¿Cuándo la autolesión se convierte en rutina?
¿Cuándo la autolesión se convierte en rutina?
Lucía Ruiz Vázquez
24 de junio de 2026
Hay personas que saben exactamente cuándo aparecerá la necesidad de hacerse daño. No siempre ocurre de manera impulsiva. A veces existe preparación, anticipación y ritual. Un momento concreto del día, un lugar determinado o una secuencia repetida. Algunas personas describen alivio después; otras hablan de control, calma o desconexión emocional.
¿Qué ocurre cuando una conducta dañina deja de ser excepcional y empieza a formar parte de la rutina?
Las autolesiones no suicidas (ANS) constituyen una realidad cada vez más visible, especialmente en población adolescente y adulta joven. Cortes, quemaduras, golpes o interferencia en la cicatrización de heridas son algunas de las formas en las que pueden manifestarse. Habitualmente, estas conductas se entienden como estrategias desadaptativas relacionadas con la regulación emocional, el sufrimiento psicológico o determinadas experiencias traumáticas, tal y como recogen numerosos estudios sobre Non-Suicidal Self-Injury (NSSI).
Sin embargo, reducir las autolesiones únicamente a un síntoma puede dejar fuera una parte importante de la experiencia de quienes conviven con ellas. Algunas conductas no aparecen solo en momentos aislados de crisis, sino que terminan ocupando un lugar estable dentro de la vida cotidiana. Se repiten, se anticipan y adquieren una función concreta. Y aquello que se repite con frecuencia acaba, muchas veces, formando parte de la manera en la que una persona organiza su tiempo, gestiona el malestar o se relaciona con su propio cuerpo.
Las actividades cotidianas no solo llenan las horas del día. También construyen rutinas, generan familiaridad y aportan significado. Escuchar música antes de dormir, salir a caminar después de una discusión o morderse las uñas ante el nerviosismo son ejemplos de cómo determinadas acciones terminan asociándose a estados emocionales concretos. Algunas conductas aparecen de manera casi automática porque cumplen una función reconocible para la persona.
¿Puede ocurrir algo parecido con las autolesiones?
Diversos estudios señalan que muchas personas no buscan morir cuando se autolesionan, sino disminuir una intensidad emocionalque sienten difícil de gestionar. En algunos casos, el daño físico aparece como una forma de traducir el sufrimiento emocional en algo visible, concreto y controlable. En otros, actúa como mecanismo para recuperar sensación corporal, aliviar pensamientos invasivos o interrumpir estados de ansiedad, vacío o disociación.
Cuando estas conductas se mantienen en el tiempo, pueden adquirir un carácter repetitivo y ritualizado. Algunas personas describen preparativos previos, selección de instrumentos concretos o necesidad de realizar la conducta en determinados contextos. El acto deja entonces de entenderse únicamente como una reacción impulsiva y comienza a formar parte de patrones más complejos vinculados al cuerpo, las emociones y la vida cotidiana.
Pero las rutinas no solo organizan momentos aislados; también terminan condicionando la forma en la que las personas participan en su día a día. El cansancio físico, las heridas, el miedo a que otros descubran las lesiones o la necesidad de ocultarlas pueden influir en actividades tan cotidianas como el vestirse, relacionarse con otras personas, acudir a clase, practicar deporte o participar en espacios sociales. En algunos casos, la vida comienza a organizarse alrededor del malestar emocional y de las estrategias utilizadas para manejarlo.
Las autolesiones también pueden alterar la relación con el propio cuerpo. Hay personas que evitan determinadas prendas para esconder cicatrices, modifican hábitos diarios de higiene o limitan actividades por vergüenza, dolor o miedo al juicio externo. Otrasdescriben una sensación de dependencia emocional hacia la conducta, especialmente cuando sienten que es una de las pocas herramientas que les permite recuperar calma de manera inmediata.
A esto se suma el aislamiento que muchas veces acompaña al sufrimiento psicológico. Algunas personas dejan de participar en actividades que antes disfrutaban, reducen el contacto social o abandonan intereses significativos porque gran parte de su energía termina centrándose en sostener el malestar emocional cotidiano. Poco a poco, la rutina puede ir estrechándose alrededor del sufrimiento.
¿En qué momento una conducta deja de ser únicamente una respuesta puntual y empieza a formar parte de la manera de afrontar la vida cotidiana?
En los últimos años, algunos autores han comenzado a reflexionar sobre las llamadas Dark Occupations, término utilizado para describir actividades dañinas o socialmente rechazadas que, aun así, mantienen significado para quienes las realizan. Esta perspectiva propone una idea incómoda pero necesaria: no todas las actividades significativas son saludables. Existen conductas que generan sufrimiento y, al mismo tiempo, cumplen funciones relacionadas con el alivio emocional, la identidad, el control o la sensación de estabilidad.
Entender esto no significa justificar las autolesiones ni normalizarlas. Significa reconocer que algunas conductas dañinas pueden terminar ocupando un lugar concreto dentro de la experiencia cotidiana de una persona. Y quizá comprender esa función resulte imprescindible para acompañar de manera más humana y efectiva.
Porque si una conducta ayuda temporalmente a regular emociones, aporta sensación de control o aparece asociada a determinados momentos de vulnerabilidad, la intervención no puede limitarse únicamente a intentar eliminarla. También necesita preguntarse qué necesidad está cubriendo y por qué ha llegado a consolidarse de esa manera. Comprender el contexto en el que aparece la conducta, los momentos en los que se intensifica o las funciones que desempeña puede resultar tan importante como abordar el daño físico en sí mismo.
Tal vez una de las preguntas más importantes no sea únicamente: ¿por qué alguien se autolesiona?, sino también ¿qué lugar ocupa esa conducta en su vida diaria?
Hablar de autolesiones desde esta mirada implica alejarse de interpretaciones simplistas y acercarse a la complejidad de la experiencia humana. Comprender que incluso las conductas más dañinas pueden adquirir significado no resta gravedad al sufrimiento; al contrario, permite entender mejor por qué algunas personas encuentran tan difícil abandonarlas. A veces, comprender el sufrimiento también implica comprender aquello que lo sostiene.

Última entrada
¿Quieres colaborar con nosotros en la creación de artículos para la web?
Descarga aquí las normas de colaboración con OCODES para autores/as.




