La inalcanzable felicidad

La inalcanzable felicidad

Carlos Navas Ferrer

19 de marzo de 2026

“Vida, libertad y búsqueda de la felicidad”: así formula la Declaración de Independencia estadounidense un derecho que, en realidad, nunca prometió su cumplimiento. Sin embargo, esa idea, ampliamente difundida por la cultura popular, ha transformado la búsqueda en expectativa, como si la felicidad fuese un estado alcanzable y sostenido.

 

 

Vivimos en una época obsesionada con la felicidad. Se nos promete en libros de autoayuda, en redes sociales, en anuncios televisivos e incluso en el ámbito político. Ser feliz no solo parece posible, parece obligatorio. Sin embargo, hay algo profundamente sospechoso en esa promesa.

 

 

Naturaleza y evolución: por qué no estamos hechos para la felicidad

 

Rafael Euba, profesor en el King’s College de Londres, propone en un artículo publicado en The Conversation que quizá el problema no radica en que no sepamos cómo ser felices, sino que no estamos diseñados para serlo.

 

 

Desde una perspectiva evolutiva, la felicidad no parece tener demasiado sentido como objetivo estable. La selección natural no premia estados de plenitud duradera, sino comportamientos que favorecen la supervivencia. El cerebro humano no evolucionó para hacernos felices, sino para mantenernos alerta, resolver problemas y anticipar amenazas. La ansiedad, la insatisfacción o incluso la tristeza cumplen funciones adaptativas. Nos empujan a actuar, a cambiar, a no conformarnos.

 

 

En ese marco, la felicidad constante sería casi un error biológico. Un organismo plenamente satisfecho dejaría de buscar, de mejorar, de protegerse. Y eso, en términos evolutivos, sería peligroso.

 

 

De hecho, nuestra propia experiencia cotidiana confirma algo parecido: lo que se vuelve estable deja de producir placer intenso. Nos acostumbramos. Lo que ayer nos hacía felices hoy se vuelve normal. Y lo que es normal deja de sentirse como felicidad.

 

 

Freud y la idea de felicidad

 

Esta intuición de que la felicidad es limitada, o incluso imposible, no es nueva. Ya en 1930, Sigmund Freud formuló una de las críticas más radicales en El malestar en la cultura.

 

 

En esta obra, Sigmund Freud plantea una idea tan sencilla como incómoda: el ser humano está orientado a buscar placer y evitar el sufrimiento, pero esa búsqueda está condenada a no satisfacerse plenamente. Desde esta perspectiva, lo que solemos llamar felicidad no sería un estado duradero, sino algo mucho más limitado, vinculado a la satisfacción puntual de necesidades o deseos previamente reprimidos.

 

 

Este planteamiento se articula en torno al llamado principio del placer, según el cual la mente tiende de manera constante a la gratificación inmediata y a la reducción de tensiones internas. Sin embargo, cada satisfacción es necesariamente efímera: apenas se alcanza, comienza a desvanecerse, dejando paso a una nueva necesidad. Se configura así una dinámica continua en la que el deseo conduce a la satisfacción, esta se disuelve y da lugar a un nuevo deseo, lo que impide la estabilización de la experiencia de felicidad. En este sentido, la felicidad aparece estructuralmente ligada a la falta.

 

 

A esta limitación interna se añade un conflicto externo de mayor alcance. La cultura, entendida como el conjunto de normas, valores y formas de convivencia que hacen posible la vida en sociedad, cumple una función protectora, pero al mismo tiempo exige la represión de los impulsos más básicos. Esa renuncia no es gratuita, sino que genera un malestar persistente que acompaña al individuo en su vida social.

 

 

Freud identifica, además, tres fuentes inevitables de sufrimiento que obstaculizan la posibilidad de una felicidad plena: el propio cuerpo, vulnerable al dolor, la enfermedad y el envejecimiento; el mundo exterior, imprevisible y en muchos casos hostil; y las relaciones con los otros, atravesadas por tensiones, conflictos y ambivalencias. El resultado es un equilibrio difícil de sostener, en el que aquello que hace posible la vida humana, la cultura, introduce al mismo tiempo los límites de nuestra satisfacción.

 

 

En este contexto, la felicidad no puede entenderse como un estado continuo, sino más bien como un fenómeno transitorio, un destello que emerge momentáneamente cuando una tensión se alivia y que desaparece casi de inmediato, devolviendo al sujeto a la dinámica incesante del deseo.

 

 

Entonces, ¿qué hacemos?

 

Aceptar que la felicidad no es alcanzable como condición permanente no implica adoptar una postura pesimista, sino más bien asumir una forma de realismo que puede resultar, en cierto sentido, liberadora. Permite abandonar la persecución de un ideal inalcanzable, comprender el malestar como una dimensión constitutiva de la experiencia humana y no como un fallo individual, y replantear la vida en términos distintos a la búsqueda de una satisfacción continua. En lugar de ello, invita a pensar en una existencia articulada en torno a momentos, a formas de sentido y a un equilibrio siempre inestable.

 

 

Desde esta perspectiva, la pregunta relevante deja de ser cómo alcanzar la felicidad y pasa a ser otra más sobria y quizá más fecunda: cómo vivir sabiendo que la felicidad plena no existe. Tal vez en esa reformulación, más modesta y ajustada a la condición humana, se encuentre una forma distinta de serenidad.

Bienestar en la adolescencia: claves para acompañar el crecimiento

Bienestar en la adolescencia: Claves para acompañar el crecimiento

Tatiana Simal Galindo y Alba Zorrilla Blasco

2 de marzo de 2026

​La palabra adolescencia proviene del término del latín adolesco–adolescere: adolecer, crecer a pesar de todo, con dificultades. La propia etimología ya sugiere que no se trata de un tránsito sencillo, sino de un proceso de transformación profundo, a veces contradictorio, en el que conviven la fragilidad y la potencia creadora.

 

 

La mayoría de las personas transitan el paso del mundo infantil al adulto sin rupturas ni desequilibrios importantes; pero las dudas, la incertidumbre, la explosión de deseos y los peligros son inherentes a esta transición. El adolescente deja atrás certezas infantiles mientras todavía no dispone plenamente de los recursos adultos. Se encuentra, por tanto, en una etapa de construcción: de su identidad, de su proyecto vital y de su manera de estar en el mundo.

 

 

A continuación, se presentan algunos factores protectores del bienestar emocional en la adolescencia.

 

 

La atención a las etapas previas

 

Los padres tienen una tarea clave en la infancia y la latencia. En la medida en que se hayan cultivado en el núcleo del hogar factores como la autonomía y la responsabilidad progresivas, la promoción de la toma de decisiones, el acompañamiento tanto en la tolerancia a la frustración como en la culpa y la reparación, el atender a los intereses del niño y facilitar sus aficiones, la práctica de la comunicación asertiva, la transmisión del orgullo por sus logros, así como la ayuda en la modulación de sentimientos y actitudes menos sanos, el juego compartido, etc., los cimientos para el desarrollo del adolescente serán más sólidos.

 

 

Se busca que el niño, al finalizar la latencia, haya llegado a conocer sus puntos fuertes y débiles; que pueda entretenerse por sí mismo y estar a gusto más allá de la presencia constante de sus padres; que pueda afrontar situaciones novedosas y ejercer su carácter defendiéndose ante sus iguales. Habrá disfrute en cuanto a sus posibilidades y capacidades, comenzándose así el diseño de un proyecto propio de vida que en la adolescencia tomará forma más definida.

 

 

La estabilidad de la familia

 

Una base de seguridad familiar es un factor fundamental ante el reto del crecimiento, que no es sino el paso desde la dependencia completa del bebé hacia la confianza e independencia del adulto. Esta estabilidad no implica ausencia de conflictos, sino coherencia, límites claros y disponibilidad afectiva. La familia extensa, los amigos de los padres y los profesores pueden desempeñar un papel esencial al acompañar al adolescente, teniendo en cuenta que la cercanía directa con los padres puede resultarle incómoda. En su proceso de autoafirmación necesita otros modelos y figuras que puedan ser vividas de forma menos amenazante y más facilitadora del diálogo.

 

 

El acompañamiento en la salud sexual

 

Desde el cuidado del propio cuerpo y el respeto al de los demás hasta la posibilidad de hablar de los cambios corporales, del primer amor, de la diferencia entre sexo y amor o de los riesgos de la pornografía, es deseable encontrar un equilibrio que permita abordar estos temas sin invadir en exceso. El adolescente necesita asimilar progresivamente que su cuerpo ya no es infantil: puede aparecer miedo, extrañeza o vergüenza. Se abre la sexualidad, el encuentro con el otro y con uno mismo al mismo tiempo, y contar con adultos que orienten sin juzgar es un factor decisivo de protección.

 

 

Educar en valores y compromisos

 

Estos serán asideros firmes para la construcción de la identidad. La coherencia entre lo que se dice y lo que se hace en el entorno familiar y educativo facilita que el adolescente pueda integrar principios éticos propios, desarrollar el sentido de responsabilidad y aprender a convivir con la diversidad.

 

 

Promover las aficiones

 

Las actividades culturales, deportivas o artísticas no sólo afectan al rendimiento formativo, sino también a las decisiones académicas y al encuentro con iguales con intereses comunes. Las aficiones estructuran el tiempo libre, fortalecen la autoestima y ofrecen espacios de pertenencia saludables.

 

 

Destacar sus logros y no insistir en exceso en sus errores

 

La confianza del adolescente en sí mismo es quebradiza, aunque se aparente lo contrario. Tras actitudes desafiantes o indiferentes puede esconderse una profunda inseguridad. El reconocimiento sincero y proporcionado favorece la consolidación de una autoestima realista.

 

 

Regular el acceso a redes sociales, videojuegos y pantallas

 

El adolescente aún no ha desarrollado plenamente el córtex prefrontal, zona encargada de la planificación, la toma de decisiones y el control de los impulsos. Por ello necesita supervisión y límites externos que suplan esa inmadurez neurológica transitoria. La educación digital debe combinar la confianza con normas claras y razonadas.

 

 

No obviar el efecto tóxico del alcohol, cannabis y otras drogas

 

En el cerebro en desarrollo del adolescente su impacto puede ser especialmente dañino, tanto por el riesgo de desconexión con el estudio (síndrome amotivacional) como por la puerta que supone al desarrollo de adicciones y otros trastornos mentales. Del mismo modo, cuidar la alimentación, el sueño y el descanso son hábitos saludables imprescindibles que sostienen el equilibrio emocional.

 

 

Fomentar el encuentro con el grupo de iguales

 

Acompañar el acceso a grupos acordes con los intereses del adolescente —y si es antes de esta etapa, mejor— facilita una pertenencia sana. No olvidemos que los amigos son, en cierto modo, la familia que uno elige, pero no a pesar de uno mismo. Combatir el acoso escolar es una tarea fundamental de todos: familias, centros educativos y sociedad en su conjunto.

 

 

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, 1 de cada 7 menores entre 10 y 19 años sufre algún trastorno de salud mental. Este dato nos recuerda que la adolescencia, aun siendo una etapa de oportunidad y crecimiento, también puede ser un tiempo de especial vulnerabilidad. Abordar el sufrimiento de forma temprana, desde unidades especializadas y con un enfoque biopsicosocial, permitirá elaborar un diagnóstico adecuado y ofrecer los tratamientos más pertinentes.

 

 

En definitiva, acompañar la adolescencia no consiste en evitar las dificultades —porque crecer implica atravesarlas— sino en ofrecer presencia, límites y confianza. Si la infancia ha sentado bases sólidas y el entorno continúa siendo un espacio de referencia y apoyo, el adolescente podrá transformar la incertidumbre en proyecto, la duda en búsqueda y la fragilidad en fortaleza. Crecer, a pesar de todo, seguirá siendo un desafío, pero también una extraordinaria oportunidad de desarrollo humano.

Preguntas y respuestas para dialogar sobre el alcohol

Preguntas y respuestas para dialogar sobre el alcohol

Gema Puig Esteve y José Miguel Ausejo Sanz

24 de febrero de 2026

Las adicciones nos enfrentan a situaciones complejas, y también a procesos que desgastan las relaciones y que, desde una cierta aproximación de ayuda, o incluso terapéutica, resultan difíciles de acompañar.

 

 

Se puede intuir que cuando el uso diario del alcohol por una persona hace descarrilar la vida familiar, social o laboral, algo le ocurre a la persona; algo se está desencadenando y seguramente será conveniente buscar ayuda.

 

 

Hacer como si no sucediera nada, dejar pasar el tiempo, ocultar lo que pueda estar ocasionando, evitar afrontar la situación, solo va a llevar consigo un agravamiento y, con frecuencia, consecuencias que afectarán a la persona que está inmersa en el consumo de alcohol y a sus diferentes contextos.

 

 

En nuestra sociedad, dada la legalidad y normalización de su presencia en la vida cotidiana, el tabaco y el alcohol son las sustancias más usadas y, probablemente, las que ocasionan mayor número de consecuencias indeseables. Podemos decir que serán estas las sustancias con las que muchas personas se inicien en los «usos de sustancias».

 

 

Se pueden recordar algunos asuntos que reflejan la proximidad que históricamente se ha mantenido con el uso de bebidas alcohólicas, y las dificultades para tomar conciencia de los estragos que estos usos han originado, y originan en la vida de muchas personas.

 

 

Así recordamos cómo se merendaba con «rebanadas de pan con vino y azúcar», cómo se usaban las bebidas de alta graduación como «estimulantes del apetito» para niños, cómo se hacía ver que las intoxicaciones formaban parte del proceso de crecimiento de las personas «quién no se ha intoxicado en alguna ocasión», de las transiciones vitales de los ritos de paso «bebe que ya eres un hombre» o cómo se generalizaba el uso tratando de restar importancia a situaciones complejas «todo el mundo bebe».

 

 

Hoy encontramos que «hacer botellón», o «beber una cantidad excesiva en el menor tiempo posible», así como introducir el uso del alcohol en diferentes juegos o retos, o incluso beber una cantidad importante de alcohol antes de acudir a un encuentro de amigos, añaden peculiaridades al modo de relacionarse con el alcohol.

 

 

Más cantidad, a menor edad, con cierta frecuencia, y repitiendo las intoxicaciones nos sitúan en una realidad cuyas consecuencias a medio y largo plazo desconocemos. Nos enfrentamos a las consecuencias más agudas que pueden llegar a resultar fatales para algunas personas.

 

 

En estas situaciones, como en otros tantos aspectos de la vida, reconocer que algo no va bien y que se precisa ayuda no resulta sencillo.

 

 

Encharcar la conciencia tratando de padecer menos, de no sufrir o de hacer desaparecer una realidad desagradable puede ocasionar varias consecuencias. Entre ellas, la de volver a beber, no ya para aliviar las situaciones referidas, sino para calmar el deseo desarrollado por usar el alcohol. A los malestares previos se añade la necesidad por mantenerse en ese estado de «bienestar» experimentado por la persona ebria.

 

 

El alcohol es una sustancia cercana, presente en todos los momentos de la vida, en nuestra cultura, en nuestras costumbres, en nuestras rutinas. De fácil acceso y no excesivamente caro, nos presenta un escenario complejo que favorece su uso y abuso, el mantenimiento del consumo e incluso el retorno a usarlo tras periodos de abstinencia más o menos prolongados.

 

En este sentido proponemos una serie de preguntas que quizá propicien un cierto diálogo.

 

¿Es posible controlar el uso del alcohol para una persona que ha tenido problemas con dicho uso?

 

Nuestra experiencia compartida nos dice que resultará muy difícil controlar el uso de alcohol para la persona que ha experimentado previamente una dependencia alcohólica. Es posible que la memoria originada por esa dependencia se reactive con velocidad, y que incluso no precise muchos nuevos usos para retornar al punto de dependencia anterior.

 

 

¿La persona que abusaba del alcohol podrá volver a consumirlo de forma social?

 

Nos parece relevante tener en consideración para tratar de entender el alejamiento permanente del uso del alcohol en estas circunstancias, que si retorna el deseo por beber puede estar señalando que las dificultades personales existentes no se han orientado suficientemente y que el malestar originado busca de nuevo en el alcohol un modo de mitigarse. Añadimos que para un individuo vulnerable el retorno a la bebida presenta sensaciones muy difíciles de controlar.

 

 

¿Basta con que hayan transcurrido algunos años de abstinencia para que una persona que tuvo un uso abusivo del alcohol pueda mantener un uso controlado?

 

No hay forma, desde nuestra experiencia, de retornar a un uso social del alcohol cuando previamente existió una historia de abuso; es un deseo difícil de llevar a la práctica. El control no parece posible y es un riesgo del que el individuo habrá de ser consciente por las consecuencias que puede desencadenar. Nuevas satisfacciones han podido favorecer una vivencia cotidiana en la que el alcohol se mantuvo ausente, e incluso esta nueva experiencia cotidiana originó mayor conciencia sobre las complicaciones surgidas en torno al abuso previo del alcohol. Desde la inexactitud, en muchos aspectos de la medicina cada persona es una experiencia concreta, una relación particular entre la sustancia que se usa, el sujeto que la usa y los contextos donde se llevan a cabo dichos usos, y en estas líneas señalamos la enorme dificultad existente para retornar a ese consumo social.

 

 

Tras un periodo de abstinencia, ¿sería adecuado que una persona que ha mantenido un uso abusivo de alcohol tomase bebidas «alcohólicas sin alcohol»?

 

Las bebidas alcohólicas que se presentan como «cero alcohol» favorecen en las personas que han vivido una experiencia de uso abusivo del alcohol, traspasar una puerta de consecuencias impredecibles. Participar en este juego podría suponer propiciar un contexto de proximidad y permiso que, tras los esfuerzos realizados para mantener la abstinencia, puede conducir a nuevos usos de alcohol.

 

 

¿Cómo se puede reconocer que alguien que vivió una época de consumo abusivo, excesivo, o de dependencia al alcohol ha superado dicha situación?

 

El único modo de percibir que una persona ha superado una dependencia del consumo de alcohol es observar que se mantiene abstinente, ya que el riesgo de reactivar ese uso abusivo y, por tanto, que nuevamente aflore la dependencia va a estar siempre presente. Otros rasgos son observar cómo la vida familiar, social y laboral se reconduce; se introducen nuevos modos de disfrutar o se recuperan algunos arrinconados. Incluso se percibe cómo los aspectos más frágiles de la persona adquieren una mayor consistencia. El rechazo a la búsqueda de ayuda se transforma en la necesidad de afrontar las dificultades que la sobriedad muestra y que parece conveniente recolocar del mejor modo posible.

 

 

Añadimos una mirada que nos parece relevante. Desde un punto de vista ocupacional, beber alcohol se configura en la historia de algunas personas como una ocupación significativa, posiblemente iniciada debido a las influencias sociales, que en determinados momentos han podido otorgarle beneficios personales e incluso un «cierto reconocimiento social» e identidad ocupacional. Esa persistencia a lo largo del tiempo a pesar del constante desafío que supone para su vida personal, familiar, laboral, favorecida por las oportunidades del entorno (normalización del consumo, accesibilidad de la bebida, legalidad de la sustancia, ligado a la celebración, al ocio, a la fiesta) da cuenta de ese «lado oscuro» de algunas actividades cuyo desempeño conduce a una adicción.

 

Entendida la «resiliencia ocupacional» como el grado de persistencia en cualquier actividad específica, podemos intuir la importancia de generar socialmente oportunidades de ocio que fomenten la salud y el bienestar y aprovechen el potencial de la participación y el apoyo social.

Juego de apuestas: un problema de salud pública

Juego de apuestas: un problema de salud pública

Itxaso Cabrera Gil

18 de febrero de 2026

Cuando somos jóvenes estamos en plena evolución, en una constante lucha de equilibrio entre el control y el descontrol de los impulsos. Nuestras hormonas acechan y nos encanta experimentar planes y vivencias. Nos atrae lo nuevo y, si está prohibido, aún más. Y esto el sector de las apuestas lo sabe.

 

 

La industria de las apuestas no busca jóvenes que comiencen a invertir su dinero al cumplir los 18 años en las diversas ranuras del sector, lo que realmente persigue es que, al alcanzar la mayoría de edad, ya sepan hacerlo; más aún, que estén habituados. Que el deporte deje de ser simplemente jugar, en el sentido más puro de la palabra, y que los videojuegos tampoco lo sean. El objetivo es que estas prácticas se encadenen de forma progresiva hasta que, al dejar atrás la adolescencia, apostar forme parte de su rutina cotidiana, casi como una habilidad adquirida. No se trata de ocio: se trata de captación temprana donde las apuestas pueden impactar en la vida de quienes las hacen y de aquellas personas que les rodean. No es fútbol, son apuestas deportivas. No es una consola, son videojuegos infectados de cajas botín.

 

 

Desde el ámbito académico y la investigación científica, los datos son preocupantes. Nos centramos en Aragón donde el 60 % de jóvenes entre 16 y 25 años ha apostado alguna vez, o nos vamos al recientemente publicado informe sobre adicciones comportamentales dentro del Plan Nacional sobre Drogas y otros trastornos adictivos donde se señala un incremento del posible juego problemático entre los estudiantes de 14 a 18 años, fundamentalmente entre los chicos (8,4% en 2025 vs 6% en 2023) y entre quienes han jugado a juegos de azar online (27,7% en 2025 vs 23,5 % en 2023). En definitiva, es alarmante, una parte significativa de las y los jóvenes que apuestan lo hace de forma repetida, con riesgo de desarrollar un diagnóstico ligado al juego problemático o trastorno por juego de apuestas. La accesibilidad a las apuestas desde los dispositivos móviles o la facilidad tecnológica, así como el mantenimiento de las máquinas tragaperras en el sector de hostelería, donde es más que necesaria su eliminación o al menos un aumento del control de acceso, son el caldo de cultivo perfecto para un sector cuyo único fin es hacer negocio poniendo en riesgo a cientos de jóvenes.

 

 

Desde un punto de vista de salud, las apuestas no son ocio por mucho que escuchemos mensajes publicitarios como el famoso “bien jugado”. Las consecuencias no solo acechan el plano económico, sino que como si de un meteorito se tratase el impacto va desde lo psicológico hasta lo social, incluyendo culpa, vergüenza, problemas en las relaciones y alteración de la rutina diaria desde lo más básico (sueño o alimentación) hacia aquellas actividades más ligadas al beneficio personal. Estas repercusiones no son anecdóticas: reflejan que las apuestas pueden derivar en patrones de comportamiento compulsivo, pensamiento obsesivo y distorsiones cognitivas como el falso sentimiento de control (“ahora me toca”, “estoy de suerte”) conocidos como sesgos cognitivos, que mantienen el ciclo de apuestas pese a las consecuencias adversas. Finalmente, sí, es cierto: la máquina siempre gana. Los sentimientos de culpa o la ira, así como la ansiedad, aparecen tempranamente cuando el sector de las apuestas comienza a cumplir sus objetivos: ganar dinero. Y no solo se da un impacto en quienes desarrollan la enfermedad conocida popularmente como ludopatía, si no que alrededor de cinco personas del entorno cercano padecen dichas repercusiones, tomando, pues, la importancia que da título a estas líneas, lamentablemente estamos ante un problema de salud pública.

 

 

Y como problema de salud pública, el impacto del juego no es solo individual, sino que está condicionado por determinantes sociales, ambientales y comerciales que van desde publicidad dirigida hasta la omnipresencia de las «apps» de apuestas en el entorno digital de los jóvenes, y no tan jóvenes, dirigidas a modificar comportamientos que aumentan el desarrollo del daño de manera correlacional –sí, sorpresa de nuevo– a las ganancias del propio sector. Debemos reconocer sin tapujos que el sector de las apuestas gana la traducción de las pérdidas de quienes apuestan.

 

 

Y claro, no todo el mundo apuesta de la misma manera. La perspectiva de género se convierte en la investigación y el tratamiento en una cuestión vital: hombres y mujeres lo hacen diferente. Ellos tienden a comenzar antes, buscan la emoción, la adrenalina, la experiencia en sí; mientras ellas, de evolución más rápida, suelen comenzar a hacerlo más tarde, asumiéndolo como una vía de escape a otros problemas, haciéndolo más aisladas.

 

 

Tendremos que ir más allá de la perspectiva de mujer y comenzar a salir de las investigaciones cuyo patrón responde a la de los hombres «cis» , y es que investigaciones recientes sugieren que jóvenes de identidades de género diversas pueden tener riesgos significativamente más altos de involucrarse en el juego problemático que sus pares cisgénero, lo cual comienza a evidenciar que la experiencia del daño no solo está mediada por el género, sino también por la interacción entre identidad, entorno social y estrés estructural.

 

 

Ver más allá nos permitirá no solo tratar, sino también prevenir desde una visión amplia y diversa. Implica abordar acciones concretas, estrategias pertinentes y políticas públicas orientadas a una salud que busque eliminar o reducir la probabilidad de que ocurra un problema, daño o enfermedad ligada a las apuestas. Asimismo, supone poner límites a un sector cuyos ingresos brutos anuales, solo en el último trimestre de 2025 en España, alcanzaron los 405,36 millones de euros, un 16,49 % más que en el mismo trimestre de 2024; o, al menos, minimizar sus efectos en caso de que la enfermedad llegue a desarrollarse. Y es que no es adicta la persona que consume sino, más bien, quien no puede dejar de hacerlo. En otras palabras, prevenir significa anticiparse a un riesgo y actuar antes de que se manifieste un daño. Deberemos seguir a la ciencia para que las apuestas dejen de acechar, ver con perspectiva de salud y diversidad el trastorno de juego de apuestas, una enfermedad de salud mental que nos puede ocurrir a cualquiera.

 

 

Si necesitas ayuda, puedes consultar la web de la Asociación Aragonesa de Jugadores de Azar en Rehabilitación.

Mindfulness y su utilidad en el campo de la salud

Mindfulness y su utilidad en el campo de la salud

Javier García Campayo

21 de enero de 2026

Mindfulness, o “atención plena”, describe, por una parte, un estado mental caracterizado por estar atento al momento presente con aceptación. Este estado se asocia a un gran bienestar físico y psicológico y esa es la razón de su amplia expansión por todo el mundo. Por otro lado, el término también se utiliza para referirse a la técnica que permite alcanzar dicho estado, y que es un tipo específico de meditación atencional. Es una técnica que puede entrenarse de forma sencilla, con formaciones de unas 20 horas, y que es coste-efectiva, ya que se imparte en formato grupal. Una vez formado, el individuo puede realizarlo en su casa sin apenas supervisión. Se considera que una “dosis” de meditación de entre 15 y 20 minutos diarios, practicada casi todos los días (cinco veces a la semana), durante un período de tres meses, no solo produciría cambios en los test psicológicos —aumentando niveles de atención plena y otros parámetros de bienestar—, sino que también produciría modificaciones en las conexiones cerebrales detectables mediante técnicas de neuroimagen.

 

 

¿Cuáles son los beneficios de mindfulness a nivel de salud?

 

Por un lado, se puede utilizar en el tratamiento de enfermedades psiquiátricas y médicas. El gran posicionamiento de mindfulness en las ciencias biomédicas surge con un artículo publicado en la prestigiosa revista Lancet en el que se demostraba que mindfulness era tan eficaz como el tratamiento antidepresivo estándar en la prevención de la depresión recurrente, por lo que la Guía NICE británica lo recomienda con esta indicación. Otros trastornos psicológicos en los que se ha demostrado útil, con la máxima evidencia como son los metaanálisis, son los trastornos de ansiedad y las adicciones. En relación con enfermedades médicas, los metaanálisis confirman su eficacia en el manejo del dolor o en los componentes psicológicos asociados al cáncer.

 

Pero mindfulness es también útil en individuos sanos para mejorar su afecto positivo y bienestar psicológico, así como para prevenir diferentes enfermedades, sobre todo relacionadas con el estrés. Según la teoría de la neuroinflamación, ampliamente aceptada en medicina, muchas de las enfermedades actuales están relacionadas con el estrés. Pues bien, mindfulness se considera una de las técnicas psicológicas más eficaces para el control de este trastorno y por eso se está empleando como herramienta preventiva en enfermedades que cursan con estrés intenso, que puede llegar al quemado profesional o burnout, como sanitarios, docentes o estudiantes. De hecho, hay estudios que sugieren que la meditación como estilo de vida alargaría la esperanza de vida (con otros factores controlados, como la dieta o la actividad física), en base a la detección de una menor retracción de los telómeros en la población que medita habitualmente.

 

 

En definitiva …

 

Aunque existen metaanálisis que sugieren su eficacia en estas y otras muchas condiciones médicas, todavía las muestras son pequeñas, la metodología debe ser mejorada para evitar la importante heterogeneidad, y el seguimiento debe ser más largo de los 6 meses habituales. Pero, lo que parece evidente, es que nos encontramos ante un grupo de terapias que puede constituir una herramienta más en diferentes trastornos y aumentar el bienestar psicológico y la calidad de vida en individuos sanos, pudiendo llegar a aumentar la esperanza de vida.

La depresión y el mito del desequilibrio químico

La depresión y el mito del desequilibrio químico

Carlos Navas Ferrer

13 de enero de 2026

Durante décadas, la depresión se ha explicado al público general como el resultado de un “desequilibrio químico” en el cerebro, especialmente una supuesta deficiencia de serotonina. Esta idea ha tenido una enorme influencia cultural y clínica: ha modelado la forma en que las personas entienden su sufrimiento, ha legitimado el uso masivo de antidepresivos y ha consolidado una visión biomédica de la salud mental. Sin embargo, en los últimos años esta explicación ha sido profundamente cuestionada. Una de las figuras clave en este cuestionamiento es la psiquiatra británica Joanna Moncrieff.

 

En una entrevista reciente, Moncrieff afirma que “nos han engañado sobre la depresión” y que no existen pruebas científicas sólidas de que esté causada por un desequilibrio químico. Esta afirmación se apoya en una exhaustiva revisión de la literatura científica publicada en Molecular Psychiatry, que analiza de forma crítica décadas de investigación sobre serotonina y depresión.

 

 

Qué dice realmente la evidencia científica

 

El trabajo liderado por Moncrieff es una revisión paraguas de los principales ámbitos de investigación sobre serotonina y depresión. Este tipo de revisión se sitúa en el nivel más alto de la jerarquía de la evidencia científica, ya que sintetiza resultados de revisiones sistemáticas, metaanálisis y grandes estudios genéticos.

Tras analizar seis grandes líneas de investigación — trabajos que miden la serotonina y derivados en el organismo; estudios sobre el funcionamiento de los receptores y el “transportador” de la serotonina en el cerebro; experimentos que intentan reducir la serotonina para ver si cambia el estado de ánimo; y estudios genéticos que buscan una relación entre ciertos genes, el estrés y la depresión— la conclusión general es clara: no existe evidencia consistente que demuestre que la depresión esté asociada a niveles bajos de serotonina o a una disminución de su actividad.

 

La mayoría de los estudios no encuentran diferencias significativas entre personas con depresión y personas sin ella. Cuando aparecen niveles más bajos de serotonina, estos se asocian de forma consistente al uso de antidepresivos, no a la depresión en sí. Este dato resulta especialmente relevante, ya que sugiere que algunos cambios neuroquímicos podrían ser consecuencia del tratamiento y no de la enfermedad.

 

 

Antidepresivos y serotonina: una relación compleja

 

Uno de los argumentos clásicos a favor del “desequilibrio químico” es que los antidepresivos funcionan aumentando la serotonina, lo que supuestamente demostraría que la depresión se debe a su déficit. Sin embargo, Moncrieff y sus colaboradores cuestionan este razonamiento. El hecho de que una sustancia produzca un efecto no implica que corrija una anomalía previa.

 

Tal como se explica en el artículo científico, existen otras hipótesis sobre cómo actúan los antidepresivos, como el embotamiento emocional o el efecto placebo amplificado. Además, la revisión muestra indicios de que el uso prolongado de antidepresivos puede reducir la disponibilidad de serotonina a largo plazo, lo que contradice la narrativa simplista de que “restauran el equilibrio”.

 

 

 

Genética y serotonina: otra hipótesis descartada

 

Uno de los aspectos más sólidos del trabajo de Moncrieff es el análisis de los estudios genéticos. Las investigaciones más amplias y metodológicamente rigurosas, con muestras de decenas de miles de personas, descartan cualquier asociación significativa entre los genes relacionados con la serotonina y la depresión, así como la supuesta interacción entre estos genes y el estrés vital.

 

Este hallazgo es especialmente importante porque desmonta la idea de una vulnerabilidad biológica innata ligada a la serotonina, una noción que ha sido ampliamente difundida tanto en manuales como en discursos divulgativos.

 

La crítica a la psiquiatría dominante

 

Estas conclusiones encajan con una crítica más amplia a la psiquiatría contemporánea, recogida en el testimonio de Laura Martín López-Andrade, psiquiatra entrevistada en El Salto, donde describe la psiquiatría como una profesión “potencialmente muy peligrosa” cuando reduce el sufrimiento humano a procesos biológicos aislados y descontextualizados. Desde esta perspectiva, la teoría del desequilibrio químico no solo es científicamente infundada, sino que también puede tener efectos negativos sobre los pacientes. Según Moncrieff, creer que la depresión es el resultado de un defecto cerebral puede generar una visión pesimista y cronificada del problema, dificultando la recuperación y fomentando la dependencia prolongada de la medicación.

 

 

Implicaciones preventivas: cómo protegerse del problema

 

Si aceptamos que la depresión no es, fundamentalmente, un desequilibrio químico, se abren importantes implicaciones preventivas para las personas:

 

  • Cuestionar explicaciones simplistas.

Entender que el malestar emocional no implica necesariamente un fallo biológico puede reducir el miedo, la estigmatización y la sensación de estar “dañado”. Una visión menos determinista favorece la esperanza y la capacidad de cambio.

 

  • Prestar atención al contexto vital.

Tal como sugieren las críticas recogidas en los textos, el sufrimiento psicológico suele estar profundamente ligado a experiencias de vida, relaciones, condiciones laborales, precariedad o aislamiento social. Reconocer estos factores permite abordarlos de forma más directa.

 

  • Evitar la medicalización automática del malestar.

No todo estado de tristeza, apatía o desánimo requiere una explicación médica ni una intervención farmacológica inmediata. Diferenciar entre sufrimiento humano y enfermedad puede prevenir tratamientos innecesarios y sus posibles efectos adversos.

 

  • Fortalecer recursos personales y sociales.

Fomentar redes de apoyo, espacios de escucha, sentido vital y estrategias de afrontamiento puede ser más protector a largo plazo que confiar exclusivamente en soluciones químicas.

 

  • Favorecer hábitos de vida saludable.

Dormir lo suficiente, mantener horarios regulares, realizar actividad física moderada y contar con momentos de descanso y desconexión ayuda a estabilizar el estado de ánimo y a afrontar mejor las dificultades.

 

  • Informarse críticamente antes de iniciar tratamientos prolongados.

Dado que la revisión señala posibles efectos neuroquímicos del uso continuado de antidepresivos, resulta prudente que las personas cuenten con información completa y honesta antes de iniciar o mantener tratamientos a largo plazo.

 

Hacia una comprensión más honesta de la depresión

La tesis de Moncrieff no niega el sufrimiento real que supone la depresión, ni afirmar que los tratamientos farmacológicos no tengan ningún efecto. Lo que sí implica es reconocer los límites del conocimiento actual y abandonar explicaciones simplistas que no se sostienen empíricamente.

 

Como muestra la evidencia revisada, la depresión no puede reducirse a un fallo químico del cerebro. Insistir en esa narrativa no solo es científicamente incorrecto, sino que puede empobrecer la forma en que entendemos y abordamos el malestar humano. La propuesta de Moncrieff es, en última instancia, una llamada a una atención a las personas más humilde, crítica y honesta.