Análogos de GLP-1 y el fin de la economía del deseo

Análogos de GLP-1 y el fin de la economía del deseo

Sofía Pérez Calahorra

30 de junio de 2026

Durante años hemos escuchado que la obesidad era consecuencia de malas decisiones individuales: Comer demasiado, moverse poco, falta de disciplina. Sin embargo, la irrupción masiva de fármacos como Ozempic, Wegovy o Mounjaro está desmontando esa narrativa con una velocidad sorprendente.

 

Quizá el hambre nunca fue solamente voluntad. Quizá era, en gran parte, causa de mecanismos neurobiológicos y hormonales, además de estilo de vida.

 

Los análogos del GLP-1 representan probablemente uno de los cambios farmacológicos más importantes de las últimas décadas. En teoría nacieron para el tratamiento de la diabetes tipo 2 por su efecto incretina. Después han demostrado una eficacia extraordinaria en obesidad, por sus efectos sobre mecanismos que regulan la saciedad. Pero hoy es evidente que han trascendido el ámbito estrictamente médico para convertirse en un fenómeno social, económico y cultural.

 

En Estados Unidos, la sensación es que todo el mundo está usando Ozempic. El fenómeno ha penetrado Hollywood, Silicon Valley, influencers, ejecutivos, médicos, celebridades y clases medias urbanas. El medicamento dejó de ser una terapia para transformarse en símbolo cultural. Quizá una de las imágenes más llamativas de este fenómeno apareció de forma casi anecdótica en el festival internacional de Coachella. Muchos asistentes y comentaristas en redes sociales observaron algo extraño: menos filas en los puestos de comida que en años anteriores. Tal vez no exista evidencia científica que permita afirmar que el fenómeno se debió al uso masivo de GLP-1, pero la percepción colectiva fue reveladora. La idea de que “nadie tiene hambre porque todos están con Ozempic” se volvió creíble para millones de personas. Eso, en sí mismo, ya dice mucho del momento que estamos viviendo.

 

La realidad es que estos fármacos no solo hacen que las personas coman menos. Sino que modifican la relación psicológica con la comida. Muchos pacientes describen la desaparición del llamado food noise: esa conversación mental constante sobre comer, picar, buscar recompensa inmediata. La evidencia científica actual demuestra que los análogos del GLP-1 actúan no solo retrasando el vaciamiento gástrico y aumentando la saciedad, sino también sobre circuitos centrales del sistema nervioso relacionados con recompensa y conducta alimentaria. Es decir, reducen el deseo.

 

Y ahí es donde aparece una pregunta fascinante: ¿qué ocurre cuando una sociedad empieza a desear menos?

 

La economía moderna está construida precisamente sobre el estímulo constante del deseo. Consumir más calorías, más productos, más entretenimiento, más impulsos. Gran parte de la industria alimentaria lleva décadas diseñando productos hiperpalatables para explotar nuestros circuitos dopaminérgicos. El capitalismo contemporáneo necesita consumidores permanentemente estimulados.

 

Sin embargo, por primera vez podríamos estar entrando en una era donde millones de personas reducen su consumo no por conciencia moral ni por educación nutricional, sino porque farmacológicamente sienten menos necesidad de consumir. Esto tiene implicaciones potencialmente enormes.

 

Diversos análisis económicos ya sugieren que los usuarios de GLP-1 gastan menos en comida rápida, snacks, bebidas azucaradas e incluso alcohol. Algunas cadenas alimentarias y compañías de ultraprocesados han empezado a observar el fenómeno con preocupación. Si una parte significativa de la población reduce de forma sostenida su ingesta calórica, inevitablemente cambiarán patrones de mercado, estrategias de marketing y modelos de negocio.

 

Tal vez estemos ante el inicio de una transición silenciosa: pasar de una economía basada en maximizar el apetito a otra centrada en optimizar saciedad, salud metabólica y control farmacológico del deseo. Sin embargo, el entusiasmo alrededor de estos medicamentos también merece prudencia.

 

La evidencia científica sobre sus beneficios es muy sólida. Ensayos clínicos de alta calidad han demostrado pérdidas de peso clínicamente relevantes, reducción de eventos cardiovasculares, mejoría metabólica y potencial beneficio en múltiples enfermedades asociadas a obesidad. El estudio SELECT, publicado en The New England Journal of Medicine, mostró incluso reducción de eventos cardiovasculares mayores en personas con obesidad sin diabetes. Eso cambió radicalmente la percepción médica de estos tratamientos.

 

Pero ningún fármaco está libre de costes.

 

Los efectos adversos gastrointestinales son frecuentes: náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento y fatiga forman parte habitual del tratamiento. Además, persisten interrogantes sobre posibles riesgos a largo plazo, incluyendo pancreatitis, enfermedad biliar o gastroparesia en determinados pacientes. Aunque muchos de estos riesgos parecen poco frecuentes, el problema es que estamos asistiendo a una expansión masiva del uso de estos medicamentos en población relativamente sana y, en ocasiones, con objetivos más estéticos que clínicos.

 

Ahí surge otro debate incómodo: la medicalización de la delgadez.

Vivimos en una sociedad donde el cuerpo empieza a optimizarse farmacológicamente para adaptarse a ideales estéticos y productivos. Comer menos ya no depende necesariamente de modificar hábitos o transformar entornos alimentarios. Ahora puede conseguirse mediante una inyección semanal. Y esto plantea ciertas preguntas.

 

¿Estamos tratando una enfermedad o adaptando químicamente a las personas a una cultura obsesionada con la delgadez? ¿Estamos solucionando las causas estructurales de la obesidad o simplemente silenciando biológicamente el hambre? ¿Qué ocurrirá cuando generaciones enteras crezcan considerando normal regular el apetito mediante fármacos?

 

Quizá la mayor paradoja sea esta: durante décadas, el mercado creó una economía basada en estimular nuestros impulsos de consumo. Y ahora otra industria multimillonaria —la farmacéutica— obtiene beneficios precisamente disminuyendo esos impulsos.

En definitiva, los análogos de GLP-1 y nuevas moléculas no son solo medicamentos. Es probablemente el inicio de una nueva relación entre biología, deseo y economía de las cuales no se comprenden las consecuencias reales.

Vacuna antineumocócica: Sin ningún tipo de confusión

Vacuna antineumocócica: Sin ningún tipo de confusión

Pedro Satústegui

27 de abril de 2026

La enfermedad neumocócica representa un problema relevante de salud pública a nivel global debido a su elevada carga de morbimortalidad, particularmente en los extremos de la vida –menores de 2 años y mayores de 65– así como en individuos con comorbilidades. Está causada por Streptococcus pneumoniae, un diplococo grampositivo encapsulado con más de 90 serotipos descritos, cuya diversidad antigénica condiciona tanto su dinámica epidemiológica como la efectividad de las estrategias vacunales.

 

La transmisión del neumococo se produce fundamentalmente por vía respiratoria a través de gotículas procedentes de secreciones nasofaríngeas, en el contexto de contacto estrecho con individuos colonizados o infectados. En este sentido, la colonización nasofaríngea constituye el principal reservorio del patógeno y el punto de partida para el desarrollo de enfermedad, especialmente en situaciones de susceptibilidad del huésped.

 

Desde el punto de vista clínico, la infección neumocócica abarca una amplia variabilidad que incluye formas no invasivas, como la otitis media aguda o la neumonía no bacteriémica, y formas invasivas potencialmente letales. La enfermedad neumocócica invasiva (ENI), definida por el aislamiento de S. pneumoniae en sangre u otros fluidos estériles, se manifiesta como bacteriemia, meningitis o sepsis –entre otras entidades– y concentra una proporción significativa de la mortalidad atribuible, especialmente en pacientes con factores de riesgo.

 

En España y en el conjunto de la Unión Europea, la enfermedad neumocócica invasiva (ENI) mantiene un patrón de distribución caracterizado por una mayor incidencia en los extremos de la vida, fundamentalmente en lactantes y adultos mayores. Desde el punto de vista microbiológico, persiste el predominio de serotipos como el 8 y el 3, que continúan concentrando una parte sustancial de la carga de enfermedad. No obstante, la vigilancia epidemiológica reciente ha puesto de manifiesto la importancia persistente o reemergente de otros serotipos vacunales clásicos, entre ellos los serotipos 4, 14 y 9V, con especial relevancia en la población adulta. Asimismo, la estacionalidad invernal y la transmisión en entornos cerrados actúan como factores amplificadores de la incidencia de la ENI.

 

La introducción progresiva de vacunas antineumocócicas —desde la polisacárida de 23 serotipos hasta las vacunas conjugadas de 7, 10, 13, 15 y 20 serotipos— ha modificado de forma sustancial la epidemiología de la enfermedad, reduciendo de manera significativa la carga de ENI, particularmente en población infantil. En este contexto dinámico, la reciente incorporación de vacunas conjugadas de mayor valencia, como la vacuna conjugada 21-valente, introduce un cambio de paradigma. A diferencia del enfoque acumulativo o sumativo previo, esta estrategia combina la inclusión de nuevos serotipos emergentes (9N, 17F, 20A, 15A, 15C, 16F, 23A, 23B, 24F, 31 y 35B) con la eliminación de otros (4, 6B, 9V, 14, 18C, 19F, 23F, 1, 5 y 15B) previamente cubiertos en la vacuna conjugada de 20, en base a su menor contribución a la carga de enfermedad en la actualidad. De esta forma, tomando como base datos epidemiológicos contemporáneos, la vacuna conjugada 21-valente pretende optimizar la cobertura frente a los serotipos responsables de ENI en adultos y grupos de riesgo.

 

Esta propuesta, no obstante, requiere ser interpretada con cautela, pues la distribución actual de serotipos de S. pneumoniae no es un fenómeno estático ni independiente, sino el resultado de la presión selectiva ejercida durante décadas por los programas de vacunación. En consecuencia, la aparente mayor cobertura potencial de las nuevas formulaciones podría estar, al menos en parte, condicionada por este sesgo de confusión, infrarrepresentando los serotipos presentes en las vacunas comercializadas hasta la fecha.

 

Ignorar esta condición podría conducir a interpretaciones simplificadas de la efectividad entre las distintas estrategias vacunales. De esta forma, la evaluación rigurosa de nuevas vacunas debería incorporar análisis ajustados que contemplaran factores de confusión tales como la historia vacunal previa de la población, la dinámica de reemplazo de serotipos y las tendencias temporales de incidencia. De lo contrario, se corre el riesgo de basar decisiones en escenarios epidemiológicos sesgados y transitorios, más que en patrones estructurales.

 

A esta complejidad, cabe añadir una limitación relevante: la proporción no despreciable de casos de ENI en los que el serotipo no llega a identificarse y que, en algunos contextos, supera el 20%. Esta incertidumbre diagnóstica refuerza la necesidad de fortalecer los sistemas de vigilancia microbiológica y epidemiológica como base para la toma de decisiones en salud pública.

 

En definitiva, la optimización de la estrategia vacunal frente al neumococo precisa de estudios epidemiológicos de calidad, libres de sesgos y de factores de confusión que, analizados de manera crítica y contextualizada, permitan tomar las mejores decisiones basadas en la evidencia disponible.

Ampliando la mirada: cuidados y salud planetaria

Ampliando la mirada: cuidados y salud planetaria

Carlos Navas Ferrer

22 de abril de 2026

Cada año, el 22 de abril, celebramos el Día Internacional de la Madre Tierra. Sin embargo, para muchos profesionales sanitarios (incluido el alumnado en formación) la relación entre la salud y el entorno sigue pareciendo lejana. Lo sé porque lo he escuchado y lo he vivido. Durante mi formación como enfermero, y actualmente como docente, no han sido pocas las veces que he oído comentarios como: “¿Para qué necesita una enfermera hacer pan?”, “¿Para qué sirve navegar por un río?” o “¿Qué sentido tiene saber tanto de medio ambiente?”. A menudo, estas preguntas van acompañadas de una afirmación que parece incuestionable: “Yo lo que necesito es aprender a cuidar mejor”. Pero, ¿qué significa cuidar?

 

 

Recuerdo aquellas clases, a veces desconcertantes y otras profundamente reveladoras, impartidas por docentes comprometidas que nos sacaban del aula convencional para colocarnos frente a otras realidades. Hacer pan no era solo amasar harina. Implicaba hablar de semillas, transgénicos y agroquímicos. También era entender procesos, tiempos, paciencia, comunidad y alimentación saludable. Por otro lado, navegar por el interior de un río no era solo desplazarse o hacer ejercicio. Era reconocer dinámicas, riesgos, equilibrios y su relación con la salud de las personas que viven en torno a sus aguas. En definitiva, hablar de medio ambiente no era desviarse del cuidado, sino que era ampliarlo.

 

 

Con el tiempo, comprendí que aquellas experiencias no eran un adorno pedagógico ni una excentricidad docente. Eran, en realidad, una invitación a mirar el cuidado desde una perspectiva más amplia. Porque cuidar no es únicamente aplicar una técnica o administrar un tratamiento; cuidar requiere, necesariamente, comprender la complejidad de la vida en todas sus dimensiones.

 

En este sentido, las palabras de Leonardo Boff resultan especialmente iluminadoras cuando afirma que:

 

 

El cuidado es una relación amorosa respetuosa y no agresiva, y por eso no destructiva, con la realidad. Presupone que los seres humanos son parte de la naturaleza y miembros de la comunidad biótica y cósmica, con la responsabilidad de protegerla, regenerarla y cuidarla. Más que una técnica, el cuidado es un arte, un nuevo paradigma de relación con la naturaleza, con la Tierra y con los seres humanos.

 

 

Esta idea transforma por completo la práctica enfermera. Nos sitúa no solo como profesionales que intervienen sobre el cuerpo de seres humanos, sino como sujetos que se relacionan con un mundo vivo, interdependiente y frágil. Nos recuerda que somos parte de la naturaleza, no algo separado de ella, y que nuestra responsabilidad no se limita al individuo que tenemos delante, sino que se extiende al entorno que hace posible su vida.

 

 

Desde esta mirada, aquellas preguntas iniciales pierden fuerza. Porque hacer pan, navegar un río o comprender los ecosistemas deja de ser irrelevante y pasa a ser esencial. Son formas de aprender a observar, a respetar y a adaptarse al medio que nos rodea. Son maneras de cultivar una sensibilidad que luego se traduce en una mejor atención, más consciente e integral.

 

 

En los últimos años, han surgido iniciativas que recogen y desarrollan esta forma de entender la salud. Una de ellas es el proyecto HEQED (Health Equity through Education), una plataforma educativa que busca ayudar al alumnado de ciencias de la salud a comprender las inequidades en salud y actuar frente a ellas.

 

 

HEQED propone un enfoque innovador que integra la equidad en salud con los determinantes ambientales en la formación en disciplinas del ámbito sanitario. A través de recursos digitales, casos prácticos y herramientas pedagógicas, la plataforma invita al estudiantado a analizar situaciones reales desde una perspectiva crítica, considerando no solo los factores clínicos, sino también los sociales, económicos y ecológicos que influyen en la salud.

 

 

Uno de los aspectos más relevantes de HEQED es su apuesta por la salud planetaria. Este concepto parte de una idea fundamental: la salud humana está íntimamente ligada a la salud del planeta. No podemos hablar de bienestar si ignoramos la degradación ambiental, el cambio climático o la pérdida de biodiversidad. Estas realidades no son ajenas a la práctica sanitaria; al contrario, condicionan directamente la aparición de enfermedades, la distribución de riesgos y la capacidad de respuesta de los sistemas de salud.

 

 

Desde HEQED, se promueve que el alumnado adopte este enfoque en su futura práctica profesional. Esto implica aprender a identificar cómo las condiciones ambientales afectan a la salud de las personas, pero también desarrollar competencias para intervenir de manera responsable y sostenible. No se trata solo de tratar enfermedades, sino de prevenirlas desde una mirada amplia, que incluya la justicia social y el respeto por el entorno.

 

 

Además, el proyecto fomenta una actitud reflexiva y comprometida. Los estudiantes no son meros receptores de información, sino agentes activos capaces de cuestionar, proponer y transformar. En este sentido, HEQED no solo transmite conocimientos, sino que contribuye a formar profesionales más conscientes, más críticos y, en última instancia, más capaces de cuidar.

 

 

Y quizá ahí reside el punto de encuentro entre aquellas experiencias formativas y las propuestas actuales como HEQED. Ambas comparten una misma intuición: el cuidado no puede reducirse a lo técnico. Que cuidar es, en el fondo, una forma de estar en el mundo.

 

 

En este Día de la Madre Tierra, tal vez convenga recuperar esa idea. Recordar que la salud no nace en los hospitales, sino en la vida cotidiana, en el aire que respiramos, en el agua que bebemos, en los vínculos que construimos. Y que, como profesionales de la salud, nuestra tarea no es solo intervenir cuando algo falla, sino contribuir a sostener las condiciones que hacen posible la vida.

 

 

Porque cuidar al otro, en última instancia, es también cuidar el mundo que compartimos.

La lengua materna también cura: Por qué hablar en tu idioma es un factor de salud

La lengua materna también cura: Por qué hablar en tu idioma es un factor de salud

Isabel Herrando Rodrigo

22 de febrero de 2026

Hay una escena que se repite más de lo que nos gustaría: una persona entra en consulta, entiende “más o menos” lo que le dicen, asiente por educación (por cansancio, por vergüenza), sale con una receta en la mano y un “ya veremos”. En casa descubre que no sabe exactamente qué hacer. No es mala voluntad ni falta de interés. Muchas veces es un problema de lengua materna: la que se habla y, sobre todo, la que  se siente.

 

En OCODES llevamos tiempo insistiendo en que la información en salud es un bien común y que la desinformación se cuela donde hay grietas. Una de esas grietas se llama barrera lingüística. Y no solo afecta a personas migrantes o turistas: también impacta en quienes dominan la lengua oficial de un país, pero no lo usan como lengua de confianza (por ejemplo, mayores, comunidades bilingües o personas vulnerables y/o en situaciones de estrés). En salud, la lengua que se utiliza no es decoración: es infraestructura.

 

Cuando no hablamos la misma lengua, baja la calidad y sube el riesgo

 

La evidencia es bastante consistente: las barreras de idioma en el sistema sanitario se  asocian con peor comunicación, menor satisfacción tanto para los pacientes como para el personal sanitario, y problemas de seguridad del paciente (errores, malentendidos, adherencia más baja al posible tratamiento).

 

Y al revés, cuando el profesional sanitario atiende en el idioma preferido del paciente, lo que se llama concordancia lingüística , la relación tiende a ser más sólida, generando confianza, comprensión y alianza terapéutica. Ejemplos de estas situaciones se pueden encontrar en multitud de contextos como en Estados Unidos y la población de habla hispana o en Canadá con la población anglófona y francófona. Incluso hay estudios observacionales que encuentran asociaciones entre concordancia lingüística y menor riesgo de resultados adversos en poblaciones que hablan lenguas minoritarias.

 

No es una cuestión de percepción, sino de carga cognitiva. Cuando recibimos información sanitaria en una lengua que no es nuestra lengua materna, el cerebro debe dedicar más recursos para comprenderla. Y la salud, por naturaleza, ya implica incertidumbre, estrés y urgencia.

 

La lengua materna no solo se entiende: se habita

 

La lengua materna es la que usamos para contar lo difícil: dolor, vergüenza, sexualidad, duelo, ansiedad. Es la lengua del matiz. Y en salud, el matiz lo es todo: no es lo mismo “me duele” que “me quema”, “me pincha”, “me oprime” o “me despierta por la noche”.

 

Aquí aparece un punto poco visible pero clave: emociones y lenguaje van de la mano. Como explica Mamen Horno (2024)  en Un cerebro lleno de palabras, el lenguaje no es una capa superficial que usamos para describir lo que sentimos, sino una herramienta que estructura nuestro pensamiento y modula nuestra experiencia emocional. Las palabras activan redes neuronales asociadas a recuerdos, afectos y vivencias previas, especialmente cuando pertenecen a nuestra lengua materna. Por eso, recibir información sanitaria en la propia lengua materna no solo facilita la comprensión racional, sino que también ofrece un anclaje emocional que reduce la incertidumbre y el miedo. Cuando el mensaje llega en otra lengua, no solo aumenta el esfuerzo cognitivo: también puede debilitar ese vínculo afectivo que ayuda a procesar, integrar y confiar en la información recibida.

 

De ahí que la investigación en bilingüismo y procesamiento emocional sugiere que la lengua en la que codificamos experiencias puede influir en cómo sentimos y expresamos emociones.  Dicho sin bata blanca: a veces, en una segunda lengua eres más funcional pero menos preciso para lo íntimo. Eso importa porque en muchas consultas lo que se diagnostica y se trata no es una analítica, sino una historia: síntomas, contexto, hábitos, adherencia, creencias, miedos. Y esa historia sale mejor en tu lengua materna porque te acompaña y acoge de una manera más fiel en tu fragilidad cuando enfermas.

 

El intérprete profesional: el antivirus más infravalorado del sistema

 

Cuando no hay concordancia lingüística, el recurso más eficaz no es el Google Translate humano (tu primo, tu hijo, tu vecino), sino que debería ser un intérprete profesional. Disponer de este recurso,  reduce malentendidos, mejora calidad asistencial y protege la confidencialidad (especialmente en salud sexual, violencia, salud mental).

 

La traducción informal tiene un riesgo silencioso: filtra, simplifica y censura. Un adolescente interpretando a su madre en una consulta de ginecología quizás no llegue a ser “ayuda familiar” sino una receta para el desastre (clínico y humano).

 

¿Qué podemos hacer ya? Medidas simples, impacto real

 

En consulta, pide ser atendido/a tu lengua materna para reducir riesgo.

Si no hay personal sanitario que hable tu lengua, y el sistema sanitario de tu Comunidad Autónoma no ofrece intérpretes profesionales, recurre a herramientas y aplicaciones de tu teléfono móvil o dispositivo electrónico. La Inteligencia Artificial también puede ser de gran ayuda en esta mediación lingüística.

Prepara un mini-guion en tu lengua materna: síntomas, cuándo empezaron, qué empeora/mejora, medicación, alergias.

Para profesionales y gestores: medir “idioma preferido” como un dato clínico más (como alergias o antecedentes) y normalizar circuitos de interpretación. La seguridad del paciente también habla distintas lenguas maternas.

 

En definitiva

 

La lengua materna no es un lujo cultural, sino que también debe concebirse como un determinante de salud. Influye en comprensión, confianza, adherencia al tratamiento, calidad del relato clínico y—en algunos casos—en resultados. Si nos tomamos en serio la lucha contra la desinformación en salud, también debemos tomarnos en serio algo básico: que la información sea entendible y habitable para quien la recibe.

 

Porque en cuestiones de salud, muchas veces, la diferencia entre “me lo explicaron” y “lo entendí” no es inteligencia: es lengua materna.

 

 

 

 

 

Bob Marley, cannabis y mito cultural. Entre la música y la salud

Bob Marley, cannabis y mito cultural. Entre la música y la salud

Juan José Aguilón Leiva y Antonio Manuel Torres Pérez

8 de febrero de 2026

Cada 6 de febrero, el mundo entero recuerda a Bob Marley. No solo por su talento musical, que llevó el reggae desde Jamaica a todos los rincones del planeta, sino también por su papel como símbolo de la cultura rastafari, actuando como portavoz de un mensaje de paz, resistencia y libertad.

Su apariencia tan característica –rastas, sonrisa, ropa cómoda y de colores rasta (rojo, amarillo y verde) y, casi siempre, agarrado a su guitarra– está inseparablemente ligada a la marihuana. Para sus admiradores, Marley no solo cantaba sobre la vida: la fumaba. Esa asociación, repetida durante décadas y todavía presente para muchos, ha contribuido a construir una imagen distorsionada donde el cannabis aparece como algo natural, espiritual e incluso inofensivo. Pero ¿qué hay de cierto en todo esto? ¿Dónde termina el símbolo cultural y dónde empieza la realidad sanitaria?

 

Bob Marley y el cannabis

 

Para entender la relación de Bob Marley con la marihuana hay que situarse en el contexto del movimiento rastafari, una corriente espiritual nacida en Jamaica en los años 30. Bajo esa forma de ver la vida, el cannabis no se entiende como una droga recreativa, sino como una hierba sagrada, empleada para la meditación, la reflexión y la conexión espiritual.

 

Marley hablaba abiertamente acerca de su consumo como un acto de fe y de resistencia frente a un sistema opresor. En entrevistasafirmaba que la hierba le ayudaba a revelar la verdad y liberarse mentalmente, lo que unido a su carisma y al poder de su música, convirtió el consumo de cannabis en un símbolo de rebeldía pacífica, especialmente entre jóvenes de todo el mundo.

 

Décadas después, ese símbolo se ha descontextualizado y el consumo de marihuana se ha convertido en una práctica trivial, cotidiana y recreativa. Posiblemente sin pretenderlo, Bob Marley pasó a ser un icono de normalización de consumo de cannabis.

 

¿Es realmente inocuo el cannabis?

 

Frente a una percepción social ampliamente extendida –“el cannabis no es tan malo”, “es menos dañino que el tabaco”, “es natural” o “no crea adicción”–, el consumo de esta sustancia psicoactiva puede acarrear importantes efectos negativos para la salud. Algunas de estas consecuencias ya fueron abordadas en este medio, en la Tribuna OCODES titulada Cannabis sativa: ¿Remedio natural o puerta de entrada a la adicción?, cuya lectura sigue siendo recomendable.

 

No obstante, conviene recordar que, el consumo de cannabis resulta particularmente nocivo cuando se inicia a edades tempranas o se mantiene de forma frecuente e intensa. Alteraciones en la memoria y la atención, bajo rendimiento académico o la aparición de trastornos mentales –como psicosis, ansiedad y depresión, entre otros– son solo algunos ejemplos de los efectos que pueden presentarse en las personas consumidoras, especialmente durante la adolescencia.

 

Más allá de la esfera mental, el consumo de cannabis también conlleva consecuencias respiratorias, vómitos persistentes, mayor riesgo de sufrir accidentes de tráfico o problemas de motivación y abandono de proyectos personales. Además, en un contexto de normalización social, se tiende a infravalorar estos riesgos, lo que dificulta la detección precoz y la intervención sanitaria.

 

Información, no idealización

 

Bob Marley murió joven, a los 36 años, a causa de un melanoma maligno de la piel. Aunque el cannabis no acabó con su vida, tampoco es honesto utilizar su figura para justificar su consumo. Celebrar el Día de Bob Marley es celebrar la música, la lucha contra la injusticia o la defensa de la dignidad humana. No debería ser la excusa para romantizar el consumo de sustancias, especialmente cuando sabemos que pueden causar daño.

 

Cuando un icono tan importante como Bob Marley queda ligado a una droga, la responsabilidad de OCODES –y la de todos, especialmente de las instituciones sanitarias– es ofrecer una información rigurosa, clara y sin moralismos, libre de mitos. El consumo de cannabis no es inocuo, tampoco es inofensivo y afecta de forma desigual a las personas. Recordar a Bob Marley debería ser una oportunidad magnífica para hablar de valores humanos, libertad, autocuidado y salud mental. Posiblemente, ese espíritu consciente y libre, esté mucho más cerca del verdadero legado de Bob Marley.

II Edición Premios OCODES a la divulgación científica de la salud

II Edición Premios OCODES a la divulgación científica de la salud

Observatorio Contra la Desinformación en Salud

1 de febrero de 2026

El Observatorio Contra la Desinformación de la Salud (OCODES) convoca la II Edición de los Premios OCODES, una iniciativa que refuerza el compromiso con la divulgación científica rigurosa y accesible como herramienta clave frente a la desinformación en salud. La convocatoria está dirigida a estudiantes universitarios (grado, máster y doctorado) de cualquier universidad española y a residentes de formación sanitaria especializada en España.

 

Mediante estos premios, OCODES desea reconocer el esfuerzo, la calidad narrativa y el rigor interpretativo de quienes, desde el ámbito académico y clínico, contribuyen a acercar el conocimiento científico de la salud a la ciudadanía, contextualizando la evidencia y combatiendo la desinformación.

 

Cuatro categorías, un mismo objetivo

 

La convocatoria de la II Edición de los Premios OCODES se articula en torno a cuatro categorías diferentes:

Mejor artículo de divulgación científica de la salud elaborado por estudiantes de grado universitario.

Mejor artículo de divulgación científica de la salud elaborado por estudiantes de máster universitario.

Mejor artículo de divulgación científica de la salud elaborado por estudiantes de doctorado.

Mejor artículo de divulgación científica de la salud elaborado por residentes de formación sanitaria especializada.

 

En todos los casos, los artículos deberán ser inéditos, tener una extensión inferior a 1.000 palabras, estar elaborados bajo el género interpretativo, incluir referencias bibliográficas integradas mediante hipervínculos y contar con autoría individual claramente identificada.

 

Podrán optar al premio aquellos trabajos publicados en la web de OCODES entre el 1 de diciembre de 2025 y el 12 de octubre de 2026, siempre que cumplan íntegramente las bases establecidas en cada categoría.

 

Evaluación y reconocimiento

 

La adjudicación de los premios se realizará a partir de un sistema mixto que combinará impacto, participación y criterio experto:

Visitas del artículo en la web de OCODES: 30 %

Votación popular a través de las redes sociales de OCODES: 30 %

Valoración del Consejo de Redacción de OCODES: 40 %

 

El fallo será inapelable y se hará público durante la segunda quincena de octubre de 2026. Cada categoría contará con un premio consistente en un trofeo conmemorativo de cerámica tradicional aragonesa, acompañado de un diploma acreditativo.

 

La entrega de los premios tendrá lugar en el acto institucional de la festividad de Santa Isabel de Hungría, patrona de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de Zaragoza, un momento especialmente significativo para poner en valor la divulgación científica como parte esencial de la formación universitaria y del compromiso social de la ciencia.

 

Bases de la convocatoria

 

Las personas interesadas pueden consultar las bases completas de la convocatoria para cada categoría a través de los siguientes enlaces:

Bases II Edición Premios OCODES. Categoría: Mejor artículo de divulgación científica de la salud elaborado por estudiantes de grado universitario.

Bases II Edición Premios OCODES. Categoría: Mejor artículo de divulgación científica de la salud elaborado por estudiantes de máster universitario.

Bases II Edición Premios OCODES. Categoría: Mejor artículo de divulgación científica de la salud elaborado por estudiantes de doctorado.

Bases II Edición Premios OCODES. Categoría: Mejor artículo de divulgación científica de la salud elaborado por residentes de formación sanitaria especializada.