Cuidar a quienes enseñan: desafío en la era digital

Cuidar a quienes enseñan: desafío en la era digital

Carlos Mir Ramos

5 de octubre de 2026

En un mundo fascinante marcado por la inmediatez, las pantallas táctiles y los algoritmos, la infancia ha cambiado su forma de explorar el entorno. Los niños y niñas de hoy nacen inmersos en un remolino de estímulos visuales y auditivos que constante y rápidamente capturan su atención. En este vibrante escenario, la escuela se enfrenta a una pregunta determinante: ¿Cómo despertar la curiosidad y fomentar una creatividad genuina cuando el aula debe competir con la atracción instantánea de un dispositivo digital?

 

La respuesta no está en la tecnología por sí sola, sino en el factor humano que le da sentido: el profesorado. Sin embargo, para que los docentes puedan asumir el reto de estimular, acompañar e inspirar a estas nuevas generaciones, resulta imprescindible atender una necesidad de primer orden: el propio bienestar del docente y el cuidado del mismo.

 

La búsqueda del estímulo: despertar la chispa en tiempos de sobreestímulo

 

La mente infantil actual procesa la información a un ritmo vertiginoso, lo que a menudo desemboca en la búsqueda incesante de estímulos novedosos y una menor tolerancia al aburrimiento. Frente a este panorama, convertir el aula en un laboratorio de ideas requiere mucho más que proyectar una pantalla. Exige diseñar experiencias pedagógicas significativas donde la tecnología actúe como un canal creativo y no como un mero entretenimiento pasivo.

 

Como advierte la UNESCO en sus informes sobre tecnología en la enseñanza, los entornos digitales solo cobran verdadero valor educativo cuando están dirigidos por la mediación pedagógica de un docente capacitado. La verdadera magia de la innovación en la era digital no reside en los dispositivos digitales, sino en la capacidad del docente para conectar los contenidos con la emoción, la resolución colaborativa de problemas, el pensamiento crítico y la exploración activa.

 

Cuidar al docente para poder cuidar el aprendizaje

 

Exigir entusiasmo, flexibilidad y empatía constantes a quien se encuentra actualmente, al límite de sus fuerzas es una ecuación inviable. La integración y el aprendizaje de nuevas herramientas tecnológicas, combinada con la carga administrativa y la atención a la diversidad, ha sumado una capa extra de exigencia al día a día en los centros educativos.

 

Tal y como destacan estudios internacionales de la OCDE sobre las condiciones del profesorado, el bienestar docente es el pilar sobre el que se sostiene la calidad del sistema educativo. Un equipo docente respaldado, que dispone de tiempo y recursos para planificar sin la constante presión burocrática y se siente reconocido en su labor profesional, cuenta con el espacio mental necesario para idear metodologías dinámicas, afectivas y verdaderamente estimulantes para los alumnos. Como advierte CSIF Educación Aragón: “Si queremos mejores resultados, necesitamos mejores condiciones para enseñar y aprender. No se puede exigir al profesorado que haga más con menos recursos mientras aumentan las necesidades de atención a la diversidad, la carga burocrática y la complejidad de las aulas”. Cuidar a quienes enseñan no es una concesión, sino la mejor estrategia para proteger el derecho del alumnado a una educación motivadora y de calidad.

 

Soluciones constructivas: un camino compartido

 

Afrontar con éxito este reto no requiere fórmulas complejas, sino compromisos firmes orientados a humanizar y facilitar la tarea educativa:

  1. Formación práctica y real en competencias digitales: Más allá de aprender el funcionamiento de una aplicación, es fundamental dotar al profesorado de herramientas sobre gestión del tiempo digital, pedagogías activas y marcos decompetencia en inteligencia artificial enfocados a la docencia.

  1. Espacios para la cocreación e innovación: Invertir en la educación pública, la modernización de los centros educativos, el incremento de las plantillas y el personal docente, reducir las ratios del alumnado en las aulas o el tiempo dedicado a la burocracia administrativa de los maestros y profesores, libera horas valiosas que pueden destinarse a la colaboración entre compañeros, permitiendo diseñar proyectos interdisciplinares que conecten con los intereses reales del alumnado y la sociedad.

  1. Cuidado emocional institucional: Implementar programas de acompañamiento, transferencia y crear una cultura escolar basada en el reconocimiento mutuo, la estabilidad del profesorado, la escucha activa y el apoyo entre la comunidad educativa y las familias.

 

En definitiva, la era digital, sus recursos y tendencias en Educación IA, no han venido a sustituir la esencia de la educación, sino a recordarnos su valor más profundo. Cuando cuidamos y valoramos la figura del docente, le devolvemos la tranquilidad necesaria para transformar la incertidumbre tecnológica en una oportunidad colectiva. Un docente apasionado y emocionalmente pleno es el estímulo más valioso, inspirador e insustituible que un alumno puede tener.

Pódcast y salud mental: el poder de escucharnos

Pódcast y salud mental: el poder de escucharnos

Marta Blasco Navarro

30 de septiembre de 2026

Hace tan solo una década hubiera sido imposible encontrar noticias relacionadas sobre el empeoramiento de la salud mental de la población abriendo informativos. Tampoco sería común en una conversación trivial entre amigos hablar sobre su próxima cita con el terapeuta, los ejercicios de relajación que le recomienda su psicólogo o cómo afronta los días en los que siente que la ansiedad le atrapa.

 

Antes de la pandemia, era difícil escuchar palabras como “ansiedad”, “estrés” o “terapia”. Ante el empeoramiento radical de la salud mental de la población, esta se convirtió en un tema de opinión pública, copando portadas y conversaciones. Una de las mayores consecuencias positivas de la pandemia ha sido la lucha del estigma contra la salud mental. Ahora, no solo hablamos de bienestar emocional, sentimientos y emociones, también nos escuchamos.

 

Una de las herramientas que están colaborando a luchar contra el estigma de hablar sobre salud mental es el pódcast. Si bien existían pódcast pioneros que trataban sobre esta temática, desde 2019 nacieron diversos proyectos sonoros especializados que le dieron voz propia a la salud mental.

 

Durante el confinamiento, millones de personas sintieron la necesidad de combatir el aislamiento, la incertidumbre y el estrés ante una situación que nunca habíamos vivido. Y el pódcast se convirtió en una herramienta de acompañamiento: diversos estudios reflejaron el incremento de escuchas en temáticas como “Salud y bienestar”, “Vida sana”, “Mindfulness y Meditación”.

 

Spotify compartió que, durante los primeros tres meses de pandemia, se duplicó el consumo de sus contenidos; mientras cerca del 25% de los usuarios de podcasts reconocieron que la pandemia les llevó a empezar a escuchar estos contenidos y/o a aumentar su tiempo de escucha.

 

En España lideramos la escucha de pódcast en Europa desde hace años, con más de un 40% de penetración en la ciudadanía. Así, los jóvenes españoles de entre 18 a 24 años son los que más podcasts escuchan: casi la mitad los escuchan a diario. Además, la media semanal de los oyentes indica más de diez horas de escucha y más de seis capítulos por semana.

 

Pero, ¿qué hay detrás de tantas horas de escucha sobre temáticas relacionadas con la salud mental? Los estudios apuntan a que los principales objetivos de los oyentes se centran en el autocuidado, en su crecimiento y desarrollo personal, así como el autoaprendizaje. Más allá del entretenimiento, se busca información sobre estos temas, la normalización de la escucha en el ámbito de salud mental y estrategias de afrontamiento.

 

El tono directo, las explicaciones de los expertos que aparecen en los episodios, el tener la posibilidad de compartir las experiencias personales en materia de salud mental… han convertido a los pódcast en una herramienta de escucha, identificación y acompañamiento en salud mental. Durante décadas se ocultaban los problemas de salud mental y, las personas que los padecían, estaban solas. Nadie hablaba de ello. Ahora, con tan solo un clic, puedes encontrar pódcast que abordan estos temas y, sobre todo, que reflejan la importancia de pedir ayuda profesional si es necesario.

 

Es importante remarcar que los pódcast son una herramienta complementaria que acompaña y normaliza el tratamiento de la temática de la salud mental, pero no es un sustituto de la atención profesional.  Los estudios apuntan a que las personas que escuchan pódcast sobre salud mental presentan menos niveles de estigma sobre esta temática, así como mayores conocimientos relacionados. Así, se favorece la disposición a buscar ayuda profesional y a usar recursos de apoyo para encontrar el bienestar emocional. En definitiva, la experiencia de sentirse escuchado y acompañado en un tema como la salud mental a través del pódcast puede aportar una sensación de conexión única, que beneficia al oyente.

 

Por tanto, los estudios revelan que los pódcast sobre salud mental pueden ser un complemento útil para aprender sobre salud mental y reducir el estigma. Además, es recomendable elegir pódcast que cuenten con la participación de profesionales cualificados y fuentes fidedignas. El pódcast, eso sí, nunca puede sustituir a una terapia ni a un tratamiento especializado.

 

La pandemia ha propiciado que los estudios sobre la salud mental y el estado de bienestar emocional entren, por fin, en la agenda mediática. La sociedad demanda conocerse y comprenderse mejor, y los pódcast se han convertido en una herramienta de promoción del bienestar emocional muy poderosa.

Fortaleciendo la salud con el farmacéutico

Fortaleciendo la salud con el farmacéutico

Ángel Mas Farré

27 de septiembre de 2026

Un año más, la Federación Internacional Farmacéutica (FIP, por sus siglas en inglés) nos invita a celebrar el Día Mundial del Farmacéutico. Una efeméride que sirve para dar visibilidad en todo el mundo a nuestra profesión y reconocer la importante labor que los farmacéuticos desarrollamos en todos y cada uno de nuestros ámbitos de ejercicio.

 

Este año, el lema que acompaña esta celebración es «Fortaleciendo la salud con el farmacéutico», que pone de relieve el papel que desempeña nuestra profesión en la mejora de la salud de las personas, de nuestras comunidades y, en definitiva, en el fortalecimiento de los propios sistemas sanitarios.

 

Vivimos en una sociedad que cambia y, con ella, también lo hacen sus necesidades sanitarias. El envejecimiento progresivo de la población, el aumento de la cronicidad y la polimedicación, las nuevas demandas asistenciales o la incorporación de nuevas tecnologías están transformando nuestra manera de entender y prestar la atención sanitaria.

 

A todo ello debemos añadir una realidad especialmente patente en nuestra provincia: la despoblación del medio rural. Huesca es una provincia extensa, con una población muy dispersa y con numerosos pequeños municipios en los que garantizar el acceso a los servicios constituye un reto permanente. En muchos de ellos, la farmacia es uno de los pocos establecimientos sanitarios que permanece abierto cada día, cercano y accesible para el ciudadano.

 

Esta realidad nos obliga también a hablar de sostenibilidad. Mantener una farmacia abierta en un pequeño municipio no es únicamente una cuestión empresarial. Significa mantener un recurso sanitario, contribuir a la cohesión territorial y garantizar que quienes han decidido vivir en nuestros pueblos puedan seguir teniendo cerca a un profesional sanitario. Defender la farmacia rural es, por tanto, defender la equidad en el acceso a la atención sanitaria.

 

Pero hablar de profesión farmacéutica es hablar de mucho más que de oficina de farmacia. Nuestra profesión está presente en numerosos ámbitos que resultan esenciales para el funcionamiento del sistema sanitario.

 

Los farmacéuticos hospitalarios desempeñan un papel fundamental en la selección, preparación, seguimiento y utilización segura y eficiente de los medicamentos, especialmente en terapias cada vez más complejas. Tenemos ante nosotros un enorme campo para mejorar la comunicación y la colaboración entre la farmacia hospitalaria y la farmacia comunitaria. El paciente transita entre distintos niveles asistenciales, pero su tratamiento es uno solo. Conseguir una mayor continuidad farmacoterapéutica debería ser un objetivo compartido.

 

También están los farmacéuticos de la distribución, cuya labor, muchas veces poco visible para la población, permite que los medicamentos lleguen cada día en condiciones adecuadas hasta el último rincón de nuestro territorio. Y los farmacéuticos que trabajan en la Administración, en salud pública, inspección, planificación o gestión, aportando su conocimiento para garantizar la calidad, la seguridad y el buen funcionamiento de nuestro sistema sanitario.

 

A ellos se suman ámbitos profesionales que han experimentado un extraordinario desarrollo en los últimos años. La dermofarmacia y la dermocosmética son hoy disciplinas sustentadas en un conocimiento científico cada vez mayor de la piel y de su cuidado. La ortopedia permite dar respuesta a necesidades que afectan directamente a la autonomía y a la calidad de vida de muchas personas. Y la alimentación y la nutrición constituyen un campo en el que el farmacéutico puede desempeñar una importante labor de educación, prevención y promoción de hábitos saludables.

 

Todo ello demuestra la amplitud de una profesión que ha sabido evolucionar sin perder aquello que la define: el conocimiento del medicamento y nuestra vocación sanitaria al servicio de las personas.

 

Y precisamente por esa diversidad, quizá uno de nuestros grandes retos sea aprender a trabajar todavía más juntos. El farmacéutico, por su formación, accesibilidad y contacto con el paciente, puede aportar mucho dentro de una Atención Primaria coordinada. El seguimiento de la medicación, la adherencia a los tratamientos, la detección de problemas relacionados con los medicamentos, la prevención o la educación sanitaria son ámbitos en los que una mayor colaboración entre profesionales puede traducirse en mejores resultados en salud.

 

No se trata de sustituir funciones ni de ocupar espacios que corresponden a otros profesionales. Se trata de compartir información, coordinar actuaciones y aprovechar mejor los recursos sanitarios que ya tenemos.

 

Y esa colaboración debe producirse entre médicos, enfermeros y farmacéuticos, pero también entre los propios farmacéuticos, independientemente del ámbito en el que ejerzamos. Comunitaria, hospitalaria, distribución, Administración, docencia, investigación o cualquiera de nuestras especialidades forman parte de una misma profesión.

 

Desde el Colegio Oficial de Farmacéuticos de Huesca seguiremos trabajando para que nuestra profesión continúe evolucionando y pueda responder a las necesidades reales de la sociedad. Pero también seguiremos defendiendo algo esencial: que vivir en un pequeño municipio no debe significar tener menos posibilidades de acceder a una atención sanitaria de calidad.

 

Los farmacéuticos llevamos generaciones cuidando de las personas. Lo hacemos desde lugares diferentes y desempeñando funciones muy distintas. Hemos cambiado, nos hemos especializado, hemos incorporado ciencia, tecnología y nuevas responsabilidades, pero permanece intacta la esencia de nuestra profesión: estar al servicio de la salud. Porque fortalecer la salud con el farmacéutico significa precisamente eso: poner todo el conocimiento, la diversidad, la cercanía y la vocación sanitaria de nuestra profesión al servicio de las personas, vivan donde vivan.

Cuando la ciencia asegura “no existe evidencia”: ¿incertidumbre o motivo para desconfiar?

Cuando la ciencia asegura “no existe evidencia”: ¿incertidumbre o motivo para desconfiar?

Anna Espart

26 de septiembre de 2026

Imagine que una mañana aparece una noticia en los medios de comunicación advirtiendo sobre los posibles efectos de una sustancia química que está presente en productos de consumo de uso cotidiano, como cosméticos, productos de limpieza o utensilios de cocina. Pocos días después, y ante el revuelo ocasionado a nivel social, un grupo de científicos asegura que todavía no existen pruebas concluyentes de que dicha sustancia perjudique nuestra salud. Puede que su reacción a esta nueva información sea: ¿en qué quedamos? ¿Es peligrosa o no? ¿Por qué los científicos no se ponen de acuerdo?

 

La salud ambiental está llena de preguntas complejas y no siempre fáciles de responder. Determinar si un contaminante afecta a nuestra salud requiere estudiar la cantidad a la que estamos expuestos, la duración de la exposición, la interacción de dicho contaminante con otras sustancias tanto dentro como fuera de nuestro organismo -el llamado efecto cóctel-, y las características de las personas, así como los posibles efectos a corto y largo plazo. La realidad es que muchas veces no siempre disponemos de toda esta información.

 

Sin embargo, cuando los resultados científicos llegan a estos medios de comunicación o a las redes sociales, los matices tienden a desaparecer, fruto de la necesidad de informar en pocas palabras, de modo inmediato y también, por qué no decirlo, cayendo en la necesidad de comunicar aquello más llamativo o provocador. Y es precisamente ahí donde la posible incertidumbre científica de ese preciso momento puede convertirse en terreno fértil para la desinformación. Esa sustancia química de la que hablábamos al principio, y que originalmente era una conclusión condicionada por determinadas circunstancias acaba convertida en una afirmación rotunda, que es tomada por parte de la población como una “sentencia inapelable con condena de cadena perpetua o absolutoria de por vida” de dicha sustancia.

 

En el Día Mundial de la Salud Ambiental, que se celebra cada 26 de septiembre, esta reflexión cobra especial relevancia, puesto que proteger la salud, no solo significa velar por el bienestar de los individuos y ecosistemas en los que vivimos, sino que también exige comprender y comunicar adecuadamente la evidencia científica, incluidas sus incertidumbres.

 

No tener todas las respuestas no significa ausencia de riesgo

 

Uno de los errores más frecuentes al interpretar la investigación científica consiste en confundir la ausencia de pruebas con las pruebas de ausencia. Pensemos nuevamente en “nuestra” sustancia química. Si actualmente sus posibles efectos sobre la salud todavía no se han investigado suficientemente y por consiguiente los estudios disponibles no encuentran una asociación directa o indirecta con una enfermedad, ¿podemos afirmar que nuestra sustancia es inocua? No necesariamente. Puede que los estudios sean demasiado pequeños -con pocos pacientes analizados-, que hayan evaluado exposiciones de corta duración o que no hayan incluido a determinados grupos de población. También puede ocurrir que los resultados sean imprecisos o que las investigaciones presenten limitaciones metodológicas.

 

Pero hay un matiz igualmente importante: la falta de evidencia de daño tampoco demuestra que exista este daño. No es lo mismo una sustancia apenas estudiada que otra evaluada mediante numerosas investigaciones rigurosas cuyos resultados permiten descartar, con un elevado grado de confianza, determinados efectos en condiciones concretas.

 

La cuestión no es simplemente si existen pruebas, sino qué se ha investigado, cómo se ha hecho y qué conclusiones permiten extraer realmente los resultados.

 

Cuando nuevas evidencias cambian lo que creíamos

 

Pongámosle un posible nombre a “nuestra” sustancia. Bisfenol A (BPA). El BPA, es un compuesto utilizado en la fabricación de determinados plásticos y resinas, para darles flexibilidad y reducir el riesgo de rotura. Esta sustancia nos ofrece un ejemplo de cómo evoluciona el conocimiento científico.

 

En 2015, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) estableció una ingesta diaria tolerable provisional para esta sustancia, basándose en la información disponible. Tras reevaluar la evidencia disponible, en 2023 redujo ese valor 20.000 veces, considerando especialmente los posibles efectos sobre el sistema hormonal y sus efectos en la salud. En diciembre de 2024, la Comisión Europea adoptó una prohibición de su uso en materiales destinados a entrar en contacto con alimentos, con determinadas excepciones y períodos transitorios. ¿Significa esto que la ciencia estuvo equivocada hasta hace pocos años? No. Significa que las evaluaciones científicas se han ido realizando con el conocimiento disponible en cada momento y pueden modificarse cuando aparecen nuevas evidencias, mejoran los métodos de análisis o se revisa la interpretación de los resultados.

 

Cambiar una conclusión ante nuevas pruebas no es necesariamente una debilidad de la ciencia. Es una parte esencial de su funcionamiento.

 

El riesgo de convertir una asociación en una certeza

 

Otra fuente habitual de confusión aparece cuando una noticia afirma que un contaminante provoca una enfermedad, aunque el estudio original únicamente haya identificado una asociación estadística entre variables.

 

Imaginemos una investigación que encuentra una mayor frecuencia de una enfermedad entre personas con niveles elevados de exposición a una sustancia ambiental. ¿Podemos concluir que esa sustancia es la responsable? No directamente. La asociación podría estar influida por otros factores o por limitaciones del estudio. Para investigar una posible relación causal es necesario considerar, entre otros aspectos, si la exposición precede a la enfermedad, la calidad de las investigaciones, la consistencia de los resultados y la existencia de explicaciones alternativas. Aterricémoslo con un ejemplo: el asma infantil. Si un estudio encuentra que hay una mayor frecuencia de asma infantil entre niños que viven en zonas con niveles elevados de contaminación atmosférica ¿podemos concluir que la contaminación es la responsable del asma? La respuesta vuelve a ser la misma: no directamente. Puede haber muchos otros factores a los que estos niños están expuestos y que contribuyan al desarrollo de esta enfermedad.

 

Esto no significa que los estudios en los que se observa una relación entre dos variables, es decir, estudios observacionales, carezcan de valor, al contrario: muchas veces son la el primer paso para identificar vínculos entre dos variables y empezar a estudiar su relación. A todo ello, cabe destacar que, en salud ambiental, exponer deliberadamente a personas a sustancias potencialmente perjudiciales puede ser éticamente inadmisible. Por ello, las conclusiones causales pueden construirse integrando diferentes diseños de investigación, datos epidemiológicos y evidencias experimentales o mecanísticas.

 

Entonces, el problema aparece cuando una relación entre una sustancia y sus efectos, que todavía se está investigando, se presenta como si ya estuviera demostrada o, por el contrario, cuando se descarta una relación causal entre una sustancia y sus efectos sobre la salud, simplemente porque no hay estudios en humanos.

 

Dos formas opuestas de desinformar

 

Toda esta incertidumbre que puede llegar a generar el conocimiento científico en relación a los efectos de diferentes compuestos ambientales en nuestra salud, puede utilizarse para transmitir mensajes falaces en dos direcciones. La primera consiste en transformar cualquier sospecha en una certeza de daño: “Como no se ha demostrado que esta sustancia sea completamente segura, debemos considerarla peligrosa para la salud”. La segunda hace exactamente lo contrario: “Como no se ha demostrado de manera concluyente que cause una enfermedad, podemos afirmar que es inofensiva y que no genera ningún daño”. Ninguna de estas afirmaciones está justificada por sí sola. La primera convierte una posibilidad en una certeza. La segunda utiliza las limitaciones del conocimiento para ofrecer una garantía de seguridad que los datos quizá no permiten establecer en el momento actual.

 

En salud ambiental también es fundamental distinguir entre peligro y riesgo. Una sustancia puede tener capacidad para producir efectos adversos, pero el riesgo depende, entre otros factores, de las condiciones de exposición, así como de otros factores como la vulnerabilidad -en todos los aspectos- del individuo.

 

La comunicación rigurosa debe evitar ambos extremos: ni exagerar las amenazas ni minimizar los riesgos documentados.

 

Entonces ¿debemos esperar a tener certezas absolutas para poder actuar?

 

¿Qué debemos hacer cuando existen indicios científicamente fundamentados de un posible riesgo, pero todavía persisten incertidumbres importantes? Lo más sensato por parte de las autoridades, pero también por parte de los profesionales implicados -investigadores, profesionales sanitarios, comunicadores, etc.- es aplicar el principio de precaución, el cual aboga por adoptar medidas preventivas para minimizar los posibles riesgos derivados de la exposición a sustancias sospechosas de afectar nuestra salud.

 

En el marco europeo, este principio permite considerar medidas de protección cuando se han identificado posibles efectos perjudiciales y la evaluación científica no permite determinar el riesgo con suficiente certeza. Sin embargo, no significa que cualquier sospecha justifique automáticamente una prohibición. Las medidas deben ser proporcionales al nivel de protección perseguido, considerar las posibles consecuencias de actuar o no hacerlo y revisarse a medida que aparezcan nuevos datos.

 

La incertidumbre no obliga a la inacción, pero tampoco justifica cualquier intervención. La prevención responsable consiste en utilizar la mejor evidencia disponible, reconocer sus limitaciones y adaptar las decisiones cuando evoluciona el conocimiento.

 

Aprender a leer más allá del titular

 

¿Cómo podemos protegernos frente a la desinformación ambiental? No necesitamos convertirnos en expertos en toxicología, pero sí aprender a formular algunas preguntas antes de compartir una noticia.

 

¿Quién proporciona la información? ¿Se basa en un estudio científico o en una opinión? ¿Se ha investigado en personas, animales o células? ¿Qué exposición se ha evaluado? ¿El estudio demuestra una relación de causa-efecto o únicamente encuentra una asociación entre la sustancia y la alteración en la salud? También debemos examinar con especial atención los mensajes que utilizan expresiones absolutas como «totalmente seguro», «completamente inocuo» o «científicamente demostrado» sin explicar a qué condiciones y evidencias se refieren.

 

La Organización Mundial de la Salud como la EFSA recomiendan comunicar de forma transparente qué se sabe, qué se desconoce y qué recomendaciones podrían cambiar cuando aparezca nueva información. No todas las incertidumbres son iguales. Hay riesgos ambientales ampliamente demostrados, otros sobre los que persisten preguntas importantes y otros cuya evidencia todavía es insuficiente. Tratar todas estas situaciones como equivalentes también distorsiona el conocimiento científico. La próxima vez que una noticia afirme que una sustancia es peligrosa o completamente segura, quizá la pregunta más útil sea: ¿qué sabemos realmente y qué pruebas respaldan esa afirmación?

 

En salud ambiental, comunicar bien la ciencia también es una forma de prevención. Permite reconocer los riesgos documentados, evitar alarmas injustificadas y fundamentar las decisiones de protección de la salud. Porque combatir la desinformación no consiste en sustituir una certeza falsa por otra, sino en aprender a distinguir entre lo demostrado, lo probable y lo que todavía desconocemos.

Salud mental y bifobia: una brecha invisible dentro del colectivo LGTBI+

Salud mental y bifobia: una brecha invisible dentro del colectivo LGTBI+

M. Felipa Gea López
23 de septiembre de 2026

Cada 23 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Bisexualidad, una fecha instaurada en 1999 para visibilizar una orientación sexual que, pese a representar una parte muy importante de la diversidad sexual, continúa rodeada de estereotipos, dudas e incomprensión.

 

Según datos del Barómetro del CIS de enero de 2025 recogidos por la FELGTBI+, el 27,8% de las personas de entre 18 y 24 años se identifica como LGTBI+ y, dentro de este grupo, el 51,5% se identifica como bisexual. En el conjunto de la población LGTBI+, las personas bisexuales representan el 55%. A pesar de que estas cifras desmontan la idea de que la bisexualidad es una realidad marginal dentro de la diversidad sexual humana, continúa siendo una de las orientaciones más cuestionadas e invisibilizadas. Y esto importa directamente cuando hablamos de salud mental.

 

Cuando la identidad se convierte en algo que hay que demostrar

 

La bifobia no siempre adopta la forma evidente de un insulto o una agresión. También aparece en comentarios aparentemente inocentes: «¿Pero entonces eres hetero o gay?», «Eso es una fase», «En realidad eres heterocuriosa» o «Ya se te pasará». Estas afirmaciones transmiten el mensaje de que la bisexualidad necesita ser explicada, demostrada o confirmada constantemente.    

 

Una persona bisexual puede experimentar rechazo tanto desde contextos heterosexuales como desde algunos espacios LGTBI+, donde también puede encontrarse con la idea de que la atracción hacia más de un género constituye una identidad menos legítima o provisional. La investigación ha identificado precisamente estos factores —discriminación, invisibilidad, ocultación de la orientación y falta de apoyo afirmativo— como estresores específicos de la población bisexual. Esto no significa que ser bisexual provoque problemas de salud mental. Significa algo diferente: las condiciones sociales en las que muchas personas bisexuales viven su orientación pueden generar un estrés de minoría añadido.

 

Una de las señales más preocupantes: la conducta suicida

 

La situación resulta especialmente preocupante cuando hablamos de conducta suicida. Una revisión sistemática y metaanálisis de 46 estudios encontró que las personas bisexuales presentaban las mayores proporciones de ideación e intento de suicidio entre los grupos de orientación sexual analizados. Concretamente, hasta un 45% de las mujeres bisexuales y un 35% de los hombres bisexuales han considerado el suicidio a lo largo de su vida, superando las tasas registradas en personas lesbianas, gays y heterosexuales. La investigación apunta hacia el peso de factores sociales y relacionales como la discriminación, la victimización, el aislamiento, la ocultación y la falta de apoyo.

 

Por eso, ante estos datos, quizá la pregunta no debería ser «¿qué les ocurre a las personas bisexuales?», sino también “¿qué estamos haciendo como sociedad para que una persona tenga que ocultar, justificar o defender quién es?”.

 

La consulta sanitaria también puede convertirse en un espacio de invisibilidad

 

El ámbito sanitario tampoco está al margen de esta realidad. La encuesta europea de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea mostró que el 16% de las personas LGTBI encuestadas había experimentado discriminación al entrar en contacto con personal sanitario o de servicios sociales. Aunque estos datos corresponden al conjunto de la población LGTBI+ y no específicamente a las personas bisexuales, ayudan a comprender la importancia de construir espacios asistenciales seguros.    

 

Para una persona bisexual, esto puede implicar algo tan sencillo, y tan importante, como que su orientación no sea interpretada automáticamente a partir de la persona con la que mantiene una relación. Una mujer que tiene pareja masculina no deja de ser bisexual. Un hombre que mantiene una relación con otro hombre tampoco deja de serlo. La orientación sexual no cambia porque cambie la pareja. Parece obvio; sin embargo, precisamente esa obviedad continúa siendo necesaria.

 

El problema de los datos que no vemos

 

También necesitamos mejorar la investigación. Durante años, muchos estudios han agrupado bajo la categoría «LGTBI+» realidades diferentes, dificultando la identificación de necesidades específicas. Si los datos no se desagregan, determinadas desigualdades pueden quedar ocultas y resultar más difícil diseñar intervenciones adecuadas.

 

Hablar de salud mental y bisexualidad exige, por tanto, mirar más allá del diagnóstico individual. Necesitamos profesionales sanitarios formados para trabajar desde una perspectiva afirmativa y libre de presupuestos monosexistas. Necesitamos investigaciones que permitan conocer mejor estas desigualdades y necesitamos espacios familiares, educativos, comunitarios y sanitarios donde una persona no tenga que demostrar quién es. La respuesta no pasa por patologizar la bisexualidad, sino por reducir las condiciones que generan sufrimiento y aumentar los factores que protegen la salud mental.

 

Visibilizar también es cuidar

 

Visibilizar no significa simplemente añadir una letra a unas siglas. Significa reconocer que cada orientación sexual puede estar atravesada por experiencias específicas de discriminación y que esas experiencias importan cuando hablamos de salud. Porque quizá el primer paso sea dejar de preguntar a las personas bisexuales cuándo van a decidirse y empezar a preguntarnos qué ocurre cuando una persona pasa demasiado tiempo intentando convencer a los demás de que su identidad es real. Ser visto, escuchado y reconocido no es un privilegio: también forma parte de cuidar la salud mental.

 

Análogos de GLP-1 y el fin de la economía del deseo

Análogos de GLP-1 y el fin de la economía del deseo

Sofía Pérez Calahorra

30 de junio de 2026

Durante años hemos escuchado que la obesidad era consecuencia de malas decisiones individuales: Comer demasiado, moverse poco, falta de disciplina. Sin embargo, la irrupción masiva de fármacos como Ozempic, Wegovy o Mounjaro está desmontando esa narrativa con una velocidad sorprendente.

 

Quizá el hambre nunca fue solamente voluntad. Quizá era, en gran parte, causa de mecanismos neurobiológicos y hormonales, además de estilo de vida.

 

Los análogos del GLP-1 representan probablemente uno de los cambios farmacológicos más importantes de las últimas décadas. En teoría nacieron para el tratamiento de la diabetes tipo 2 por su efecto incretina. Después han demostrado una eficacia extraordinaria en obesidad, por sus efectos sobre mecanismos que regulan la saciedad. Pero hoy es evidente que han trascendido el ámbito estrictamente médico para convertirse en un fenómeno social, económico y cultural.

 

En Estados Unidos, la sensación es que todo el mundo está usando Ozempic. El fenómeno ha penetrado Hollywood, Silicon Valley, influencers, ejecutivos, médicos, celebridades y clases medias urbanas. El medicamento dejó de ser una terapia para transformarse en símbolo cultural. Quizá una de las imágenes más llamativas de este fenómeno apareció de forma casi anecdótica en el festival internacional de Coachella. Muchos asistentes y comentaristas en redes sociales observaron algo extraño: menos filas en los puestos de comida que en años anteriores. Tal vez no exista evidencia científica que permita afirmar que el fenómeno se debió al uso masivo de GLP-1, pero la percepción colectiva fue reveladora. La idea de que “nadie tiene hambre porque todos están con Ozempic” se volvió creíble para millones de personas. Eso, en sí mismo, ya dice mucho del momento que estamos viviendo.

 

La realidad es que estos fármacos no solo hacen que las personas coman menos. Sino que modifican la relación psicológica con la comida. Muchos pacientes describen la desaparición del llamado food noise: esa conversación mental constante sobre comer, picar, buscar recompensa inmediata. La evidencia científica actual demuestra que los análogos del GLP-1 actúan no solo retrasando el vaciamiento gástrico y aumentando la saciedad, sino también sobre circuitos centrales del sistema nervioso relacionados con recompensa y conducta alimentaria. Es decir, reducen el deseo.

 

Y ahí es donde aparece una pregunta fascinante: ¿qué ocurre cuando una sociedad empieza a desear menos?

 

La economía moderna está construida precisamente sobre el estímulo constante del deseo. Consumir más calorías, más productos, más entretenimiento, más impulsos. Gran parte de la industria alimentaria lleva décadas diseñando productos hiperpalatables para explotar nuestros circuitos dopaminérgicos. El capitalismo contemporáneo necesita consumidores permanentemente estimulados.

 

Sin embargo, por primera vez podríamos estar entrando en una era donde millones de personas reducen su consumo no por conciencia moral ni por educación nutricional, sino porque farmacológicamente sienten menos necesidad de consumir. Esto tiene implicaciones potencialmente enormes.

 

Diversos análisis económicos ya sugieren que los usuarios de GLP-1 gastan menos en comida rápida, snacks, bebidas azucaradas e incluso alcohol. Algunas cadenas alimentarias y compañías de ultraprocesados han empezado a observar el fenómeno con preocupación. Si una parte significativa de la población reduce de forma sostenida su ingesta calórica, inevitablemente cambiarán patrones de mercado, estrategias de marketing y modelos de negocio.

 

Tal vez estemos ante el inicio de una transición silenciosa: pasar de una economía basada en maximizar el apetito a otra centrada en optimizar saciedad, salud metabólica y control farmacológico del deseo. Sin embargo, el entusiasmo alrededor de estos medicamentos también merece prudencia.

 

La evidencia científica sobre sus beneficios es muy sólida. Ensayos clínicos de alta calidad han demostrado pérdidas de peso clínicamente relevantes, reducción de eventos cardiovasculares, mejoría metabólica y potencial beneficio en múltiples enfermedades asociadas a obesidad. El estudio SELECT, publicado en The New England Journal of Medicine, mostró incluso reducción de eventos cardiovasculares mayores en personas con obesidad sin diabetes. Eso cambió radicalmente la percepción médica de estos tratamientos.

 

Pero ningún fármaco está libre de costes.

 

Los efectos adversos gastrointestinales son frecuentes: náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento y fatiga forman parte habitual del tratamiento. Además, persisten interrogantes sobre posibles riesgos a largo plazo, incluyendo pancreatitis, enfermedad biliar o gastroparesia en determinados pacientes. Aunque muchos de estos riesgos parecen poco frecuentes, el problema es que estamos asistiendo a una expansión masiva del uso de estos medicamentos en población relativamente sana y, en ocasiones, con objetivos más estéticos que clínicos.

 

Ahí surge otro debate incómodo: la medicalización de la delgadez.

Vivimos en una sociedad donde el cuerpo empieza a optimizarse farmacológicamente para adaptarse a ideales estéticos y productivos. Comer menos ya no depende necesariamente de modificar hábitos o transformar entornos alimentarios. Ahora puede conseguirse mediante una inyección semanal. Y esto plantea ciertas preguntas.

 

¿Estamos tratando una enfermedad o adaptando químicamente a las personas a una cultura obsesionada con la delgadez? ¿Estamos solucionando las causas estructurales de la obesidad o simplemente silenciando biológicamente el hambre? ¿Qué ocurrirá cuando generaciones enteras crezcan considerando normal regular el apetito mediante fármacos?

 

Quizá la mayor paradoja sea esta: durante décadas, el mercado creó una economía basada en estimular nuestros impulsos de consumo. Y ahora otra industria multimillonaria —la farmacéutica— obtiene beneficios precisamente disminuyendo esos impulsos.

En definitiva, los análogos de GLP-1 y nuevas moléculas no son solo medicamentos. Es probablemente el inicio de una nueva relación entre biología, deseo y economía de las cuales no se comprenden las consecuencias reales.