Cuando el cuidado llega a casa. ¿Estamos preparando a las familias para cuidar o simplemente les estamos dando información?

Cuando el cuidado llega a casa. ¿Estamos preparando a las familias para cuidar o simplemente les estamos dando información?

Adriana Juncosa París

29 de octubre de 2026

Imagina que tu madre se rompe el tobillo. La operan, pasa unos días ingresada y, por fin, os dan el alta. Antes de salir, alguien os explica unas normas claras: no debe apoyar el pie en el suelo, tiene que guardar reposo y hay que ponerle heparina una vez al día. Asientes, recoges el informe y os vais a casa con la sensación de que todo está bajo control. Pero al llegar, todo es distinto. Hay que ayudarla a ir al baño sin que apoye el pie, buscar la mejor postura en el sofá y acordarse de la medicación. Y cuando llega la noche, aparecen preguntas que en el hospital ni se te pasaron por la cabeza: ¿es normal que el pie esté tan hinchado?, ¿y si ese dolor no es el habitual? Creías que lo habías entendido todo, pero ahora te toca a ti.

 

Hoy, 29 de octubre, Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo, quiero reflexionar sobre esto: qué significa de verdad preparar a una familia para cuidar y cuál es el papel de la enfermería en este nuevo escenario de sobreinformación.

 

No existe un manual de instrucciones para el alta hospitalaria. Hay recomendaciones que seguir y signos y síntomas por los que volver a consultar, pero nadie te prepara para asumir que quien hasta ayer era tu familiar, desde hoy es también la persona a la que cuidas. Sabes lo que hay que hacer porque te lo han explicado, pero aparece una duda y el profesional sanitario ya no está al otro lado de la puerta. ¿A quién recurres entonces?

 

Nunca hemos tenido tanta información sanitaria al alcance de la mano. El reto ya no es encontrar respuestas, sino saber cuáles merecen nuestra confianza y qué hacer con ellas. ¿Quién no ha buscado alguna vez en Google o en ChatGPT por qué le duele la cabeza o la barriga? Ahora imagina que esa duda no es tuya, sino de la persona a la que cuidas.

 

Desde la enfermería, educar para la salud no puede limitarse a transmitir conocimientos. Tiene que dar a pacientes y cuidadores las herramientas para tomar decisiones seguras cuando nosotros ya no estamos. Porque es justo en esos momentos de incertidumbre cuando una búsqueda en internet se convierte en la respuesta más accesible, aunque no sea la más fiable.

 

Sabemos que buena parte de lo que se explica en una consulta se olvida casi de inmediato: algunos estudios hablan de entre el 40 y el 80 %. Y casi la mitad de lo que se recuerda, se recuerda mal. Además, saber algo no significa atreverse a hacerlo. Puedes saber perfectamente cómo se pincha una heparina y, aun así, que te tiemble el pulso. Puedes conocer las instrucciones y seguir pensando: «¿Y si lo hago mal?». Ese miedo es el hueco por el que entra la desinformación. No buscamos en internet por ingenuidad, sino porque estamos solos y tenemos dudas. La psicología lo explicó hace décadas. La confianza en la propia capacidad, lo que Albert Bandura llamó autoeficacia, nace sobre todo de haber hecho algo uno mismo con éxito. Ningún folleto da eso. Por eso ensayar antes del alta no es un lujo: es lo que convierte la información en seguridad.

 

Creo que nuestro papel no es solo informar, sino enseñar a cuidar. Y enseñar a cuidar se parece más a un ensayo que a una charla. Significa cambiar el «¿Alguna duda?» por «Enséñeme cómo lo haría», y ver cómo lo hace antes de que se vaya a casa. No es solo intuición. Una revisión sistemática del Instituto Joanna Briggs concluyó que el método teach-back mejora el conocimiento, la adherencia al tratamiento y la autoeficacia. Consiste en pedir al paciente o a la familia que explique o demuestre con sus propias palabras lo que ha aprendido. No es una técnica cara ni compleja: basta con cambiar una pregunta. Educar no es entregar un papel al alta. Es comprobar que la otra persona sabe hacerlo, que se siente capaz de hacerlo y que sabe a quién llamar cuando dude.

 

La investigación sobre desinformación apunta en la misma dirección. En un experimento con usuarios de YouTube, avisar de antemano de las técnicas de manipulación más habituales ayudó a reconocerlas después. Es lo que se conoce como inoculación psicológica o prebunking: llegar antes que el bulo. En la consulta podemos hacer lo mismo: «Puede que leas que este remedio casero baja la inflamación; no lo uses, y te explico por qué».

 

Y no solo se trata de lo que pasa antes del alta. Los programas de cuidados transicionales, en los que un profesional acompaña al paciente y a su cuidador en el paso del hospital a casa y los entrena para gestionar sus cuidados, han demostrado reducir los reingresos hospitalarios (5). El alta no debería ser un momento, sino un proceso.

 

Esa historia del principio es mi historia, y la de cómo supe lo que quería ser. Yo tenía catorce años cuando operaron a mi madre del tobillo, y siempre digo que aquel verano hice mis primeras prácticas de enfermería, mucho antes de saber que acabaría siéndolo. Salimos adelante, como salen adelante tantas familias: a base de intuición, de preguntar y de equivocarnos alguna vez. Cuando cerramos la puerta de la habitación del hospital, el cuidado no desaparece: cambia de escenario. Y en ese nuevo escenario, la pregunta no es cuánta información les hemos dado, sino si les hemos enseñado a cuidar.

La participación importa: vivir también es poder decidir y formar parte

La participación importa: vivir también es poder decidir y formar parte

Marta Marín Berges y Sandra León Herrera

27 de octubre de 2026

Cada día realizamos multitud de actividades a las que apenas prestamos atención: preparar el desayuno, acudir al trabajo, acompañar a nuestros hijos al colegio, encontrarnos con amistades, practicar una afición o simplemente decidir cómo queremos emplear nuestro tiempo. Son acciones aparentemente sencillas, pero detrás de ellas se encuentran aspectos fundamentales de nuestra vida: nuestra identidad, nuestros roles, nuestras relaciones y nuestro sentimiento de pertenencia.

 

¿Qué sucede cuando una persona deja de poder realizar aquello que es importante para ella? ¿Qué ocurre cuando las barreras físicas, sociales o ambientales le impiden participar en su propia comunidad? Estas preguntas se sitúan en el centro de la Terapia Ocupacional.

 

Cada 27 de octubre celebramos el Día Mundial de la Terapia Ocupacional, una iniciativa promovida por la Federación Mundial de Terapeutas Ocupacionales (WFOT). En 2026, el lema elegido es «La participación importa», un mensaje que nos invita a reflexionar sobre el papel que desempeñan nuestras actividades, roles y rutinas cotidianas en la salud, el bienestar y la calidad de vida.

 

Participar es mucho más que realizar una actividad

 

Cuando hablamos de participación, no nos referimos únicamente a la capacidad de ejecutar una tarea ni a mantenerse ocupado. Participar significa tener oportunidades reales de implicarse en aquellas actividades que queremos, necesitamos o se espera que realicemos, de acuerdo con nuestras preferencias, circunstancias y proyectos vitales.

 

Para una persona mayor, puede significar continuar preparando las comidas familiares; para un niño, jugar con sus compañeros en el recreo; para alguien que atraviesa un problema de salud mental, recuperar sus relaciones sociales; y para una persona con una discapacidad, acceder a un empleo o disfrutar de actividades culturales en igualdad de condiciones. Estas situaciones tienen algo en común: lo verdaderamente importante no es únicamente hacer, sino poder elegir, participar y sentirse parte de la sociedad.

 

Además, participar no implica necesariamente realizar todas las actividades de manera independiente. Utilizar un producto de apoyo, necesitar asistencia personal o adaptar una actividad no resta valor a la participación. La autonomía también implica poder tomar decisiones sobre la propia vida y contar con los apoyos necesarios para llevarlas a cabo.

 

Cuando el entorno limita nuestras oportunidades

 

Con frecuencia, las dificultades para participar se atribuyen exclusivamente a las capacidades o limitaciones de cada persona. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Una persona puede tener las habilidades necesarias para realizar una actividad y, aun así, encontrar importantes obstáculos: edificios inaccesibles, transportes inadecuados, falta de recursos, prejuicios sociales, barreras digitales o ausencia de apoyos.

 

Pensemos, por ejemplo, en una persona mayor que vive en un municipio rural y desea continuar participando en las actividades de su comunidad, pero carece de alternativas de transporte. O en un niño con discapacidad que no puede disfrutar de determinadas actividades escolares porque el entorno no está adaptado. En ambos casos, la dificultad no puede explicarse únicamente por las características individuales. También es necesario analizar las oportunidades que ofrece el entorno. La participación no depende solo de lo que una persona puede hacer, sino también de las posibilidades que la sociedad le ofrece para hacerlo.

 

¿Qué aporta la Terapia Ocupacional?

 

La Terapia Ocupacional es una profesión sanitaria que promueve la salud y el bienestar a través de la participación en ocupaciones significativas. Su intervención parte de una pregunta esencial: ¿qué es importante para esta persona y qué necesita para poder hacerlo? A partir de esta cuestión, los y las terapeutas ocupacionales analizan la relación entre las capacidades de la persona, las características de las actividades y las condiciones del entorno.

 

Su trabajo puede incluir el desarrollo o la recuperación de habilidades, la adaptación de actividades, la modificación de espacios, la recomendación y el entrenamiento en el uso de productos de apoyo, la reorganización de rutinas o la promoción de oportunidades de participación social. Por ello, la Terapia Ocupacional está presente en ámbitos tan diversos como la infancia, la salud mental, la rehabilitación, la atención a personas mayores, la discapacidad, la educación, el empleo o la intervención comunitaria. En todos ellos, el objetivo trasciende la mejora de una capacidad aislada: se trata de que las personas puedan desarrollar su vida cotidiana de acuerdo con sus necesidades, intereses y valores.

 

La participación también es una responsabilidad colectiva

 

El lema de este año nos recuerda que favorecer la participación no es responsabilidad exclusiva de quienes encuentran dificultades para desenvolverse en su día a día. Construir entornos accesibles, eliminar barreras, combatir la discriminación y garantizar apoyos adecuados son compromisos que deben asumir las instituciones, los servicios sanitarios, educativos y sociales y la sociedad en su conjunto.

 

Desde el Colegio Profesional de Terapeutas Ocupacionales de Aragón (COPTOA) consideramos fundamental seguir avanzando en el reconocimiento de la participación como un componente esencial de la salud y en la incorporación de la Terapia Ocupacional a aquellos ámbitos donde su intervención puede contribuir a mejorar la vida de las personas. Porque una atención verdaderamente centrada en la persona no debería preguntarse únicamente qué dificultades presenta, sino también qué desea hacer, qué oportunidades tiene y qué barreras encuentra para desarrollar su proyecto de vida.

 

Este 27 de octubre queremos invitar a la ciudadanía a mirar su propia vida cotidiana y reconocer el valor de esas actividades que, muchas veces sin darnos cuenta, nos conectan con otras personas, nos permiten tomar decisiones y dan sentido a nuestros días. Porque participar no es un privilegio. Es una parte fundamental de la salud, la dignidad y la calidad de vida. Y porque la participación importa, la Terapia Ocupacional también.

La trampa de la prosa perfecta: el papel del corrector frente a la desinformación en salud

La trampa de la prosa perfecta: el papel del corrector frente a la desinformación en salud

Raquel Bayarte

27 de octubre de 2026

Cuando el equipo de OCODES me invitó a escribir en este espacio para conmemorar el 27 de octubre el Día Internacional del Corrector de Textos, me planteé cómo encajaba la voz de una traductora y correctora en un observatorio dedicado a combatir la desinformación en salud. Nuestro oficio suele asociarse a una tarea casi invisible y mecánica: corregir erratas, revisar tildes o ajustar la concordancia de un manuscrito. Aun así, acepté la invitación con interés porque creo que el lenguaje no es un simple envoltorio de la ciencia, sino el medio a través del cual la entendemos, la transmitimos y, a veces, la malinterpretamos.

 

Solemos asociar la desinformación a la mentira deliberada: remedios milagrosos que se promocionan con intereses comerciales o teorías que desafían frontalmente la evidencia científica. En inglés, se distingue entre disinformation, la falsedad difundida con intención de engañar, y misinformation, el error compartido sin esa intención. En español, el uso común de «desinformación» suele abarcar ambas, aunque el Diccionario de la Lengua Española solo recoge el sentido intencionado y el de información insuficiente. De hecho, la propia Organización Mundial de la Salud usa el término «información errónea» para esta segunda vertiente, la involuntaria, que considero la amenaza más silenciosa: la que no nace de la mala fe, sino de un error de traducción o de una simplificación tan forzada de los datos para el público general que termina desvirtuando el mensaje.

 

En el ámbito biosanitario, un matiz lingüístico sutil puede transformar por completo un mensaje clínico y tener consecuencias directas en la vida de las personas. No es lo mismo afirmar que «un fármaco no ha demostrado ser ineficaz» que asegurar que «ha demostrado ser eficaz». También se distorsiona la evidencia científica cuando, por descuido, el «sugiere» de un estudio se convierte en «demuestra», cuando se toman unos resultados preliminares por concluyentes o cuando se interpreta una asociación estadística como una relación de causa y efecto. Para quien lee estas imprecisiones mientras enfrenta la preocupación de un diagnóstico reciente, la precisión es una cuestión de seguridad, no solo de estilo. El error puede generar falsas esperanzas y miedos infundados que terminan condicionando las decisiones sobre su propio tratamiento.

 

El problema adquiere nuevas dimensiones con la llegada de la inteligencia artificial generativa. En un contexto marcado por la infodemia —la sobreabundancia de información, fiable o no, que satura a la población—, los modelos de lenguaje pueden crear en segundos resúmenes clínicos, artículos divulgativos, recomendaciones sanitarias o prospectos farmaceúticos con una redacción fluida y un tono de autoridad que inspira confianza. Ahí radica el riesgo, porque la fluidez de un texto no es garantía de veracidad. Las herramientas de inteligencia artificial no entienden de fisiología ni asumen responsabilidades éticas, solo calculan probabilidades estadísticas entre palabras para redactar textos gramaticalmente correctos, pero que pueden incluir referencias inexistentes, alterar datos cuantitativos, omitir advertencias de seguridad o presentar como hechos conclusiones que la investigación disponible no respalda. La desinformación sanitaria ya no llega con faltas de ortografía ni un formato descuidado; hoy se presenta bajo la apariencia de un texto impecable. En el ámbito de la salud, las llamadas «alucinaciones» de la inteligencia artificial pueden comprometer la fiabilidad de la información y, en algunos casos, contribuir a la toma de decisiones clínicas equivocadas.

 

Por eso, el criterio humano de quienes nos dedicamos a la traducción y corrección de textos de salud es indispensable. Nuestra labor no consiste en imponer preferencias de estilo ni en utilizar un corrector ortográfico automático. Corregir exige discernimiento, contrastar que la terminología se ajuste al consenso científico y verificar que la traducción respete los límites de lo que permite afirmar la investigación original. No se trata de sustituir a los investigadores ni al personal sanitario, cuyo conocimiento especializado no está en cuestión, sino de contribuir a que la información llegue al público con el mismo rigor con el que fue concebida.

 

La responsabilidad, por supuesto, no termina en la mesa de corrección. Desde quienes investigan y redactan hasta quienes editan y publican información sanitaria, todos los eslabones de la cadena comparten el compromiso de cuidar lo que se comunica. La inteligencia artificial puede ser útil para algunas tareas, pero no elimina la necesidad de verificar los resultados ni convierte una afirmación en cierta por estar bien formulada. Cuanto más fácil sea producir y difundir contenidos, más importante será detenerse a revisarlos antes de publicarlos. La rapidez no debe imponerse al rigor, especialmente cuando lo que está en juego es la salud. Quien lee también puede protegerse: debe desconfiar de la certeza absoluta («cura», «demuestra»), contrastar las fuentes y, cuando sea posible, comprobar la procedencia del original de una traducción.

 

Agradezco a OCODES la oportunidad de recordar, con motivo del 27 de octubre, que cuando hablamos de salud, la precisión en el lenguaje no es una manía, sino una medida de prevención. Cuidar las palabras también es una forma de cuidar a quienes las leen.

La información navega en la niebla

La información navega en la niebla

José Antonio Gabelas Barroso

24 de octubre de 2026

Vuelve un año más la semana de la “Alfabetización Mediática e Informacional”, que se celebra aquí y allá. No está de más poner el foco en la desinformación que acampa en unos tiempos convulsos e inciertos para todos. Comprobamos cada día que cada vez resulta más difícil distinguir entre información verídica y falsa.

 

La reciente radiografía que nos ofrece el Digital News Report 2026 del Reuters Institute y la Universidad de Oxford advierte que el creciente consumo de noticias en las redes sociales, las plataformas de vídeo, y en estos últimos años, la inteligencia artificial, aumenta la preocupación por la desinformación, y reduce la confianza en las noticias.

 

Se señala que en 29 de los 48 mercados en los que se trabaja con la noticia ha disminuido su confianza, lo que constata una caída general al nivel más bajo desde que comenzaron las mediciones en 2015. Los usuarios confían menos en las redes sociales y las plataformas de vídeo, que en las fuentes tradicionales. Sin embargo, se produce la paradoja de que mientras crece esta desconfianza, el consumo de los chatbots de IA y el consumo de las noticias en vídeo cada semana también crecen, con el 77% según el promedio global.

 

Esta inquietud en torno a la desinformación aumenta, llegando al 62%, con subidas superiores a cinco puntos porcentuales en 11 mercados. Según el Eurobarómetro de 2025, un 36% de ciudadanos europeos afirma haber estado expuesto con regularidad a noticias falsas, a diferencia del 28% que se registró en 2022. Por consiguiente, en el ecosistema informativo actual resulta muy complicado diferenciar entre lo real y lo falso, entre la mentira y lo verdadero. Muchas voces, escasa verificación, reducción de la relevancia del directo, servilismo a redes y plataformas, parecen ser algunas de las razones de la paradoja citada: pérdida de la confianza en la información que galopa por las redes y las plataformas, pero en donde aumenta día a día su consumo.

 

La historia tiene sus lecciones, como se indica en “Vamos a contar mentiras”. Los oráculos en Grecia transmitían las respuestas de la divinidad a sus preguntas a través de sus sacerdotes. También disponían de los suyos los fenicios y hebreos, incluso determinados pueblos africanos como los yorubas, disponían de los propios. Entonces no era necesaria la avanzada tecnología ni asesores políticos, sin embargo, tanto los chamanes de entonces como el ejército de spin doctor de ahora despliegan todas las competencias para construir una realidad paralela. Los montes, fuegos y templos en los que hablaba el oráculo han sido sustituidos por otros lugares institucionales y virtuales. El contexto desinformativo actual se asienta en una concentración del control de datos en pocas plataformas tecnológicas que marcan los viales de circulación y gestionan el diseño de su conectividad social, así como el tráfico emocional de sus individuos, como bien ha desarrollado en la “Cultura de la conectividad” Van Dijck y ha ficcionado Black Mirror, en “Sonríe, te están puntuando”.

 

Estos días padecemos el diseño de una campaña y estrategias electorales, de uno y otro lado, que desde la polarización política producen crispación y enfrentamiento, lo cual evita subrayar y atender las necesidades que preocupan a los ciudadanos. En este clima de sospecha, se alimenta un pensamiento tribal amparado en el colectivismo, que anestesia todo sentido crítico. En efecto, las estructuras sobre las que se cimenta la web social refuerzan el agrupamiento tribal del individuo, las cámaras de eco de las redes sociales encapsulan al sujeto y homogeniza su opinión. Para eso están los algoritmos, diseñados para ofrecernos lo que queremos, no lo que buscamos, en lo que nos afirmamos, no en lo que cuestionamos. La satisfacción de creer que el usuario encuentra la información que busca, solapa el hecho de que es la información la que encuentra al usuario.

 

La desinformación necesita diferentes acciones que deberían comprender un trabajo coordinado de las instituciones, los medios, las redes y plataformas, así como el diseño de la IA que necesitamos, las familias, la educación, pero también a cada una y cada uno de los ciudadanos. Sabemos que la alfabetización mediática e informacional es una carrera de fondo, que requiere un organigrama conjunto de toda la sociedad, porque sin formación lo que nos queda es desinformación.

 

Desde el Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital (GICID) de la Universidad de Zaragoza hacemos una apuesta integral por este desafío. Con numerosos proyectos que se pueden consultar en las referencias dadas, hemos desarrollado iniciativas para afrontar la desinformación desde la comunicación, la educación y la salud. En esta línea tenemos una línea de investigación y transferencia abierta en lo que se ha denominado el factor relacional, que acuña el modelo TRIC (Tecnologías de la Relación, Información y Comunicación). El histórico de este trabajo puede consultarse en el espacio del GICID, Factor Relacional. La contextualización de la noticia, la contrastación de las fuentes, la verificación de los datos que aporta la IA, la independencia de los medios y sus plataformas, el rigor de los periodistas, pero también la responsabilidad de los ciudadanos y ciudadanas para ser responsables de sus decisiones, porque lo son de su información, son redes de conexión que explicita esa dimensión relacional propuesta en el modelo TRIC.

Algo ha cambiado

Algo ha cambiado

Cristina Martínez González

21 de octubre de 2026

Así podría comenzar la historia de cualquier paciente de cáncer.

Soy maestra y como tal, he estudiado a Jean Piaget. Este autor nos habla de que nuestro sistema cognitivo está formado por unas estructuras que se van modificando y cambiando conforme lo hacemos nosotros. Me resulta inevitable pensar en cómo el cáncer ha modificado esa estructura y ahí, se queda encallado para siempre. No es una desgracia o un drama, es un hecho que pasa a formar parte de tu vida y es cuando asumes que ALGO HA CAMBIADO.

 

Te empiezas a cuidar más que antes, de repente aparece la pregunta: “y tú, ¿cómo vas de lo tuyo?”. Te encuentras más cansada, pero las rutinas y obligaciones son las mismas, añadiendo, claro está, LOS EJERCICIOS DE FUERZA Y LOS COMPLEMENTOS para evitar ese cansancio y los sofocos en los que crees que vas a entrar en ebullición en cualquier momento…Pero luego reflexionas y piensas, “bueno, ¡qué narices, estoy bien, estoy curada!”. Y realmente te sientes afortunada y contenta.

 

Me realizaron la mastectomía de una mama y reducción de la mama sana, el 19 de diciembre de 2024 al detectarme un cáncer de mamá; el pasado 2 de octubre de 2026, me intervinieron para la reconstrucción de la mama y una mejora estética en el pecho sano. Me quitaron el expansor y me pusieron una prótesis.

 

Me avisaron de la operación con unos 10 días de antelación y me daba muchísima pereza, me había acostumbrado a mi imagen de “pecho tuerto” en el espejo, pero bueno, de alguna manera cerraríamos el círculo del cáncer. Y oye porque no decirlo, unas buenas mamas de talla 90 y bien elevadas, no está nada mal…después de todo.

Llegué al hospital y otra vez ese olor, ese camisón (que odio), la vía y a convertirte en un ser vulnerable sin ropa interior, yo esta parte la llevo muy mal y siempre se convierte en algo fácil, ¿gracias a qué? Sin ninguna duda GRACIAS a TOD@ el personal sanitari@; gracias a ell@s te sientes acompañado, valorado, y consiguen que situaciones humillantes como sondarte u orinar en la cuña, sean normales.

El mismo día de la cirugía me dieron el alta y me fui a mi casa con un gran regalo: “EL DRENAJE”. Soy consciente de lo importante que es su función y que no hay otra manera, pero los 7 días que lo he tenido que llevar han sido eternos; el dolor que provoca ese tubo metido en el cuerpo, cómo molesta el roce con el sujetador, el ir por casa con un bolso cruzado con los tubos ensangrentados asomados, aquello da una imagen muy bizarra, la cual impactaba a mis hijos de 8 y 11 años, aunque esa impresión la vivían en silencio para no hacerme sentir mal. Y por supuesto qué decir de las noches, ¿a quién no le gusta dormir boca arriba sin moverse como si estuvieras en un sarcófago egipcio?

Ya ha pasado esta situación, sigo con heridas, tiras de aproximación en ambos pechos y la imagen en el espejo sigue siendo de “pechos tuertos” junto con la sonrisa de Jack en “Pesadilla antes de navidad”, pero ahora están simétricos y estoy contenta. Aunque creo también estoy en mi derecho de quejarme cuando quiera.

ÉSTE ES MI MAL y no me sirve el comentario de que hay quien lo ha pasado o lo está pasando peor, y tampoco me sirve que me digan que con lo que ya he pasado, “esto no es nada” ,“¡con lo fuerte y valiente que eres!”. ¡Que no!, que no somos fuertes y valientes que simplemente lidiamos con esta bola que nos ha tocado en el bombo de la suerte.

Al final lo que yo intento es tener humor, reírme de esto, hacer bromas, contarlo a todo el mundo sin vergüenza, tal cual me he sentido en cada momento y siempre agradecida del TRATO RECIBIDO tanto en el Hospital Miguel Servet, como el Hospital Nuestra Señora de Gracia, de lo bien que está yendo todo mi proceso, de la alegría de verte COMPLETA al mirarte y por supuesto del apoyo que siempre me dan mis amig@s, hermanas, familia, marido e hijos.

 

ALGO HA CAMBIADO, y es para siempre, pero nos adaptamos, damos algún grito en la ducha y continuamos que la vida es SUPER BONITA.

Enfermería y retos futuros

Enfermería y los retos futuros

Comisión Deontológica del Colegio Oficial de Enfermería de Zaragoza

21 de octubre de 2026

Con la actualización del Código Ético y Deontológico de la Enfermería Española en 2026, nos obliga a pararnos a pensar en la profesión que somos. Y, sobre todo, en la que queremos ser.

Los principios de siempre siguen ahí: dignidad, respeto, confidencialidad, compromiso con las personas. Lo que ha cambiado es el terreno donde tenemos que aplicarlos. Hay más tecnología, más pacientes mayores, más enfermedad crónica y una sociedad mucho más diversa que hace veinte años. Todo eso afecta a cómo cuidamos, pero también a cómo nos organizamos y al sitio que ocupamos dentro del sistema sanitario.

Un código orienta y marca obligaciones. Lo que no puede hacer es cumplirse solo. Nuestro reto está en llevar esos principios al día a día, a las condiciones reales en que trabajamos. Hay que decir que la persona está en el centro suena bien, pero queda vacío si los tiempos de consulta, la organización del servicio o las decisiones de gestión hacen imposible escucharla.

 

 

1. Defender cuidados seguros y condiciones para poder ofrecerlos

La seguridad del paciente depende de cada enfermera, pero también de que haya plantillas suficientes, continuidad en la atención, coordinación entre profesionales y formación. Un error rara vez es solo culpa de quien lo comete. Por eso necesitamos una cultura en la que notificar un incidente sirva para corregir el proceso y para que no se repita, y deje de vivirse como una búsqueda de culpables.

Hay una contradicción que hemos normalizado demasiado tiempo. Se nos pide atención individualizada, buena comunicación y decisiones compartidas con el paciente, y a la vez faltan manos y minutos para hacerlo. Pedir unas condiciones laborales dignas tiene, por tanto, una dimensión ética evidente, porque de ellas depende directamente la calidad y la seguridad de lo que hacemos.

 

 

2. Consolidar la autonomía y el liderazgo enfermero

La enfermería tiene que estar donde se decide cómo se cuida: en la planificación de servicios, en los protocolos, en la gestión de recursos, en la investigación. Ocupar un cargo de responsabilidad está bien. Liderar es otra cosa más exigente, que pasa por aportar criterio clínico propio y responder de las decisiones que afectan a los pacientes.

Mucha gente sigue pensando que lo nuestro es «poner vías» y «hacer curas». Valorar necesidades, anticiparse a un riesgo, educar en salud, acompañar a alguien en una decisión o coordinar los cuidados de un paciente complejo son intervenciones con peso propio, y hay que hacerlas visibles. Sin ese reconocimiento es difícil hablar de una identidad profesional fuerte o de equipos de verdad interdisciplinares.

 

 

3. Hacer realidad la participación de las personas

Respetar la autonomía del paciente va bastante más allá de darle información o pedirle una firma en un consentimiento. Hay que explicarse de forma que se entienda, saber qué prefiere, qué valora, y ayudarle a decidir. El objetivo es dejar atrás el paternalismo sin caer en el extremo contrario, el de dejar a alguien solo frente a una decisión difícil.

Para eso hacen falta habilidades de comunicación y continuidad en la relación. Y sensibilidad. Una persona mayor, alguien con discapacidad o quien está pasando por un problema de salud mental puede necesitar apoyos distintos para participar. Ser equitativo significa detectar esas barreras y adaptar el cuidado a cada uno, aunque eso suponga tratar de forma diferente a personas diferentes.

 

 

4. Incorporar la tecnología sin perder el juicio clínico

La inteligencia artificial, la teleconsulta y las herramientas digitales pueden ayudarnos mucho. También traen riesgos: sesgos, errores, problemas de privacidad y una dependencia de sistemas que a veces ni siquiera sabemos cómo funcionan por dentro. La pregunta que debemos hacernos es ¿cómo conseguir que la tecnología trabaje para las personas?, y no al revés.

Esto exige formación digital seria, y que las enfermeras participemos en el diseño, la implantación y la evaluación de estas herramientas. Tenemos que poder cuestionar lo que nos dice un algoritmo, conocer sus límites y proteger los datos de los pacientes. Supervisar un sistema automatizado implica asumir una responsabilidad real. Ninguna máquina va a hacer una valoración integral de un paciente ni a construir la confianza en la que se apoya el cuidado.

 

 

5. Reforzar la investigación y la formación continua

La práctica basada en la evidencia solo tiene sentido si ese conocimiento llega a la cama del paciente, al domicilio y a la comunidad. Pedir que nos actualicemos de forma permanente está muy bien. Pero hace falta tiempo protegido para formarse, acceso a formación de calidad y organizaciones que dejen aplicar lo aprendido.

Investigar también es hacernos nuestras propias preguntas. ¿Qué intervenciones mejoran la autonomía del paciente? ¿Cómo prevenimos complicaciones? ¿Qué viven las personas durante su enfermedad y qué modelos de cuidados dan mejores resultados? Generar conocimiento enfermero y llevarlo a la práctica mejora la atención y nos da argumentos para decidir con fundamento.

 

6. Defender los derechos y abordar los nuevos dilemas éticos

El final de la vida, la salud mental, la salud sexual y reproductiva, la violencia contra las mujeres o la atención a personas especialmente vulnerables exigen preparación clínica y reflexión ética. Muchas veces no hay una respuesta sencilla. Justo por eso necesitamos espacios para deliberar, respaldo de la institución y equipos capaces de discrepar con respeto.

Las enfermeras estamos en el primer lugar a la hora de ver el sufrimiento, la discriminación, las barreras para acceder a la atención o la vulneración de derechos. Lo vemos de cerca y antes que nadie. Ese conocimiento tiene que traducirse en actuar, en comunicarlo al equipo y en defender una atención digna. A veces cuidar consiste también en plantarse ante una práctica que está perjudicando al paciente.

 

 

7. Ampliar nuestra responsabilidad hacia la comunidad y la sostenibilidad

El cuidado va más allá de la atención individual. La prevención, la educación para la salud, la lucha contra las desigualdades y el cuidado del entorno forman parte de una idea amplia de salud. Con una población cada vez más envejecida y con más enfermedad crónica, se necesita una enfermería que acompañe procesos largos y trabaje codo con codo con las familias y con los recursos de la comunidad.

La sostenibilidad añade otro equilibrio: usar bien los recursos sin poner en riesgo la seguridad ni la calidad. Reducir el desperdicio, gestionar mejor los residuos y trabajar de forma más responsable debe ser un objetivo de todos, profesionales y organizaciones. Sería injusto que esa carga recayera una vez más solo en quien está a pie de cama.

 

 

Del compromiso escrito al cambio real

Tenemos por delante una tarea que nadie va a hacer por nosotras: convertir la ética en algo que cambie la práctica. Para conseguirlo necesitamos liderazgo, autonomía, conocimiento y unas condiciones de trabajo que permitan cuidar bien. Y una voz colectiva que se escuche cuando se toman decisiones sanitarias.

El futuro de la enfermería se medirá por las nuevas tecnologías que incorporemos y por las competencias que ganemos, sí. Pero se medirá sobre todo por lo que seamos capaces de defender: los derechos de las personas, su seguridad, la igualdad en el acceso a la salud y la humanidad en los momentos más difíciles. El nuevo código marca el camino. Recorrerlo nos toca a nosotras.