Análogos de GLP-1 y el fin de la economía del deseo

Análogos de GLP-1 y el fin de la economía del deseo

Sofía Pérez Calahorra

30 de junio de 2026

Durante años hemos escuchado que la obesidad era consecuencia de malas decisiones individuales: Comer demasiado, moverse poco, falta de disciplina. Sin embargo, la irrupción masiva de fármacos como Ozempic, Wegovy o Mounjaro está desmontando esa narrativa con una velocidad sorprendente.

 

Quizá el hambre nunca fue solamente voluntad. Quizá era, en gran parte, causa de mecanismos neurobiológicos y hormonales, además de estilo de vida.

 

Los análogos del GLP-1 representan probablemente uno de los cambios farmacológicos más importantes de las últimas décadas. En teoría nacieron para el tratamiento de la diabetes tipo 2 por su efecto incretina. Después han demostrado una eficacia extraordinaria en obesidad, por sus efectos sobre mecanismos que regulan la saciedad. Pero hoy es evidente que han trascendido el ámbito estrictamente médico para convertirse en un fenómeno social, económico y cultural.

 

En Estados Unidos, la sensación es que todo el mundo está usando Ozempic. El fenómeno ha penetrado Hollywood, Silicon Valley, influencers, ejecutivos, médicos, celebridades y clases medias urbanas. El medicamento dejó de ser una terapia para transformarse en símbolo cultural. Quizá una de las imágenes más llamativas de este fenómeno apareció de forma casi anecdótica en el festival internacional de Coachella. Muchos asistentes y comentaristas en redes sociales observaron algo extraño: menos filas en los puestos de comida que en años anteriores. Tal vez no exista evidencia científica que permita afirmar que el fenómeno se debió al uso masivo de GLP-1, pero la percepción colectiva fue reveladora. La idea de que “nadie tiene hambre porque todos están con Ozempic” se volvió creíble para millones de personas. Eso, en sí mismo, ya dice mucho del momento que estamos viviendo.

 

La realidad es que estos fármacos no solo hacen que las personas coman menos. Sino que modifican la relación psicológica con la comida. Muchos pacientes describen la desaparición del llamado food noise: esa conversación mental constante sobre comer, picar, buscar recompensa inmediata. La evidencia científica actual demuestra que los análogos del GLP-1 actúan no solo retrasando el vaciamiento gástrico y aumentando la saciedad, sino también sobre circuitos centrales del sistema nervioso relacionados con recompensa y conducta alimentaria. Es decir, reducen el deseo.

 

Y ahí es donde aparece una pregunta fascinante: ¿qué ocurre cuando una sociedad empieza a desear menos?

 

La economía moderna está construida precisamente sobre el estímulo constante del deseo. Consumir más calorías, más productos, más entretenimiento, más impulsos. Gran parte de la industria alimentaria lleva décadas diseñando productos hiperpalatables para explotar nuestros circuitos dopaminérgicos. El capitalismo contemporáneo necesita consumidores permanentemente estimulados.

 

Sin embargo, por primera vez podríamos estar entrando en una era donde millones de personas reducen su consumo no por conciencia moral ni por educación nutricional, sino porque farmacológicamente sienten menos necesidad de consumir. Esto tiene implicaciones potencialmente enormes.

 

Diversos análisis económicos ya sugieren que los usuarios de GLP-1 gastan menos en comida rápida, snacks, bebidas azucaradas e incluso alcohol. Algunas cadenas alimentarias y compañías de ultraprocesados han empezado a observar el fenómeno con preocupación. Si una parte significativa de la población reduce de forma sostenida su ingesta calórica, inevitablemente cambiarán patrones de mercado, estrategias de marketing y modelos de negocio.

 

Tal vez estemos ante el inicio de una transición silenciosa: pasar de una economía basada en maximizar el apetito a otra centrada en optimizar saciedad, salud metabólica y control farmacológico del deseo. Sin embargo, el entusiasmo alrededor de estos medicamentos también merece prudencia.

 

La evidencia científica sobre sus beneficios es muy sólida. Ensayos clínicos de alta calidad han demostrado pérdidas de peso clínicamente relevantes, reducción de eventos cardiovasculares, mejoría metabólica y potencial beneficio en múltiples enfermedades asociadas a obesidad. El estudio SELECT, publicado en The New England Journal of Medicine, mostró incluso reducción de eventos cardiovasculares mayores en personas con obesidad sin diabetes. Eso cambió radicalmente la percepción médica de estos tratamientos.

 

Pero ningún fármaco está libre de costes.

 

Los efectos adversos gastrointestinales son frecuentes: náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento y fatiga forman parte habitual del tratamiento. Además, persisten interrogantes sobre posibles riesgos a largo plazo, incluyendo pancreatitis, enfermedad biliar o gastroparesia en determinados pacientes. Aunque muchos de estos riesgos parecen poco frecuentes, el problema es que estamos asistiendo a una expansión masiva del uso de estos medicamentos en población relativamente sana y, en ocasiones, con objetivos más estéticos que clínicos.

 

Ahí surge otro debate incómodo: la medicalización de la delgadez.

Vivimos en una sociedad donde el cuerpo empieza a optimizarse farmacológicamente para adaptarse a ideales estéticos y productivos. Comer menos ya no depende necesariamente de modificar hábitos o transformar entornos alimentarios. Ahora puede conseguirse mediante una inyección semanal. Y esto plantea ciertas preguntas.

 

¿Estamos tratando una enfermedad o adaptando químicamente a las personas a una cultura obsesionada con la delgadez? ¿Estamos solucionando las causas estructurales de la obesidad o simplemente silenciando biológicamente el hambre? ¿Qué ocurrirá cuando generaciones enteras crezcan considerando normal regular el apetito mediante fármacos?

 

Quizá la mayor paradoja sea esta: durante décadas, el mercado creó una economía basada en estimular nuestros impulsos de consumo. Y ahora otra industria multimillonaria —la farmacéutica— obtiene beneficios precisamente disminuyendo esos impulsos.

En definitiva, los análogos de GLP-1 y nuevas moléculas no son solo medicamentos. Es probablemente el inicio de una nueva relación entre biología, deseo y economía de las cuales no se comprenden las consecuencias reales.

Ni princesas ni machotes: hacia una educación más libre

Ni princesas ni machotes: hacia una educación más libre

M. Felipa Gea López
21 de junio de 2026
La conmemoración del Día Internacional de la Educación No Sexista constituye un hito fundamental en la agenda global de la salud pública, la psicología del desarrollo y la pedagogía contemporánea. Aunque esto suene muy técnico, en el fondo hablamos de algo que nos toca a todos: el derecho de nuestras niñas y niños a crecer sin etiquetas que les corten las alas.

 

Y es que hablar de educación no sexista no significa borrar diferencias ni imponer una forma de pensar. Significa algo mucho más sencillo —y más importante—: permitir que cada niño y cada niña pueda crecer sin sentirse encerrado en un molde.

 

Pero… ¿qué es la educación no sexista? Desde la perspectiva de la investigación científica, se define como un proceso dinámico de enseñanza y aprendizaje que cuestiona los estereotipos de género, elimina las barreras que limitan el potencial humano por razones de sexo y promueve un desarrollo integral y el respeto a los derechos humanos.

 

La educación empieza en el salón de casa

 

Aunque solemos asociar la educación con los colegios, gran parte de lo que aprendemos sobre género ocurre en casa y en el entorno cotidiano. La infancia es una etapa especialmente sensible: todo deja huella. Los niños observan, imitan y absorben mensajes constantemente, incluso cuando nadie pretende enseñarles nada.

 

El cerebro infantil es como plastilina, se moldea con lo que ve y escucha cada día… y sin darnos cuenta, el lenguaje que usamos deja huella.

 

Frases que parecen inofensivas como «los niños no lloran» o «las niñas son más responsables», tienen más peso del que imaginamos, ya que actúan como micro-violencias que generan inseguridad y afectan el bienestar emocional. Estos comentarios “sin importancia” terminan condicionando cómo los/as menores entienden sus emociones y su lugar en el mundo. Pues si a un niño le enseñamos a reprimir su tristeza, le estamos quitando herramientas para gestionar sus emociones en el futuro. Por el contrario, si a las niñas las premiamos solo por ser «buenas y obedientes», estamos frenando su capacidad de liderazgo y volviéndolas vulnerables ante los peligros de la vida.

 

También ocurre con los juguetes, pues durante años hemos asociado el rosa con el cuidado y la belleza, y el azul con la acción, la aventura o la tecnología. Y la segmentación por colores y funciones no es biológica, sino cultural. Algo que tiene consecuencias en los/as menores, ya que aislar a los niños de los juegos de cuidado inhibe el desarrollo de sus redes neuronales vinculadas a la empatía y restringir el juego físico en las niñas limita su práctica de habilidades visuoespaciales y autonomía física.

 

Y algo parecido sucede con las historias, cuentos, personajes… que consumen desde pequeños/as. Aunque cada vez existen más referentes diversos, todavía persiste la idea de la princesa delicada que espera ser rescatada o del héroe fuerte que nunca muestra miedo. Son modelos que, poco a poco, terminan marcando expectativas y encapsulan la capacidad de ser y estar en el mundo en una sola opción.

 

El cerebro no nace con un color asignado, nace con posibilidades infinitas. El problema aparece cuando sentimos que no podemos elegir otra cosa sin ser juzgados/as.

 

Lo que no se nombra, no existe

 

Los centros educativos también son parte importante de en esta socialización, pues allí se transmite mucho más que contenidos académicos. También enseña qué voces importan, quién ocupa el espacio y quién queda fuera del relato. Si echamos un vistazo a los libros con los que estudian nuestros hijos/as, los datos son impactantes. En España, por cada 100 personajes que aparecen con nombre propio en los libros de texto, solo 3 son mujeres.

 

Esta falta de referentes femeninos en la ciencia o la historia lanza un mensaje silencioso a las niñas: «este no es tu sitio». Para que una niña sueñe con ser astronauta o ingeniera, necesita saber que otras ya lo hicieron antes. No es falta de capacidad, es falta de modelos.

 

Por eso la educación no sexista también pasa por revisar materiales, ejemplos y referentes. No se trata de “rellenar cuotas”, sino de mostrar la realidad completa. Porque las mujeres siempre estuvieron ahí, lo que ocurre es que muchas veces no son nombradas y se las deja en los márgenes.

Criar sin estereotipos no significa criar sin libertad

 

Fomentar una educación libre de moldes no es una cuestión de «ideología», sino de maximizar el potencial de desarrollo. Pues el cerebro no tiene género, tiene posibilidades.

 

¿Qué pasa cuando dejamos que un niño juegue a las cocinitas o que una niña se ensucie jugando al fútbol? Que sus neuronas crean conexiones nuevas. Cuando a los niños se les permite expresar tristeza, miedo o ternura, desarrollan una relación más sana con sus emociones. Y cuando las niñas crecen sintiéndose capaces de liderar, explorar, practicar deporte o interesarse por la tecnología, ganan confianza en sí mismas.   Educar en libertad también es una cuestión de salud. Una educación libre de estereotipos permite que cada menor sea quien realmente es, reduciendo la ansiedad y mejorando su autoestima. El objetivo no es criar niños “perfectos”, sino criar personas que no tengan miedo de ser quienes son.

 

Educar en igualdad en tiempos de TikTok

 

Hoy en día, la educación ya no solo ocurre en casa o en el cole, sino que ocurre también en la pantalla del móvil. Los/as adolescentes están expuestos a discursos que promueven una masculinidad agresiva o una hipersexualización temprana de las niñas. El entorno digital se ha convertido en una fuente clave de desinformación y refuerzo de estereotipos nocivos. La aparición de la «manosfera» en redes como TikTok —espacios virtuales que propagan discursos misóginos y antifeministas— está impactando directamente en la socialización de los adolescentes, especialmente de los hombres.

 

La alfabetización digital es clave para que los/as menores identifiquen la violencia simbólica y los delitos sexuales mediados por tecnología, que han aumentado exponencialmente en la última década. Necesitamos que nuestros/as jóvenes aprendan a dudar de lo que ven y a desarrollar un pensamiento crítico frente a los «influencers» que intentan venderles modelos de hombre y mujer del siglo pasado.

 

Conclusión: educar para la libertad

 

La educación no sexista es una herramienta de salud pública esencial para prevenir la violencia de género y promover el bienestar mental. Al romper los moldes de «princesas» y «machotes», no solo garantizamos la igualdad de derechos, sino que permitimos que la arquitectura cerebral de nuestras niñas y niños se desarrolle de la manera más diversa y resiliente posible.

 

Educar en igualdad no es intentar que todos sean iguales, sino garantizar que todos tengan las mismas oportunidades para ser diferentes. Al romper los moldes de «princesas» y «machotes», les estamos dando el mejor regalo posible: la libertad de elegir su propio camino.   Esto significa ganar libertad para emocionarse, para elegir, para explorar intereses propios, para construir una personalidad sin tantas etiquetas… Porque al final, educar en igualdad no solo consiste en preparar a la infancia para el futuro, sino también en preguntarnos qué clase de sociedad queremos construir.  

El silencio de la “Marea Azul”

El silencio de la «Marea Azul»

Francisco Javier Reula Vargas

9 de junio de 2026

El día 11 de junio se celebra el Día Mundial del Cáncer de Próstata. En realidad, no celebramos nada, pero nos servirá para recordar que el año pasado en España, se diagnosticaron 36.000 nuevos casos y acabó, además, con la vida de otros 6.000. El capricho de los datos nos dice, por tanto, que se detectan cada año los mismos nuevos casos y muertes en cáncer de próstata que en cáncer de mama. Los mismos.

 

 

¿Cómo es posible entonces que todo el mundo sepamos lo que es la «marea rosa» y en cambio el cáncer de próstata pase por nuestro lado de una manera invisible? Porque los hombres somos torpes para muchas cosas y esta es una de ellas. Ese es el secreto.

 

 

A los hombres nos da vergüenza hablar de una enfermedad que nos afecta física y psicológicamente de una manera terrible. Basta con comentar que la tasa de suicidios entre pacientes de cáncer de próstata multiplica por 5 la tasa de suicidios de la población general. Por algo será.

 

 

Aprovechando la oportunidad que me ofrece esta tribuna de OCODES, os cuento mi caso personal. A finales de 2022 me diagnosticaron un cáncer de próstata del tipo más agresivo en la escala de Gleason, en un estadio IV y con lesiones óseas metastásicas en la cadera, una vértebra y la clavícula. Muy mala pinta.

 

 

Sigo vivo porque tiene que haber de todo en esta vida… y gracias a un triple tratamiento que pautaron mi urólogo y mi oncólogo del Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza. Había que apostar al «todo o nada». Así que, gracias al doctor Ángel Borque y al doctor Juan Verdún.

 

 

Previo a este triple tratamiento, había que «limpiar» mediante cirugía todo lo posible. La operación resultó devastadora, pues me afectó por completo a la musculatura de suelo pélvico y supuso un notable acortamiento del pene. Durante casi tres años utilicé pañales ante mi incapacidad para retener la orina. Hace unos meses, me colocaron una prótesis que me permite controlar el flujo de la orina de una forma mecánica. Tan «sencillo y cómodo» como presionar un pulsador alojado en el escroto.

 

 

Ni que decir de las relaciones sexuales que, durante estos más de tres años, han sido inexistentes. Un auténtico «brindis al sol», en el que todavía estamos probando distintas fórmulas, sin resultados hasta la fecha.

 

 

¿Te estás imaginando bien todo lo que supone? Fácil, ¿verdad?

 

 

Pocos meses después de la intervención, comencé el triple tratamiento. La primera parte fueron 6 ciclos de quimioterapia, espaciados cada tres semanas. En total, 5 meses en los que llueve sobre mojado en tu cuerpo. Musculatura que se convierte en puré, vómitos, diarreas, estreñimiento, venas que se vuelven tan finas que es complicado detectarlas para realizar cualquier prueba o analítica, caída del pelo, pérdida de piezas dentales, fragilidad ósea y una sensación de debilidad y vulnerabilidad que resulta extenuante.

 

 

La segunda parte consiste en unas inyecciones inhibidoras de la testosterona, lo que vulgarmente se conoce como «castración química», pues el cáncer de próstata tiene un componente hormonal. Esto tiene efectos secundarios también, como el aumento del pecho, la falta de libido, sofocos y aumento de la grasa corporal. En definitiva, provoca andropausia en el hombre.

 

 

Y la tercera parte del tratamiento incluye la toma de un fármaco llamado darolutamida, que bloquea los andrógenos (como la testosterona), actuando como una terapia hormonal para tratar ciertos tipos de cáncer de próstata. Tiene un elevado riesgo de posibles fracturas óseas, pero hay que elegir.

 

 

Recuerda que una simple analítica en sangre del PSA y una visita a tiempo al urólogo ayudan a un diagnóstico precoz en el cáncer de próstata, evitando muchos de los problemas que te he descrito.

 

 

Ojalá estas líneas te ayuden a comprender ahora lo que padecemos quienes estamos inmersos en esa «marea azul»… y seas altavoz, con nosotros, para que tu marido, tu novio, tu hermano, tu padre, tu amigo, o tú mismo, no tengáis que pasar por un proceso semejante.

 

 

Quiero, por último, dar las gracias a Susana, mi esposa, por ayudarme siempre, por seguir diciéndome cada día lo fuerte y lo guapo que estoy y sin la que hoy no habría encontrado las fuerzas necesarias para escribir un artículo tan duro para mí.

Desinformación en salud: una amenaza creciente que precisa una respuesta coordinada

Desinformación en salud: una amenaza creciente que precisa una respuesta coordinada

Susana Fernández Olleros y Javier Granda Revilla

7 de junio de 2026

La desinformación en salud se ha convertido en uno de los principales desafíos tanto para los sistemas sanitarios, como para los profesionales de la información y las instituciones públicas. Es la principal conclusión del Informe sobre Desinformación en Salud en España que hemos elaborado la Asociación Nacional de Informadores de la Salud (ANIS). En este documento, advertimos que los bulos sanitarios han dejado de ser episodios aislados para convertirse en un fenómeno estructural con consecuencias directas sobre la salud pública.

 

La pandemia de COVID-19 marcó un punto de inflexión. La combinación de incertidumbre social, crecimiento de las redes sociales, expansión de la mensajería instantánea y avances tecnológicos permitió que la información falsa circulara con una velocidad sin precedentes, superando en muchas ocasiones la capacidad de respuesta de científicos, periodistas e instituciones sanitarias.

 

La desinformación sanitaria puede provocar daños físicos y psicológicos al fomentar el abandono de tratamientos avalados por la evidencia científica o promover terapias ineficaces e, incluso, peligrosas. Otro motivo de preocupación es el creciente deterioro de la confianza ciudadana en profesionales sanitarios, científicos, medios de comunicación e instituciones públicas.

 

El informe diferencia entre información errónea –compartida sin intención de engañar– y desinformación, elaborada deliberadamente para manipular, obtener beneficios económicos o promover intereses ideológicos o políticos. Aunque ambas pueden resultar perjudiciales, la segunda constituye una amenaza especialmente grave porque busca erosionar la confianza en organismos oficiales, expertos y sistemas de salud.

 

Para analizar la situación española, en el informe hemos revisado iniciativas gubernamentales, documentación científica y opiniones de periodistas, profesionales sanitarios y representantes de pacientes. Entre nuestros hallazgos, destaca una amplia diversidad de actuaciones dispersas. El Gobierno de España ha impulsado una docena de medidas relacionadas con la lucha contra la desinformación, mientras que las comunidades autónomas y otras instituciones han desarrollado al menos 64 iniciativas distintas. Sin embargo, existe una notable falta de coordinación entre ellas.

 

Teorías conspirativas

 

Uno de los aspectos más preocupantes es el arraigo social de determinadas teorías conspirativas. Según datos recogidos en la Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología, un 41,6% de los ciudadanos cree que los gobiernos han producido virus en laboratorios para controlar a la población. Y aproximadamente la mitad considera que las compañías farmacéuticas ocultan los riesgos de las vacunas. Además, un tercio de la población cree que existe una cura para el cáncer que permanece oculta por intereses económicos.

 

Estas cifras contrastan con el elevado nivel de confianza que los españoles siguen depositando en la investigación científica:más del 75% manifiesta confiar en la ciencia y casi el 86% considera que los científicos son expertos fiables en sus respectivos campos. No obstante, la coexistencia de confianza científica y creencias conspirativas evidencia la complejidad del actual ecosistema informativo.

 

Falta de credibilidad de los medios

 

Los medios de comunicación continúan desempeñando un papel fundamental en este contexto. Diversos estudios muestran que televisión, radio y prensa siguen siendo considerados por la ciudadanía como las fuentes más fiables para contrastar información. Sin embargo, el sector periodístico afronta una crisis de credibilidad que afecta especialmente a los jóvenes, entre quienes la confianza en las noticias es significativamente menor.

 

La expansión de las redes sociales ha transformado radicalmente el escenario. Plataformas como YouTube, Instagram, TikTok o X permiten una difusión masiva de contenidos sanitarios sin filtros editoriales. Diversas investigaciones que hemos recopilado en el informe muestran que la desinformación es especialmente frecuente en ámbitos como las vacunas, la nutrición, las enfermedades crónicas, el cáncer o los productos relacionados con el tabaquismo y las drogas.

 

Especial preocupación generan los jóvenes: un informe elaborado por la Organización Mundial de la Salud para Europa indica que más del 60 % de las personas entre 16 y 24 años obtiene gran parte de su información sanitaria a través de redes sociales y menos de un tercio verifica activamente las fuentes de lo que consume.

 

IA, un nuevo reto

 

La inteligencia artificial aparece además como un nuevo desafío. Aunque la población utiliza cada vez más estas herramientas y reconoce sus beneficios, también expresa inquietud por los riesgos asociados a la manipulación de contenidos, la privacidad de los datos y la generación automatizada de información falsa.

 

Los profesionales sanitarios que hemos consultados coinciden en señalar que la desinformación ya tiene efectos visibles en la práctica clínica. Muchos pacientes llegan a las consultas con ideas preconcebidas erróneas, expectativas irreales o desconfianza hacia tratamientos científicamente contrastados. Esta situación obliga a dedicar más tiempo a desmontar creencias falsas y puede dificultar la adherencia terapéutica.

 

Las asociaciones de pacientes también muestran preocupación por la proliferación de contenidos poco fiables. Subrayan que numerosos afectados recurren a internet para resolver dudas relacionadas con enfermedades o tratamientos y, en ausencia de orientación adecuada, quedan expuestos a información engañosa que puede generar miedo, falsas expectativas o decisiones perjudiciales para su salud.

 

Papel clave del periodismo especializado

 

Ante este escenario, en el informe reivindicamos un papel central del periodismo especializado en salud: los periodistas sanitarios actuamos como intermediarios entre la evidencia científica y la ciudadanía, traduciendo conocimientos complejos a un lenguaje accesible y verificando rigurosamente las fuentes. Nuestra función resulta especialmente relevante en un entorno donde la rapidez de difusión suele imponerse a la calidad de la información.

 

La alfabetización mediática y sanitaria emerge como otra de las grandes herramientas para combatir el problema. En el documento recopilamos estudios que destacan la importancia de enseñar pensamiento crítico, fomentar la lectura crítica de contenidos digitales y mejorar la capacidad de la población para identificar fuentes fiables. Asimismo, proponemos reforzar estas competencias desde la escuela y mediante programas de formación dirigidos tanto a ciudadanos como a profesionales sanitarios.

 

Como referencia internacional, debe destacarse la estrategia impulsada por Escocia en 2025 para proteger la integridad de la información sanitaria. El modelo escocés se articula en torno a tres pilares: liderazgo institucional, fortalecimiento de la resiliencia ciudadana y mecanismos de respuesta rápida frente a los bulos.

 

Para acabar, reiteramos que la desinformación en salud debe ser reconocida oficialmente como un problema de salud pública. Por ello, desde ANIS proponemos desarrollar una Estrategia Nacional contra la Desinformación en Salud que coordine a administraciones, profesionales sanitarios, periodistas, científicos, centros educativos y plataformas tecnológicas. El objetivo es construir un sistema capaz de detectar, prevenir y responder de forma eficaz a una amenaza que ya afecta a la calidad de las decisiones sanitarias, la confianza social y el bienestar colectivo.

Dolor invisible: el impacto emocional de la endometriosis

Dolor invisible: el impacto emocional de la endometriosis

Inma Menés Casado

26 de mayo de 2026

La endometriosis es una enfermedad invisible. No se nombra en la calle ni en los medios de comunicación, no hay campañas públicas de las instituciones sanitarias.

 

 

¿Cómo puede ser que una enfermedad con mayor incidencia que el asma, la diabetes y el VIH juntos, y con unas repercusiones tan graves en la vida cotidiana, no se conozca? Sabemos qué es la diabetes o el asma, pero al nombrar la palabra endometriosis inevitablemente surge la pregunta: “¿endomequé?”

 

 

Creo que hay varios factores que influyen en esta invisibilización:

 

 

  • Que el principal síntoma es el dolor. Y todo dolor es invisible. Es una experiencia subjetiva que, en nuestro caso, es casi una definición de la enfermedad. Y que ni los profesionales ni nuestro entorno pueden ver. Se puede, si hay suerte, encontrar algunas causas que pueden ocasionarlo, algún endometrioma, algún nódulo que asoma, órganos adheridos, pero en muchos casos no hay una correlación entre lo visible y el dolor.

 

 

  • El mito: la regla duele, como si de una maldición divina se tratara. Un mito sin matices, incuestionable, que oculta lo patológico y la enfermedad. Y está sustentado por el mandato o ideal social: “hay que aguantar”; o su vertiente comercial: “que nada te pare”. Todo unido, hace que muchas mujeres sostengan un dolor insostenible y las coloca en una situación de desprotección.

 

 

  • Otro factor es que la enfermedad se parapeta en zona tabú, relacionada con el mundo secreto e innombrable de la menstruación y los genitales internos femeninos. Está lastrada principalmente por el sesgo de género que la incluye en el territorio de lo “normalizado” (el dolor de regla es normal) y de lo innombrable (la menstruación, la micción y la defecación, las relaciones sexuales… de las mujeres).

 

 

  • Un cuarto motivo es la insuficiente formación, investigación e interés de la comunidad médica en esta enfermedad. Por supuesto, alimentado por los factores anteriores: los prejuicios y tabúes culturales nos influyen a todas, incluidas las profesionales. El que la endometriosis no genere en muchas ocasiones signos evidentes en las pruebas de imagen clásicas, implica que para diagnosticarla es imprescindible escuchar y creer a la mujer que acude a la consulta. Confiar en su relato. Para ello se necesita formación suficiente para reconocer los síntomas, humildad para ver las limitaciones de nuestro conocimiento y un compromiso con la paciente para intentar ayudarla más allá de lo evidente y los prejuicios. Y en nuestro sistema de salud, estresado y deshumanizado, en muchos casos esto no se da.

La incomprensión, la desconfianza, la encontramos también en el entorno más cercano: la pareja, la familia, las compañeras, los amigos… Esto nos pone en una situación traumática, de mucha vulnerabilidad. Necesitamos ser creídas, legitimar nuestra experiencia, pero no podemos aportar pruebas de nuestro dolor, y esto, en una sociedad llena de prejuicios e incomprensión, nos deja sin apoyos.

 

 

Por todo ello, ¿qué pasa si no te creen?: “No tienes nada”, “es imposible”… ¿Dónde quedas tú ante la sociedad y el sistema de salud? O el sistema no sabe (y esta posibilidad o no cabe o asusta) o, irremediablemente, tu realidad es inventada, delirante.

 

 

Y esta duda, esta inquietud, es corriente. Por un lado, te llega directamente, tanto de médicos y especialistas como de tu entorno: “solo es un dolor de regla…, no puede ser para tanto…, todas las mujeres tienen molestias…, no vas a coger la baja otra vez por la regla…, a mí también me duele y me aguanto …”. Y a veces el cuestionamiento es más duro: “te lo inventas, estás loca, te voy a derivar a salud mental porque yo no veo nada físico, es que tienes muy bajo el umbral del dolor, lo que necesitas son ansiolíticos, antidepresivos, tener un hijo, preocuparte por otras cosas…”.

 

 

Así, además de convivir con un dolor a veces avasallador, la subfertilidad y –en ocasiones– la infertilidad, una sexualidad condicionada y una vida social y laboral limitada, una o varias intervenciones quirúrgicas, extirpaciones de órganos… además, toca enfrentarse a la incomprensión, la soledad, la confusión, la duda de sí y la impotencia.

 

 

En la endometriosis severa necesitamos integrar en nuestra vida:

 

 

  • El dolor
  • El miedo al dolor
  • La limitación, la incapacidad
  • Las pérdidas, los duelos
  • El mal trato y, a veces, el maltrato

 

 

Es muy duro, a veces terrible, pero las personas contamos con un impulso innato de crecimiento y superación que nos lleva a adaptarnos para vivir lo mejor posible. Y aprendemos, y seguimos viviendo, integrando, haciendo hueco a lo nuevo, aunque no sea elegido.

 

 

¿Y qué hemos aprendido en estos años de convivir con la enfermedad?  Lo que toda situación traumática necesita para superarse, e incluso, para ayudarnos a crecer psicológica y emocionalmente.

 

 

  • Que necesitamos apoyo social para afrontar el impacto emocional que suponen los peores síntomas de esta enfermedad. Las respuestas comprensivas de otras personas suavizan el impacto de la situación, mientras que respuestas hostiles o negativas multiplican el daño y agravan las consecuencias, físicas y psicológicas. Compartir la experiencia traumática con otros es una condición indispensable para restituir la sensación de existir en un mundo con sentido.

 

 

  • Que las estrategias activas de afrontamiento nos protegen, atenúan la vulnerabilidad psicológica. Formarnos sobre la enfermedad, tomar decisiones sobre el tratamiento, hacernos cargo activamente de mejorar nuestra calidad de vida, enfrentar las dificultades, buscar los apoyos necesarios… Nos ayudan a salir de la indefensión y de la desesperanza.

 

 

  • Que las que mejor se recuperan son las mujeres que descubren algún significado en su experiencia que trasciende los límites de su situación personal. Lo más frecuente es que lo encuentren uniéndose a otras en una acción social donde se pasa de una sensación de impotencia a una sensación de control, de potencial de cambiar las cosas. Y de un yo a un nosotras. Y de un nosotras a un todas.

 

 

Visibilizar: hacer visible lo que está oculto, negado.

Nombrar: poner palabras a lo que no las tiene.

Digamos todas juntas: ENDOMETRIOSIS.

 

Autonomía, ética y cuidado en los ensayos clínicos

Autonomía, ética y cuidado en los ensayos clínicos

Marisa de la Rica Escuín

20 de mayo de 2026

En el Día Mundial del Ensayo Clínico conviene detenerse y recordar algo esencial: el progreso en salud no ocurre por casualidad, sino gracias a la investigación. Cada avance terapéutico, cada fármaco que hoy forma parte de la práctica clínica, ha recorrido antes el exigente camino de los ensayos clínicos. A través de ellos se desarrollan y evalúan nuevas estrategias terapéuticas, no solo para comprobar la seguridad y eficacia de fármacos innovadores, sino también para mejorar la calidad de vida y el pronóstico de las personas.

 

 

Sin embargo, en el centro de todo ensayo clínico no está la molécula ni el protocolo: está la persona. Su participación es un acto de generosidad y compromiso que hace posible el avance colectivo. Por ello, garantizar su autonomía no es un requisito formal, sino una obligación ética ineludible. Un consentimiento informado solo es válido cuando es verdaderamente comprendido. Cuando una persona no entiende con claridad a qué se enfrenta, no está ejerciendo libremente su capacidad de decisión. Una información comprensible y adaptada es clave para que la participación sea libre, voluntaria y consciente.

 

 

Esta reflexión adquiere especial relevancia en el ámbito de la oncología, donde el progreso en el tratamiento del cáncer ha estado estrechamente vinculado a la investigación clínica y los ensayos han sido una herramienta esencial para ese avance. A través de ellos se han desarrollado tratamientos innovadores que han transformado el curso de muchas enfermedades. Sin embargo, en el contexto de la enfermedad oncológica avanzada, participar en un ensayo clínico plantea interrogantes complejos tanto para los pacientes como para sus familias y los profesionales sanitarios.

 

 

¿Qué implica realmente formar parte de un ensayo en una fase avanzada de la enfermedad? ¿Qué expectativas son razonables? ¿Cómo afecta a la calidad de vida? En muchas ocasiones, estos ensayos no tienen como objetivo la curación, sino evaluar aspectos como la toxicidad, la dosis adecuada, el tiempo hasta la progresión de la enfermedad o la comparación con el mejor tratamiento disponible, que en algunos escenarios puede incluso incluir placebo.

 

 

No es infrecuente que algunos pacientes, especialmente en oncología, interpreten la participación en un ensayo y, particularmente, la asignación al brazo experimental como una oportunidad de curación. Esta percepción, aunque comprensible, puede no ajustarse a la realidad del estudio. De ahí la importancia de una comunicación honesta, clara y continuada por parte de los profesionales sanitarios, que permita gestionar expectativas sin generar falsas esperanzas, pero tampoco despojar de sentido la decisión de participar. Esta situación exige una mirada ética especialmente cuidadosa, donde la toma de decisiones compartida, el acompañamiento emocional y el respeto a los valores del paciente sean pilares fundamentales.

Más allá del componente clínico, los ensayos en la enfermedad oncológica avanzada plantean retos emocionales, familiares y asistenciales. El papel de las familias, el acceso equitativo a los ensayos, y la forma en que los profesionales documentan y acompañan el proceso de decisión son aspectos que merecen una reflexión profunda. También es crucial analizar cómo se integra la atención paliativa: los pacientes en estos estadios de enfermedad, aunque participen en un ensayo clínico en cualquier fase, deberían contar siempre con el soporte de unos cuidados paliativos de calidad que acompañen y comprendan su proceso, ya que garantizan un adecuado control de síntomas y una mejor calidad de vida.

 

 

Pero hablar de ensayos clínicos no es hablar solo de oncología ni únicamente de fármacos: es hablar de un ecosistema complejo de especialidades y profesionales que hacen posible que la investigación sea segura, ética y útil para los pacientes. Aunque el gran volumen de ensayos clínicos se concentra en oncología, hoy se desarrollan estudios en múltiples patologías y a cargo de muchas especialidades: enfermedades autoinmunes, psoriasis, degeneración macular, insuficiencia renal, retinopatía diabética, insuficiencia cardiaca, enfermedades neurodegenerativas y numerosas otras condiciones crónicas o complejas.

 

 

En un ensayo clínico participan muchos profesionales clave y fundamentales. Junto a los y las investigadores/as principales, las y los coordinadores de ensayo desempeñan una labor esencial: siguen el protocolo, garantizan su cumplimiento, registran los datos procedentes de la historia clínica y de los documentos fuente en los cuadernos de recogida de datos, y notifican en tiempo y forma los acontecimientos adversos, tanto leves como graves. Igualmente importantes son los y las monitores/as de ensayos clínicos, que verifican que en todos los centros participantes se aplican correctamente los mismos procedimientos, preservando la homogeneidad y la validez de los resultados.

 

 

Y, de manera muy especial, las enfermeras de ensayos clínicos, que acompañan al paciente a lo largo de todo el proceso, resuelven dudas, administran los tratamientos, realizan los procedimientos establecidos en el protocolo y gestionan muestras biológicas y determinaciones específicas, como estudios farmacocinéticos, biopsias líquidas o anticuerpos antifármacos. Su cercanía con las personas permite humanizar la investigación, asegurando que detrás de cada dato nunca se pierda de vista la persona y su experiencia.

 

 

En este Día Mundial del Ensayo Clínico, es necesario reivindicar una investigación centrada en las personas, donde el rigor científico vaya de la mano de la ética, la comunicación y el cuidado. Porque investigar es avanzar, pero cuidar es no olvidar para quién investigamos.