Análogos de GLP-1 y el fin de la economía del deseo

Análogos de GLP-1 y el fin de la economía del deseo

Sofía Pérez Calahorra

30 de junio de 2026

Durante años hemos escuchado que la obesidad era consecuencia de malas decisiones individuales: Comer demasiado, moverse poco, falta de disciplina. Sin embargo, la irrupción masiva de fármacos como Ozempic, Wegovy o Mounjaro está desmontando esa narrativa con una velocidad sorprendente.

 

Quizá el hambre nunca fue solamente voluntad. Quizá era, en gran parte, causa de mecanismos neurobiológicos y hormonales, además de estilo de vida.

 

Los análogos del GLP-1 representan probablemente uno de los cambios farmacológicos más importantes de las últimas décadas. En teoría nacieron para el tratamiento de la diabetes tipo 2 por su efecto incretina. Después han demostrado una eficacia extraordinaria en obesidad, por sus efectos sobre mecanismos que regulan la saciedad. Pero hoy es evidente que han trascendido el ámbito estrictamente médico para convertirse en un fenómeno social, económico y cultural.

 

En Estados Unidos, la sensación es que todo el mundo está usando Ozempic. El fenómeno ha penetrado Hollywood, Silicon Valley, influencers, ejecutivos, médicos, celebridades y clases medias urbanas. El medicamento dejó de ser una terapia para transformarse en símbolo cultural. Quizá una de las imágenes más llamativas de este fenómeno apareció de forma casi anecdótica en el festival internacional de Coachella. Muchos asistentes y comentaristas en redes sociales observaron algo extraño: menos filas en los puestos de comida que en años anteriores. Tal vez no exista evidencia científica que permita afirmar que el fenómeno se debió al uso masivo de GLP-1, pero la percepción colectiva fue reveladora. La idea de que “nadie tiene hambre porque todos están con Ozempic” se volvió creíble para millones de personas. Eso, en sí mismo, ya dice mucho del momento que estamos viviendo.

 

La realidad es que estos fármacos no solo hacen que las personas coman menos. Sino que modifican la relación psicológica con la comida. Muchos pacientes describen la desaparición del llamado food noise: esa conversación mental constante sobre comer, picar, buscar recompensa inmediata. La evidencia científica actual demuestra que los análogos del GLP-1 actúan no solo retrasando el vaciamiento gástrico y aumentando la saciedad, sino también sobre circuitos centrales del sistema nervioso relacionados con recompensa y conducta alimentaria. Es decir, reducen el deseo.

 

Y ahí es donde aparece una pregunta fascinante: ¿qué ocurre cuando una sociedad empieza a desear menos?

 

La economía moderna está construida precisamente sobre el estímulo constante del deseo. Consumir más calorías, más productos, más entretenimiento, más impulsos. Gran parte de la industria alimentaria lleva décadas diseñando productos hiperpalatables para explotar nuestros circuitos dopaminérgicos. El capitalismo contemporáneo necesita consumidores permanentemente estimulados.

 

Sin embargo, por primera vez podríamos estar entrando en una era donde millones de personas reducen su consumo no por conciencia moral ni por educación nutricional, sino porque farmacológicamente sienten menos necesidad de consumir. Esto tiene implicaciones potencialmente enormes.

 

Diversos análisis económicos ya sugieren que los usuarios de GLP-1 gastan menos en comida rápida, snacks, bebidas azucaradas e incluso alcohol. Algunas cadenas alimentarias y compañías de ultraprocesados han empezado a observar el fenómeno con preocupación. Si una parte significativa de la población reduce de forma sostenida su ingesta calórica, inevitablemente cambiarán patrones de mercado, estrategias de marketing y modelos de negocio.

 

Tal vez estemos ante el inicio de una transición silenciosa: pasar de una economía basada en maximizar el apetito a otra centrada en optimizar saciedad, salud metabólica y control farmacológico del deseo. Sin embargo, el entusiasmo alrededor de estos medicamentos también merece prudencia.

 

La evidencia científica sobre sus beneficios es muy sólida. Ensayos clínicos de alta calidad han demostrado pérdidas de peso clínicamente relevantes, reducción de eventos cardiovasculares, mejoría metabólica y potencial beneficio en múltiples enfermedades asociadas a obesidad. El estudio SELECT, publicado en The New England Journal of Medicine, mostró incluso reducción de eventos cardiovasculares mayores en personas con obesidad sin diabetes. Eso cambió radicalmente la percepción médica de estos tratamientos.

 

Pero ningún fármaco está libre de costes.

 

Los efectos adversos gastrointestinales son frecuentes: náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento y fatiga forman parte habitual del tratamiento. Además, persisten interrogantes sobre posibles riesgos a largo plazo, incluyendo pancreatitis, enfermedad biliar o gastroparesia en determinados pacientes. Aunque muchos de estos riesgos parecen poco frecuentes, el problema es que estamos asistiendo a una expansión masiva del uso de estos medicamentos en población relativamente sana y, en ocasiones, con objetivos más estéticos que clínicos.

 

Ahí surge otro debate incómodo: la medicalización de la delgadez.

Vivimos en una sociedad donde el cuerpo empieza a optimizarse farmacológicamente para adaptarse a ideales estéticos y productivos. Comer menos ya no depende necesariamente de modificar hábitos o transformar entornos alimentarios. Ahora puede conseguirse mediante una inyección semanal. Y esto plantea ciertas preguntas.

 

¿Estamos tratando una enfermedad o adaptando químicamente a las personas a una cultura obsesionada con la delgadez? ¿Estamos solucionando las causas estructurales de la obesidad o simplemente silenciando biológicamente el hambre? ¿Qué ocurrirá cuando generaciones enteras crezcan considerando normal regular el apetito mediante fármacos?

 

Quizá la mayor paradoja sea esta: durante décadas, el mercado creó una economía basada en estimular nuestros impulsos de consumo. Y ahora otra industria multimillonaria —la farmacéutica— obtiene beneficios precisamente disminuyendo esos impulsos.

En definitiva, los análogos de GLP-1 y nuevas moléculas no son solo medicamentos. Es probablemente el inicio de una nueva relación entre biología, deseo y economía de las cuales no se comprenden las consecuencias reales.

¿Cuándo la autolesión se convierte en rutina?

¿Cuándo la autolesión se convierte en rutina?

Lucía Ruiz Vázquez

24 de junio de 2026

Hay personas que saben exactamente cuándo aparecerá la necesidad de hacerse daño. No siempre ocurre de manera impulsiva. A veces existe preparación, anticipación y ritual. Un momento concreto del día, un lugar determinado o una secuencia repetida. Algunas personas describen alivio después; otras hablan de control, calma o desconexión emocional. 

 

¿Qué ocurre cuando una conducta dañina deja de ser excepcional y empieza a formar parte de la rutina?

 

Las autolesiones no suicidas (ANS) constituyen una realidad cada vez más visible, especialmente en población adolescente y adulta joven. Cortes, quemaduras, golpes o interferencia en la cicatrización de heridas son algunas de las formas en las que pueden manifestarse. Habitualmente, estas conductas se entienden como estrategias desadaptativas relacionadas con la regulación emocional, el sufrimiento psicológico o determinadas experiencias traumáticas, tal y como recogen numerosos estudios sobre Non-Suicidal Self-Injury (NSSI).

 

Sin embargo, reducir las autolesiones únicamente a un síntoma puede dejar fuera una parte importante de la experiencia de quienes conviven con ellas. Algunas conductas no aparecen solo en momentos aislados de crisis, sino que terminan ocupando un lugar estable dentro de la vida cotidiana. Se repiten, se anticipan y adquieren una función concreta. Y aquello que se repite con frecuencia acaba, muchas veces, formando parte de la manera en la que una persona organiza su tiempo, gestiona el malestar o se relaciona con su propio cuerpo. 

 

Las actividades cotidianas no solo llenan las horas del día. También construyen rutinas, generan familiaridad y aportan significado. Escuchar música antes de dormir, salir a caminar después de una discusión o morderse las uñas ante el nerviosismo son ejemplos de cómo determinadas acciones terminan asociándose a estados emocionales concretos. Algunas conductas aparecen de manera casi automática porque cumplen una función reconocible para la persona

 

¿Puede ocurrir algo parecido con las autolesiones?

 

Diversos estudios señalan que muchas personas no buscan morir cuando se autolesionan, sino disminuir una intensidad emocionalque sienten difícil de gestionar. En algunos casos, el daño físico aparece como una forma de traducir el sufrimiento emocional en algo visible, concreto y controlable. En otros, actúa como mecanismo para recuperar sensación corporal, aliviar pensamientos invasivos o interrumpir estados de ansiedad, vacío o disociación.

 

Cuando estas conductas se mantienen en el tiempo, pueden adquirir un carácter repetitivo y ritualizado. Algunas personas describen preparativos previos, selección de instrumentos concretos o necesidad de realizar la conducta en determinados contextos. El acto deja entonces de entenderse únicamente como una reacción impulsiva y comienza a formar parte de patrones más complejos vinculados al cuerpo, las emociones y la vida cotidiana

 

Pero las rutinas no solo organizan momentos aislados; también terminan condicionando la forma en la que las personas participan en su día a día. El cansancio físico, las heridas, el miedo a que otros descubran las lesiones o la necesidad de ocultarlas pueden influir en actividades tan cotidianas como el vestirse, relacionarse con otras personas, acudir a clase, practicar deporte o participar en espacios sociales. En algunos casos, la vida comienza a organizarse alrededor del malestar emocional y de las estrategias utilizadas para manejarlo

 

Las autolesiones también pueden alterar la relación con el propio cuerpo. Hay personas que evitan determinadas prendas para esconder cicatrices, modifican hábitos diarios de higiene o limitan actividades por vergüenza, dolor o miedo al juicio externo. Otrasdescriben una sensación de dependencia emocional hacia la conducta, especialmente cuando sienten que es una de las pocas herramientas que les permite recuperar calma de manera inmediata

 

A esto se suma el aislamiento que muchas veces acompaña al sufrimiento psicológico. Algunas personas dejan de participar en actividades que antes disfrutaban, reducen el contacto social o abandonan intereses significativos porque gran parte de su energía termina centrándose en sostener el malestar emocional cotidiano. Poco a poco, la rutina puede ir estrechándose alrededor del sufrimiento

 

¿En qué momento una conducta deja de ser únicamente una respuesta puntual y empieza a formar parte de la manera de afrontar la vida cotidiana?

 

En los últimos años, algunos autores han comenzado a reflexionar sobre las llamadas Dark Occupations, término utilizado para describir actividades dañinas o socialmente rechazadas que, aun así, mantienen significado para quienes las realizan. Esta perspectiva propone una idea incómoda pero necesaria: no todas las actividades significativas son saludables. Existen conductas que generan sufrimiento y, al mismo tiempo, cumplen funciones relacionadas con el alivio emocional, la identidad, el control o la sensación de estabilidad

 

Entender esto no significa justificar las autolesiones ni normalizarlas. Significa reconocer que algunas conductas dañinas pueden terminar ocupando un lugar concreto dentro de la experiencia cotidiana de una persona. Y quizá comprender esa función resulte imprescindible para acompañar de manera más humana y efectiva

 

Porque si una conducta ayuda temporalmente a regular emociones, aporta sensación de control o aparece asociada a determinados momentos de vulnerabilidad, la intervención no puede limitarse únicamente a intentar eliminarla. También necesita preguntarse qué necesidad está cubriendo y por qué ha llegado a consolidarse de esa manera. Comprender el contexto en el que aparece la conducta, los momentos en los que se intensifica o las funciones que desempeña puede resultar tan importante como abordar el daño físico en sí mismo.

 

Tal vez una de las preguntas más importantes no sea únicamente: ¿por qué alguien se autolesiona?, sino también ¿qué lugar ocupa esa conducta en su vida diaria?

 

Hablar de autolesiones desde esta mirada implica alejarse de interpretaciones simplistas y acercarse a la complejidad de la experiencia humana. Comprender que incluso las conductas más dañinas pueden adquirir significado no resta gravedad al sufrimiento; al contrario, permite entender mejor por qué algunas personas encuentran tan difícil abandonarlas. A veces, comprender el sufrimiento también implica comprender aquello que lo sostiene. 

Ni princesas ni machotes: hacia una educación más libre

Ni princesas ni machotes: hacia una educación más libre

M. Felipa Gea López
21 de junio de 2026
La conmemoración del Día Internacional de la Educación No Sexista constituye un hito fundamental en la agenda global de la salud pública, la psicología del desarrollo y la pedagogía contemporánea. Aunque esto suene muy técnico, en el fondo hablamos de algo que nos toca a todos: el derecho de nuestras niñas y niños a crecer sin etiquetas que les corten las alas.

 

Y es que hablar de educación no sexista no significa borrar diferencias ni imponer una forma de pensar. Significa algo mucho más sencillo —y más importante—: permitir que cada niño y cada niña pueda crecer sin sentirse encerrado en un molde.

 

Pero… ¿qué es la educación no sexista? Desde la perspectiva de la investigación científica, se define como un proceso dinámico de enseñanza y aprendizaje que cuestiona los estereotipos de género, elimina las barreras que limitan el potencial humano por razones de sexo y promueve un desarrollo integral y el respeto a los derechos humanos.

 

La educación empieza en el salón de casa

 

Aunque solemos asociar la educación con los colegios, gran parte de lo que aprendemos sobre género ocurre en casa y en el entorno cotidiano. La infancia es una etapa especialmente sensible: todo deja huella. Los niños observan, imitan y absorben mensajes constantemente, incluso cuando nadie pretende enseñarles nada.

 

El cerebro infantil es como plastilina, se moldea con lo que ve y escucha cada día… y sin darnos cuenta, el lenguaje que usamos deja huella.

 

Frases que parecen inofensivas como «los niños no lloran» o «las niñas son más responsables», tienen más peso del que imaginamos, ya que actúan como micro-violencias que generan inseguridad y afectan el bienestar emocional. Estos comentarios “sin importancia” terminan condicionando cómo los/as menores entienden sus emociones y su lugar en el mundo. Pues si a un niño le enseñamos a reprimir su tristeza, le estamos quitando herramientas para gestionar sus emociones en el futuro. Por el contrario, si a las niñas las premiamos solo por ser «buenas y obedientes», estamos frenando su capacidad de liderazgo y volviéndolas vulnerables ante los peligros de la vida.

 

También ocurre con los juguetes, pues durante años hemos asociado el rosa con el cuidado y la belleza, y el azul con la acción, la aventura o la tecnología. Y la segmentación por colores y funciones no es biológica, sino cultural. Algo que tiene consecuencias en los/as menores, ya que aislar a los niños de los juegos de cuidado inhibe el desarrollo de sus redes neuronales vinculadas a la empatía y restringir el juego físico en las niñas limita su práctica de habilidades visuoespaciales y autonomía física.

 

Y algo parecido sucede con las historias, cuentos, personajes… que consumen desde pequeños/as. Aunque cada vez existen más referentes diversos, todavía persiste la idea de la princesa delicada que espera ser rescatada o del héroe fuerte que nunca muestra miedo. Son modelos que, poco a poco, terminan marcando expectativas y encapsulan la capacidad de ser y estar en el mundo en una sola opción.

 

El cerebro no nace con un color asignado, nace con posibilidades infinitas. El problema aparece cuando sentimos que no podemos elegir otra cosa sin ser juzgados/as.

 

Lo que no se nombra, no existe

 

Los centros educativos también son parte importante de en esta socialización, pues allí se transmite mucho más que contenidos académicos. También enseña qué voces importan, quién ocupa el espacio y quién queda fuera del relato. Si echamos un vistazo a los libros con los que estudian nuestros hijos/as, los datos son impactantes. En España, por cada 100 personajes que aparecen con nombre propio en los libros de texto, solo 3 son mujeres.

 

Esta falta de referentes femeninos en la ciencia o la historia lanza un mensaje silencioso a las niñas: «este no es tu sitio». Para que una niña sueñe con ser astronauta o ingeniera, necesita saber que otras ya lo hicieron antes. No es falta de capacidad, es falta de modelos.

 

Por eso la educación no sexista también pasa por revisar materiales, ejemplos y referentes. No se trata de “rellenar cuotas”, sino de mostrar la realidad completa. Porque las mujeres siempre estuvieron ahí, lo que ocurre es que muchas veces no son nombradas y se las deja en los márgenes.

Criar sin estereotipos no significa criar sin libertad

 

Fomentar una educación libre de moldes no es una cuestión de «ideología», sino de maximizar el potencial de desarrollo. Pues el cerebro no tiene género, tiene posibilidades.

 

¿Qué pasa cuando dejamos que un niño juegue a las cocinitas o que una niña se ensucie jugando al fútbol? Que sus neuronas crean conexiones nuevas. Cuando a los niños se les permite expresar tristeza, miedo o ternura, desarrollan una relación más sana con sus emociones. Y cuando las niñas crecen sintiéndose capaces de liderar, explorar, practicar deporte o interesarse por la tecnología, ganan confianza en sí mismas.   Educar en libertad también es una cuestión de salud. Una educación libre de estereotipos permite que cada menor sea quien realmente es, reduciendo la ansiedad y mejorando su autoestima. El objetivo no es criar niños “perfectos”, sino criar personas que no tengan miedo de ser quienes son.

 

Educar en igualdad en tiempos de TikTok

 

Hoy en día, la educación ya no solo ocurre en casa o en el cole, sino que ocurre también en la pantalla del móvil. Los/as adolescentes están expuestos a discursos que promueven una masculinidad agresiva o una hipersexualización temprana de las niñas. El entorno digital se ha convertido en una fuente clave de desinformación y refuerzo de estereotipos nocivos. La aparición de la «manosfera» en redes como TikTok —espacios virtuales que propagan discursos misóginos y antifeministas— está impactando directamente en la socialización de los adolescentes, especialmente de los hombres.

 

La alfabetización digital es clave para que los/as menores identifiquen la violencia simbólica y los delitos sexuales mediados por tecnología, que han aumentado exponencialmente en la última década. Necesitamos que nuestros/as jóvenes aprendan a dudar de lo que ven y a desarrollar un pensamiento crítico frente a los «influencers» que intentan venderles modelos de hombre y mujer del siglo pasado.

 

Conclusión: educar para la libertad

 

La educación no sexista es una herramienta de salud pública esencial para prevenir la violencia de género y promover el bienestar mental. Al romper los moldes de «princesas» y «machotes», no solo garantizamos la igualdad de derechos, sino que permitimos que la arquitectura cerebral de nuestras niñas y niños se desarrolle de la manera más diversa y resiliente posible.

 

Educar en igualdad no es intentar que todos sean iguales, sino garantizar que todos tengan las mismas oportunidades para ser diferentes. Al romper los moldes de «princesas» y «machotes», les estamos dando el mejor regalo posible: la libertad de elegir su propio camino.   Esto significa ganar libertad para emocionarse, para elegir, para explorar intereses propios, para construir una personalidad sin tantas etiquetas… Porque al final, educar en igualdad no solo consiste en preparar a la infancia para el futuro, sino también en preguntarnos qué clase de sociedad queremos construir.  

Pasear para cuidarnos: mucho más que dar un paseo

Pasear para cuidarnos: mucho más que dar un paseo

Miriam Carmena del Viso

19 de junio de 2026

En una sociedad en la que casi todo parece tener que hacerse deprisa, caminar representa algo tan sencillo como revolucionario: recuperar un hábito cotidiano capaz de mejorar nuestra salud y, al mismo tiempo, reforzar nuestros vínculos con las personas y con el entorno en el que vivimos.

 

 

No es una afirmación exagerada. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la inactividad física constituye uno de los principales factores de riesgo de mortalidad a nivel mundial y aproximadamente uno de cada tres adultos no alcanza los niveles de actividad física recomendados. Entre los adolescentes, la situación es aún más preocupante: cerca del 80% no realiza suficiente actividad física.

 

 

Como enfermera de Atención Primaria, pocas recomendaciones hago con tanta frecuencia y con tanta convicción como esta: salir a caminar.

 

 

Y es que caminar es una de las formas más sencillas, accesibles y económicas de incorporar actividad física a nuestra vida diaria. Sus beneficios son ampliamente conocidos. Contribuye a reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, hipertensión arterial y algunos tipos de cáncer. También mejora el bienestar emocional, disminuye los síntomas de ansiedad y depresión y favorece un mejor descanso.

 

 

Precisamente por esa combinación de beneficios físicos, emocionales y sociales, en los últimos años han proliferado las iniciativas de paseos saludables impulsadas desde centros de salud, asociaciones, ayuntamientos y otros agentes comunitarios. Lejos de ser únicamente una forma de hacer ejercicio, estos grupos se han convertido en espacios de encuentro, apoyo mutuo y participación comunitaria.

 

 

A veces buscamos intervenciones complejas para mejorar la salud de las personas, cuando algunas de las más eficaces son también las más sencillas. Los paseos saludables son un buen ejemplo de ello.

Pasear sí, pero no solo pasear

 

Sin embargo, conviene evitar una idea bastante extendida: pensar que caminar es suficiente.

 

 

Con frecuencia escuchamos frases como «yo ya hago ejercicio porque salgo a andar todos los días». Y, aunque caminar es una magnífica actividad, las recomendaciones actuales de la OMS recuerdan que la actividad física es mucho más que acumular pasos.

 

 

Además de la actividad aeróbica, se recomienda incorporar ejercicios de fortalecimiento muscular y, especialmente en las personas mayores, actividades que ayuden a trabajar el equilibrio y la coordinación. Este aspecto es particularmente importante, ya que las caídas constituyen una de las principales causas de discapacidad y pérdida de independencia en edades avanzadas.

 

 

Mantener la fuerza muscular y el equilibrio resulta fundamental para seguir realizando actividades cotidianas tan importantes como levantarse de una silla, subir escaleras, cargar la compra o reaccionar a tiempo ante un tropiezo.

 

 

Caminar, por tanto, es una excelente puerta de entrada a una vida activa, pero no debería hacernos olvidar la importancia de otros componentes del ejercicio físico. Fuerza, equilibrio y flexibilidad también forman parte de nuestra salud y son esenciales para preservar la autonomía y la calidad de vida a medida que envejecemos.

 

 

Y este mensaje no es exclusivo de las personas mayores. Los más jóvenes tampoco deberían conformarse con caminar como única forma de actividad física. La salud ósea, la masa muscular y la capacidad para mantenernos activos y autónomos a lo largo de la vida también dependen de incorporar actividades variadas desde edades tempranas.

 

 

No se trata de elegir entre unas actividades y otras, sino de combinarlas.

 

 

Más allá de los beneficios físicos, los paseos saludables representan una respuesta sencilla a algunos de los grandes retos de salud de nuestro tiempo. En un contexto marcado por el envejecimiento de la población, el sedentarismo y la creciente prevalencia de enfermedades crónicas, promover hábitos activos sigue siendo una de las intervenciones con mayor impacto sobre la salud y la calidad de vida.

 

 

Especialmente en el medio rural, donde los recursos no siempre son abundantes y las distancias pueden convertirse en una barrera, los paseos saludables representan una actividad accesible y fácilmente adaptable a las características de cada comunidad.

 

 

Quizá ahí resida una de sus mayores fortalezas. No requieren grandes infraestructuras ni recursos extraordinarios. Basta con un grupo de personas, ganas de caminar y la voluntad de convertir un gesto cotidiano en una oportunidad para cuidarnos.

 

 

Este 19 de junio, Día Mundial del Paseo, puede ser una buena ocasión para recordar que una vida activa no se construye a base de grandes gestos, sino de pequeños hábitos mantenidos en el tiempo. Y quizá la mejor forma de celebrarlo sea la más sencilla: ponerse unas zapatillas y salir a caminar.

Alzheimer sin mitos. Verdad, comunicación y cuidados reales

Alzheimer sin mitos. Verdad, comunicación y cuidados reales

Alba García González

16 de junio de 2026

Hace unos años, mi abuela fue diagnosticada con enfermedad de Alzheimer. Desde entonces, mi familia ha tenido que adaptarse a una nueva realidad marcada por la progresiva pérdida de memoria, los cambios de conducta y la dependencia que caracterizan a la enfermedad.

 

Durante el proceso de búsqueda de información para entender y manejar mejor la situación, me he dado cuenta de cuánta desinformación circula sobre esta enfermedad, especialmente en redes sociales.

 

En internet abundan mitos, curas falsas y consejos erróneos que pueden confundir a quienes buscamos apoyo e incluso poner en riesgo la salud de los pacientes.

 

Por eso he querido dedicar este artículo a desmontar mitos comunes sobre el Alzheimer y ofrecer herramientas prácticas para mejorar la comunicación con quienes lo padecen.

 

Para poner en contexto y evidenciar la relevancia de este problema, actualmente en España, se estima que más de 800.000 personas viven con Alzheimer, y cada año se diagnostican unos 40.000 nuevos casos, según la Sociedad Española de Neurología (SEN). Además, el 34% de los mayores de 85 años podrían estar afectados.

 

En el marco actual de envejecimiento poblacional, se prevé que el porcentaje de población de 65 años alcanzará su máximo en torno al año 2050. En este contexto, es urgente mejorar la información entorno al Alzheimer, tanto la que circula en internet como la formación de quienes trabajamos en el ámbito sanitario.

 

Cinco mitos sobre el Alzheimer y la verdad detrás de ellos

 

1. “El Alzheimer es una consecuencia del envejecimiento”. Aunque la edad es el principal factor de riesgo, el Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa y no una forma normal del envejecimiento. Así lo aclara el Instituto Nacional sobre el Envejecimiento (NIA).

 

2. “El Alzheimer es solo pérdida de memoria”. Esta enfermedad también afecta al lenguaje, la toma de decisiones, el comportamiento y la capacidad para realizar tareas cotidianas. Según el Alzheimer ‘s Association, la afectación de la memoria es solo uno de los muchos síntomas.

 

3. “Los suplementos de memoria pueden curar o prevenir el Alzheimer”. A pesar de su promoción en redes, no hay evidencia científica de que los suplementos como la vitamina E, el Ginko biloba o el aceite de coco prevengan o curen el Alzheimer, tal y como se muestra en “The American Journal of Clinical Nutrition”.

 

4. “Los medicamentos actuales curan el Alzheimer”. Actualmente no existe cura, pero algunos medicamentos como el Donepezilo o la memantina pueden ralentizar temporalmente los síntomas. Así lo concluye un informe de “Mayo Clinic”.

 

5. “Si nadie de mi familia tuvo Alzheimer, estoy a salvo”. Aunque existen formas hereditarias, la mayoría de los casos son esporádicos. El Instituto Nacional sobre el Envejecimiento señala que la genética es sólo uno de los muchos factores de riesgo, junto al estilo de vida o enfermedades cardiovasculares.

 

Diez claves para comunicarse con una persona con Alzheimer

 

1. Habla con frases cortas y claras, evita preguntas complejas o abiertas. En su lugar, es preferible formular preguntas que puedan responderse con un “sí” o “no”. Por ejemplo, en lugar de preguntar “¿Qué te gustaría cenar?”, se podría decir “¿Te apetece sopa para cenar?” Esta técnica, avalada por el Instituto Nacional sobre el Envejecimiento (NIA), facilita la compresión y reduce la frustración.

 

2. Mantén contacto visual y usa un tono calmado: La expresión corporal y el tono de voz ayudan a transmitir tranquilidad, pueden ayudar a la persona a sentirse segura y comprendida. También lo recomienda la NIA.

 

3. Llama a la persona por su nombre, este simple gesto podría ayudar a captar su atención y hacerle sentir cómodo.

 

4. Evita corregirlos o discutir. Si la persona dice algo incorrecto, es mejor no corregirla directamente. En lugar de eso, tal y como aconsejan en el blog de la Fundación Pasqual Maragall, una opción alternativa sería validar sus pensamientos y redirigir la conversación de manera suave y paulatina.

 

5. Usa gestos y apoyo visual. Señalar objetos o usar imágenes pueden facilitar la compresión según indica la NIA.

 

6. Sé paciente y dale tiempo para responder. Permite que la persona tome su tiempo para procesar y responder. No los apresures ni completes sus frases.

 

7. Reduce distracciones. Hablar en un ambiente tranquilo sin ruido de fondo facilita la comunicación. Esta práctica está recomendada por la Fundación Pasqual Maragall.

 

8. Valida sus emociones. En lugar de decir “eso no pasó” responde con empatía como “entiendo que te sientas así”, como explican desde el NIA.

 

9. Usa el tacto si es apropiado. Un ligero contacto en el hombro puede transmitir seguridad y apoyo.

 

10. Adapta la comunicación a su estado. Algunas personas pueden entender mejor en la mañana que en la tarde, por lo que es útil ajustar el momento de la conversación. Involucra a la persona en actividades significativas y adaptadas a su nivel de habilidad, como mirar álbumes de fotos o escuchar música familiar. La NIA ofrece buenas ideas al respecto.

 

Conclusiones

 

Tanto en mi experiencia personal como durante mis prácticas clínicas en la planta de Geriatría, he tenido la oportunidad de convivir con pacientes con Alzheimer y observar cómo se gestionan sus necesidades. Aunque muchos profesionales muestran una gran sensibilidad y compromiso, he detectado también cierto desconocimiento sobre estrategias comunicativas específicas, así como la desinformación incluso dentro del entorno sanitario.

 

En este contexto, considero que se hace imprescindible una comunicación efectiva, no solo con los pacientes, sino también entre profesionales. Es por ello que una divulgación rigurosa, veraz y accesible en redes sociales, medios digitales y entornos clínicos puede marcar una gran diferencia.

 

Como futura enfermera, tengo el deber de combatir la desinformación y ofrecer un cuidado basado en la evidencia científica, el respeto y la empatía, del mismo modo que Ocodes tiene la misión de construir salud junto a la comunidad. Por ello, es vital proporcionar información confiable y accesible para fomentar decisiones informadas.

Viajar protegidos. La importancia de la vacunación en vacaciones

Viajar protegidos. La importancia de la vacunación en vacaciones

Cristina Piedrafita Rueda

14 de junio de 2026

Cada verano repetimos el mismo ritual: elegir destino, buscar alojamiento, hacer la maleta. En esa lista de preparativos, rara vez aparece una pregunta clave: ¿tengo mis vacunas al día? En un mundo donde moverse entre países es cada vez más sencillo, olvidar la prevención sanitaria puede tener más impacto del que imaginamos.

 

Viajar no solo implica descubrir nuevos lugares, sino también entrar en contacto con realidades epidemiológicas diferentes. Enfermedades poco frecuentes en nuestro entorno pueden ser habituales en otros destinos. Por ello, consultar con profesionales sanitarios antes de viajar es una medida esencial de prevención, que permite valorar las vacunas necesarias o recomendables en función del destino y las características del viaje. La Organización Mundial de la Salud recomienda planificar esta consulta con varias semanas de antelación para garantizar una protección adecuada.

 

Pero la vacunación del viajero es solo una parte del problema. Existe una idea extendida y errónea de que las vacunas son cosa de la infancia. Sin embargo, la protección frente a muchas enfermedades requiere refuerzos a lo largo de la vida adulta, además de nuevas vacunas en función de la edad o las condiciones de salud. El calendario vacunal a lo largo de la vida, disponible a través del Ministerio de Sanidad de España recoge estas recomendaciones, que siguen siendo, en muchos casos, grandes desconocidas.

 

En este contexto, las estrategias de captación activa —como cartas o avisos desde los centros de salud— adquieren un papel clave. Lejos de ser un simple trámite, responder a estas llamadas supone una oportunidad para actualizar la protección frente a enfermedades prevenibles. La evidencia muestra que estos recordatorios mejoran las tasas de vacunación y, con ello, la salud de la población.

 

La vacunación, además, no es solo una decisión individual. Vivimos en comunidad, compartimos espacios y riesgos. Aquí entra en juego la inmunidad colectiva: cuando una gran parte de la población está vacunada, la transmisión de enfermedades se reduce, protegiendo también a quienes no pueden vacunarse. El Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades insiste en la importancia de mantener altas coberturas para evitar brotes y la reaparición de enfermedades que creíamos controladas.

 

En los últimos años, algunos descensos en la vacunación han favorecido el resurgir de enfermedades como el sarampión, recordándonos que los logros en salud pública no son irreversibles. Mantenerlos exige compromiso, información y confianza en las herramientas disponibles.

 

Quizá ha llegado el momento de incorporar una nueva rutina a nuestros preparativos: además del billete y la maleta, revisar nuestro estado vacunal. Porque viajar protegidos no solo significa evitar problemas durante el trayecto, sino también contribuir a una comunidad más segura al regresar.