¿Conservas bien el arroz?, cuidado existen riesgos

¿Conservas bien el arroz?, cuidado existen riesgos

Sofía Pérez Calahorra

31 de octubre de 2026

¿Cuántas veces cocinamos arroz blanco o una paella y dejamos una parte para consumirla al día siguiente? Probablemente, esta es una práctica habitual en muchos hogares.

 

El arroz cocinado es un alimento que requiere una conservación adecuada una vez preparado. El principal riesgo no está en recalentar el arroz, sino en cómo se ha conservado antes de volver a consumirlo.

 

Algunas bacterias que pueden estar presentes en este alimento son capaces de formar esporas resistentes al calor, que pueden sobrevivir al proceso de cocción. Una vez cocinado, cuando el arroz se mantiene durante demasiado tiempo en condiciones favorables para el crecimiento bacteriano, estas esporas pueden germinar, las bacterias pueden multiplicarse y, en determinadas circunstancias, producir toxinas incluso mortales en algunos casos.

 

Uno de los microorganismos de mayor interés en este contexto, es Bacillus cereus.

 

La Food Standards Agency (FSA) del Reino Unido señala que el arroz crudo puede contener esporas de B. cereus capaces de sobrevivir a la cocción.  Además, advierte que mantener el arroz cocido a temperatura ambiente durante periodos prolongados, por ejemplo dejarlo en la encimera para enfriarlo, puede favorecer la multiplicación bacteriana y la producción de toxinas, aumentando el riesgo de que el alimento deje de ser seguro para el consumo.

 

Bacillus cereus es una bacteria formadora de esporas ampliamente distribuida en el medio ambiente. La Food and Drug Administration (FDA) de Estados Unidos indica que tanto la bacteria como sus esporas pueden encontrarse en numerosos alimentos, entre ellos arroz, pasta, productos deshidratados, carnes, vegetales y productos lácteos. Por ello, aunque el arroz se asocia con frecuencia a determinados episodios de intoxicación alimentaria por B. cereus, esta bacteria no es exclusiva de este alimento y deberíamos tener una adecuada conservación con la mayoría de las ocasiones, y no solo con el arroz.

 

¿Por qué dejar el arroz cocido a temperatura ambiente es peligroso?

 

Sabemos que la cocción no garantiza la eliminación de todas las esporas, y si se mantiene un cierto tiempo a temperatura ambiente, puede generar que las bacterias crezcan rápidamente, se generen toxinas, y que no sea seguro consumirlo.

 

Algunas cepas de Bacillus cereus pueden producir una toxina denominada cereulida, responsable del denominado síndrome emético. La FDA define la cereulida como una toxina preformada en el alimento producida por determinadas cepas de B. cereus y señala que es resistente al calor, a los ácidos y a enzimas digestivas.

 

Esta resistencia al calor explica por qué recalentar un alimento que ha sido incorrectamente conservado no necesariamente elimina el peligro. Y la cereulida es altamente termoestable, incluso puede mantener su actividad después de tratamientos térmicos muy intensos, incluso la cocción convencional la inactive una vez presente.

 

Por ese motivo, desde el punto de vista preventivo la recomendación de refrigerar rápidamente el arroz, sería la mejor recomendación para evitar este riesgo.

 

¿Qué síntomas puede producir?

 

La enfermedad alimentaria causada por B. cereus se presenta clásicamente en dos formas principales: un síndrome emético y un síndrome diarreico, pero en la mayoría de los casos, la sintomatología es autolimitada y de corta duración.

 

En el síndrome emético (vómitos) el comienzo de los síntomas suele ser relativamente rápido. En 2026, la EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria)  señala que esta toxina cereulida puede producir náuseas repentinas, vómitos y dolor abdominal entre aproximadamente 30 minutos y seis horas después de su ingestión.

 

La forma diarreica presenta un patrón diferente y se caracteriza principalmente por diarrea y dolor o cólicos abdominales, con un periodo de incubación generalmente más prolongado de varias horas después de la ingestión que el del síndrome emético.

 

¿Es peligroso recalentar arroz?

 

Recalentar arroz correctamente conservado no constituye por sí mismo el problema.

 

Se indica que el arroz puede recalentarse, pero recomienda hacerlo una sola vez y comprobar que esté muy caliente en toda su masa. El calentamiento puede destruir muchas bacterias vegetativas, pero no garantiza la destrucción de una toxina termoestable como la cereulina que ya se haya formado.

 

Por ello, un arroz mantenido incorrectamente durante un periodo prolongado no debe considerarse seguro porque posteriormente se caliente intensamente.

 

¿Cómo debe conservarse el arroz?

 

La medida preventiva fundamental es reducir al mínimo el tiempo que el arroz cocido permanece en condiciones que permitan el crecimiento bacteriano (dejarlo fuera de la nevera a enfriar), y lo ideal sería refrigerarlo rápidamente si no se va a consumir inmediatamente.

 

Las sobras de arroz o la preparación del arroz cocido para el día siguiente deben enfriarse tan rápidamente como sea posible, idealmente en el plazo aproximado de una hora. Se aconseja para que se enfrié rápidamente y de modo uniforme, dividir el arroz en cantidades pequeñas y solo recalentarlo una única vez.

 

En definitiva, si cumplimos con estas medidas tan sencillas, evitaremos en gran medida toxi-infecciones alimentarias que nos compliquen el día.

 

 

 

 

 

Fisicoculturismo: cuando un deporte puede convertirse en riesgo

Fisicoculturismo: cuando un deporte puede convertirse en riesgo

Sofía Pérez Calahorra

30 de octubre de 2026

Tener un cuerpo musculoso suele asociarse con estar sano. Sin embargo, cuando el objetivo es aumentar al máximo la musculatura y reducir al mínimo la grasa corporal, el camino para conseguirlo puede implicar riesgos importantes para la salud. El consumo de suplementos, el uso de determinadas sustancias y las dietas extremas son algunas de las prácticas que preocupan cada vez más a los investigadores por los problemas de salud.

 

Hacer ejercicio de fuerza es una de las mejores maneras de cuidar nuestra salud. Ayuda a mantener los músculos, fortalece los huesos y contribuye a prevenir numerosas enfermedades. Pero una cosa es entrenar para estar en forma y otra muy distinta es practicar fisicoculturismo de competición.

 

El fisicoculturismo, también conocido como culturismo o bodybuilding, es una disciplina deportiva en la que el objetivo principal es conseguir un cuerpo con una musculatura muy desarrollada y con la menor cantidad posible de grasa. A diferencia de otros deportes, en el fisicoculturismo lo importante no es cuánto peso se consigue levantar, sino la apariencia física, el tamaño, la simetría y la definición de los músculos.

 

Suplementos: una práctica muy habitual entre fisicoculturistas españoles

 

El consumo de suplementos nutricionales está muy extendido en el mundo del fisicoculturismo. Las proteínas en polvo, la creatina, los aminoácidos como los BCCA y los preparados vitamínicos forman parte de la rutina de muchos de estos deportistas.

 

Pero ¿hasta qué punto es frecuente su consumo en España?

Un estudio realizado con 527 deportistas españoles de élite encontró que los fisicoculturistas eran quienes más suplementos utilizaban. De los 38 culturistas que participaron en la investigación, el 95% había consumido al menos un suplemento durante el año anterior.

 

Otra investigación española, realizada con 48 fisicoculturistas que participaban en competiciones, encontró que todos ellos utilizaban suplementos nutricionales. Los más habituales eran las proteínas de suero de leche (96%), los aminoácidos conocidos como BCAA (94%), la creatina (85%) y los complejos vitamínicos (83%). Sin embargo, el dato más preocupante de este estudio no estuvo relacionado con los suplementos convencionales, sino con las sustancias prohibidas consumidas. El 83,3% de los participantes reconoció haberlas utilizado o estar dispuesto a hacerlo, mientras que el 72,9% mencionó que las sustancias utilizadas eran esteroides anabolizantes.

 

Aunque se trata de un estudio pequeño y sus resultados no representan a todos los fisicoculturistas españoles, sí pone sobre la mesa una cuestión importante: la búsqueda de resultados físicos puede llevar a algunas personas a utilizar sustancias que entrañan riesgos para su salud.

 

Un trabajo más reciente, publicado en 2024, estudió a 56 fisicoculturistas naturales, es decir, deportistas que compiten en modalidades que prohíben el dopaje, de 18 países, más de la mitad procedentes de España. Los investigadores encontraron que la creatina y las proteínas de suero continuaban siendo los suplementos más utilizados y que internet era una de las vías habituales para adquirirlos.

 

¿Son peligrosos todos los suplementos?

 

La respuesta es no. Es importante diferenciar los suplementos nutricionales de las sustancias que se utilizan para modificar artificialmente el funcionamiento del organismo.

 

Por ejemplo, las proteínas en polvo pueden ayudar a cubrir las necesidades de proteínas cuando la alimentación habitual no es suficiente. La creatina monohidrato, por su parte, es uno de los suplementos deportivos más estudiados y puede mejorar el rendimiento en ejercicios de fuerza, cognición y rendimiento deportivo.

 

Esto no significa que cualquier suplemento sea necesario o que consumir grandes cantidades proporcione mejores resultados. Tampoco significa que todos los productos comercializados sean igual de seguros. Por lo cual, es importante determinar quién, cuánto y para qué se toman.

 

Uno de los problemas aparece cuando se utilizan numerosos productos al mismo tiempo, sin conocer bien sus ingredientes, las cantidades que contienen o sus posibles efectos.

Otro riesgo importante es confundir los suplementos nutricionales con sustancias como los esteroides anabolizantes, o derivados de la testosterona que se utilizan para aumentar la masa muscular. Estas sustancias no son suplementos alimenticios y pueden tener consecuencias importantes y peligrosas para la salud.

 

Un estudio publicado en 2023, realizado con fisicoculturistas de ambos sexos, encontró que aproximadamente el 48% de los hombres y el 38% de las mujeres participantes utilizaban sustancias para mejorar su rendimiento o modificar su físico. Entre ellas se encontraban derivados de la testosterona, hormona del crecimiento y otros productos con efectos hormonales.

 

Estas cifras no deben interpretarse como una estimación del consumo entre todos los fisicoculturistas, pero ponen de manifiesto que el uso de este tipo de sustancias es una realidad en determinados entornos competitivos.

 

El corazón, uno de los órganos que más preocupa

 

Durante mucho tiempo, los posibles efectos del fisicoculturismo sobre el corazón han despertado interés científico. Sin embargo, algunas de las investigaciones más recientes ofrecen datos especialmente preocupantes.

 

Un estudio publicado en 2025, por la revista científica European Heart Journal analizó a 20.286 fisicoculturistas masculinos que habían participado en competiciones internacionales entre 2005 y 2020. Se identificaron 121 fallecimientos, de los cuales 46 fueron muertes súbitas de origen cardiaco. Entre los deportistas que competían, se registraron unas 33 muertes súbitas cardiacas por cada 100.000 deportistas al año. Además, los fisicoculturistas profesionales presentaron un riesgo casi cinco veces mayor que los aficionados que participaban en competiciones.

 

En algunas de las autopsias realizadas se observaron corazones más grandes de lo habitual y un engrosamiento de sus paredes. Estas alteraciones pueden ser relevantes porque, dependiendo de su causa y características, pueden favorecer problemas graves del ritmo cardiaco, conocidos como arritmias.

 

¿Y qué ocurre con las mujeres fisicoculturistas?

 

Aunque durante años la investigación se ha centrado principalmente en los hombres, los estudios más recientes también han comenzado a analizar los riesgos entre las mujeres que practican fisicoculturismo.

 

Una investigación publicada en European Heart Journal estudió a 9.447 competidoras y encontró 32 fallecimientos, 10 de ellos relacionados con una muerte súbita cardiaca. En términos generales, se registraron aproximadamente diez muertes súbitas cardiacas por cada 100.000 deportistas al año.

 

Por lo que continuar investigando es necesario para entender como el uso de sustancias conlleva un riesgo, y que suplementos nutricionales son beneficiosos bien consumidos.

 

 

Las dietas extremas también pueden pasar factura

 

Los problemas de salud asociados al fisicoculturismo no dependen únicamente de los suplementos o de otras sustancias. Antes de una competición, muchos fisicoculturistas atraviesan una etapa conocida como definición, en la que intentan reducir al máximo la grasa corporal para conseguir que los músculos se vean más marcados. Para lograrlo, pueden mantener durante semanas o meses dietas muy bajas en calorías, combinadas con entrenamientos exigentes.

 

El problema aparece cuando el organismo recibe menos energía de la que necesita para funcionar correctamente.

 

Diferentes estudios analizados en conjunto han mostrado que, durante estas etapas de preparación, algunos deportistas experimentaban cambios hormonales, pérdida de fuerza, cansancio, alteraciones del metabolismo y problemas relacionados con el estado de ánimo.

 

En otras palabras, una persona puede mostrar un aspecto aparentemente muy musculoso y definido y, al mismo tiempo, estar atravesando un periodo de importantes cambios físicos y hormonales que no siempre resultan beneficiosos para su salud.

 

Más músculo no siempre significa más salud

 

El fisicoculturismo es una disciplina que exige esfuerzo, constancia y una enorme dedicación. Sin embargo, los estudios científicos nos recuerdan que no todo lo que mejora la apariencia física mejora necesariamente la salud.

 

Esto no significa que practicar fisicoculturismo provoque necesariamente enfermedades, ni que suplementos como las proteínas o la creatina sean responsables de los problemas detectados.

 

Lo que sí sabemos es que llevar el cuerpo a situaciones extremas, utilizar sustancias sin control médico o buscar resultados físicos cada vez más rápidos puede tener consecuencias que no siempre son visibles frente al espejo.

 

Por eso, es fundamental promover una práctica deportiva que priorice no solo la apariencia, sino también la salud a largo plazo es lo positivo. Porque, al final, tener más músculo no siempre significa estar más sano.

 

 

 

Cuando el cuidado llega a casa. ¿Estamos preparando a las familias para cuidar o simplemente les estamos dando información?

Cuando el cuidado llega a casa. ¿Estamos preparando a las familias para cuidar o simplemente les estamos dando información?

Adriana Juncosa París

29 de octubre de 2026

Imagina que tu madre se rompe el tobillo. La operan, pasa unos días ingresada y, por fin, os dan el alta. Antes de salir, alguien os explica unas normas claras: no debe apoyar el pie en el suelo, tiene que guardar reposo y hay que ponerle heparina una vez al día. Asientes, recoges el informe y os vais a casa con la sensación de que todo está bajo control. Pero al llegar, todo es distinto. Hay que ayudarla a ir al baño sin que apoye el pie, buscar la mejor postura en el sofá y acordarse de la medicación. Y cuando llega la noche, aparecen preguntas que en el hospital ni se te pasaron por la cabeza: ¿es normal que el pie esté tan hinchado?, ¿y si ese dolor no es el habitual? Creías que lo habías entendido todo, pero ahora te toca a ti.

 

Hoy, 29 de octubre, Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo, quiero reflexionar sobre esto: qué significa de verdad preparar a una familia para cuidar y cuál es el papel de la enfermería en este nuevo escenario de sobreinformación.

 

No existe un manual de instrucciones para el alta hospitalaria. Hay recomendaciones que seguir y signos y síntomas por los que volver a consultar, pero nadie te prepara para asumir que quien hasta ayer era tu familiar, desde hoy es también la persona a la que cuidas. Sabes lo que hay que hacer porque te lo han explicado, pero aparece una duda y el profesional sanitario ya no está al otro lado de la puerta. ¿A quién recurres entonces?

 

Nunca hemos tenido tanta información sanitaria al alcance de la mano. El reto ya no es encontrar respuestas, sino saber cuáles merecen nuestra confianza y qué hacer con ellas. ¿Quién no ha buscado alguna vez en Google o en ChatGPT por qué le duele la cabeza o la barriga? Ahora imagina que esa duda no es tuya, sino de la persona a la que cuidas.

 

Desde la enfermería, educar para la salud no puede limitarse a transmitir conocimientos. Tiene que dar a pacientes y cuidadores las herramientas para tomar decisiones seguras cuando nosotros ya no estamos. Porque es justo en esos momentos de incertidumbre cuando una búsqueda en internet se convierte en la respuesta más accesible, aunque no sea la más fiable.

 

Sabemos que buena parte de lo que se explica en una consulta se olvida casi de inmediato: algunos estudios hablan de entre el 40 y el 80 %. Y casi la mitad de lo que se recuerda, se recuerda mal. Además, saber algo no significa atreverse a hacerlo. Puedes saber perfectamente cómo se pincha una heparina y, aun así, que te tiemble el pulso. Puedes conocer las instrucciones y seguir pensando: «¿Y si lo hago mal?». Ese miedo es el hueco por el que entra la desinformación. No buscamos en internet por ingenuidad, sino porque estamos solos y tenemos dudas. La psicología lo explicó hace décadas. La confianza en la propia capacidad, lo que Albert Bandura llamó autoeficacia, nace sobre todo de haber hecho algo uno mismo con éxito. Ningún folleto da eso. Por eso ensayar antes del alta no es un lujo: es lo que convierte la información en seguridad.

 

Creo que nuestro papel no es solo informar, sino enseñar a cuidar. Y enseñar a cuidar se parece más a un ensayo que a una charla. Significa cambiar el «¿Alguna duda?» por «Enséñeme cómo lo haría», y ver cómo lo hace antes de que se vaya a casa. No es solo intuición. Una revisión sistemática del Instituto Joanna Briggs concluyó que el método teach-back mejora el conocimiento, la adherencia al tratamiento y la autoeficacia. Consiste en pedir al paciente o a la familia que explique o demuestre con sus propias palabras lo que ha aprendido. No es una técnica cara ni compleja: basta con cambiar una pregunta. Educar no es entregar un papel al alta. Es comprobar que la otra persona sabe hacerlo, que se siente capaz de hacerlo y que sabe a quién llamar cuando dude.

 

La investigación sobre desinformación apunta en la misma dirección. En un experimento con usuarios de YouTube, avisar de antemano de las técnicas de manipulación más habituales ayudó a reconocerlas después. Es lo que se conoce como inoculación psicológica o prebunking: llegar antes que el bulo. En la consulta podemos hacer lo mismo: «Puede que leas que este remedio casero baja la inflamación; no lo uses, y te explico por qué».

 

Y no solo se trata de lo que pasa antes del alta. Los programas de cuidados transicionales, en los que un profesional acompaña al paciente y a su cuidador en el paso del hospital a casa y los entrena para gestionar sus cuidados, han demostrado reducir los reingresos hospitalarios (5). El alta no debería ser un momento, sino un proceso.

 

Esa historia del principio es mi historia, y la de cómo supe lo que quería ser. Yo tenía catorce años cuando operaron a mi madre del tobillo, y siempre digo que aquel verano hice mis primeras prácticas de enfermería, mucho antes de saber que acabaría siéndolo. Salimos adelante, como salen adelante tantas familias: a base de intuición, de preguntar y de equivocarnos alguna vez. Cuando cerramos la puerta de la habitación del hospital, el cuidado no desaparece: cambia de escenario. Y en ese nuevo escenario, la pregunta no es cuánta información les hemos dado, sino si les hemos enseñado a cuidar.

La participación importa: vivir también es poder decidir y formar parte

La participación importa: vivir también es poder decidir y formar parte

Marta Marín Berges y Sandra León Herrera

27 de octubre de 2026

Cada día realizamos multitud de actividades a las que apenas prestamos atención: preparar el desayuno, acudir al trabajo, acompañar a nuestros hijos al colegio, encontrarnos con amistades, practicar una afición o simplemente decidir cómo queremos emplear nuestro tiempo. Son acciones aparentemente sencillas, pero detrás de ellas se encuentran aspectos fundamentales de nuestra vida: nuestra identidad, nuestros roles, nuestras relaciones y nuestro sentimiento de pertenencia.

 

¿Qué sucede cuando una persona deja de poder realizar aquello que es importante para ella? ¿Qué ocurre cuando las barreras físicas, sociales o ambientales le impiden participar en su propia comunidad? Estas preguntas se sitúan en el centro de la Terapia Ocupacional.

 

Cada 27 de octubre celebramos el Día Mundial de la Terapia Ocupacional, una iniciativa promovida por la Federación Mundial de Terapeutas Ocupacionales (WFOT). En 2026, el lema elegido es «La participación importa», un mensaje que nos invita a reflexionar sobre el papel que desempeñan nuestras actividades, roles y rutinas cotidianas en la salud, el bienestar y la calidad de vida.

 

Participar es mucho más que realizar una actividad

 

Cuando hablamos de participación, no nos referimos únicamente a la capacidad de ejecutar una tarea ni a mantenerse ocupado. Participar significa tener oportunidades reales de implicarse en aquellas actividades que queremos, necesitamos o se espera que realicemos, de acuerdo con nuestras preferencias, circunstancias y proyectos vitales.

 

Para una persona mayor, puede significar continuar preparando las comidas familiares; para un niño, jugar con sus compañeros en el recreo; para alguien que atraviesa un problema de salud mental, recuperar sus relaciones sociales; y para una persona con una discapacidad, acceder a un empleo o disfrutar de actividades culturales en igualdad de condiciones. Estas situaciones tienen algo en común: lo verdaderamente importante no es únicamente hacer, sino poder elegir, participar y sentirse parte de la sociedad.

 

Además, participar no implica necesariamente realizar todas las actividades de manera independiente. Utilizar un producto de apoyo, necesitar asistencia personal o adaptar una actividad no resta valor a la participación. La autonomía también implica poder tomar decisiones sobre la propia vida y contar con los apoyos necesarios para llevarlas a cabo.

 

Cuando el entorno limita nuestras oportunidades

 

Con frecuencia, las dificultades para participar se atribuyen exclusivamente a las capacidades o limitaciones de cada persona. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Una persona puede tener las habilidades necesarias para realizar una actividad y, aun así, encontrar importantes obstáculos: edificios inaccesibles, transportes inadecuados, falta de recursos, prejuicios sociales, barreras digitales o ausencia de apoyos.

 

Pensemos, por ejemplo, en una persona mayor que vive en un municipio rural y desea continuar participando en las actividades de su comunidad, pero carece de alternativas de transporte. O en un niño con discapacidad que no puede disfrutar de determinadas actividades escolares porque el entorno no está adaptado. En ambos casos, la dificultad no puede explicarse únicamente por las características individuales. También es necesario analizar las oportunidades que ofrece el entorno. La participación no depende solo de lo que una persona puede hacer, sino también de las posibilidades que la sociedad le ofrece para hacerlo.

 

¿Qué aporta la Terapia Ocupacional?

 

La Terapia Ocupacional es una profesión sanitaria que promueve la salud y el bienestar a través de la participación en ocupaciones significativas. Su intervención parte de una pregunta esencial: ¿qué es importante para esta persona y qué necesita para poder hacerlo? A partir de esta cuestión, los y las terapeutas ocupacionales analizan la relación entre las capacidades de la persona, las características de las actividades y las condiciones del entorno.

 

Su trabajo puede incluir el desarrollo o la recuperación de habilidades, la adaptación de actividades, la modificación de espacios, la recomendación y el entrenamiento en el uso de productos de apoyo, la reorganización de rutinas o la promoción de oportunidades de participación social. Por ello, la Terapia Ocupacional está presente en ámbitos tan diversos como la infancia, la salud mental, la rehabilitación, la atención a personas mayores, la discapacidad, la educación, el empleo o la intervención comunitaria. En todos ellos, el objetivo trasciende la mejora de una capacidad aislada: se trata de que las personas puedan desarrollar su vida cotidiana de acuerdo con sus necesidades, intereses y valores.

 

La participación también es una responsabilidad colectiva

 

El lema de este año nos recuerda que favorecer la participación no es responsabilidad exclusiva de quienes encuentran dificultades para desenvolverse en su día a día. Construir entornos accesibles, eliminar barreras, combatir la discriminación y garantizar apoyos adecuados son compromisos que deben asumir las instituciones, los servicios sanitarios, educativos y sociales y la sociedad en su conjunto.

 

Desde el Colegio Profesional de Terapeutas Ocupacionales de Aragón (COPTOA) consideramos fundamental seguir avanzando en el reconocimiento de la participación como un componente esencial de la salud y en la incorporación de la Terapia Ocupacional a aquellos ámbitos donde su intervención puede contribuir a mejorar la vida de las personas. Porque una atención verdaderamente centrada en la persona no debería preguntarse únicamente qué dificultades presenta, sino también qué desea hacer, qué oportunidades tiene y qué barreras encuentra para desarrollar su proyecto de vida.

 

Este 27 de octubre queremos invitar a la ciudadanía a mirar su propia vida cotidiana y reconocer el valor de esas actividades que, muchas veces sin darnos cuenta, nos conectan con otras personas, nos permiten tomar decisiones y dan sentido a nuestros días. Porque participar no es un privilegio. Es una parte fundamental de la salud, la dignidad y la calidad de vida. Y porque la participación importa, la Terapia Ocupacional también.

La trampa de la prosa perfecta: el papel del corrector frente a la desinformación en salud

La trampa de la prosa perfecta: el papel del corrector frente a la desinformación en salud

Raquel Bayarte

27 de octubre de 2026

Cuando el equipo de OCODES me invitó a escribir en este espacio para conmemorar el 27 de octubre el Día Internacional del Corrector de Textos, me planteé cómo encajaba la voz de una traductora y correctora en un observatorio dedicado a combatir la desinformación en salud. Nuestro oficio suele asociarse a una tarea casi invisible y mecánica: corregir erratas, revisar tildes o ajustar la concordancia de un manuscrito. Aun así, acepté la invitación con interés porque creo que el lenguaje no es un simple envoltorio de la ciencia, sino el medio a través del cual la entendemos, la transmitimos y, a veces, la malinterpretamos.

 

Solemos asociar la desinformación a la mentira deliberada: remedios milagrosos que se promocionan con intereses comerciales o teorías que desafían frontalmente la evidencia científica. En inglés, se distingue entre disinformation, la falsedad difundida con intención de engañar, y misinformation, el error compartido sin esa intención. En español, el uso común de «desinformación» suele abarcar ambas, aunque el Diccionario de la Lengua Española solo recoge el sentido intencionado y el de información insuficiente. De hecho, la propia Organización Mundial de la Salud usa el término «información errónea» para esta segunda vertiente, la involuntaria, que considero la amenaza más silenciosa: la que no nace de la mala fe, sino de un error de traducción o de una simplificación tan forzada de los datos para el público general que termina desvirtuando el mensaje.

 

En el ámbito biosanitario, un matiz lingüístico sutil puede transformar por completo un mensaje clínico y tener consecuencias directas en la vida de las personas. No es lo mismo afirmar que «un fármaco no ha demostrado ser ineficaz» que asegurar que «ha demostrado ser eficaz». También se distorsiona la evidencia científica cuando, por descuido, el «sugiere» de un estudio se convierte en «demuestra», cuando se toman unos resultados preliminares por concluyentes o cuando se interpreta una asociación estadística como una relación de causa y efecto. Para quien lee estas imprecisiones mientras enfrenta la preocupación de un diagnóstico reciente, la precisión es una cuestión de seguridad, no solo de estilo. El error puede generar falsas esperanzas y miedos infundados que terminan condicionando las decisiones sobre su propio tratamiento.

 

El problema adquiere nuevas dimensiones con la llegada de la inteligencia artificial generativa. En un contexto marcado por la infodemia —la sobreabundancia de información, fiable o no, que satura a la población—, los modelos de lenguaje pueden crear en segundos resúmenes clínicos, artículos divulgativos, recomendaciones sanitarias o prospectos farmaceúticos con una redacción fluida y un tono de autoridad que inspira confianza. Ahí radica el riesgo, porque la fluidez de un texto no es garantía de veracidad. Las herramientas de inteligencia artificial no entienden de fisiología ni asumen responsabilidades éticas, solo calculan probabilidades estadísticas entre palabras para redactar textos gramaticalmente correctos, pero que pueden incluir referencias inexistentes, alterar datos cuantitativos, omitir advertencias de seguridad o presentar como hechos conclusiones que la investigación disponible no respalda. La desinformación sanitaria ya no llega con faltas de ortografía ni un formato descuidado; hoy se presenta bajo la apariencia de un texto impecable. En el ámbito de la salud, las llamadas «alucinaciones» de la inteligencia artificial pueden comprometer la fiabilidad de la información y, en algunos casos, contribuir a la toma de decisiones clínicas equivocadas.

 

Por eso, el criterio humano de quienes nos dedicamos a la traducción y corrección de textos de salud es indispensable. Nuestra labor no consiste en imponer preferencias de estilo ni en utilizar un corrector ortográfico automático. Corregir exige discernimiento, contrastar que la terminología se ajuste al consenso científico y verificar que la traducción respete los límites de lo que permite afirmar la investigación original. No se trata de sustituir a los investigadores ni al personal sanitario, cuyo conocimiento especializado no está en cuestión, sino de contribuir a que la información llegue al público con el mismo rigor con el que fue concebida.

 

La responsabilidad, por supuesto, no termina en la mesa de corrección. Desde quienes investigan y redactan hasta quienes editan y publican información sanitaria, todos los eslabones de la cadena comparten el compromiso de cuidar lo que se comunica. La inteligencia artificial puede ser útil para algunas tareas, pero no elimina la necesidad de verificar los resultados ni convierte una afirmación en cierta por estar bien formulada. Cuanto más fácil sea producir y difundir contenidos, más importante será detenerse a revisarlos antes de publicarlos. La rapidez no debe imponerse al rigor, especialmente cuando lo que está en juego es la salud. Quien lee también puede protegerse: debe desconfiar de la certeza absoluta («cura», «demuestra»), contrastar las fuentes y, cuando sea posible, comprobar la procedencia del original de una traducción.

 

Agradezco a OCODES la oportunidad de recordar, con motivo del 27 de octubre, que cuando hablamos de salud, la precisión en el lenguaje no es una manía, sino una medida de prevención. Cuidar las palabras también es una forma de cuidar a quienes las leen.

¿Qué son las intersexualidades? Diversidad corporal, salud y experiencias

¿Qué son las intersexualidades? Diversidad corporal, salud y experiencias

Piedad Gómez Torres
26 de octubre de 2026

Cada 26 de octubre se conmemora el Día Internacional de la Visibilidad Intersexual (también conocido como Día de la Conciencia para la Comunidad Intersexual). Esta fecha invita a conocer una realidad todavía poco visible: no todos los cuerpos presentan las mismas características sexuales. ¿Qué significa, entonces, ser intersex?

 

Ser intersex significa nacer con variaciones en las características sexuales como los cromosomas, las hormonas, las gónadas (ovarios o testículos) o la anatomía genital y reproductiva, que no encajan en los patrones considerados típicamente masculinos o femeninos. No significa necesariamente tener genitales de ambos tipos. Algunas diferencias son visibles al nacer, otras se hacen evidentes en la pubertad y otras solo se descubren mediante pruebas médicas. Por eso hablamos de intersexualidades, en plural.

 

Variaciones visibles e invisibles

 

En algunos recién nacidos pueden observarse genitales externos diferentes de lo habitual: un clítoris de mayor tamaño, labios vulvares parcialmente fusionados o un pene más pequeño de lo esperado. Estos rasgos no bastan, por sí solos, para identificar una intersexualidad. Un ejemplo es la hiperplasia suprarrenal congénita: en algunas personas con cromosomas XX, el exceso de andrógenos durante el desarrollo fetal puede modificar los genitales externos. Sus formas más graves pueden provocar una pérdida excesiva de sal y deshidratación que requieren tratamiento urgente.

 

Otras variaciones no son visibles a simple vista. En el síndrome de insensibilidad completa a los andrógenos, por ejemplo, una persona con cromosomas XY puede presentar genitales externos de apariencia femenina, testículos no descendidos y ausencia de útero. En ocasiones se descubre en la adolescencia porque no aparece la menstruación. También existen personas que desarrollan tejido ovárico y testicular y otras variaciones del desarrollo gonadal. No hay una apariencia física única de las personas intersex.

 

De forma orientativa, se distinguen variaciones cromosómicas (como 45,X o 47,XXY, cuya inclusión en el término intersex varía según las clasificaciones), hormonales (producción de hormonas sexuales o respuesta a ellas), gonadales (desarrollo de ovarios o testículos) y anatómicas (genitales u órganos reproductivos). Pueden combinarse, y no todas las personas con estas características se identifican como intersex. Algunas variaciones no requieren ningún tratamiento; otras precisan seguimiento especializado por necesidades de salud específicas. La atención debe responder a esas necesidades, no a la apariencia corporal.

 

Identidad y formas de nombrarse

 

Ser intersex no determina la identidad de género ni la orientación sexual. Entre las personas intersex hay mujeres, hombres y personas no binarias, con orientaciones sexuales diversas. Algunas prefieren denominarse “intersex”; otras hablan de “variaciones de las características sexuales” o utilizan el nombre de su diagnóstico. Respetar esa elección también forma parte del cuidado.

 

Salud, autonomía y derechos

 

Durante décadas, parte de la atención sanitaria incluyó cirugías genitales y tratamientos hormonales destinados a “normalizar” cuerpos infantiles, en ocasiones sin necesidad médica inmediata y sin que quienes los recibían pudieran consentirlos. Naciones Unidas y el Consejo de Europa han advertido de sus posibles consecuencias: dolor, cicatrices, pérdida de sensibilidad, problemas de fertilidad y sufrimiento psicológico. La cuestión no es rechazar toda intervención médica, sino diferenciar los tratamientos necesarios de las intervenciones irreversibles que pueden esperar.

 

En España, el artículo 19 de la Ley 4/2023 establece una atención basada en la no patologización, la autonomía, la intimidad y el consentimiento informado. Prohíbe las prácticas de modificación genital en menores de 12 años, salvo cuando las indicaciones médicas lo exijan para proteger su salud; entre los 12 y los 16 años solo las permite a solicitud de la persona menor si tiene madurez suficiente para consentir de manera informada. La Recomendación CM/Rec(2025)7 del Consejo de Europa insta a aplazar las intervenciones no consentidas sobre las características sexuales hasta que la persona pueda decidir, salvo excepciones estrictamente justificadas.

 

Pero el reconocimiento legal no elimina por sí solo el desconocimiento. Cuidar la salud de las personas intersex supone ofrecer información comprensible, seguimiento individualizado cuando esté indicado, apoyo psicológico si se necesita, atención a la fertilidad y a la salud sexual, acceso a la propia historia clínica y respeto a la confidencialidad. Para las familias, acompañar no debería equivaler a esconder; para los profesionales, cuidar tampoco debería significar decidir cómo debe ser el cuerpo de otra persona.

 

Comunidad, visibilidad y relatos propios

 

En paralelo, la comunidad intersex ha pasado del aislamiento a construir espacios propios de encuentro, apoyo y reivindicación, sin constituir un colectivo homogéneo. Organizaciones como Kaleidos, en España, y Brújula Intersexual, en el ámbito hispanohablante, contribuyen a compartir experiencias y a visibilizar la discriminación, también presente en la escuela, el empleo y el deporte. La visibilidad importa, pero nadie debería sentirse obligado a revelar información íntima para educar a los demás.

 

Una voz destacada es la de la escritora y activista Mer Gómez. En La rebelión de las hienas (2022), parte de su propia experiencia y del encuentro con otras personas intersex para mostrar cómo el silencio puede transformarse en reconocimiento y comunidad.

 

En Las hermafroditas del siglo XXI (2024), reúne los relatos de diez mujeres intersex mediante una metodología que denomina “soliloquios corporales” y plantea un cambio de mirada: de ser objetos de estudio a convertirse en sujetos políticos con voz propia. El término “hermafroditas” se utiliza aquí como reapropiación crítica; fuera de estos contextos, puede resultar inadecuado o estigmatizante.

 

Su novela Aske (2026) lleva estas preguntas al terreno de la ficción: Lola vive una adolescencia marcada por el diagnóstico y las expectativas ajenas sobre su cuerpo y su deseo. Las tres obras permiten acercarse a algo que ningún listado de diagnósticos explica por completo: qué significa crecer, relacionarse y construir una identidad bajo la mirada de los demás.

 

Ante la desinformación, la educación sanitaria y sexual debe incorporar la diversidad corporal desde la infancia, sin sensacionalismo. Escuchar a las personas intersex, informar sin estigmatizar y garantizar decisiones clínicas compartidas son responsabilidades concretas de instituciones, profesionales y sociedad. La pregunta ya no debería ser cómo hacer que todos los cuerpos encajen en una norma, sino cómo lograr que nadie tenga que renunciar a su integridad, su salud o su dignidad para ser reconocido.