostrado ser ineficaz» que asegurar que «ha demostrado ser eficaz». También se distorsiona la evidencia científica cuando, por descuido, el «sugiere» de un estudio se convierte en «demuestra», cuando se toman unos resultados preliminares por concluyentes o cuando se interpreta una asociación estadística como una relación de causa y efecto. Para quien lee estas imprecisiones mientras enfrenta la preocupación de un diagnóstico reciente, la precisión es una cuestión de seguridad, no solo de estilo. El error puede generar falsas esperanzas y miedos infundados que terminan condicionando las decisiones sobre su propio tratamiento.

 

El problema adquiere nuevas dimensiones con la llegada de la inteligencia artificial generativa. En un contexto marcado por la infodemia —la sobreabundancia de información, fiable o no, que satura a la población—, los modelos de lenguaje pueden crear en segundos resúmenes clínicos, artículos divulgativos, recomendaciones sanitarias o prospectos farmaceúticos con una redacción fluida y un tono de autoridad que inspira confianza. Ahí radica el riesgo, porque la fluidez de un texto no es garantía de veracidad. Las herramientas de inteligencia artificial no entienden de fisiología ni asumen responsabilidades éticas, solo calculan probabilidades estadísticas entre palabras para redactar textos gramaticalmente correctos, pero que pueden incluir referencias inexistentes, alterar datos cuantitativos, omitir advertencias de seguridad o presentar como hechos conclusiones que la investigación disponible no respalda. La desinformación sanitaria ya no llega con faltas de ortografía ni un formato descuidado; hoy se presenta bajo la apariencia de un texto impecable. En el ámbito de la salud, las llamadas «alucinaciones» de la inteligencia artificial pueden comprometer la fiabilidad de la información y, en algunos casos, contribuir a la toma de decisiones clínicas equivocadas.

 

Por eso, el criterio humano de quienes nos dedicamos a la traducción y corrección de textos de salud es indispensable. Nuestra labor no consiste en imponer preferencias de estilo ni en utilizar un corrector ortográfico automático. Corregir exige discernimiento, contrastar que la terminología se ajuste al consenso científico y verificar que la traducción respete los límites de lo que permite afirmar la investigación original. No se trata de sustituir a los investigadores ni al personal sanitario, cuyo conocimiento especializado no está en cuestión, sino de contribuir a que la información llegue al público con el mismo rigor con el que fue concebida.

 

La responsabilidad, por supuesto, no termina en la mesa de corrección. Desde quienes investigan y redactan hasta quienes editan y publican información sanitaria, todos los eslabones de la cadena comparten el compromiso de cuidar lo que se comunica. La inteligencia artificial puede ser útil para algunas tareas, pero no elimina la necesidad de verificar los resultados ni convierte una afirmación en cierta por estar bien formulada. Cuanto más fácil sea producir y difundir contenidos, más importante será detenerse a revisarlos antes de publicarlos. La rapidez no debe imponerse al rigor, especialmente cuando lo que está en juego es la salud. Quien lee también puede protegerse: debe desconfiar de la certeza absoluta («cura», «demuestra»), contrastar las fuentes y, cuando sea posible, comprobar la procedencia del original de una traducción.

 

Agradezco a OCODES la oportunidad de recordar, con motivo del 27 de octubre, que cuando hablamos de salud, la precisión en el lenguaje no es una manía, sino una medida de prevención. Cuidar las palabras también es una forma de cuidar a quienes las leen.

La información navega en la niebla

La información navega en la niebla

José Antonio Gabelas Barroso

24 de octubre de 2026

Vuelve un año más la semana de la “Alfabetización Mediática e Informacional”, que se celebra aquí y allá. No está de más poner el foco en la desinformación que acampa en unos tiempos convulsos e inciertos para todos. Comprobamos cada día que cada vez resulta más difícil distinguir entre información verídica y falsa.

 

La reciente radiografía que nos ofrece el Digital News Report 2026 del Reuters Institute y la Universidad de Oxford advierte que el creciente consumo de noticias en las redes sociales, las plataformas de vídeo, y en estos últimos años, la inteligencia artificial, aumenta la preocupación por la desinformación, y reduce la confianza en las noticias.

 

Se señala que en 29 de los 48 mercados en los que se trabaja con la noticia ha disminuido su confianza, lo que constata una caída general al nivel más bajo desde que comenzaron las mediciones en 2015. Los usuarios confían menos en las redes sociales y las plataformas de vídeo, que en las fuentes tradicionales. Sin embargo, se produce la paradoja de que mientras crece esta desconfianza, el consumo de los chatbots de IA y el consumo de las noticias en vídeo cada semana también crecen, con el 77% según el promedio global.

 

Esta inquietud en torno a la desinformación aumenta, llegando al 62%, con subidas superiores a cinco puntos porcentuales en 11 mercados. Según el Eurobarómetro de 2025, un 36% de ciudadanos europeos afirma haber estado expuesto con regularidad a noticias falsas, a diferencia del 28% que se registró en 2022. Por consiguiente, en el ecosistema informativo actual resulta muy complicado diferenciar entre lo real y lo falso, entre la mentira y lo verdadero. Muchas voces, escasa verificación, reducción de la relevancia del directo, servilismo a redes y plataformas, parecen ser algunas de las razones de la paradoja citada: pérdida de la confianza en la información que galopa por las redes y las plataformas, pero en donde aumenta día a día su consumo.

 

La historia tiene sus lecciones, como se indica en “Vamos a contar mentiras”. Los oráculos en Grecia transmitían las respuestas de la divinidad a sus preguntas a través de sus sacerdotes. También disponían de los suyos los fenicios y hebreos, incluso determinados pueblos africanos como los yorubas, disponían de los propios. Entonces no era necesaria la avanzada tecnología ni asesores políticos, sin embargo, tanto los chamanes de entonces como el ejército de spin doctor de ahora despliegan todas las competencias para construir una realidad paralela. Los montes, fuegos y templos en los que hablaba el oráculo han sido sustituidos por otros lugares institucionales y virtuales. El contexto desinformativo actual se asienta en una concentración del control de datos en pocas plataformas tecnológicas que marcan los viales de circulación y gestionan el diseño de su conectividad social, así como el tráfico emocional de sus individuos, como bien ha desarrollado en la “Cultura de la conectividad” Van Dijck y ha ficcionado Black Mirror, en “Sonríe, te están puntuando”.

 

Estos días padecemos el diseño de una campaña y estrategias electorales, de uno y otro lado, que desde la polarización política producen crispación y enfrentamiento, lo cual evita subrayar y atender las necesidades que preocupan a los ciudadanos. En este clima de sospecha, se alimenta un pensamiento tribal amparado en el colectivismo, que anestesia todo sentido crítico. En efecto, las estructuras sobre las que se cimenta la web social refuerzan el agrupamiento tribal del individuo, las cámaras de eco de las redes sociales encapsulan al sujeto y homogeniza su opinión. Para eso están los algoritmos, diseñados para ofrecernos lo que queremos, no lo que buscamos, en lo que nos afirmamos, no en lo que cuestionamos. La satisfacción de creer que el usuario encuentra la información que busca, solapa el hecho de que es la información la que encuentra al usuario.

 

La desinformación necesita diferentes acciones que deberían comprender un trabajo coordinado de las instituciones, los medios, las redes y plataformas, así como el diseño de la IA que necesitamos, las familias, la educación, pero también a cada una y cada uno de los ciudadanos. Sabemos que la alfabetización mediática e informacional es una carrera de fondo, que requiere un organigrama conjunto de toda la sociedad, porque sin formación lo que nos queda es desinformación.

 

Desde el Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital (GICID) de la Universidad de Zaragoza hacemos una apuesta integral por este desafío. Con numerosos proyectos que se pueden consultar en las referencias dadas, hemos desarrollado iniciativas para afrontar la desinformación desde la comunicación, la educación y la salud. En esta línea tenemos una línea de investigación y transferencia abierta en lo que se ha denominado el factor relacional, que acuña el modelo TRIC (Tecnologías de la Relación, Información y Comunicación). El histórico de este trabajo puede consultarse en el espacio del GICID, Factor Relacional. La contextualización de la noticia, la contrastación de las fuentes, la verificación de los datos que aporta la IA, la independencia de los medios y sus plataformas, el rigor de los periodistas, pero también la responsabilidad de los ciudadanos y ciudadanas para ser responsables de sus decisiones, porque lo son de su información, son redes de conexión que explicita esa dimensión relacional propuesta en el modelo TRIC.

Se puede engañar sin decir una sola mentira: basta con elegir bien el número

Se puede engañar sin decir una sola mentira: basta con elegir bien el número

Tània Cemeli Sánchez

20 de octubre de 2026

“Un nuevo fármaco reduce a la mitad el riesgo de infarto”. “Un nuevo fármaco evita un infarto por cada mil personas que lo toman durante cinco años”. Dos titulares. Un mismo estudio. Los mismos datos. Si sin el fármaco hay 2 infartos por cada 1.000 personas y con él hay 1, el riesgo se ha reducido a la mitad. Pero 999 de cada 1.000 personas lo habrán tomado sin obtener ese beneficio. El primer titular invita a correr a la farmacia; el segundo, a pensárselo dos veces. Ninguno miente.

 

Este 20 de octubre, Día de la Estadística, conviene recordar: la desinformación en salud no siempre nace de datos falseados o inventados. Muchas veces nace de datos verdaderos, pero, contados a medias.

 

¿La mitad de cuánto?

 

La diferencia entre ambos titulares tiene nombre. Por un lado, el riesgo relativo compara grupos: “la mitad”, “el doble”, “un 50 % menos”. En cambio, el riesgo absoluto cuenta personas: “de 2 a 1 de cada 1.000”. El primero siempre suena más grande. Por eso es el favorito de los titulares, y de la publicidad.

 

Existe una tercera forma, y aún es más clara: el número necesario a tratar. En nuestro ejemplo, habría que tratar a 1.000 personas durante cinco años para evitar un solo infarto. No significa que el fármaco no sirva. Significa que ese beneficio debe ponerse en la balanza junto a sus efectos adversos y su coste. ¿Parece un simple tecnicismo? Preguntemos a las mujeres británicas de 1995.

 

Una palabra, miles de embarazos

 

El 19 de octubre de 1995, hace ya 31 años y en la víspera de lo que hoy es el Día de la Estadística, las autoridades sanitarias del Reino Unido advirtieron de que las píldoras anticonceptivas de tercera generación duplicaban el riesgo de trombosis venosa. Era cierto. Pero ese riesgo pasaba, aproximadamente, de 1 a 2 casos por cada 7.000 mujeres.

 

A la calle llegó “el doble”, no “uno más entre siete mil”. Muchas mujeres dejaron la píldora de golpe. En los meses siguientes, los embarazos aumentaron en torno a un 7 % y los abortos, más de un 9 %, sobre todo entre las más jóvenes y con menos recursos.

 

La ironía: el embarazo conlleva un riesgo de trombosis mayor que la propia píldora. Y lo más revelador: estudios posteriores confirmaron que ese riesgo relativo, en torno al doble, era real. El problema nunca fueron los datos, sino cómo se contaron. Una cifra relativa sin su cifra absoluta es una media verdad. Y en salud, las medias verdades dejan huella.

 

90 % de vivos o 10 % de muertos

 

Decir que una operación tiene “un 90 % de supervivencia” o “un 10 % de mortalidad” es decir exactamente lo mismo. Pero no suena igual. En un estudio clásico, pacientes y médicos elegían más a menudo la cirugía cuando se la presentaban en términos de supervivencia. No decidimos solo con los datos, decidimos con cómo nos los plantean.

 

Con los gráficos ocurre lo mismo, un eje que no empieza en cero convierte una diferencia mínima en un precipicio. El gráfico en sí no miente, pero quien lo diseña es quién decide qué vemos primero.

 

Los estudios que nunca leeremos

 

En estadística solemos considerar que un resultado es «significativo» cuando, si el tratamiento en realidad no hiciera nada, la probabilidad de obtenerlo por puro azar sería menor del 5 %. Es decir, más o menos 1 de cada 20 veces.

 

Ahora imaginemos que 20 equipos de investigación prueban un tratamiento que no funciona. Lo más probable es que alguno obtenga, por casualidad, un resultado «significativo». Y ese es precisamente el estudio con más papeletas para publicarse, mientras los otros 19 se quedan en un cajón. Es el sesgo de publicación. Si solo leemos lo que salió bien, la ciencia parece más optimista de lo que es.

 

Hagamos la prueba

 

De cada 100 mujeres que se hacen una mamografía de cribado, 1 tiene cáncer de mama. La prueba detecta 9 de cada 10 cánceres. Con las mujeres sanas acierta casi siempre: solo se equivoca y da positivo en 9 de cada 100. Si una mujer recibe un positivo, ¿qué probabilidad tiene de tener cáncer?

 

La mayoría, incluidos muchos profesionales sanitarios, responde que un 90 %, porque es lo que detecta la prueba. En realidad, es de aproximadamente 1 de cada 10. Para entenderlo, vamos a imaginar que 1.000 mujeres se hacen la mamografía: 10 tienen cáncer. La prueba encuentra a 9 de ellas. 990 están sanas. Pero la prueba se equivoca con unas 89 y les da un positivo.

 

En total, 98 mujeres reciben un positivo, y solo 9 tienen cáncer de verdad. El punto importante es que las sanas son muchísimas más que las enfermas: aunque la prueba se equivoque poco con cada una, al ser tantas, sus errores superan a los aciertos. Un positivo en un cribado no es un diagnóstico: es el inicio de más pruebas.

 

En mis clases de bioestadística en primero de Enfermería, este ejercicio suele sorprender. Y deja una lección para todos, la estadística no es una asignatura de números; es una forma de protegerse del engaño.

 

Cinco preguntas antes de compartir

 

No hace falta ser estadístico para defenderse. Basta con hacerse estas preguntas ante una noticia de salud:

  • ¿Sobre cuántos? Si solo vemos un porcentaje relativo, debemos buscar la cifra absoluta.

  • ¿Comparado con qué? “El doble” no dice nada sin el punto de partida.

  • ¿En quiénes y durante cuánto tiempo? Los ratones no son personas, y un mes no son diez años.

  • ¿Un estudio o toda la evidencia? Un resultado llamativo rara vez cuenta la historia completa.

  • ¿Quién lo cuenta y por qué? Un titular también compite por nuestra atención.

La próxima vez que un titular nos prometa reducir algo “a la mitad”, hagámonos una sola pregunta: ¿la mitad de cuánto? Puede ahorrarnos un susto, un gasto o una mala decisión. Porque se puede engañar sin decir una sola mentira. Y también se puede aprender a no dejarse engañar.

La ciencia de cuidar la vida cuando más vulnerable es

La ciencia de cuidar la vida cuando más vulnerable es

Ignacio Ladrero Paños

16 de octubre de 2026

Cada 16 de octubre se conmemoran el Día Mundial de la Anestesia y World Restart a Heart, la jornada mundial de concienciación sobre la parada cardiaca. Dos iniciativas diferentes con un propósito común: recordar que la formación, la anticipación y una respuesta rápida pueden salvar vidas.

 

Anestesia: mucho más que “dormir” al paciente

 

El Día Mundial de la Anestesia recuerda la demostración pública del uso del éter realizada el 16 de octubre de 1846 en el Massachusetts General Hospital de Boston. Aquel acontecimiento marcó un antes y un después: la cirugía podía realizarse sin el sufrimiento que hasta entonces parecía inevitable.

 

Sin embargo, describir la anestesia como el acto de “dormir” a una persona ofrece una imagen incompleta. La anestesiología moderna es una especialidad dedicada a proteger al paciente antes, durante y después de una intervención.

 

Antes de la operación, el anestesiólogo estudia los antecedentes, los tratamientos, las alergias y los posibles riesgos. Durante el procedimiento, administra la técnica anestésica más adecuada y vigila continuamente la respiración, el corazón, la presión arterial, la temperatura y otras funciones esenciales. Después, controla la recuperación, previene complicaciones y trata el dolor.

 

Su trabajo tampoco termina en el quirófano. Los anestesiólogos participan en la atención a pacientes críticos, las urgencias vitales, las unidades de reanimación, el tratamiento del dolor y numerosos procedimientos diagnósticos y terapéuticos. En España, la propia denominación de la especialidad, Anestesiología, Reanimación y Terapéutica del Dolor, refleja esta amplitud asistencial. La Sociedad Española de Anestesiología, Reanimación y Terapéutica del Dolor identifica entre sus campos de actuaciónla anestesiología dentro y fuera del quirófano, los cuidados intensivos y el dolor.

 

Una seguridad construida entre muchas personas

 

La anestesia actual es considerablemente más segura gracias a la formación especializada, la evaluación previa, la monitorización, los medicamentos modernos, los protocolos y el trabajo coordinado. No depende de una sola máquina ni de un único profesional, sino de un sistema preparado para anticiparse a los problemas y responder ante ellos.

 

En Europa, la Declaración de Helsinki sobre Seguridad del Paciente en Anestesiología 2.0 recuerda que los pacientes tienen derecho a estar protegidos frente a daños durante la atención sanitaria. También subraya la necesidad de disponer de personal suficiente, formación continuada, simulación clínica, recursos adecuados y una cultura que permita aprender de los incidentes.

 

Pero esta seguridad no está distribuida por igual. Mientras España y otros países europeos cuentan con una especialidad médica estructurada y sistemas avanzados de vigilancia perioperatoria, muchas regiones del mundo siguen teniendo dificultades para ofrecer cirugía y anestesia seguras y asequibles. La Comisión de Cirugía Global de The Lancet estimó que alrededor de 5.000 millones de personas no podían acceder a estos cuidados cuando los necesitaban.

 

Hablar del Día Mundial de la Anestesia también significa, por tanto, hablar de equidad. Una operación segura no debería depender del país en el que una persona haya nacido.

 

Cuando el corazón se detiene

 

El 16 de octubre es también la jornada mundial World Restart a Heart, promovida por el International Liaison Committee on Resuscitation. Su mensaje es sencillo y poderoso: cualquier persona puede aprender reanimación cardiopulmonar y convertirse en el primer eslabón de una cadena que salva vidas.

 

Una parada cardiaca sucede cuando el corazón deja de bombear sangre de forma eficaz. La persona pierde la conciencia y no respira con normalidad o presenta jadeos. No debe confundirse con un infarto: el infarto se produce por una interrupción del flujo sanguíneo en una arteria del corazón, aunque en algunas ocasiones puede desencadenar una parada cardiaca.

 

En esos primeros minutos, lo que haga quien presencia la situación puede resultar decisivo. La primera persona capaz de ayudar no suele ser un médico o una enfermera, sino un familiar, una amistad, un compañero de trabajo o alguien que se encontraba cerca

 

¿Qué podemos hacer?

 

Ante una persona que se desploma y no responde:

  1. Comprueba que el lugar sea seguro.

  2. Llama inmediatamente al 112, activa el teléfono en el modo manos libres y sigue las indicaciones del profesional que atienda la llamada. En España, el 112 es el número general y gratuito de acceso a los servicios de urgencia.
  3. Si la persona no respira normalmente, inicia compresiones en el centro del pecho.
  4. Comprime con fuerza y rapidez, a un ritmo de 100 a 120 compresiones por minuto.
  5. Si hay un desfibrilador externo automatizado disponible, enciéndelo y sigue sus instrucciones de voz.

Las guías europeas de reanimación de 2025 señalan que cualquier persona puede aprender RCP y utilizar un desfibrilador. También recuerdan que, ante una persona inconsciente con respiración anormal, las compresiones deben comenzar cuanto antes y que el riesgo de ocasionar un daño grave por intentar ayudar es bajo.

 

El desfibrilador analiza el ritmo cardiaco y solo recomienda una descarga cuando está indicada. El aparato guía al reanimador mediante instrucciones visuales o de voz, por lo que no es necesario saber interpretar un electrocardiograma para utilizarlo.

 

Dos manos y todo un sistema sanitario

 

La anestesia segura y la reanimación cardiopulmonar forman parte de una misma cultura del cuidado. Una comienza muchas veces con la intervención de un ciudadano; la otra reúne conocimiento especializado, tecnología y trabajo multidisciplinar. Ambas necesitan formación, coordinación y confianza.

 

Este 16 de octubre es una oportunidad para reconocer a quienes protegen nuestras funciones vitales cuando somos más vulnerables, pero también para asumir una responsabilidad compartida. Aprender RCP, conocer la ubicación de los desfibriladores y atreverse a llamar al 112 puede marcar la diferencia. No hace falta llevar bata para empezar a salvar una vida. En ocasiones, dos manos, una llamada y la decisión de actuar son el comienzo de una segunda oportunidad.