Enfermería y retos futuros

Enfermería y los retos futuros

Comisión Deontológica del Colegio Oficial de Enfermería de Zaragoza

21 de octubre de 2026

Con la actualización del Código Ético y Deontológico de la Enfermería Española en 2026, nos obliga a pararnos a pensar en la profesión que somos. Y, sobre todo, en la que queremos ser.

Los principios de siempre siguen ahí: dignidad, respeto, confidencialidad, compromiso con las personas. Lo que ha cambiado es el terreno donde tenemos que aplicarlos. Hay más tecnología, más pacientes mayores, más enfermedad crónica y una sociedad mucho más diversa que hace veinte años. Todo eso afecta a cómo cuidamos, pero también a cómo nos organizamos y al sitio que ocupamos dentro del sistema sanitario.

Un código orienta y marca obligaciones. Lo que no puede hacer es cumplirse solo. Nuestro reto está en llevar esos principios al día a día, a las condiciones reales en que trabajamos. Hay que decir que la persona está en el centro suena bien, pero queda vacío si los tiempos de consulta, la organización del servicio o las decisiones de gestión hacen imposible escucharla.

 

 

1. Defender cuidados seguros y condiciones para poder ofrecerlos

La seguridad del paciente depende de cada enfermera, pero también de que haya plantillas suficientes, continuidad en la atención, coordinación entre profesionales y formación. Un error rara vez es solo culpa de quien lo comete. Por eso necesitamos una cultura en la que notificar un incidente sirva para corregir el proceso y para que no se repita, y deje de vivirse como una búsqueda de culpables.

Hay una contradicción que hemos normalizado demasiado tiempo. Se nos pide atención individualizada, buena comunicación y decisiones compartidas con el paciente, y a la vez faltan manos y minutos para hacerlo. Pedir unas condiciones laborales dignas tiene, por tanto, una dimensión ética evidente, porque de ellas depende directamente la calidad y la seguridad de lo que hacemos.

 

 

2. Consolidar la autonomía y el liderazgo enfermero

La enfermería tiene que estar donde se decide cómo se cuida: en la planificación de servicios, en los protocolos, en la gestión de recursos, en la investigación. Ocupar un cargo de responsabilidad está bien. Liderar es otra cosa más exigente, que pasa por aportar criterio clínico propio y responder de las decisiones que afectan a los pacientes.

Mucha gente sigue pensando que lo nuestro es «poner vías» y «hacer curas». Valorar necesidades, anticiparse a un riesgo, educar en salud, acompañar a alguien en una decisión o coordinar los cuidados de un paciente complejo son intervenciones con peso propio, y hay que hacerlas visibles. Sin ese reconocimiento es difícil hablar de una identidad profesional fuerte o de equipos de verdad interdisciplinares.

 

 

3. Hacer realidad la participación de las personas

Respetar la autonomía del paciente va bastante más allá de darle información o pedirle una firma en un consentimiento. Hay que explicarse de forma que se entienda, saber qué prefiere, qué valora, y ayudarle a decidir. El objetivo es dejar atrás el paternalismo sin caer en el extremo contrario, el de dejar a alguien solo frente a una decisión difícil.

Para eso hacen falta habilidades de comunicación y continuidad en la relación. Y sensibilidad. Una persona mayor, alguien con discapacidad o quien está pasando por un problema de salud mental puede necesitar apoyos distintos para participar. Ser equitativo significa detectar esas barreras y adaptar el cuidado a cada uno, aunque eso suponga tratar de forma diferente a personas diferentes.

 

 

4. Incorporar la tecnología sin perder el juicio clínico

La inteligencia artificial, la teleconsulta y las herramientas digitales pueden ayudarnos mucho. También traen riesgos: sesgos, errores, problemas de privacidad y una dependencia de sistemas que a veces ni siquiera sabemos cómo funcionan por dentro. La pregunta que debemos hacernos es ¿cómo conseguir que la tecnología trabaje para las personas?, y no al revés.

Esto exige formación digital seria, y que las enfermeras participemos en el diseño, la implantación y la evaluación de estas herramientas. Tenemos que poder cuestionar lo que nos dice un algoritmo, conocer sus límites y proteger los datos de los pacientes. Supervisar un sistema automatizado implica asumir una responsabilidad real. Ninguna máquina va a hacer una valoración integral de un paciente ni a construir la confianza en la que se apoya el cuidado.

 

 

5. Reforzar la investigación y la formación continua

La práctica basada en la evidencia solo tiene sentido si ese conocimiento llega a la cama del paciente, al domicilio y a la comunidad. Pedir que nos actualicemos de forma permanente está muy bien. Pero hace falta tiempo protegido para formarse, acceso a formación de calidad y organizaciones que dejen aplicar lo aprendido.

Investigar también es hacernos nuestras propias preguntas. ¿Qué intervenciones mejoran la autonomía del paciente? ¿Cómo prevenimos complicaciones? ¿Qué viven las personas durante su enfermedad y qué modelos de cuidados dan mejores resultados? Generar conocimiento enfermero y llevarlo a la práctica mejora la atención y nos da argumentos para decidir con fundamento.

 

6. Defender los derechos y abordar los nuevos dilemas éticos

El final de la vida, la salud mental, la salud sexual y reproductiva, la violencia contra las mujeres o la atención a personas especialmente vulnerables exigen preparación clínica y reflexión ética. Muchas veces no hay una respuesta sencilla. Justo por eso necesitamos espacios para deliberar, respaldo de la institución y equipos capaces de discrepar con respeto.

Las enfermeras estamos en el primer lugar a la hora de ver el sufrimiento, la discriminación, las barreras para acceder a la atención o la vulneración de derechos. Lo vemos de cerca y antes que nadie. Ese conocimiento tiene que traducirse en actuar, en comunicarlo al equipo y en defender una atención digna. A veces cuidar consiste también en plantarse ante una práctica que está perjudicando al paciente.

 

 

7. Ampliar nuestra responsabilidad hacia la comunidad y la sostenibilidad

El cuidado va más allá de la atención individual. La prevención, la educación para la salud, la lucha contra las desigualdades y el cuidado del entorno forman parte de una idea amplia de salud. Con una población cada vez más envejecida y con más enfermedad crónica, se necesita una enfermería que acompañe procesos largos y trabaje codo con codo con las familias y con los recursos de la comunidad.

La sostenibilidad añade otro equilibrio: usar bien los recursos sin poner en riesgo la seguridad ni la calidad. Reducir el desperdicio, gestionar mejor los residuos y trabajar de forma más responsable debe ser un objetivo de todos, profesionales y organizaciones. Sería injusto que esa carga recayera una vez más solo en quien está a pie de cama.

 

 

Del compromiso escrito al cambio real

Tenemos por delante una tarea que nadie va a hacer por nosotras: convertir la ética en algo que cambie la práctica. Para conseguirlo necesitamos liderazgo, autonomía, conocimiento y unas condiciones de trabajo que permitan cuidar bien. Y una voz colectiva que se escuche cuando se toman decisiones sanitarias.

El futuro de la enfermería se medirá por las nuevas tecnologías que incorporemos y por las competencias que ganemos, sí. Pero se medirá sobre todo por lo que seamos capaces de defender: los derechos de las personas, su seguridad, la igualdad en el acceso a la salud y la humanidad en los momentos más difíciles. El nuevo código marca el camino. Recorrerlo nos toca a nosotras.

 

Se puede engañar sin decir una sola mentira: basta con elegir bien el número

Se puede engañar sin decir una sola mentira: basta con elegir bien el número

Tània Cemeli Sánchez

20 de octubre de 2026

“Un nuevo fármaco reduce a la mitad el riesgo de infarto”. “Un nuevo fármaco evita un infarto por cada mil personas que lo toman durante cinco años”. Dos titulares. Un mismo estudio. Los mismos datos. Si sin el fármaco hay 2 infartos por cada 1.000 personas y con él hay 1, el riesgo se ha reducido a la mitad. Pero 999 de cada 1.000 personas lo habrán tomado sin obtener ese beneficio. El primer titular invita a correr a la farmacia; el segundo, a pensárselo dos veces. Ninguno miente.

 

Este 20 de octubre, Día de la Estadística, conviene recordar: la desinformación en salud no siempre nace de datos falseados o inventados. Muchas veces nace de datos verdaderos, pero, contados a medias.

 

¿La mitad de cuánto?

 

La diferencia entre ambos titulares tiene nombre. Por un lado, el riesgo relativo compara grupos: “la mitad”, “el doble”, “un 50 % menos”. En cambio, el riesgo absoluto cuenta personas: “de 2 a 1 de cada 1.000”. El primero siempre suena más grande. Por eso es el favorito de los titulares, y de la publicidad.

 

Existe una tercera forma, y aún es más clara: el número necesario a tratar. En nuestro ejemplo, habría que tratar a 1.000 personas durante cinco años para evitar un solo infarto. No significa que el fármaco no sirva. Significa que ese beneficio debe ponerse en la balanza junto a sus efectos adversos y su coste. ¿Parece un simple tecnicismo? Preguntemos a las mujeres británicas de 1995.

 

Una palabra, miles de embarazos

 

El 19 de octubre de 1995, hace ya 31 años y en la víspera de lo que hoy es el Día de la Estadística, las autoridades sanitarias del Reino Unido advirtieron de que las píldoras anticonceptivas de tercera generación duplicaban el riesgo de trombosis venosa. Era cierto. Pero ese riesgo pasaba, aproximadamente, de 1 a 2 casos por cada 7.000 mujeres.

 

A la calle llegó “el doble”, no “uno más entre siete mil”. Muchas mujeres dejaron la píldora de golpe. En los meses siguientes, los embarazos aumentaron en torno a un 7 % y los abortos, más de un 9 %, sobre todo entre las más jóvenes y con menos recursos.

 

La ironía: el embarazo conlleva un riesgo de trombosis mayor que la propia píldora. Y lo más revelador: estudios posteriores confirmaron que ese riesgo relativo, en torno al doble, era real. El problema nunca fueron los datos, sino cómo se contaron. Una cifra relativa sin su cifra absoluta es una media verdad. Y en salud, las medias verdades dejan huella.

 

90 % de vivos o 10 % de muertos

 

Decir que una operación tiene “un 90 % de supervivencia” o “un 10 % de mortalidad” es decir exactamente lo mismo. Pero no suena igual. En un estudio clásico, pacientes y médicos elegían más a menudo la cirugía cuando se la presentaban en términos de supervivencia. No decidimos solo con los datos, decidimos con cómo nos los plantean.

 

Con los gráficos ocurre lo mismo, un eje que no empieza en cero convierte una diferencia mínima en un precipicio. El gráfico en sí no miente, pero quien lo diseña es quién decide qué vemos primero.

 

Los estudios que nunca leeremos

 

En estadística solemos considerar que un resultado es «significativo» cuando, si el tratamiento en realidad no hiciera nada, la probabilidad de obtenerlo por puro azar sería menor del 5 %. Es decir, más o menos 1 de cada 20 veces.

 

Ahora imaginemos que 20 equipos de investigación prueban un tratamiento que no funciona. Lo más probable es que alguno obtenga, por casualidad, un resultado «significativo». Y ese es precisamente el estudio con más papeletas para publicarse, mientras los otros 19 se quedan en un cajón. Es el sesgo de publicación. Si solo leemos lo que salió bien, la ciencia parece más optimista de lo que es.

 

Hagamos la prueba

 

De cada 100 mujeres que se hacen una mamografía de cribado, 1 tiene cáncer de mama. La prueba detecta 9 de cada 10 cánceres. Con las mujeres sanas acierta casi siempre: solo se equivoca y da positivo en 9 de cada 100. Si una mujer recibe un positivo, ¿qué probabilidad tiene de tener cáncer?

 

La mayoría, incluidos muchos profesionales sanitarios, responde que un 90 %, porque es lo que detecta la prueba. En realidad, es de aproximadamente 1 de cada 10. Para entenderlo, vamos a imaginar que 1.000 mujeres se hacen la mamografía: 10 tienen cáncer. La prueba encuentra a 9 de ellas. 990 están sanas. Pero la prueba se equivoca con unas 89 y les da un positivo.

 

En total, 98 mujeres reciben un positivo, y solo 9 tienen cáncer de verdad. El punto importante es que las sanas son muchísimas más que las enfermas: aunque la prueba se equivoque poco con cada una, al ser tantas, sus errores superan a los aciertos. Un positivo en un cribado no es un diagnóstico: es el inicio de más pruebas.

 

En mis clases de bioestadística en primero de Enfermería, este ejercicio suele sorprender. Y deja una lección para todos, la estadística no es una asignatura de números; es una forma de protegerse del engaño.

 

Cinco preguntas antes de compartir

 

No hace falta ser estadístico para defenderse. Basta con hacerse estas preguntas ante una noticia de salud:

  • ¿Sobre cuántos? Si solo vemos un porcentaje relativo, debemos buscar la cifra absoluta.

  • ¿Comparado con qué? “El doble” no dice nada sin el punto de partida.

  • ¿En quiénes y durante cuánto tiempo? Los ratones no son personas, y un mes no son diez años.

  • ¿Un estudio o toda la evidencia? Un resultado llamativo rara vez cuenta la historia completa.

  • ¿Quién lo cuenta y por qué? Un titular también compite por nuestra atención.

La próxima vez que un titular nos prometa reducir algo “a la mitad”, hagámonos una sola pregunta: ¿la mitad de cuánto? Puede ahorrarnos un susto, un gasto o una mala decisión. Porque se puede engañar sin decir una sola mentira. Y también se puede aprender a no dejarse engañar.

La ciencia de cuidar la vida cuando más vulnerable es

La ciencia de cuidar la vida cuando más vulnerable es

Ignacio Ladrero Paños

16 de octubre de 2026

Cada 16 de octubre se conmemoran el Día Mundial de la Anestesia y World Restart a Heart, la jornada mundial de concienciación sobre la parada cardiaca. Dos iniciativas diferentes con un propósito común: recordar que la formación, la anticipación y una respuesta rápida pueden salvar vidas.

 

Anestesia: mucho más que “dormir” al paciente

 

El Día Mundial de la Anestesia recuerda la demostración pública del uso del éter realizada el 16 de octubre de 1846 en el Massachusetts General Hospital de Boston. Aquel acontecimiento marcó un antes y un después: la cirugía podía realizarse sin el sufrimiento que hasta entonces parecía inevitable.

 

Sin embargo, describir la anestesia como el acto de “dormir” a una persona ofrece una imagen incompleta. La anestesiología moderna es una especialidad dedicada a proteger al paciente antes, durante y después de una intervención.

 

Antes de la operación, el anestesiólogo estudia los antecedentes, los tratamientos, las alergias y los posibles riesgos. Durante el procedimiento, administra la técnica anestésica más adecuada y vigila continuamente la respiración, el corazón, la presión arterial, la temperatura y otras funciones esenciales. Después, controla la recuperación, previene complicaciones y trata el dolor.

 

Su trabajo tampoco termina en el quirófano. Los anestesiólogos participan en la atención a pacientes críticos, las urgencias vitales, las unidades de reanimación, el tratamiento del dolor y numerosos procedimientos diagnósticos y terapéuticos. En España, la propia denominación de la especialidad, Anestesiología, Reanimación y Terapéutica del Dolor, refleja esta amplitud asistencial. La Sociedad Española de Anestesiología, Reanimación y Terapéutica del Dolor identifica entre sus campos de actuaciónla anestesiología dentro y fuera del quirófano, los cuidados intensivos y el dolor.

 

Una seguridad construida entre muchas personas

 

La anestesia actual es considerablemente más segura gracias a la formación especializada, la evaluación previa, la monitorización, los medicamentos modernos, los protocolos y el trabajo coordinado. No depende de una sola máquina ni de un único profesional, sino de un sistema preparado para anticiparse a los problemas y responder ante ellos.

 

En Europa, la Declaración de Helsinki sobre Seguridad del Paciente en Anestesiología 2.0 recuerda que los pacientes tienen derecho a estar protegidos frente a daños durante la atención sanitaria. También subraya la necesidad de disponer de personal suficiente, formación continuada, simulación clínica, recursos adecuados y una cultura que permita aprender de los incidentes.

 

Pero esta seguridad no está distribuida por igual. Mientras España y otros países europeos cuentan con una especialidad médica estructurada y sistemas avanzados de vigilancia perioperatoria, muchas regiones del mundo siguen teniendo dificultades para ofrecer cirugía y anestesia seguras y asequibles. La Comisión de Cirugía Global de The Lancet estimó que alrededor de 5.000 millones de personas no podían acceder a estos cuidados cuando los necesitaban.

 

Hablar del Día Mundial de la Anestesia también significa, por tanto, hablar de equidad. Una operación segura no debería depender del país en el que una persona haya nacido.

 

Cuando el corazón se detiene

 

El 16 de octubre es también la jornada mundial World Restart a Heart, promovida por el International Liaison Committee on Resuscitation. Su mensaje es sencillo y poderoso: cualquier persona puede aprender reanimación cardiopulmonar y convertirse en el primer eslabón de una cadena que salva vidas.

 

Una parada cardiaca sucede cuando el corazón deja de bombear sangre de forma eficaz. La persona pierde la conciencia y no respira con normalidad o presenta jadeos. No debe confundirse con un infarto: el infarto se produce por una interrupción del flujo sanguíneo en una arteria del corazón, aunque en algunas ocasiones puede desencadenar una parada cardiaca.

 

En esos primeros minutos, lo que haga quien presencia la situación puede resultar decisivo. La primera persona capaz de ayudar no suele ser un médico o una enfermera, sino un familiar, una amistad, un compañero de trabajo o alguien que se encontraba cerca

 

¿Qué podemos hacer?

 

Ante una persona que se desploma y no responde:

  1. Comprueba que el lugar sea seguro.

  2. Llama inmediatamente al 112, activa el teléfono en el modo manos libres y sigue las indicaciones del profesional que atienda la llamada. En España, el 112 es el número general y gratuito de acceso a los servicios de urgencia.
  3. Si la persona no respira normalmente, inicia compresiones en el centro del pecho.
  4. Comprime con fuerza y rapidez, a un ritmo de 100 a 120 compresiones por minuto.
  5. Si hay un desfibrilador externo automatizado disponible, enciéndelo y sigue sus instrucciones de voz.

Las guías europeas de reanimación de 2025 señalan que cualquier persona puede aprender RCP y utilizar un desfibrilador. También recuerdan que, ante una persona inconsciente con respiración anormal, las compresiones deben comenzar cuanto antes y que el riesgo de ocasionar un daño grave por intentar ayudar es bajo.

 

El desfibrilador analiza el ritmo cardiaco y solo recomienda una descarga cuando está indicada. El aparato guía al reanimador mediante instrucciones visuales o de voz, por lo que no es necesario saber interpretar un electrocardiograma para utilizarlo.

 

Dos manos y todo un sistema sanitario

 

La anestesia segura y la reanimación cardiopulmonar forman parte de una misma cultura del cuidado. Una comienza muchas veces con la intervención de un ciudadano; la otra reúne conocimiento especializado, tecnología y trabajo multidisciplinar. Ambas necesitan formación, coordinación y confianza.

 

Este 16 de octubre es una oportunidad para reconocer a quienes protegen nuestras funciones vitales cuando somos más vulnerables, pero también para asumir una responsabilidad compartida. Aprender RCP, conocer la ubicación de los desfibriladores y atreverse a llamar al 112 puede marcar la diferencia. No hace falta llevar bata para empezar a salvar una vida. En ocasiones, dos manos, una llamada y la decisión de actuar son el comienzo de una segunda oportunidad.

La muerte perinatal desde la perspectiva de unos padres en duelo

La muerte perinatal desde la perspectiva de unos padres en duelo

Alberto Lostao Ballestín y Pilar Bellido Bona

15 de octubre de 2026

El 15 de octubre se conmemora el Día Mundial de Concienciación sobre la Muerte Gestacional, Perinatal y Neonatal. Esta fecha está dedicada a visibilizar la pérdida de los bebés durante la gestación, el parto o sus primeros días de vida. Se trata de un dolor que históricamente la sociedad ha silenciado, ignorado o minimizado, de un tema tabú. Durante décadas, la respuesta cultural ante una pérdida de este tipo era olvidar rápidamente y actuar como si nada hubiera pasado. Este día busca romper ese silencio acumulado, permitiendo a las familias hablar con apertura sobre sus hijos y su dolor, libres de vergüenza o culpa.

 

La sociedad acostumbra a medir el sufrimiento según el tiempo convivido. Dado que un bebé que fallece antes de nacer o al poco de hacerlo no deja huellas físicas en este mundo, su pérdida a menudo carece de reconocimiento social. Esta conmemoración valida que el amor y la unión con un hijo/a no se miden por el tiempo vivido, sino por la profundidad con la que se le deseó.

 

Es, ante todo, un espacio de encuentro para recordar a quienes no pudieron quedarse. Asimismo, la fecha es un reclamo de protocolos clínicos humanizados en el entorno hospitalario: formación del personal para comunicar malas noticias con empatía, acompañamiento psicológico especializado y prácticas de despedida respetuosas, como la entrega de cajas de recuerdos, entre otras.

 

En el ámbito de la creación de estos recuerdos, Aragón cuenta con una gran iniciativa: la Asociación Estelar, lleva 11 años elaborando sus «Kits de Duelo». Esta entidad se dedica a arropar a las familias en duelo perinatal entregando estos kits en los hospitales, transformando las UCIs Infantiles con luz y color, e impulsando el legado de la leche materna.

 

Uno de cada cuatro embarazos no llega a término. Se trata de una realidad desgarradora que rompe el alma cuando te toca ser ese «uno» y ves quebrado tu proyecto de vida. En instantes tan complejos, el acompañamiento profesional cercano y empático resulta vital.

 

Desgraciadamente, en España aún no existe un protocolo común y cada centro u hospital actúa según su propio criterio. Tras una pérdida gestacional, perinatal o neonatal, abandonar el hospital e irse a casa con las manos vacías representa una de las situaciones más desgarradoras tras el impacto inicial.

 

En este contexto, la caja de recuerdos —confeccionada por personas voluntarias en el caso de la Asociación Estelar— es un objeto físico preparado minuciosamente que se entrega a las familias en el hospital. Constituye una herramienta emocional de gran valor en la atención humanizada, cuyo fin es conservar las únicas pruebas tangibles de la existencia de ese hijo/a cuando el tiempo compartido ha sido tan breve.

 

El «Kit de Duelo» de Estelar incluye elementos de alto valor simbólico y sensorial:

  • Huellas de manos y pies: impresas en tinta por el personal sanitario, permiten guardar el registro físico de su cuerpo.
  • Gorritos y sábana: prendas que llevó el bebé, las cuales conservan su olor y forma, sirviendo de refugio sensorial.
  • Tarjeta identificativa: donde se recoge su nombre, fecha de nacimiento y peso.

 

Esta caja cumple funciones terapéuticas fundamentales:

 

  1. Valida la existencia del hijo/a y la maternidad: demuestra de forma irrefutable que el bebé existió, tuvo nombre y fue amado, frente a comentarios que buscan restar importancia a la pérdida.
  2. Facilita el tránsito por el duelo: permite a los padres procesar la vivencia a su propio ritmo cuando se disipa el shock emocional inicial.
  3. Mitiga el temor al olvido: ofrece un ancla segura para preservar la memoria física del bebé con el paso del tiempo.
  4. Humaniza la despedida: transforma un momento traumático en un acto de despedida digno y amoroso, integrando al hijo/a en la historia familiar.

 

Por todo ello, la entrega de estas cajas no es un simple gesto compasivo u opcional, sino una intervención clínica indispensable para la salud mental. Al cruzar las puertas del hospital con los brazos vacíos, esa pequeña caja no elimina la ausencia, pero hace que el vacío pese un poco menos al certificar que ese hijo/a existió, fue amado y formará parte para siempre de la familia.

El dolor total: parte esencial de los Cuidados Paliativos

El dolor total: parte esencial de los Cuidados Paliativos

Marisa de la Rica Escuín

10 de octubre de 2026

El 10 de octubre de 2026 se celebra el Día Mundial de los Cuidados Paliativos (CP) bajo el lema “Tratamiento del dolor: una parte esencial de los cuidados paliativos”. Cualquier reflexión sobre el dolor en CP debe remitirse a Cicely Saunders, enfermera, trabajadora social y médica británica, fundadora del primer hospice moderno (St Christopher’s Hospice, Londres, 1967) y pionera del movimiento paliativo contemporáneo. A partir de su experiencia clínica con pacientes terminales, Saunders acuñó en 1964 el concepto de “dolor total” (total pain), que transformó la manera de entender y abordar el sufrimiento en el final de la vida. Para Saunders, el dolor es una experiencia global que abarca dimensiones físicas, psicológicas, sociales y espirituales, y exige atender a la persona en su totalidad, no solo a su enfermedad.

 

El concepto de dolor total ha servido de trasfondo para promover la atención multidisciplinar en CP, en la que el control del dolor físico con fármacos y técnicas se combina con intervenciones psicológicas, sociales y espirituales. No se trata de añadir apoyo emocional o acompañamiento al tratamiento analgésico, sino de comprender que esos aspectos forman parte constitutiva del propio dolor. Los CP son una atención especializada dirigida a mejorar la calidad de vida de personas que enfrentan enfermedades graves, mediante la prevención y alivio del sufrimiento físico, psicológico, social y espiritual. No son cuidados para cuando ya no hay nada que hacer, ni se activan solo en los últimos días. Por el contrario, deberían integrarse de forma temprana en el proceso asistencial, en paralelo a los tratamientos curativos o de control de la enfermedad, y extenderse más allá del cáncer a otras patologías crónicas complejas y en todas las edades, como se recoge en la Estrategia Nacional de CP 2026-2030.

 

Según el Atlas de CP en Europa 2025, España cuenta con unos 450 equipos de cuidados paliativos, un 40% más que en 2019, aunque todavía se sitúa por detrás de los países europeos más avanzados. Además, persisten importantes desigualdades entre comunidades autónomas en los criterios de acceso, la formación de los profesionales, la composición de los equipos y los modelos asistenciales, por ello ya se habla de dos velocidades en CP en España.

 

Y, tampoco existe una ley estatal que establezca un marco común. Esta ausencia de regulación nacional ha dado lugar a que el acceso a una atención paliativa integral y de calidad no esté garantizado de forma homogénea en todo el territorio, ni en función de la patología.

 

Se estima que cada año hay en España casi 130.000 pacientes con necesidades paliativas complejas, de los cuales alrededor de 80.000 no reciben cuidados paliativos de calidad con notables desigualdades territoriales. La cobertura se centra principalmente en pacientes oncológicos y deja desatendidas a personas con enfermedades crónicas complejas, fragilidad o pluripatología. Además, persisten carencias estructurales en recursos hospitalarios, domiciliarios, residenciales, pediátricos e intermedios, lo que provoca inequidad, sobrecarga familiar e ingresos evitables.

 

Una de las barreras más persistentes es el desconocimiento. Muchas personas siguen asociando los CP exclusivamente con la muerte inminente, el abandono del tratamiento o la sedación terminal, pese a que constituyen una atención activa, especializada y basada en la evidencia. Esta percepción retrasa las derivaciones, limita la demanda informada y dificulta el acceso a una atención paliativa de calidad. Pero el desconocimiento no es solo social. En muchos grados de Ciencias de la Salud, los CP siguen estando ausentes o son marginales en los planes de estudio, a pesar de constituir un modelo transformador del sistema sanitario. Esto tiene consecuencias directas en la práctica clínica: profesionales que no identifican a tiempo las necesidades paliativas, que no saben manejar síntomas complejos o que no se sienten cómodos abordando la comunicación sobre el pronóstico, los objetivos de cuidado o el final de la vida. La Sociedad Española de CP (SECPAL) lleva años reclamando la inclusión de esta disciplina en la totalidad del proceso asistencial, tanto en atención primaria como especializada, y en todos los grupos de enfermedades y edades.

 

El lema de este año no puede interpretarse de forma reduccionista entendiendo el dolor únicamente como un fenómeno físico. La aportación de Cicely Saunders invita a leerlo de otra manera: el tratamiento del dolor es esencial precisamente porque el dolor es total y su manejo exige una respuesta igualmente integral. Esto implica que no puede limitarse a prescribir analgésicos, por necesarios que sean, sino que requiere valorar el miedo, la incertidumbre, el duelo anticipado, las dificultades económicas, los conflictos familiares, las preguntas de sentido y las necesidades espirituales que se entrelazan con la experiencia de la enfermedad grave. Y exige equipos multidisciplinares capaces de intervenir en todas esas dimensiones, en coordinación con atención primaria y otros niveles asistenciales.

 

Frente a esto, diversas sociedades científicas, asociaciones profesionales y de pacientes han impulsado un decálogo para el desarrollo de los cuidados paliativos en España. Su mensaje es claro: Es necesario aprobar una ley nacional que garantice cuidados paliativos equitativos, de calidad, con recursos suficientes y profesionales adecuadamente formados.

 

Incluir los CP en la definición de cobertura sanitaria universal, tal como recomienda la OMS, y desplegarlos en todos los niveles asistenciales y para todas las enfermedades graves, no es un lujo, sino una responsabilidad ética de los sistemas sanitarios.

 

En un sistema público universal, ni el código postal ni la enfermedad deberían determinar el acceso a CP expertos. Este día nos invita a reclamar que sean un derecho efectivo y a recordar, con Cicely Saunders, que aliviar el dolor implica acompañar a la persona en todas sus dimensiones al final de la vida.

Aprender entre generaciones: cuando la educación une infancia, mayores y comunidad

Aprender entre generaciones: cuando la educación une infancia, mayores y comunidad

Sara Alcaina Martínez y Yolanda Martínez Santos

6 de octubre de 2026

En octubre, un mes en el que la educación y el envejecimiento activo ocupan un lugar destacado en el calendario internacional, el aprendizaje intergeneracional ofrece una oportunidad para pensar cómo la escuela puede convertirse en un puente real entre infancia, personas mayores y comunidad.  Esta propuesta parte de una idea sencilla, pero profundamente transformadora: niños, niñas y personas mayores aprenden juntos, se escuchan y se reconocen mutuamente.

 

Durante las últimas décadas, el progresivo envejecimiento de la población y la transformación de las estructuras familiares han reducido muchos de los espacios cotidianos donde diferentes generaciones compartían experiencias. En consecuencia, la infancia y la vejez han pasado a desarrollarse, con frecuencia, en escenarios separados. La escuela, la familia y la comunidad tienen hoy el reto de reconstruir esos vínculos, no solo por razones sociales o afectivas, sino porque la evidencia científica muestra que el aprendizaje intergeneracional constituye una estrategia educativa capaz de beneficiar a todas las personas implicadas.

 

El aprendizaje intergeneracional se entiende como un proceso en el que personas de distintas generaciones intercambian conocimientos, experiencias, habilidades y valores en un contexto de aprendizaje mutuo. Su principal característica es la reciprocidad: no existe un único grupo que enseña y otro que aprende, sino que todas las personas participan como agentes activos del proceso educativo.

 

Esta idea rompe con una visión tradicional en la que las personas mayores únicamente transmiten conocimientos a las generaciones más jóvenes. Las investigaciones actuales muestran que las relaciones intergeneracionales son mucho más complejas y enriquecedoras. Cuando estas experiencias se planifican con una finalidad educativa, niños y mayores construyen conjuntamente nuevos aprendizajes, fortalecen sus relaciones y generan espacios de diálogo difíciles de reproducir mediante otras metodologías.

 

Nuestra reciente revisión sistemática de la literatura científica publicada entre 2015 y 2025 muestra precisamente esta tendencia. Aunque todavía existen pocos estudios y muchos presentan muestras reducidas, los resultados coinciden en señalar que las experiencias intergeneracionales favorecen la empatía, la cooperación, la comunicación oral y la construcción de relaciones significativas entre generaciones.

 

Uno de los aspectos más interesantes es que estos beneficios no se limitan al alumnado. Con frecuencia, la educación se analiza únicamente desde aquello que aprenden los niños, pero las experiencias intergeneracionales ponen de manifiesto que el aprendizaje también transforma a las personas mayores. La participación en proyectos educativos contribuye a incrementar el sentimiento de utilidad, la participación social y el bienestar emocional, al tiempo que reduce el aislamiento que muchas personas experimentan en edades avanzadas.

 

Desde la perspectiva de la infancia, estos encuentros crean situaciones auténticas de comunicación. Escuchar historias de vida, conversar sobre experiencias pasadas, formular preguntas o compartir recuerdos permite desarrollar habilidades comunicativas en contextos reales, mucho más ricos que los ejercicios descontextualizados del aula. Al mismo tiempo, estas conversaciones favorecen la escucha activa, el respeto por diferentes puntos de vista y la capacidad para comprender otras formas de vivir y entender el mundo.

 

Pero quizá uno de los aprendizajes más valiosos sea la ruptura de estereotipos. En una sociedad donde la vejez suele asociarse con dependencia o pasividad, el contacto continuado entre generaciones permite descubrir a las personas mayores como portadoras de conocimientos, experiencias y capacidades que continúan siendo valiosas para la comunidad. Del mismo modo, los niños dejan de ser únicamente receptores del aprendizaje para convertirse en interlocutores activos capaces de enseñar, preguntar, acompañar y construir conocimiento junto a otras generaciones.

 

Estos beneficios explican por qué el aprendizaje intergeneracional encaja especialmente bien con el enfoque competencial promovido por la LOMLOE. Competencias como la comunicación lingüística, la competencia personal, social y de aprender a aprender, la competencia ciudadana o la conciencia y expresión culturales encuentran en estas experiencias un contexto auténtico para desarrollarse. La escuela deja de ser un espacio cerrado sobre sí mismo y se convierte en un lugar donde la comunidad también educa.

 

Además, las experiencias revisadas muestran que el aprendizaje intergeneracional puede desarrollarse en contextos muy diversos. Algunas iniciativas incorporan a personas mayores dentro de las aulas de Educación Infantil; otras organizan proyectos compartidos en Educación Primaria, actividades de aprendizaje-servicio, programas de lectura, huertos escolares o encuentros de memoria histórica. Incluso durante la pandemia surgieron experiencias virtuales que demostraron que la tecnología también puede convertirse en un puente entre generaciones cuando existe un propósito educativo claro.

 

Especialmente interesante resulta el creciente protagonismo que adquieren los abuelos como nexo entre la escuela y el hogar. Su participación no solo fortalece los vínculos familiares, sino que también hace visibles conocimientos cotidianos, relatos, tradiciones y experiencias que habitualmente permanecen fuera del currículo escolar. En un momento en que la educación busca conectar los aprendizajes con la realidad del alumnado, estas aportaciones enriquecen enormemente la experiencia educativa.

 

No obstante, conviene interpretar estos resultados con prudencia. Nuestra revisión también pone de manifiesto que la investigación sobre aprendizaje intergeneracional continúa siendo un campo emergente. Predominan los estudios cualitativos y todavía son escasas las investigaciones longitudinales que permitan conocer el impacto de estas experiencias a medio y largo plazo. Del mismo modo, en España aún existe un amplio margen para desarrollar programas estables integrados en el currículo y evaluarlos con mayor rigor metodológico.

 

Lejos de ser una limitación, esta situación representa una oportunidad. Cada vez más centros educativos, administraciones y entidades sociales comienzan a reconocer que la educación puede desempeñar un papel decisivo en la construcción de comunidades más cohesionadas e inclusivas. En este contexto, el aprendizaje intergeneracional deja de entenderse como una actividad puntual para convertirse en una forma diferente de concebir la educación, donde aprender significa también establecer relaciones, compartir experiencias y reconocer el valor que cada generación puede aportar a las demás.

 

Quizá esa sea una de las mejores enseñanzas que nos deja el mes de octubre. Más allá del reconocimiento y el afecto, esta celebración nos recuerda que educar también consiste en crear oportunidades para encontrarnos. Porque cuando la infancia, las personas mayores y la comunidad comparten espacios de aprendizaje, no solo se transmiten conocimientos: se construyen vínculos, se fortalece la comunicación y se genera un sentido de pertenencia que beneficia a toda la sociedad.