Estrés laboral: un agotamiento prevenible

Estrés laboral: un agotamiento prevenible

Sergio Hijazo Larrosa

22 de octubre de 2026

Montañas de correos apilados sin leer y, por supuesto, sin contestar; agendas selváticas, imposibles hasta para los bolos filipinos; fechas límite que se van saltando cual piedras en las cataratas: con el máximo esfuerzo y la menor seguridad; procesos administrativos infinitos como las estrellas en el firmamento… Poco a poco vamos dejando atrás las vacaciones y nos introducimos en la vorágine (o en la rueda, si una/o tiene sensación de ser un hámster) del día a día.

 

 

Ocurre, además, que este es el ritmo en el que nos instalamos de forma permanente. Los estilos de vida, las nuevas e intensas exigencias, los recientes paradigmas en las relaciones personales y digitales, la imprevisibilidad y la falta de certidumbre generan incomodidad, malestar y consecuencias negativas.

 

 

El salto al estrés laboral desde estos preludios no es misión imposible. Más bien lo contrario. Este concepto puede definirse como la respuesta que las personas pueden tener cuando se enfrentan a demandas y presiones laborales que no corresponden con sus conocimientos y habilidades, y que desafían su capacidad de hacer frente a ellas. El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) matiza que el estrés son las respuestas físicas y emocionales ante un desequilibrio entre las exigencias percibidas y las capacidades individuales para afrontar estas exigencias.

 

 

Esta respuesta fisiológica se puede explicar desde la activación del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal. Este eje está compuesto por el hipotálamo, la hipófisis y las glándulas suprarrenales, con toda su cascada de activación hormonal, principalmente con aquellas relacionadas con el cortisol. Además, el sistema nervioso autónomo, a través del sistema simpático, contribuye a la regulación de este eje. Quizá de lo más interesante en cuanto a la respuesta fisiológica al estrés es el Síndrome General de Adaptación, propuesto en 1936 por Hans Selye. En él se plantean tres fases bien diferenciadas. La fase de alarma, la fase de resistencia o adaptación y la fase de agotamiento. En la fase de alarma la respuesta es instantánea y se producen reacciones encaminadas a preparar al organismo para una tarea o esfuerzo. En la fase de resistencia, el organismo se adapta a la situación y se normalizan los niveles hormonales, desapareciendo la sintomatología. El mantenimiento de la segunda fase (a partir de periodos de entre uno y tres meses) conlleva la aparición del agotamiento. Es en esta última fase donde aparecen las alteraciones en los tejidos y las patologías denominadas psicosomáticas.

Figura 1. Fases del “Síndrome General de Adaptación”. Alarma, resistencia y agotamiento (adaptado de Selye, 1936)

 

Las clasificaciones del estrés se pueden generar según su duración (agudo, crónico, postraumático), en función del efecto que provoca (eustrés, distrés) o en relación con la naturaleza del origen estresor.

 

 

En el marco de la prevención de riesgos laborales, el estrés está determinado por diversos riesgos psicosociales. Algunos tienen que ver con el propio contenido del trabajo: la jornada laboral, la carga y el ritmo del trabajo, el control sobre este; otros, con la organización en la que se encuentre la persona: estructura y cultura organizativa, rol de la persona en esa institución, desarrollo de la carrera profesional; y un último bloque, más indefinido, tiene que ver con la conciliación de la vida laboral y personal y las relaciones interpersonales en el trabajo.

 

 

La Guía sobre el Estrés recientemente publicada por el INSST establece colectivos en situación de vulnerabilidad. Tras leerlos todos, resulta más difícil encontrar una población ajena a esa vulnerabilidad que una que esté expuesta a ella.

 

 

La prevención del estrés no puede realizarse de una forma efectiva sin la cuantificación o cualificación del mismo. Proponer medidas de control del estrés sin que este se pueda determinar antes y después de esas acciones, además de un ejercicio de empirismo, puede ser totalmente ineficiente. Teniendo todo esto en cuenta, en la actualidad se proponen dos tipos de estrategias de afrontamiento del estrés. Una, la que tiene que ver con la generación de elementos estresores. La segunda, la que realiza intervenciones en la persona para que pueda gestionar los aspectos que conforman la experiencia del estrés. Esta segunda opción es relevante en las situaciones en las que es difícil la actuación sobre las fuentes del estrés.

 

 

También en función del momento temporal de actuación, se distinguen tres tipos de actuaciones. Las primarias, donde el objetivo es eliminar en su origen las causas y fuentes de estrés. Las secundarias, donde el objetivo se fija en ayudar a la persona a desarrollar habilidades para el manejo del estrés. Y las terciarias, donde el objetivo también es la persona, pero en este caso para la rehabilitación de los trastornos y patologías que ha sufrido.

 

 

Porque en este punto hay que, al menos, nombrar algunas de las consecuencias al impacto por el estrés. El primero, por acumulación de este, es el síndrome de estar quemado por el trabajo (o burnout), que sin duda merece un capítulo aparte por su importancia. También el tecnoestrés, la violencia en el entorno laboral (o acoso), tanto la física como la psicológica, son situaciones límite generadas por el estrés.

 

 

Como recomendación general, quizá la mejor acción que podríamos tener es la de ser conscientes del problema. Eso implicaría poder identificar las fuentes que generan ese estrés y organizar, de una forma cabal, el entorno laboral, adecuando las demandas, aumentando el control de la persona sobre su trabajo y mejorando las fuentes de apoyo; y, en el plano personal, generando hábitos saludables e incluyendo algunas técnicas de meditación y consciencia, así como el descanso (no solo el sueño), entre nuestras prioridades.

Reconstrucción mamaria tras el cáncer: imagen corporal y bienestar emocional

Reconstrucción mamaria tras el cáncer: imagen corporal y bienestar emocional

Paula Aizpiolea Martínez

21 de octubre de 2026

La reconstrucción mamaria tras el cáncer puede contribuir a recuperar la imagen corporal y la calidad de vida, pero no es una intervención obligatoria ni garantiza por sí sola la recuperación del bienestar emocional. La decisión debe adaptarse a la situación clínica, las expectativas y las preferencias de cada paciente.

 

Finalizar el tratamiento del cáncer de mama no implica la desaparición inmediata de sus consecuencias físicas y psicosociales. Para muchas mujeres, la mastectomía —la extirpación de la mama— resulta una intervención quirúrgica indispensable, pero conlleva modificaciones sustanciales en la percepción del propio cuerpo, la intimidad y la vida cotidiana. Las cicatrices, las alteraciones de la sensibilidad y la pérdida de una estructura corporal simbólica impactan de forma heterogénea en la salud mental de la paciente.

 

Diversos estudios clínicos enfatizan que el apoyo multidisciplinar temprano es clave para mitigar la angustia psicológica asociada al diagnóstico y a la cirugía oncológica. Asimismo, la calidad de la comunicación médico-paciente influye de forma determinante en el grado de satisfacción global y en el ajuste de expectativas sobre el proceso reconstructivo.

 

La reconstrucción mamaria constituye una alternativa orientada a restaurar la simetría y favorecer el bienestar psicosocial. Sin embargo, no actúa como tratamiento primario de patologías como la ansiedad o la depresión asociadas al proceso oncológico. Mientras que un perfil de pacientes experimenta mejoras sustanciales en su calidad de vida tras la reconstrucción, otras optan de forma válida por el uso de una prótesis externa o por no someterse a intervenciones reconstructivas adicionales.

 

Una reconstrucción, diferentes caminos

 

El abordaje reconstructivo puede ser simultáneo a la mastectomía —reconstrucción inmediata— o realizarse en una etapa posterior —reconstrucción diferida—. La indicación del momento oportuno y la selección de la técnica están supeditadas a variables biomédicas concretas, como el perfil patológico del tumor, la indicación de radioterapia adyuvante, el estado general de salud y los antecedentes quirúrgicos.

 

Las directrices internacionales de la National Comprehensive Cancer Network subrayan la necesidad de proporcionar asesoramiento individualizado a través de cirugía plástica reconstructiva, garantizando que la información se exponga de manera neutral y libre de presiones asistenciales.

 

A nivel técnico, existen dos modalidades principales: la utilización de implantes de silicona o expansores, y el uso de tejido autólogo procedente del abdomen o la espalda. Ambas alternativas presentan perfiles diferenciados de riesgo-beneficio, cicatrización y potenciales complicaciones, como la aparición de contractura capsular, problemas de vascularización, infecciones o dolor persistente en la zona donante.

 

Por ello, una toma de decisiones verdaderamente informada debe basarse en expectativas realistas relativas al periodo postoperatorio, los cambios definitivos en la sensibilidad cutánea y la posible necesidad de reintervenciones secundarias.

 

El bienestar psicológico también importa

 

Los cambios estéticos y estructurales repercuten de forma directa en la autoestima, la percepción de la feminidad y la salud sexual. Sin embargo, un resultado anatómico catalogado como óptimo por el equipo quirúrgico no siempre se traduce en un alto grado de satisfacción autopercibida por la paciente.

 

La adopción de herramientas de apoyo a la decisión (Patient Decision Aids) ha demostrado ser determinante para elevar el conocimiento de la paciente y reducir el conflicto decisional preoperatorio. En un ensayo clínico aleatorizado que evaluó el uso de una aplicación móvil de apoyo decisional en mujeres candidatas a reconstrucción, Fang et al. (2021) observaron una atenuación de la disconformidad con la imagen corporal al año de seguimiento, aunque sin diferencias estadísticamente significativas en los niveles de ansiedad o depresión general. Metaanálisis recientes corroboran que estas intervenciones reducen significativamente el arrepentimiento posquirúrgico.

 

Cuando emergen o persisten cuadros de insatisfacción severa, vergüenza corporal, aislamiento o arrepentimiento, se requiere la derivación precoz a servicios especializados en psicooncología o salud mental, cuyo soporte resulta altamente beneficioso tanto en las fases prequirúrgicas como durante el proceso de adaptación posterior.

 

El complejo areola-pezón y la micropigmentación

 

El proceso reconstructivo con frecuencia no concluye con la remodelación del volumen mamario. La recreación estética del complejo areola-pezón (CAP) constituye para muchas mujeres un hito fundamental en el restablecimiento de la simetría y la integridad corporal. Esta etapa se ejecuta mediante técnicas de reconstrucción quirúrgica local o mediante micropigmentación médica (tatuaje intradérmico).

 

La micropigmentación biomédica permite reproducir la tonalidad y una ilusión de tridimensionalidad en el complejo areolar de forma mínimamente invasiva. No obstante, exige un correcto asesoramiento sobre la posible pérdida gradual del pigmento, la necesidad de retocado periódico y la ausencia de recuperación sensorial en el área micropigmentada.

 

En una revisión sistemática sobre la micropigmentación del CAP, Maselli et al. (2024) concluyeron que, si bien la evidencia actual muestra elevados niveles de satisfacción del paciente con el resultado visual, los estudios presentan heterogeneidad metodológica. Por tanto, la micropigmentación debe plantearse como un procedimiento complementario eficaz a nivel estético, pero sin atribuirle una capacidad terapéutica automática sobre desórdenes psicológicos subyacentes.

 

Decidir acompañada, no decidir bajo presión

 

El modelo asistencial basado en la atención centrada en la paciente exige un abordaje multidisciplinar coordinado entre cirugía plástica, oncología, enfermería, rehabilitación y psicooncología. En la actualidad, la evidencia científica subraya que la humanización de la asistencia sanitaria y la integración de la toma de decisiones compartida (Shared Decision Making) son pilares fundamentales para garantizar una práctica clínica ética y respetuosa con los valores de la enferma. Este modelo debe garantizar tiempo adecuado para la deliberación y respetar la evolución de los deseos de la paciente, incluyendo la opción legítima de posponer o declinar definitivamente la reconstrucción.

 

En última instancia, la recuperación no equivale necesariamente a la restitución anatómica previa. La mejor reconstrucción mamaria no es la que se acomoda a un estándar estético predeterminado, sino la que garantiza el ejercicio de la autonomía, respeta la salud integral y refleja una decisión consciente e informada.

“Salir de una depresión es cuestión de voluntad”: Mito o realidad

“Salir de una depresión es cuestión de voluntad”: Mito o realidad

Carlos Navas Ferrer

4 de octubre de 2026

“Tienes que poner de tu parte”. “Anímate”. “Si quisieras, podrías salir de esto”. Son frases que probablemente muchas personas con depresión han escuchado alguna vez. Suelen pronunciarse con buena intención, pero parten de una idea equivocada: que superar una depresión depende, en gran medida, de la voluntad de quien la padece.

 

 

Con motivo del Día Europeo de la Depresión, que se celebra el 4 de octubre, merece la pena detenerse en este mito. Porque la ciencia muestra una realidad bastante más compleja.

 

 

Uno de los síntomas característicos de la depresión es la anhedonia, es decir, la pérdida de interés o de placer por actividades que antes resultaban agradables. Una persona puede dejar de disfrutar de salir con amigos, hacer deporte, escuchar música o practicar sus aficiones. Pero la anhedonia no afecta únicamente al placer. También puede alterar la motivación para hacer el esfuerzo necesario para conseguir algo que, en otras circunstancias, resultaría gratificante.

 

 

Una revisión sistemática publicada en Clinical Psychology Review analizó 44 estudios con 2.759 participantes para estudiar precisamente la relación entre depresión, motivación y esfuerzo. Los investigadores comprobaron que la depresión y la anhedonia se asociaban, en determinadas tareas, con una menor disposición a realizar esfuerzo físico o mental a cambio de una recompensa. El efecto era especialmente consistente en algunos experimentos que exigían decidir si merecía la pena afrontar una tarea más difícil para obtener un beneficio mayor.

 

 

Este resultado tiene una consecuencia importante para nuestra manera de entender la enfermedad. A veces interpretamos desde fuera la falta de actividad como falta de voluntad: “no sale”, “no hace nada”, “no se esfuerza”. Sin embargo, la dificultad para movilizarse puede formar parte de la propia depresión. Pedir a alguien que simplemente “le eche ganas” puede ser, por tanto, parecido a pedirle que venza mediante voluntad uno de los síntomas de su enfermedad.

 

 

Esto no significa que la persona con depresión sea un sujeto pasivo ni que sus decisiones no tengan importancia. La recuperación requiere con frecuencia participación activa: pedir ayuda, seguir un tratamiento, establecer pequeños objetivos, recuperar rutinas o aprender nuevas estrategias para afrontar las dificultades. Pero una cosa es reconocer el papel que tiene la persona en su recuperación y otra muy distinta hacerla responsable de conseguirla únicamente mediante fuerza de voluntad.

Una segunda revisión sistemática, publicada en Psychotherapy and Psychosomatics, ayuda a entender esta diferencia. Los investigadores analizaron 27 estudios que recogían las experiencias de 939 personas que habían pasado por una depresión. Identificaron nada menos que 134 factores relacionados con la recuperación. Se agrupaban en ocho grandes ámbitos: relaciones sociales, reconstrucción de la propia identidad, autonomía, apoyo profesional, estrategias personales, salud física, circunstancias prácticas (el empleo, la vivienda o la situación económica) y el propio paso del tiempo y evolución de la enfermedad.

 

 

La voluntad aparece, sí. La determinación, la responsabilidad personal, la confianza o la capacidad para tomar decisiones fueron descritas por algunos pacientes como elementos útiles. Pero aparecen junto a muchos otros factores. El apoyo de familiares y amigos fue señalado repetidamente, al igual que la psicoterapia, las actividades significativas, el ejercicio, los hábitos saludables o el contacto con otras personas que habían vivido experiencias semejantes.

 

 

También existen circunstancias que pueden dificultar la recuperación y que difícilmente dependen de “querer” o “no querer”: problemas económicos, inestabilidad laboral o de vivienda, listas de espera, dificultad para acceder a servicios sanitarios o estigma social.

 

 

En definitiva …

 

La recuperación de la depresión es compleja y multifactorial. Quizá, por eso, deberíamos sustituir el “tienes que poner más de tu parte” por otra pregunta mucho más útil: “¿Qué necesitas para poder empezar a encontrarte mejor?”. Porque recuperarse implica a la persona, pero no depende únicamente de su voluntad. Y comprender esa diferencia también forma parte de combatir el estigma de la depresión.

¿Cuándo la autolesión se convierte en rutina?

¿Cuándo la autolesión se convierte en rutina?

Lucía Ruiz Vázquez

24 de junio de 2026

Hay personas que saben exactamente cuándo aparecerá la necesidad de hacerse daño. No siempre ocurre de manera impulsiva. A veces existe preparación, anticipación y ritual. Un momento concreto del día, un lugar determinado o una secuencia repetida. Algunas personas describen alivio después; otras hablan de control, calma o desconexión emocional. 

 

¿Qué ocurre cuando una conducta dañina deja de ser excepcional y empieza a formar parte de la rutina?

 

Las autolesiones no suicidas (ANS) constituyen una realidad cada vez más visible, especialmente en población adolescente y adulta joven. Cortes, quemaduras, golpes o interferencia en la cicatrización de heridas son algunas de las formas en las que pueden manifestarse. Habitualmente, estas conductas se entienden como estrategias desadaptativas relacionadas con la regulación emocional, el sufrimiento psicológico o determinadas experiencias traumáticas, tal y como recogen numerosos estudios sobre Non-Suicidal Self-Injury (NSSI).

 

Sin embargo, reducir las autolesiones únicamente a un síntoma puede dejar fuera una parte importante de la experiencia de quienes conviven con ellas. Algunas conductas no aparecen solo en momentos aislados de crisis, sino que terminan ocupando un lugar estable dentro de la vida cotidiana. Se repiten, se anticipan y adquieren una función concreta. Y aquello que se repite con frecuencia acaba, muchas veces, formando parte de la manera en la que una persona organiza su tiempo, gestiona el malestar o se relaciona con su propio cuerpo. 

 

Las actividades cotidianas no solo llenan las horas del día. También construyen rutinas, generan familiaridad y aportan significado. Escuchar música antes de dormir, salir a caminar después de una discusión o morderse las uñas ante el nerviosismo son ejemplos de cómo determinadas acciones terminan asociándose a estados emocionales concretos. Algunas conductas aparecen de manera casi automática porque cumplen una función reconocible para la persona. 

 

¿Puede ocurrir algo parecido con las autolesiones?

 

Diversos estudios señalan que muchas personas no buscan morir cuando se autolesionan, sino disminuir una intensidad emocionalque sienten difícil de gestionar. En algunos casos, el daño físico aparece como una forma de traducir el sufrimiento emocional en algo visible, concreto y controlable. En otros, actúa como mecanismo para recuperar sensación corporal, aliviar pensamientos invasivos o interrumpir estados de ansiedad, vacío o disociación.

 

Cuando estas conductas se mantienen en el tiempo, pueden adquirir un carácter repetitivo y ritualizado. Algunas personas describen preparativos previos, selección de instrumentos concretos o necesidad de realizar la conducta en determinados contextos. El acto deja entonces de entenderse únicamente como una reacción impulsiva y comienza a formar parte de patrones más complejos vinculados al cuerpo, las emociones y la vida cotidiana. 

 

Pero las rutinas no solo organizan momentos aislados; también terminan condicionando la forma en la que las personas participan en su día a día. El cansancio físico, las heridas, el miedo a que otros descubran las lesiones o la necesidad de ocultarlas pueden influir en actividades tan cotidianas como el vestirse, relacionarse con otras personas, acudir a clase, practicar deporte o participar en espacios sociales. En algunos casos, la vida comienza a organizarse alrededor del malestar emocional y de las estrategias utilizadas para manejarlo. 

 

Las autolesiones también pueden alterar la relación con el propio cuerpo. Hay personas que evitan determinadas prendas para esconder cicatrices, modifican hábitos diarios de higiene o limitan actividades por vergüenza, dolor o miedo al juicio externo. Otrasdescriben una sensación de dependencia emocional hacia la conducta, especialmente cuando sienten que es una de las pocas herramientas que les permite recuperar calma de manera inmediata. 

 

A esto se suma el aislamiento que muchas veces acompaña al sufrimiento psicológico. Algunas personas dejan de participar en actividades que antes disfrutaban, reducen el contacto social o abandonan intereses significativos porque gran parte de su energía termina centrándose en sostener el malestar emocional cotidiano. Poco a poco, la rutina puede ir estrechándose alrededor del sufrimiento. 

 

¿En qué momento una conducta deja de ser únicamente una respuesta puntual y empieza a formar parte de la manera de afrontar la vida cotidiana?

 

En los últimos años, algunos autores han comenzado a reflexionar sobre las llamadas Dark Occupations, término utilizado para describir actividades dañinas o socialmente rechazadas que, aun así, mantienen significado para quienes las realizan. Esta perspectiva propone una idea incómoda pero necesaria: no todas las actividades significativas son saludables. Existen conductas que generan sufrimiento y, al mismo tiempo, cumplen funciones relacionadas con el alivio emocional, la identidad, el control o la sensación de estabilidad. 

 

Entender esto no significa justificar las autolesiones ni normalizarlas. Significa reconocer que algunas conductas dañinas pueden terminar ocupando un lugar concreto dentro de la experiencia cotidiana de una persona. Y quizá comprender esa función resulte imprescindible para acompañar de manera más humana y efectiva. 

 

Porque si una conducta ayuda temporalmente a regular emociones, aporta sensación de control o aparece asociada a determinados momentos de vulnerabilidad, la intervención no puede limitarse únicamente a intentar eliminarla. También necesita preguntarse qué necesidad está cubriendo y por qué ha llegado a consolidarse de esa manera. Comprender el contexto en el que aparece la conducta, los momentos en los que se intensifica o las funciones que desempeña puede resultar tan importante como abordar el daño físico en sí mismo.

 

Tal vez una de las preguntas más importantes no sea únicamente: ¿por qué alguien se autolesiona?, sino también ¿qué lugar ocupa esa conducta en su vida diaria?

 

Hablar de autolesiones desde esta mirada implica alejarse de interpretaciones simplistas y acercarse a la complejidad de la experiencia humana. Comprender que incluso las conductas más dañinas pueden adquirir significado no resta gravedad al sufrimiento; al contrario, permite entender mejor por qué algunas personas encuentran tan difícil abandonarlas. A veces, comprender el sufrimiento también implica comprender aquello que lo sostiene. 

Claves para un uso seguro del litio en el trastorno bipolar

Claves para un uso seguro del litio en el trastorno bipolar

Carlos Navas Ferrer

30 de marzo de 2026

El litio es uno de los tratamientos farmacológicos más importantes en el trastorno bipolar, una enfermedad caracterizada por cambios del estado de ánimo, que pueden ir desde episodios de depresión hasta fases de euforia o manía. A pesar de ser un medicamento conocido desde hace décadas, sigue siendo una de las opciones más eficaces para estabilizar el ánimo y prevenir recaídas.

 

 

El litio actúa en el cerebro modulando diferentes neurotransmisores y procesos neurofisiológicos implicados en la regulación emocional. Gracias a estos efectos, ayuda a reducir la intensidad de los episodios maníacos y depresivos, y a mantener una mayor estabilidad a largo plazo. Por ello, es frecuente que se utilice tanto en fases agudas como en el tratamiento de mantenimiento del trastorno bipolar.

 

 

Sin embargo, el litio tiene una característica que lo hace diferente de muchos otros medicamentos: su margen terapéutico es estrecho. Esto significa que la diferencia entre una dosis eficaz y una dosis potencialmente tóxica es pequeña. Los niveles adecuados en sangre suelen situarse entre 0,6 y 1,2 mEq/L, por lo que es imprescindible realizar controles periódicos (litemias) para asegurarse de que el tratamiento se mantiene dentro de un rango seguro. Estos controles se hacen con mayor frecuencia al inicio o tras cambios de dosis, y posteriormente cada varios meses durante el seguimiento.

El funcionamiento del litio en el organismo explica por qué es necesario este control cuidadoso. Se elimina casi exclusivamente a través de los riñones, y su comportamiento es muy similar al del sodio (la sal). Por este motivo, situaciones como la deshidratación, las dietas bajas en sal o ciertas enfermedades pueden hacer que el cuerpo retenga más litio y aumenten sus niveles en sangre. También algunos medicamentos de uso común, como los antiinflamatorios o ciertos fármacos para la tensión arterial, pueden elevar su concentración.

 

 

Para las personas que toman litio, esto se traduce en algunas recomendaciones básicas pero muy importantes. Es fundamental seguir siempre la dosis prescrita y no modificarla sin consultar con el profesional sanitario. Mantener una hidratación adecuada, especialmente en épocas de calor o durante enfermedades con vómitos o diarrea, es clave para evitar acumulaciones peligrosas. Asimismo, conviene mantener una dieta estable en sal y evitar cambios bruscos en la alimentación. Siempre que se vaya a iniciar un nuevo medicamento, incluso si es de venta sin receta, es recomendable consultarlo previamente.

 

 

Como cualquier tratamiento, el litio puede producir efectos secundarios. Los más frecuentes incluyen molestias digestivas como náuseas o diarrea, temblor fino en las manos, sensación de cansancio o aumento de peso. A largo plazo, puede afectar al funcionamiento del riñón o de la glándula tiroides, por lo que también se realizan controles analíticos periódicos para vigilar estos aspectos. En muchos casos, estos efectos pueden manejarse ajustando la dosis o con medidas sencillas.

 

 

Uno de los aspectos más importantes que deben conocer tanto los pacientes como sus familiares es la posibilidad de intoxicación por litio. Aunque no es frecuente, puede ser grave y requiere atención médica urgente. La intoxicación puede aparecer si los niveles en sangre aumentan demasiado, ya sea por una sobredosis, por deshidratación o por problemas en la función renal.

 

 

Los síntomas suelen comenzar de forma progresiva. En fases iniciales pueden aparecer somnolencia, mareo, náuseas, diarrea o temblor. Si los niveles siguen aumentando, pueden aparecer síntomas más preocupantes como confusión, dificultad para hablar o problemas de equilibrio. En los casos más graves, puede haber convulsiones, alteración importante del nivel de conciencia o incluso coma. Ante cualquiera de estos signos, es fundamental acudir de inmediato a un servicio de urgencias.

 

 

A pesar de estos riesgos, es importante transmitir un mensaje claro: el litio es un tratamiento seguro y muy eficaz cuando se utiliza correctamente. La clave está en realizar un seguimiento adecuado, la realización de controles periódicos y el conocimiento por parte del paciente de las medidas básicas de seguridad. En definitiva, entender cómo funciona el litio y cómo utilizarlo de forma segura permite aprovechar sus beneficios y reducir al mínimo sus riesgos.

A las dos serán las tres

A las dos serán las tres

Carlos Navas Ferrer

29 de marzo de 2026

El cambio al horario de verano, ese gesto aparentemente simple de adelantar una hora el reloj en primavera, tiene efectos mucho más profundos de lo que podría parecer. Más allá de reorganizar nuestras rutinas diarias, esta transición altera un sistema biológico fundamental: los ritmos circadianos. Estos ritmos, que actúan como un reloj interno, regulan funciones esenciales como el sueño, la vigilia, la temperatura corporal o la secreción hormonal. Cuando se produce el cambio horario, este delicado equilibrio se rompe, generando un desajuste entre el tiempo biológico y el tiempo social que puede afectar tanto al descanso como a la salud mental.

 

 

El problema comienza con la propia naturaleza del horario de verano. Al adelantar el reloj, se modifica la exposición a la luz natural: amanece más tarde y anochece más tarde. Este cambio aparentemente ventajoso —más luz por la tarde— tiene una consecuencia importante: reduce la luz matutina, que es clave para sincronizar nuestro reloj biológico. Como resultado, el organismo recibe señales contradictorias y le cuesta ajustarse al nuevo horario. Este fenómeno se conoce como “jet lag social”, una especie de desfase similar al que experimentamos cuando viajamos entre husos horarios, pero inducido por obligaciones sociales en lugar de desplazamientos físicos.

 

 

La evidencia científica es clara en este punto: el sistema circadiano humano no se adapta completamente al horario de verano, ni siquiera después de varias semanas. Este desajuste persistente es especialmente intenso en personas con cronotipo vespertino (los llamados “noctámbulos”), cuyo reloj biológico ya tiende de por sí a retrasarse. Para ellos, levantarse antes de lo que su cuerpo considera natural se convierte en un esfuerzo aún mayor tras el cambio horario.

 

 

Uno de los efectos más inmediatos y evidentes de esta desincronización es la alteración del sueño. Durante los días posteriores al cambio al horario de verano, la duración del sueño se reduce de forma aguda, normalmente entre 20 y 60 minutos. Además, no solo se duerme menos, sino peor: la calidad del sueño disminuye y aumenta la somnolencia durante el día. Este déficit de descanso afecta al rendimiento cognitivo, la atención y la capacidad de concentración. El impacto es especialmente notable en adolescentes, un grupo que ya presenta una tendencia biológica a acostarse más tarde. Al obligarles a levantarse antes en términos biológicos, el cambio horario amplifica la privación de sueño que muchos ya experimentan. También se ven particularmente afectados quienes tienen horarios laborales tempranos o padecen trastornos del sueño, como el insomnio.

 

 

Pero las consecuencias no se limitan al cansancio. El sueño y los ritmos circadianos están estrechamente relacionados con la regulación emocional, por lo que su alteración puede tener efectos sobre la salud mental. Diversos estudios han identificado un aumento transitorio de síntomas depresivos y de ansiedad tras el cambio al horario de verano. En algunos casos, incluso se ha observado un incremento en el riesgo suicida, especialmente en poblaciones vulnerables.

 

 

Es importante matizar que estos efectos no son uniformes en toda la población. Mientras que en ciertos grupos como adolescentes, personas con cronotipo vespertino o individuos con trastornos afectivos previos, el impacto puede ser significativo, los estudios poblacionales más amplios no siempre encuentran cambios relevantes en indicadores globales de salud mental o en la incidencia de trastornos psiquiátricos graves. Esto sugiere que el problema no afecta por igual a todo el mundo, sino que se concentra en subgrupos especialmente sensibles.

 

 

La variabilidad individual es, de hecho, un elemento clave para entender este fenómeno. Factores como la genética (que influye en el cronotipo), la edad o las condiciones de salud preexistentes determinan en gran medida la capacidad de adaptación al cambio horario. También influyen factores sociales, como la rigidez de los horarios escolares y laborales, que pueden dificultar aún más la conciliación entre el reloj biológico y las exigencias externas.

 

 

Ante esta evidencia, sociedades científicas como la American Academy of Sleep Medicine han comenzado a cuestionar la conveniencia de mantener el cambio estacional de hora. En particular, se propone adoptar de forma permanente el horario estándar (el de invierno), que se alinea mejor con los ritmos circadianos naturales. Además, se sugieren medidas como flexibilizar los horarios escolares y laborales, especialmente para adolescentes, con el fin de reducir el impacto del desfase circadiano.

 

 

En definitiva, el cambio al horario de verano no es solo una cuestión de relojes, sino de biología. Al alterar la sincronía entre nuestro organismo y el entorno, introduce un pequeño pero significativo estrés en nuestro sistema. Y aunque sus efectos suelen ser transitorios, la evidencia sugiere que respetar nuestros ritmos naturales podría ser una estrategia clave para mejorar el bienestar y la salud pública.