La información navega en la niebla

La información navega en la niebla

José Antonio Gabelas Barroso

24 de octubre de 2026

Vuelve un año más la semana de la “Alfabetización Mediática e Informacional”, que se celebra aquí y allá. No está de más poner el foco en la desinformación que acampa en unos tiempos convulsos e inciertos para todos. Comprobamos cada día que cada vez resulta más difícil distinguir entre información verídica y falsa.

 

La reciente radiografía que nos ofrece el Digital News Report 2026 del Reuters Institute y la Universidad de Oxford advierte que el creciente consumo de noticias en las redes sociales, las plataformas de vídeo, y en estos últimos años, la inteligencia artificial, aumenta la preocupación por la desinformación, y reduce la confianza en las noticias.

 

Se señala que en 29 de los 48 mercados en los que se trabaja con la noticia ha disminuido su confianza, lo que constata una caída general al nivel más bajo desde que comenzaron las mediciones en 2015. Los usuarios confían menos en las redes sociales y las plataformas de vídeo, que en las fuentes tradicionales. Sin embargo, se produce la paradoja de que mientras crece esta desconfianza, el consumo de los chatbots de IA y el consumo de las noticias en vídeo cada semana también crecen, con el 77% según el promedio global.

 

Esta inquietud en torno a la desinformación aumenta, llegando al 62%, con subidas superiores a cinco puntos porcentuales en 11 mercados. Según el Eurobarómetro de 2025, un 36% de ciudadanos europeos afirma haber estado expuesto con regularidad a noticias falsas, a diferencia del 28% que se registró en 2022. Por consiguiente, en el ecosistema informativo actual resulta muy complicado diferenciar entre lo real y lo falso, entre la mentira y lo verdadero. Muchas voces, escasa verificación, reducción de la relevancia del directo, servilismo a redes y plataformas, parecen ser algunas de las razones de la paradoja citada: pérdida de la confianza en la información que galopa por las redes y las plataformas, pero en donde aumenta día a día su consumo.

 

La historia tiene sus lecciones, como se indica en “Vamos a contar mentiras”. Los oráculos en Grecia transmitían las respuestas de la divinidad a sus preguntas a través de sus sacerdotes. También disponían de los suyos los fenicios y hebreos, incluso determinados pueblos africanos como los yorubas, disponían de los propios. Entonces no era necesaria la avanzada tecnología ni asesores políticos, sin embargo, tanto los chamanes de entonces como el ejército de spin doctor de ahora despliegan todas las competencias para construir una realidad paralela. Los montes, fuegos y templos en los que hablaba el oráculo han sido sustituidos por otros lugares institucionales y virtuales. El contexto desinformativo actual se asienta en una concentración del control de datos en pocas plataformas tecnológicas que marcan los viales de circulación y gestionan el diseño de su conectividad social, así como el tráfico emocional de sus individuos, como bien ha desarrollado en la “Cultura de la conectividad” Van Dijck y ha ficcionado Black Mirror, en “Sonríe, te están puntuando”.

 

Estos días padecemos el diseño de una campaña y estrategias electorales, de uno y otro lado, que desde la polarización política producen crispación y enfrentamiento, lo cual evita subrayar y atender las necesidades que preocupan a los ciudadanos. En este clima de sospecha, se alimenta un pensamiento tribal amparado en el colectivismo, que anestesia todo sentido crítico. En efecto, las estructuras sobre las que se cimenta la web social refuerzan el agrupamiento tribal del individuo, las cámaras de eco de las redes sociales encapsulan al sujeto y homogeniza su opinión. Para eso están los algoritmos, diseñados para ofrecernos lo que queremos, no lo que buscamos, en lo que nos afirmamos, no en lo que cuestionamos. La satisfacción de creer que el usuario encuentra la información que busca, solapa el hecho de que es la información la que encuentra al usuario.

 

La desinformación necesita diferentes acciones que deberían comprender un trabajo coordinado de las instituciones, los medios, las redes y plataformas, así como el diseño de la IA que necesitamos, las familias, la educación, pero también a cada una y cada uno de los ciudadanos. Sabemos que la alfabetización mediática e informacional es una carrera de fondo, que requiere un organigrama conjunto de toda la sociedad, porque sin formación lo que nos queda es desinformación.

 

Desde el Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital (GICID) de la Universidad de Zaragoza hacemos una apuesta integral por este desafío. Con numerosos proyectos que se pueden consultar en las referencias dadas, hemos desarrollado iniciativas para afrontar la desinformación desde la comunicación, la educación y la salud. En esta línea tenemos una línea de investigación y transferencia abierta en lo que se ha denominado el factor relacional, que acuña el modelo TRIC (Tecnologías de la Relación, Información y Comunicación). El histórico de este trabajo puede consultarse en el espacio del GICID, Factor Relacional. La contextualización de la noticia, la contrastación de las fuentes, la verificación de los datos que aporta la IA, la independencia de los medios y sus plataformas, el rigor de los periodistas, pero también la responsabilidad de los ciudadanos y ciudadanas para ser responsables de sus decisiones, porque lo son de su información, son redes de conexión que explicita esa dimensión relacional propuesta en el modelo TRIC.

Estrés laboral: un agotamiento prevenible

Estrés laboral: un agotamiento prevenible

Sergio Hijazo Larrosa

22 de octubre de 2026

Montañas de correos apilados sin leer y, por supuesto, sin contestar; agendas selváticas, imposibles hasta para los bolos filipinos; fechas límite que se van saltando cual piedras en las cataratas: con el máximo esfuerzo y la menor seguridad; procesos administrativos infinitos como las estrellas en el firmamento… Poco a poco vamos dejando atrás las vacaciones y nos introducimos en la vorágine (o en la rueda, si una/o tiene sensación de ser un hámster) del día a día.

 

 

Ocurre, además, que este es el ritmo en el que nos instalamos de forma permanente. Los estilos de vida, las nuevas e intensas exigencias, los recientes paradigmas en las relaciones personales y digitales, la imprevisibilidad y la falta de certidumbre generan incomodidad, malestar y consecuencias negativas.

 

 

El salto al estrés laboral desde estos preludios no es misión imposible. Más bien lo contrario. Este concepto puede definirse como la respuesta que las personas pueden tener cuando se enfrentan a demandas y presiones laborales que no corresponden con sus conocimientos y habilidades, y que desafían su capacidad de hacer frente a ellas. El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) matiza que el estrés son las respuestas físicas y emocionales ante un desequilibrio entre las exigencias percibidas y las capacidades individuales para afrontar estas exigencias.

 

 

Esta respuesta fisiológica se puede explicar desde la activación del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal. Este eje está compuesto por el hipotálamo, la hipófisis y las glándulas suprarrenales, con toda su cascada de activación hormonal, principalmente con aquellas relacionadas con el cortisol. Además, el sistema nervioso autónomo, a través del sistema simpático, contribuye a la regulación de este eje. Quizá de lo más interesante en cuanto a la respuesta fisiológica al estrés es el Síndrome General de Adaptación, propuesto en 1936 por Hans Selye. En él se plantean tres fases bien diferenciadas. La fase de alarma, la fase de resistencia o adaptación y la fase de agotamiento. En la fase de alarma la respuesta es instantánea y se producen reacciones encaminadas a preparar al organismo para una tarea o esfuerzo. En la fase de resistencia, el organismo se adapta a la situación y se normalizan los niveles hormonales, desapareciendo la sintomatología. El mantenimiento de la segunda fase (a partir de periodos de entre uno y tres meses) conlleva la aparición del agotamiento. Es en esta última fase donde aparecen las alteraciones en los tejidos y las patologías denominadas psicosomáticas.

Figura 1. Fases del “Síndrome General de Adaptación”. Alarma, resistencia y agotamiento (adaptado de Selye, 1936)

 

Las clasificaciones del estrés se pueden generar según su duración (agudo, crónico, postraumático), en función del efecto que provoca (eustrés, distrés) o en relación con la naturaleza del origen estresor.

 

 

En el marco de la prevención de riesgos laborales, el estrés está determinado por diversos riesgos psicosociales. Algunos tienen que ver con el propio contenido del trabajo: la jornada laboral, la carga y el ritmo del trabajo, el control sobre este; otros, con la organización en la que se encuentre la persona: estructura y cultura organizativa, rol de la persona en esa institución, desarrollo de la carrera profesional; y un último bloque, más indefinido, tiene que ver con la conciliación de la vida laboral y personal y las relaciones interpersonales en el trabajo.

 

 

La Guía sobre el Estrés recientemente publicada por el INSST establece colectivos en situación de vulnerabilidad. Tras leerlos todos, resulta más difícil encontrar una población ajena a esa vulnerabilidad que una que esté expuesta a ella.

 

 

La prevención del estrés no puede realizarse de una forma efectiva sin la cuantificación o cualificación del mismo. Proponer medidas de control del estrés sin que este se pueda determinar antes y después de esas acciones, además de un ejercicio de empirismo, puede ser totalmente ineficiente. Teniendo todo esto en cuenta, en la actualidad se proponen dos tipos de estrategias de afrontamiento del estrés. Una, la que tiene que ver con la generación de elementos estresores. La segunda, la que realiza intervenciones en la persona para que pueda gestionar los aspectos que conforman la experiencia del estrés. Esta segunda opción es relevante en las situaciones en las que es difícil la actuación sobre las fuentes del estrés.

 

 

También en función del momento temporal de actuación, se distinguen tres tipos de actuaciones. Las primarias, donde el objetivo es eliminar en su origen las causas y fuentes de estrés. Las secundarias, donde el objetivo se fija en ayudar a la persona a desarrollar habilidades para el manejo del estrés. Y las terciarias, donde el objetivo también es la persona, pero en este caso para la rehabilitación de los trastornos y patologías que ha sufrido.

 

 

Porque en este punto hay que, al menos, nombrar algunas de las consecuencias al impacto por el estrés. El primero, por acumulación de este, es el síndrome de estar quemado por el trabajo (o burnout), que sin duda merece un capítulo aparte por su importancia. También el tecnoestrés, la violencia en el entorno laboral (o acoso), tanto la física como la psicológica, son situaciones límite generadas por el estrés.

 

 

Como recomendación general, quizá la mejor acción que podríamos tener es la de ser conscientes del problema. Eso implicaría poder identificar las fuentes que generan ese estrés y organizar, de una forma cabal, el entorno laboral, adecuando las demandas, aumentando el control de la persona sobre su trabajo y mejorando las fuentes de apoyo; y, en el plano personal, generando hábitos saludables e incluyendo algunas técnicas de meditación y consciencia, así como el descanso (no solo el sueño), entre nuestras prioridades.

Reconstrucción mamaria tras el cáncer: imagen corporal y bienestar emocional

Reconstrucción mamaria tras el cáncer: imagen corporal y bienestar emocional

Paula Aizpiolea Martínez

21 de octubre de 2026

La reconstrucción mamaria tras el cáncer puede contribuir a recuperar la imagen corporal y la calidad de vida, pero no es una intervención obligatoria ni garantiza por sí sola la recuperación del bienestar emocional. La decisión debe adaptarse a la situación clínica, las expectativas y las preferencias de cada paciente.

 

Finalizar el tratamiento del cáncer de mama no implica la desaparición inmediata de sus consecuencias físicas y psicosociales. Para muchas mujeres, la mastectomía —la extirpación de la mama— resulta una intervención quirúrgica indispensable, pero conlleva modificaciones sustanciales en la percepción del propio cuerpo, la intimidad y la vida cotidiana. Las cicatrices, las alteraciones de la sensibilidad y la pérdida de una estructura corporal simbólica impactan de forma heterogénea en la salud mental de la paciente.

 

Diversos estudios clínicos enfatizan que el apoyo multidisciplinar temprano es clave para mitigar la angustia psicológica asociada al diagnóstico y a la cirugía oncológica. Asimismo, la calidad de la comunicación médico-paciente influye de forma determinante en el grado de satisfacción global y en el ajuste de expectativas sobre el proceso reconstructivo.

 

La reconstrucción mamaria constituye una alternativa orientada a restaurar la simetría y favorecer el bienestar psicosocial. Sin embargo, no actúa como tratamiento primario de patologías como la ansiedad o la depresión asociadas al proceso oncológico. Mientras que un perfil de pacientes experimenta mejoras sustanciales en su calidad de vida tras la reconstrucción, otras optan de forma válida por el uso de una prótesis externa o por no someterse a intervenciones reconstructivas adicionales.

 

Una reconstrucción, diferentes caminos

 

El abordaje reconstructivo puede ser simultáneo a la mastectomía —reconstrucción inmediata— o realizarse en una etapa posterior —reconstrucción diferida—. La indicación del momento oportuno y la selección de la técnica están supeditadas a variables biomédicas concretas, como el perfil patológico del tumor, la indicación de radioterapia adyuvante, el estado general de salud y los antecedentes quirúrgicos.

 

Las directrices internacionales de la National Comprehensive Cancer Network subrayan la necesidad de proporcionar asesoramiento individualizado a través de cirugía plástica reconstructiva, garantizando que la información se exponga de manera neutral y libre de presiones asistenciales.

 

A nivel técnico, existen dos modalidades principales: la utilización de implantes de silicona o expansores, y el uso de tejido autólogo procedente del abdomen o la espalda. Ambas alternativas presentan perfiles diferenciados de riesgo-beneficio, cicatrización y potenciales complicaciones, como la aparición de contractura capsular, problemas de vascularización, infecciones o dolor persistente en la zona donante.

 

Por ello, una toma de decisiones verdaderamente informada debe basarse en expectativas realistas relativas al periodo postoperatorio, los cambios definitivos en la sensibilidad cutánea y la posible necesidad de reintervenciones secundarias.

 

El bienestar psicológico también importa

 

Los cambios estéticos y estructurales repercuten de forma directa en la autoestima, la percepción de la feminidad y la salud sexual. Sin embargo, un resultado anatómico catalogado como óptimo por el equipo quirúrgico no siempre se traduce en un alto grado de satisfacción autopercibida por la paciente.

 

La adopción de herramientas de apoyo a la decisión (Patient Decision Aids) ha demostrado ser determinante para elevar el conocimiento de la paciente y reducir el conflicto decisional preoperatorio. En un ensayo clínico aleatorizado que evaluó el uso de una aplicación móvil de apoyo decisional en mujeres candidatas a reconstrucción, Fang et al. (2021) observaron una atenuación de la disconformidad con la imagen corporal al año de seguimiento, aunque sin diferencias estadísticamente significativas en los niveles de ansiedad o depresión general. Metaanálisis recientes corroboran que estas intervenciones reducen significativamente el arrepentimiento posquirúrgico.

 

Cuando emergen o persisten cuadros de insatisfacción severa, vergüenza corporal, aislamiento o arrepentimiento, se requiere la derivación precoz a servicios especializados en psicooncología o salud mental, cuyo soporte resulta altamente beneficioso tanto en las fases prequirúrgicas como durante el proceso de adaptación posterior.

 

El complejo areola-pezón y la micropigmentación

 

El proceso reconstructivo con frecuencia no concluye con la remodelación del volumen mamario. La recreación estética del complejo areola-pezón (CAP) constituye para muchas mujeres un hito fundamental en el restablecimiento de la simetría y la integridad corporal. Esta etapa se ejecuta mediante técnicas de reconstrucción quirúrgica local o mediante micropigmentación médica (tatuaje intradérmico).

 

La micropigmentación biomédica permite reproducir la tonalidad y una ilusión de tridimensionalidad en el complejo areolar de forma mínimamente invasiva. No obstante, exige un correcto asesoramiento sobre la posible pérdida gradual del pigmento, la necesidad de retocado periódico y la ausencia de recuperación sensorial en el área micropigmentada.

 

En una revisión sistemática sobre la micropigmentación del CAP, Maselli et al. (2024) concluyeron que, si bien la evidencia actual muestra elevados niveles de satisfacción del paciente con el resultado visual, los estudios presentan heterogeneidad metodológica. Por tanto, la micropigmentación debe plantearse como un procedimiento complementario eficaz a nivel estético, pero sin atribuirle una capacidad terapéutica automática sobre desórdenes psicológicos subyacentes.

 

Decidir acompañada, no decidir bajo presión

 

El modelo asistencial basado en la atención centrada en la paciente exige un abordaje multidisciplinar coordinado entre cirugía plástica, oncología, enfermería, rehabilitación y psicooncología. En la actualidad, la evidencia científica subraya que la humanización de la asistencia sanitaria y la integración de la toma de decisiones compartida (Shared Decision Making) son pilares fundamentales para garantizar una práctica clínica ética y respetuosa con los valores de la enferma. Este modelo debe garantizar tiempo adecuado para la deliberación y respetar la evolución de los deseos de la paciente, incluyendo la opción legítima de posponer o declinar definitivamente la reconstrucción.

 

En última instancia, la recuperación no equivale necesariamente a la restitución anatómica previa. La mejor reconstrucción mamaria no es la que se acomoda a un estándar estético predeterminado, sino la que garantiza el ejercicio de la autonomía, respeta la salud integral y refleja una decisión consciente e informada.

Algo ha cambiado

Algo ha cambiado

Cristina Martínez González

21 de octubre de 2026

Así podría comenzar la historia de cualquier paciente de cáncer.

Soy maestra y como tal, he estudiado a Jean Piaget. Este autor nos habla de que nuestro sistema cognitivo está formado por unas estructuras que se van modificando y cambiando conforme lo hacemos nosotros. Me resulta inevitable pensar en cómo el cáncer ha modificado esa estructura y ahí, se queda encallado para siempre. No es una desgracia o un drama, es un hecho que pasa a formar parte de tu vida y es cuando asumes que ALGO HA CAMBIADO.

 

Te empiezas a cuidar más que antes, de repente aparece la pregunta: “y tú, ¿cómo vas de lo tuyo?”. Te encuentras más cansada, pero las rutinas y obligaciones son las mismas, añadiendo, claro está, LOS EJERCICIOS DE FUERZA Y LOS COMPLEMENTOS para evitar ese cansancio y los sofocos en los que crees que vas a entrar en ebullición en cualquier momento…Pero luego reflexionas y piensas, “bueno, ¡qué narices, estoy bien, estoy curada!”. Y realmente te sientes afortunada y contenta.

 

Me realizaron la mastectomía de una mama y reducción de la mama sana, el 19 de diciembre de 2024 al detectarme un cáncer de mamá; el pasado 2 de octubre de 2026, me intervinieron para la reconstrucción de la mama y una mejora estética en el pecho sano. Me quitaron el expansor y me pusieron una prótesis.

 

Me avisaron de la operación con unos 10 días de antelación y me daba muchísima pereza, me había acostumbrado a mi imagen de “pecho tuerto” en el espejo, pero bueno, de alguna manera cerraríamos el círculo del cáncer. Y oye porque no decirlo, unas buenas mamas de talla 90 y bien elevadas, no está nada mal…después de todo.

Llegué al hospital y otra vez ese olor, ese camisón (que odio), la vía y a convertirte en un ser vulnerable sin ropa interior, yo esta parte la llevo muy mal y siempre se convierte en algo fácil, ¿gracias a qué? Sin ninguna duda GRACIAS a TOD@ el personal sanitari@; gracias a ell@s te sientes acompañado, valorado, y consiguen que situaciones humillantes como sondarte u orinar en la cuña, sean normales.

El mismo día de la cirugía me dieron el alta y me fui a mi casa con un gran regalo: “EL DRENAJE”. Soy consciente de lo importante que es su función y que no hay otra manera, pero los 7 días que lo he tenido que llevar han sido eternos; el dolor que provoca ese tubo metido en el cuerpo, cómo molesta el roce con el sujetador, el ir por casa con un bolso cruzado con los tubos ensangrentados asomados, aquello da una imagen muy bizarra, la cual impactaba a mis hijos de 8 y 11 años, aunque esa impresión la vivían en silencio para no hacerme sentir mal. Y por supuesto qué decir de las noches, ¿a quién no le gusta dormir boca arriba sin moverse como si estuvieras en un sarcófago egipcio?

Ya ha pasado esta situación, sigo con heridas, tiras de aproximación en ambos pechos y la imagen en el espejo sigue siendo de “pechos tuertos” junto con la sonrisa de Jack en “Pesadilla antes de navidad”, pero ahora están simétricos y estoy contenta. Aunque creo también estoy en mi derecho de quejarme cuando quiera.

ÉSTE ES MI MAL y no me sirve el comentario de que hay quien lo ha pasado o lo está pasando peor, y tampoco me sirve que me digan que con lo que ya he pasado, “esto no es nada” ,“¡con lo fuerte y valiente que eres!”. ¡Que no!, que no somos fuertes y valientes que simplemente lidiamos con esta bola que nos ha tocado en el bombo de la suerte.

Al final lo que yo intento es tener humor, reírme de esto, hacer bromas, contarlo a todo el mundo sin vergüenza, tal cual me he sentido en cada momento y siempre agradecida del TRATO RECIBIDO tanto en el Hospital Miguel Servet, como el Hospital Nuestra Señora de Gracia, de lo bien que está yendo todo mi proceso, de la alegría de verte COMPLETA al mirarte y por supuesto del apoyo que siempre me dan mis amig@s, hermanas, familia, marido e hijos.

 

ALGO HA CAMBIADO, y es para siempre, pero nos adaptamos, damos algún grito en la ducha y continuamos que la vida es SUPER BONITA.

Enfermería y retos futuros

Enfermería y los retos futuros

Comisión Deontológica del Colegio Oficial de Enfermería de Zaragoza

21 de octubre de 2026

Con la actualización del Código Ético y Deontológico de la Enfermería Española en 2026, nos obliga a pararnos a pensar en la profesión que somos. Y, sobre todo, en la que queremos ser.

Los principios de siempre siguen ahí: dignidad, respeto, confidencialidad, compromiso con las personas. Lo que ha cambiado es el terreno donde tenemos que aplicarlos. Hay más tecnología, más pacientes mayores, más enfermedad crónica y una sociedad mucho más diversa que hace veinte años. Todo eso afecta a cómo cuidamos, pero también a cómo nos organizamos y al sitio que ocupamos dentro del sistema sanitario.

Un código orienta y marca obligaciones. Lo que no puede hacer es cumplirse solo. Nuestro reto está en llevar esos principios al día a día, a las condiciones reales en que trabajamos. Hay que decir que la persona está en el centro suena bien, pero queda vacío si los tiempos de consulta, la organización del servicio o las decisiones de gestión hacen imposible escucharla.

 

 

1. Defender cuidados seguros y condiciones para poder ofrecerlos

La seguridad del paciente depende de cada enfermera, pero también de que haya plantillas suficientes, continuidad en la atención, coordinación entre profesionales y formación. Un error rara vez es solo culpa de quien lo comete. Por eso necesitamos una cultura en la que notificar un incidente sirva para corregir el proceso y para que no se repita, y deje de vivirse como una búsqueda de culpables.

Hay una contradicción que hemos normalizado demasiado tiempo. Se nos pide atención individualizada, buena comunicación y decisiones compartidas con el paciente, y a la vez faltan manos y minutos para hacerlo. Pedir unas condiciones laborales dignas tiene, por tanto, una dimensión ética evidente, porque de ellas depende directamente la calidad y la seguridad de lo que hacemos.

 

 

2. Consolidar la autonomía y el liderazgo enfermero

La enfermería tiene que estar donde se decide cómo se cuida: en la planificación de servicios, en los protocolos, en la gestión de recursos, en la investigación. Ocupar un cargo de responsabilidad está bien. Liderar es otra cosa más exigente, que pasa por aportar criterio clínico propio y responder de las decisiones que afectan a los pacientes.

Mucha gente sigue pensando que lo nuestro es «poner vías» y «hacer curas». Valorar necesidades, anticiparse a un riesgo, educar en salud, acompañar a alguien en una decisión o coordinar los cuidados de un paciente complejo son intervenciones con peso propio, y hay que hacerlas visibles. Sin ese reconocimiento es difícil hablar de una identidad profesional fuerte o de equipos de verdad interdisciplinares.

 

 

3. Hacer realidad la participación de las personas

Respetar la autonomía del paciente va bastante más allá de darle información o pedirle una firma en un consentimiento. Hay que explicarse de forma que se entienda, saber qué prefiere, qué valora, y ayudarle a decidir. El objetivo es dejar atrás el paternalismo sin caer en el extremo contrario, el de dejar a alguien solo frente a una decisión difícil.

Para eso hacen falta habilidades de comunicación y continuidad en la relación. Y sensibilidad. Una persona mayor, alguien con discapacidad o quien está pasando por un problema de salud mental puede necesitar apoyos distintos para participar. Ser equitativo significa detectar esas barreras y adaptar el cuidado a cada uno, aunque eso suponga tratar de forma diferente a personas diferentes.

 

 

4. Incorporar la tecnología sin perder el juicio clínico

La inteligencia artificial, la teleconsulta y las herramientas digitales pueden ayudarnos mucho. También traen riesgos: sesgos, errores, problemas de privacidad y una dependencia de sistemas que a veces ni siquiera sabemos cómo funcionan por dentro. La pregunta que debemos hacernos es ¿cómo conseguir que la tecnología trabaje para las personas?, y no al revés.

Esto exige formación digital seria, y que las enfermeras participemos en el diseño, la implantación y la evaluación de estas herramientas. Tenemos que poder cuestionar lo que nos dice un algoritmo, conocer sus límites y proteger los datos de los pacientes. Supervisar un sistema automatizado implica asumir una responsabilidad real. Ninguna máquina va a hacer una valoración integral de un paciente ni a construir la confianza en la que se apoya el cuidado.

 

 

5. Reforzar la investigación y la formación continua

La práctica basada en la evidencia solo tiene sentido si ese conocimiento llega a la cama del paciente, al domicilio y a la comunidad. Pedir que nos actualicemos de forma permanente está muy bien. Pero hace falta tiempo protegido para formarse, acceso a formación de calidad y organizaciones que dejen aplicar lo aprendido.

Investigar también es hacernos nuestras propias preguntas. ¿Qué intervenciones mejoran la autonomía del paciente? ¿Cómo prevenimos complicaciones? ¿Qué viven las personas durante su enfermedad y qué modelos de cuidados dan mejores resultados? Generar conocimiento enfermero y llevarlo a la práctica mejora la atención y nos da argumentos para decidir con fundamento.

 

6. Defender los derechos y abordar los nuevos dilemas éticos

El final de la vida, la salud mental, la salud sexual y reproductiva, la violencia contra las mujeres o la atención a personas especialmente vulnerables exigen preparación clínica y reflexión ética. Muchas veces no hay una respuesta sencilla. Justo por eso necesitamos espacios para deliberar, respaldo de la institución y equipos capaces de discrepar con respeto.

Las enfermeras estamos en el primer lugar a la hora de ver el sufrimiento, la discriminación, las barreras para acceder a la atención o la vulneración de derechos. Lo vemos de cerca y antes que nadie. Ese conocimiento tiene que traducirse en actuar, en comunicarlo al equipo y en defender una atención digna. A veces cuidar consiste también en plantarse ante una práctica que está perjudicando al paciente.

 

 

7. Ampliar nuestra responsabilidad hacia la comunidad y la sostenibilidad

El cuidado va más allá de la atención individual. La prevención, la educación para la salud, la lucha contra las desigualdades y el cuidado del entorno forman parte de una idea amplia de salud. Con una población cada vez más envejecida y con más enfermedad crónica, se necesita una enfermería que acompañe procesos largos y trabaje codo con codo con las familias y con los recursos de la comunidad.

La sostenibilidad añade otro equilibrio: usar bien los recursos sin poner en riesgo la seguridad ni la calidad. Reducir el desperdicio, gestionar mejor los residuos y trabajar de forma más responsable debe ser un objetivo de todos, profesionales y organizaciones. Sería injusto que esa carga recayera una vez más solo en quien está a pie de cama.

 

 

Del compromiso escrito al cambio real

Tenemos por delante una tarea que nadie va a hacer por nosotras: convertir la ética en algo que cambie la práctica. Para conseguirlo necesitamos liderazgo, autonomía, conocimiento y unas condiciones de trabajo que permitan cuidar bien. Y una voz colectiva que se escuche cuando se toman decisiones sanitarias.

El futuro de la enfermería se medirá por las nuevas tecnologías que incorporemos y por las competencias que ganemos, sí. Pero se medirá sobre todo por lo que seamos capaces de defender: los derechos de las personas, su seguridad, la igualdad en el acceso a la salud y la humanidad en los momentos más difíciles. El nuevo código marca el camino. Recorrerlo nos toca a nosotras.

 

Se puede engañar sin decir una sola mentira: basta con elegir bien el número

Se puede engañar sin decir una sola mentira: basta con elegir bien el número

Tània Cemeli Sánchez

20 de octubre de 2026

“Un nuevo fármaco reduce a la mitad el riesgo de infarto”. “Un nuevo fármaco evita un infarto por cada mil personas que lo toman durante cinco años”. Dos titulares. Un mismo estudio. Los mismos datos. Si sin el fármaco hay 2 infartos por cada 1.000 personas y con él hay 1, el riesgo se ha reducido a la mitad. Pero 999 de cada 1.000 personas lo habrán tomado sin obtener ese beneficio. El primer titular invita a correr a la farmacia; el segundo, a pensárselo dos veces. Ninguno miente.

 

Este 20 de octubre, Día de la Estadística, conviene recordar: la desinformación en salud no siempre nace de datos falseados o inventados. Muchas veces nace de datos verdaderos, pero, contados a medias.

 

¿La mitad de cuánto?

 

La diferencia entre ambos titulares tiene nombre. Por un lado, el riesgo relativo compara grupos: “la mitad”, “el doble”, “un 50 % menos”. En cambio, el riesgo absoluto cuenta personas: “de 2 a 1 de cada 1.000”. El primero siempre suena más grande. Por eso es el favorito de los titulares, y de la publicidad.

 

Existe una tercera forma, y aún es más clara: el número necesario a tratar. En nuestro ejemplo, habría que tratar a 1.000 personas durante cinco años para evitar un solo infarto. No significa que el fármaco no sirva. Significa que ese beneficio debe ponerse en la balanza junto a sus efectos adversos y su coste. ¿Parece un simple tecnicismo? Preguntemos a las mujeres británicas de 1995.

 

Una palabra, miles de embarazos

 

El 19 de octubre de 1995, hace ya 31 años y en la víspera de lo que hoy es el Día de la Estadística, las autoridades sanitarias del Reino Unido advirtieron de que las píldoras anticonceptivas de tercera generación duplicaban el riesgo de trombosis venosa. Era cierto. Pero ese riesgo pasaba, aproximadamente, de 1 a 2 casos por cada 7.000 mujeres.

 

A la calle llegó “el doble”, no “uno más entre siete mil”. Muchas mujeres dejaron la píldora de golpe. En los meses siguientes, los embarazos aumentaron en torno a un 7 % y los abortos, más de un 9 %, sobre todo entre las más jóvenes y con menos recursos.

 

La ironía: el embarazo conlleva un riesgo de trombosis mayor que la propia píldora. Y lo más revelador: estudios posteriores confirmaron que ese riesgo relativo, en torno al doble, era real. El problema nunca fueron los datos, sino cómo se contaron. Una cifra relativa sin su cifra absoluta es una media verdad. Y en salud, las medias verdades dejan huella.

 

90 % de vivos o 10 % de muertos

 

Decir que una operación tiene “un 90 % de supervivencia” o “un 10 % de mortalidad” es decir exactamente lo mismo. Pero no suena igual. En un estudio clásico, pacientes y médicos elegían más a menudo la cirugía cuando se la presentaban en términos de supervivencia. No decidimos solo con los datos, decidimos con cómo nos los plantean.

 

Con los gráficos ocurre lo mismo, un eje que no empieza en cero convierte una diferencia mínima en un precipicio. El gráfico en sí no miente, pero quien lo diseña es quién decide qué vemos primero.

 

Los estudios que nunca leeremos

 

En estadística solemos considerar que un resultado es «significativo» cuando, si el tratamiento en realidad no hiciera nada, la probabilidad de obtenerlo por puro azar sería menor del 5 %. Es decir, más o menos 1 de cada 20 veces.

 

Ahora imaginemos que 20 equipos de investigación prueban un tratamiento que no funciona. Lo más probable es que alguno obtenga, por casualidad, un resultado «significativo». Y ese es precisamente el estudio con más papeletas para publicarse, mientras los otros 19 se quedan en un cajón. Es el sesgo de publicación. Si solo leemos lo que salió bien, la ciencia parece más optimista de lo que es.

 

Hagamos la prueba

 

De cada 100 mujeres que se hacen una mamografía de cribado, 1 tiene cáncer de mama. La prueba detecta 9 de cada 10 cánceres. Con las mujeres sanas acierta casi siempre: solo se equivoca y da positivo en 9 de cada 100. Si una mujer recibe un positivo, ¿qué probabilidad tiene de tener cáncer?

 

La mayoría, incluidos muchos profesionales sanitarios, responde que un 90 %, porque es lo que detecta la prueba. En realidad, es de aproximadamente 1 de cada 10. Para entenderlo, vamos a imaginar que 1.000 mujeres se hacen la mamografía: 10 tienen cáncer. La prueba encuentra a 9 de ellas. 990 están sanas. Pero la prueba se equivoca con unas 89 y les da un positivo.

 

En total, 98 mujeres reciben un positivo, y solo 9 tienen cáncer de verdad. El punto importante es que las sanas son muchísimas más que las enfermas: aunque la prueba se equivoque poco con cada una, al ser tantas, sus errores superan a los aciertos. Un positivo en un cribado no es un diagnóstico: es el inicio de más pruebas.

 

En mis clases de bioestadística en primero de Enfermería, este ejercicio suele sorprender. Y deja una lección para todos, la estadística no es una asignatura de números; es una forma de protegerse del engaño.

 

Cinco preguntas antes de compartir

 

No hace falta ser estadístico para defenderse. Basta con hacerse estas preguntas ante una noticia de salud:

  • ¿Sobre cuántos? Si solo vemos un porcentaje relativo, debemos buscar la cifra absoluta.

  • ¿Comparado con qué? “El doble” no dice nada sin el punto de partida.

  • ¿En quiénes y durante cuánto tiempo? Los ratones no son personas, y un mes no son diez años.

  • ¿Un estudio o toda la evidencia? Un resultado llamativo rara vez cuenta la historia completa.

  • ¿Quién lo cuenta y por qué? Un titular también compite por nuestra atención.

La próxima vez que un titular nos prometa reducir algo “a la mitad”, hagámonos una sola pregunta: ¿la mitad de cuánto? Puede ahorrarnos un susto, un gasto o una mala decisión. Porque se puede engañar sin decir una sola mentira. Y también se puede aprender a no dejarse engañar.