Literatura y creatividad: Potencia crítica

Literatura: Creatividad y potencia crítica

Alfredo Saldaña Sagredo

15 de abril de 2026

Me gustaría en este breve texto apuntar algunas ideas sobre las funciones que la literatura —en especial, la poesía—, la creatividad y el pensamiento crítico han podido desempeñar en mi trayectoria como profesor y autor de unos cuantos libros de poesía y de ensayo en el ámbito de una universidad cada día más aletargada y burocratizada, tanto en el contexto docente como en el investigador, y ello en unas circunstancias en las que, como se lamenta el poeta sirio Adonis, la productividad y la rentabilidad están ganando terreno a la imaginación, el ingenio y el cacumen.

 

Comenzaré recordando que con el término poesía designamos un hacer, un dar a luz o un engendrar, un acontecimiento creativo, en cualquier caso, inherente a lo femenino de nuestra especie y asociado estrechamente a la noción de alumbramiento. En ese proceso, el poeta intuye que la escritura es una actividad imaginaria, fantasmática y especular, una práctica en la que acaba diluyéndose en el vacilante e incierto trazo de su propio texto. En ese recinto brota una palabra poética extraña y anómala que comienza a manifestarse cuando ­—al menos por un instante­— se interrumpen los latidos de la existencia y, en ese sentido, a la vez que un aviso premonitorio de la muerte que viene, no es otra cosa que una representación, una imagen, en fin, un signo de la propia vida, detenida en su extrema y radical intensidad.

 

Percy B. Shelley distingue en A Defence of Poetry entre catalogue y creation, una distinción sobre la que se ha trazado la gran diferencia entre el lenguaje de la historia y los registros (im)propios de la poesía. Sin embargo, esa disonancia responde a menudo más a un ideal, una aspiración o un tópico que a una realidad contrastada dado que, al igual que existe un subgénero literario que denominamos «ciencia ficción» (un sintagma construido a partir de dos términos aparentemente contradictorios y excluyentes), el relato de la historia, presuntamente objetivo y veraz, aparece salpicado con frecuencia de elementos y recursos ficcionales, míticos, imaginarios, fantásticos; por el contrario, tampoco es infrecuente encontrar una poesía anclada a la experiencia en su sentido más restrictivo, concebida casi como fedataria de la realidad material, sensorial y sentimental. Y es en ese momento —recordemos, primeras décadas del siglo XIX— cuando surge la poesía tal como todavía hoy la seguimos explorando, es decir, entendiendo e ignorando, una poesía que, manteniendo unos estrechos vínculos con la creación y la imaginación, no deja de ocasionar desconcierto y malestar. Quizás ahí se encuentren algunas de las razones por las que la poesía ocupa un espacio social cada vez más exiguo e irrelevante.

 

De paso, nos encontramos sumidos en un escenario en el que los saberes relacionados con la especulación, la crítica, el pensamiento o los estudios menos instrumentales están siendo arrinconados hasta casi hacerlos desaparecer del ambiente educativo, frente a esos otros relacionados con la adquisición de unas cuantas reglas y consignas que la doxa académica califica como habilitantes. Así, las interrogantes se disparan de una manera espontánea y natural, ¿por qué ese tipo de contenidos y conocimientos tildados a menudo de inútiles e innecesarios sufren tales ataques?, ¿por qué, en definitiva, la poesía, la filosofía y la crítica encuentran tan difícil arraigo en sociedades como la nuestra? Aunque cualquier sujeto mínimamente informado esté al cabo de la calle y conozca qué intereses se esconden detrás de todas estas cuestiones, no creo que se trate de preguntas retóricas. Una posible, tentativa y rápida respuesta podría argumentarse recordando que la poesía (cuando se acompaña de esa enfermedad sagrada, como decía Heráclito, que es el pensar) y la filosofía (cuando se manifiesta con un ingobernable decir poético) contienen un aliento epifánico, siembran una semilla indomable y desestabilizadora, y que por ahí puede entenderse y explicarse su expulsión de los foros públicos.

 

A partir de ahí, es innegable que no se puede desarrollar un trabajo poético sin la intervención del pensamiento crítico y, en esas circunstancias, es obvio que pensar consiste en destensar los puntos de amarre para que el pensamiento pueda desplazarse con soltura y fluidez, generar espacio para que broten las ideas, errar —en los sentidos de andar y fallar— y hacer casa, como defendía la poeta rusa Anna Ajmátova, en un camino abarrotado de preguntas. Perderse para encontrarse, perder el sendero y reconocerse en esa pérdida.

 

En fin, una reflexión como esta que aquí apenas queda esbozada solo tiene sentido si se aborda como un esfuerzo para (des)ubicar y extrañar los lugares que ocupa la poesía en las sociedades contemporáneas, y ello sin renunciar a un compromiso con la defensa de una naturaleza y un entorno cada vez más devastados por los insensatos y letales comportamientos del ser humano. En ese sentido, se trataría de estar a la altura de las circunstancias y explorar una poesía solidaria con una realidad en la que ese ser humano es solo una parte —aunque una parte responsable, sin duda— de esa totalidad. Y todo ello porque la poesía, a veces, nos enseña que no se es poeta sino que se está en modo poético.

 

El Parkinson en mil palabras

El Parkinson en mil palabras

Amador Plaza Díez

11 de abril de 2026

Después de vivir 35 años con Parkinson, he conseguido aprender algunas cosas fundamentales sobre esta caprichosa patología.

 

En primer lugar, sobre su diagnóstico: No hay prueba que sea capaz de emitir un diagnóstico seguro de Enfermedad de Parkinson (en lo sucesivo EP). Ha de ser un neurólogo el que diagnostique, bajo su experiencia, esta enfermedad. Luego podrá corroborarlo con resonancias, dat-scan o viendo si hay una respuesta positiva en cuanto a los síntomas con la ingesta de L-Dopa.

 

Síntomas en la EP: en la EP no hay dos pacientes iguales. Si hubiera que establecer un rasgo común yo señalaría la lentitud. Los parkinsonianos somos capaces de hacer casi todo lo que haría una persona sana, pero en mucho más tiempo. Lentitud para todo, incluso en el pensamiento. Esa lentitud va a ayudar junto con la medicación a padecer un estreñimiento severo que acompaña casi siempre a este colectivo. Otro síntoma muy frecuente es la falta de control de impulsos, que se traduce en compras compulsivas, conductas obsesivas sobre juego, sexo.

 

Existe una terapia que consiste en introducir dos electrodos en el cerebro que conectados a una batería externa, suministran una mínima corriente eléctrica que mejora notablemente los síntomas del paciente. La intervención se llama “estimulación cerebral profunda” y está sujeta a un riguroso protocolo que debe seguirse para poder aplicarla.

 

En mi caso fui sometido a dicha intervención en el año 2009 y me ha dado diez años de autonomía total. No obstante, la EP tiene, entre otros, el calificativo de progresiva. Y en estos 17 años ha seguido progresando hasta reducir de forma importante mi autonomía.

 

Junto a todas las terapias médicas y farmacológicas, existe una forma de vida que depende del paciente y que supone un 50 por ciento de la posible mejora de la sintomatología general del paciente. Se trata del ejercicio terapéutico. Cuanto más mejor. Se ha comprobado el retraso en el avance de la EP en un numerosísimo grupo de muestra en EE.UU. de pacientes que hacían ejercicio terapéutico de forma regular, frente a otro grupo que no lo hacían.

 

El ejercicio terapéutico, tanto físico como mental se ha demostrado eficaz contra el avance de la EP. Si se haceejercicio todos los días se nota una mayor soltura, las articulaciones engrasadas. Por ello, la fisioterapia es fundamental para nosotros, ya que ayuda a conservar la funcionalidad y a afrontar mejor la evolución de la EP.

 

De la misma forma que si todos los días leemos y escribimos un poquito, no evitaremos que la EP se detenga, pero su progresión será mucho más lenta. Por el contrario, si dejamos pasar los días sentados en el sofá la EP tiene todas lasventajas. Pronto entraremos en apatía, y seremos un pelele en sus manos. La EP es como una tela de araña. Si a cada vuelta que nos va dando, inmediatamente la vamos rompiendo, nos resultará mucho más fácil que, sin hacer nada por impedírselo, un fino hilo de seda se haya convertido en una férrea coraza.

 

Mi problema con la EP ha sido siempre «caminar». Yo sufro bloqueos en la marcha, afortunadamente no tengocaídas, pero he tenido que volver a aprender a andar, fijándome en las rayas de las baldosas, o en las franjas blancas de los pasos de cebra.

 

Después de 1991 en que aparecieron los primeros síntomas me hicieron resonancias escáneres, electromiografías, incluso punción lumbar, hasta que comprendí que debía ponerme en manos de un único neurólogo que entendiera de laEP. Fue así como descubrí que había un neurólogo en el Hospital Clínico “Lozano Blesa” que dirigía la Unidad de Patologías del Movimiento.

 

Aún tardó la enfermedad en responder al tratamiento, hasta que, como a los cinco años de los primeros síntomas, tomando L-dopa, mejoró la escritura, la forma de caminar y todos los síntomas en general. El diagnóstico estaba confirmado: Tenía la EP. Desde entonces, he sufrido casi todos los síntomas de esta patología, he hecho venir a mi mujer de su trabajo para ayudarme a bajar de la camilla del dentista, o para ayudarme a cruzar la calle después de comprar el pan. Comencé a llegar tarde al trabajo, y a llegar a casa tarde a la salida de él. Aun así nos apuntamos a Derecho por las tardes y conseguimos aprobar los dos.

 

Tras unos años de negarme a ir a la Asociación de Parkinson Aragón, cuando tuve que renunciar a la oposición que tanto me había costado conseguir, me acerqué a ver lo que hacían. Y me sorprendió ver a la gente sonreír, hablar de todo menos de la dichosa EP. Vi entonces la posibilidad de emplear en la Asociación los conocimientos recién adquiridos en la carrera de Derecho, y como si fuera un trabajo le dediqué tiempo y paciencia, hasta llegar aquí.

 

Como conclusión os diré que a la EP hay que hacerle caso, pero no demasiado. Una vez que seamos capaces de ver en el espejo a un paciente de la EP pensemos en otras cosas más constructivas como en salir a comer con los amigos o quéharía falta en la Asociación. La vida no se acaba porque te sorprenda la EP, sólo cambia la velocidad. Si repartimosla EP en trozos, cuantos más seamos, los trozos serán más pequeños.

Cuando el monte curaba

Cuando el monte curaba

Marta Lampérez Bueno

7 de abril de 2026

Hoy asociamos la salud a hospitales, centros de salud y especialidades, tecnología y medicamentos industrializados. Sin embargo, hubo un tiempo en que curar comenzaba saliendo al monte.

 

En 1800, fray Mateo Suman remitió la descripción de Salvatierra de Escá (Zaragoza) en su Diccionario geográfico-histórico de Aragón, donde se detalla la riqueza botánica del término y se enumeran numerosas plantas medicinales que crecían de forma espontánea y formaban parte activa del cuidado cotidiano (pp. 413–434).

 

La elección de este ejemplo no es casual. Salvatierra de Escá forma parte de mi investigación doctoral en Ciencias de la Antigüedad y, mi formación como enfermera, me ha llevado a preguntarme también por las formas históricas del cuidado y el bienestar en los territorios rurales.

 

Suman incorporó el trabajo del médico titular Pascual Mora, cuya actividad fue recogida también por Félix de Latassa en la Biblioteca nueva de los escritores aragoneses (cap. CLXXVII, pp. 316–317), donde se mencionan sus descripciones botánicas vinculadas a Salvatierra. Allí se citan sus trabajos sobre las plantas que se crían en el término, confirmando que su labor trascendía el ámbito estrictamente local.

 

Entre las especies mencionadas se encontraban la doradilla, la matricaria, el toronjil, la eufrasia, la peonía o la gayuba, empleadas tradicionalmente para afecciones respiratorias, digestivas o urinarias. No se trataba de simples curiosidades botánicas: eran recursos terapéuticos accesibles.

 

Lo significativo es que Mora clasificó más de doscientas cincuenta especies siguiendo los sistemas botánicos de Tournefort y Linneo. El conocimiento ilustrado convivía así con la experiencia rural. Ciencia académica y saber práctico compartían espacio en las laderas prepirenaicas.

 

Desde una perspectiva actual, estas líneas permiten interpretar el paisaje de Salvatierra como territorio de cuidado. El monte no era únicamente fuente de leña o pastos: era extensión del botiquín doméstico. La relación entre naturaleza y salud formaba parte del equilibrio comunitario.

 

Con el avance de la medicina contemporánea, muchos de estos usos quedaron relegados al ámbito doméstico o al recuerdo popular. Sin embargo, la creciente atención a la fitoterapia y a la medicina tradicional, reconocida hoy por organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud, devuelve actualidad a aquellas descripciones de comienzos del siglo XIX.

 

Salvatierra de Escá fue, como tantas comunidades rurales, un lugar donde naturaleza y cuidado estaban íntimamente conectados. Mucho antes de que habláramos de prevención o sostenibilidad sanitaria, el monte ya curaba.

Falacias de la falocracia

Falacias de la falocracia

M. Felipa Gea López

5 de abril de 2026

Hoy 5 de abril, el llamado Día Mundial del Pene, nos abre la oportunidad de hablar del órgano más mitificado de la anatomía humana no sólo desde la biología, sino desde el poder. Porque el pene, más allá de su función fisiológica, ha sido históricamente convertido en símbolo. Así que vamos a hablar de la falocracia como institución: un sistema de valores, creencias y estructuras donde lo masculino (y lo fálico) se asocia con autoridad, dominio y legitimidad.

 

Este sistema no solo jerarquiza, también limita. La falocracia no eleva simplemente a los hombres sobre las mujeres, sino que empobrece la experiencia humana en su conjunto. Al imponer un ideal rígido de lo que significa “ser hombre” y “ser mujer”, termina denigrando a las mujeres y encorsetando a los hombres en un molde estrecho, artificial y profundamente irreal.

 

Toda construcción simbólica exagerada se sostiene, inevitablemente, sobre falacias. Por ello, es necesario identificar algunas de ellas para poder reconocer esta institución falocrática, que reprime y engaña a quienes se inscriben en ella.

 

La falacia de la superioridad natural

 

La falocracia se sustenta en la idea de que existe una superioridad intrínseca asociada a lo masculino, utilizando el pene como “prueba” de una supuesta “jerarquía natural”. Este relato confunde la diferencia biológica con una escala de valor social, ignorando que la biología no establece sistemas de poder. Los sistemas de poder los construyen las sociedades, no la biología.

 

Esta creencia legitima la subordinación histórica de las mujeres y, al mismo tiempo, impone una presión constante sobre los hombres para demostrar esa supuesta superioridad. La asociación entre pene y capacidad de mando es una metáfora cultural que empuja a los varones a demostrar constantemente una fuerza que no siempre corresponde con su realidad psíquica, generando estrés crónico y vulnerabilidad a la ansiedad y la depresión.

 

Confundir “diferencia” con “superioridad” es una falacia clásica. La diversidad corporal no implica jerarquía, y convertirla en eso empobrece las relaciones humanas. Aspirar a ser un “macho alfa” aleja de factores clave para la supervivencia humana: la cooperación y la inteligencia emocional.

 

La falacia del poder simbólico

 

El pene ha sido elevado a icono de poder en múltiples ámbitos de la vida (lenguaje, arte, política…). Expresiones como “tener cojones” o “ser un hombre de verdad” refuerzan la asociación entre genitalidad y autoridad.

 

Este simbolismo no sólo margina a las mujeres, excluyéndolas de los espacios de poder, sino que obliga a los hombres a encarnar una imagen de dominio, seguridad y control que no siempre coindice con su realidad emocional. El resultado es una desconexión profunda con la vulnerabilidad y la diversidad humana. Este fenómeno se refuerza mediante el llamado «mandato de masculinidad», según el cual ser hombre no es un estado, sino un estatus que debe ganarse y defenderse públicamente a través de actos de dominación, a menudo expresados en microviolencias o en la exclusión de lo femenino.

 

El simbolismo no es poder real, pero tampoco es inocuo. Es una narrativa que, al interiorizarse, distorsiona la percepción. La falocracia convence al hombre de que su valor reside en su capacidad de imponerse, lo que constituye una trampa psicológica que bloquea el desarrollo de una identidad auténtica basada en el autocuidado.

  

La falacia del rendimiento

 

Otra falacia extendida es que el valor masculino se mide en términos de rendimiento sexual: duración, tamaño y potencia. Esta lógica, además de ser reduccionista, genera ansiedad, inseguridad y una relación distorsionada con el propio cuerpo. La sexualidad masculina se convierte en un examen constante.

 

La llamada «ansiedad de ejecución sexual» afecta a un porcentaje significativo (9-25%) de hombres y contribuye a padecer eyaculación precoz y/o disfunción eréctil psicógena. El encuentro sexual se percibe como una prueba donde la «hombría» está en juego, dejando poco espacio para el disfrute. Además, la pornografía ha intensificado esta falacia al imponer estándares irreales. Muchos jóvenes comparan sus cuerpos y su desempeño con modelos editados, lo que alimenta la insatisfacción y el consumo de productos que prometen mejoras imposibles.

 

Esta lógica también perjudica a las mujeres, cuyo placer ha sido históricamente relegado, reforzando dinámicas donde su experiencia queda subordinada al desempeño masculino. El resultado es doble, por un lado, hombres atrapados en la ansiedad del rendimiento y, por otro, mujeres desplazadas en su propia vivencia sexual.

 

El placer, la intimidad y la sexualidad humana son complejos y subjetivos. Reducirlos a métricas fálicas es una simplificación que empobrece a todas las partes.

 

La falacia de la centralidad

 

Durante siglos, el pene ha ocupado el centro del discurso sexual. La falocracia lo sitúa como el eje alrededor del cual orbitan el deseo, el acto, y la satisfacción, invisibilizando otras formas de placer y experiencia.

 

Esta centralidad define el sexo exclusivamente como la penetración pene-vagina, heredando modelos históricos reforzados por la medicina y la religión. El resultado es una dinámica desigual donde el cuerpo de la mujer queda subordinado a un guion diseñado para la satisfacción masculina. Además, al considerar la penetración como el único acto “real” de sexo, se deslegitiman las formas de placer, muchas de ellas más efectivas para las mujeres.

 

Paradójicamente, esta centralidad también empobrece la experiencia masculina al reducir a una función genital. Limita la exploración del cuerpo, la sensibilidad y otras formas de intimidad y conexión.

 

La idea de que el sexo “termina” con la eyaculación masculina es una consecuencia directa de esta falacia, que reduce la intimidad a una descarga fisiológica en lugar de un intercambio afectivo. La sexualidad va más allá del pene, es una constelación diversa de experiencias.

 

La falacia de la identidad

 

La falocracia impone una ecuación rígida: pene = hombre = masculinidad. Esta simplificación excluye a personas trans, intersexuales y no binarias, y limita las formas en que los propios hombres pueden vivir su identidad.

 

Bajo este esquema, cualquier desviación se percibe como una amenaza. Se ignora que todos los seres humanos combinamos rasgos, hormonas y deseos que no encajan en moldes absolutos. Así, los hombres quedan atrapados en un ideal imposible, mientras otras identidades quedan fuera del reconocimiento.

 

La identidad no se reduce a la anatomía. Es una construcción compleja donde intervienen la cultura, la experiencia y la autopercepción. Va más allá de lo límites que impone la falocracia.

 

Repensar el símbolo

 

Cuestionar la falocracia no implica demonizar al pene, sino despojarlo de una carga simbólica opresiva. Se trata de devolverlo a su condición de “parte del cuerpo” que merece cuidado y respeto, pero no obediencia ni poder.

 

El problema no es el símbolo en sí, sino el sistema que lo convirtió en medida de todas las cosas. Un sistema falocrático que ha servido para jerarquizar, excluir y simplificar la riqueza de la experiencia humana.

 

Quizá el gesto más subversivo sea dejar de situar al pene en el centro del poder y empezar a mirarlo con naturalidad, como cualquier otra parte del cuerpo. Desmontar estas falacias abre la puerta a una comprensión más amplia, diversa y honesta de lo que somos.

El libro infantil: La salud mental del futuro

El libro infantil: La salud mental del futuro

Silvia Pellicer Ortín

2 de abril de 2026

El Día Internacional del Libro Infantil se celebra con la idea de promover el amor por la lectura entre los más jóvenes; de hecho, se instituyó en conmemoración del nacimiento del reconocido escritor danés Hans Christian Andersen el 2 de abril de 1805. Cantar rimas y poemas a los bebés, leer cuentos tradicionales en los brazos de nuestros padres, contar leyendas a la hora de dormir o participar en actividades de cuenta-cuentos son experiencias que todos podemos asociar como placenteras y entrañables en los primeros años de nuestra vida. Pero, ¿cuáles son los beneficios más exactos de contar historias a los más pequeños?

 

Exponer a los niños a la escucha y lectura de cuentos es muy positivo para su desarrollo cognitivo (Fons Esteve, 2004) en tanto que promueve destrezas de pensamiento que les ayudan a predecir eventos y el significado de las palabras, hacer hipótesis y comparaciones, etc. Además, son un gran promotor del pensamiento simbólico, la atención, la memoria de trabajo y la meta-cognición, reforzando estrategias como la planificación y la autoevaluación. Si los abordamos desde un punto de vista pedagógico, a través de los cuentos podemos trabajar multitud de contenidos curriculares a la par que desarrollamos estrategias de estudio, organización de ideas o transferencia de información. Sin olvidarnos del desarrollo de la alfabetización visual y multimodal (Mancebo Suárez and Pellicer-Ortín, 2023), tan imprescindible en la época actual.

 

 Bien es sabido que los cuentos nos ayudan a ejercitar la imaginación, los niños pueden conectar con sus personajes y desarrollar esta capacidad que, en tiempos de la IA, puede ser garantía del desarrollo de un pensamiento más flexible y crítico en el futuro así como de mejores habilidades sociales, emocionales y comunicativas. Además, dado que escuchar o leer un cuento es motivador y agradable, y que suele ser una experiencia social compartida, esto nos permite potenciar actitudes positivas en el niño hacia la lengua y cultura en la que están escritos. Desde el punto de vista lingüístico, Gail Ellis and Jean Brewster (2014) explican cómo el escuchar historias se puede convertir en un recurso potente para adquirir una lengua. A través de la repetición que caracteriza muchas de estas narrativas, los niños pueden interiorizar un amplio repertorio de vocabulario y formas lingüísticas en un contexto natural. Está ampliamente demostrado (Ellis and Shintani, 2014) que exponer a los niños al lenguaje en contextos variados, memorables y familiares enriquece su pensamiento y hace que se incorpore poco a poco a su habla. También, los cuentos exponen a los niños al ritmo, entonación y pronunciación de una lengua. Igualmente los cuentos nos transportan a otras culturas, favoreciendo el desarrollo de la Competencia Comunicativa Intercultural, entendida como la habilidad de comunicarse adecuadamente con personas de otras culturas, comprendiendo y respetando sus valores, formas de hablar y actitudes.

 

Los cuentos tratan temas y experiencias universales que conectan con nuestros sentimientos y emociones. Contar historias provoca una reacción compartida de risa, tristeza, emoción y expectación que no solo resulta placentera, sino que también puede ayudar a reforzar la confianza del niño y avivar su desarrollo social y emocional, y es en esta última parte en la que me quiero centrar como aspecto estrechamente relacionado con la salud. La educación emocional de las futuras generaciones es un aspecto que cada vez tiene más peso en nuestras aulas y en el currículo. Desde que Daniel Goleman desarrollará su teoría acerca de la Inteligencia Emocional y la importancia de entrenarla e integrarla en la educación de los niños y adolescentes, se ha ido constatando como los cuentos y la literatura pueden ayudar a desarrollar los cinco dominios que comprende esta inteligencia – conciencia de las propias emociones, regulación, autoestima, confianza y motivación, empatía, y habilidades sociales. Por otra parte, como afirma Susan Perrow, contar historias ofrece posibilidades imaginativas para transformar las situaciones problemáticas y promover la resiliencia desde etapas tempranas.

 

Las manifestaciones artísticas en general y la literatura en particular corresponden a la necesidad humana de integrar las experiencias vividas, y más aún cuando estas han sido difíciles o traumáticas. Volviendo a Goleman, este psicólogo nos explica que la parte emocional de la mente humana está vinculada a los contenidos simbólicos que pueden expresarse mediante metáforas, cuentos, mitos y arte y, especialmente, a través de la narración de historias y el dibujo. En el caso del cuento infantil, ya que los cuentos son un artefacto familiar y seguro para los niños, estos les permiten tratan de entender de manera profunda lo que en ellos sucede, conectando con las experiencias propias y ajenas. Muchos cuentos giran en torno a personajes atravesando desafíos que deben solventar con la ayuda de otros personajes y/o haciendo uso de su fuerza interior. De hecho, muchas historias infantiles recurren a la metáfora y los símbolos, lo que las ha convertido en herramienta de terapia psicológica en casos de niños sufriendo algún tipo de trauma o trastorno mental. Conforme se ha estudiado más sobre los procesos neurobiológicos y la relación entre el hemisferio derecho, el trauma y el apego, comprendemos mejor cómo los cuentos pueden activar los procesos emocionales del hemisferio derecho, despertar recuerdos sensoriales y desencadenar emociones intensas no resueltas.

 

Como educadores, terapeutas o familiares, podemos encontrar cuentos que ayuden a los niños a conectar con experiencias concretas traumáticas o difíciles, ya sea el duelo y la muerte (El hilo invisible de Miriam Tirado), la enfermedad (Soñar con unicornios de Lisa Aisato y Mariangela Cacace), el estrés y la ansiedad (Tengo un nudo en la barriga de Alberto Soler y Concepción Roger), la separación parental (Valentina tiene dos casas de Paula Carbonell), el bullying (Nos tratamos bien de Lucía Serrano), o abusos sexuales (Tu cuerpo es tuyo de Lucía Serrano). Por otra parte, los cuentos pueden usarse como vía de prevención de futuros problemas mentales o promoción de hábitos saludables (Sanotes, sanitos de Blanca García-Orea Haro), también abordando temas como el control de esfínteres (El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza de Werner Holzwarth) y problemas de sueño (Dormir sin miedo de Laura Pazos de Sleepykids y Marta Moreno), e incluso trabajando valores humanos que mejoren sus relaciones humanas en el futuro: diversidad cultural y empatía (Elmer, el elefante multicolor de David McKee; Las jirafas no pueden bailar de Giles Andreae), emociones (El monstruo de colores de Anna Llenas), auto-regulación (Tengo un volcán de Miriam Tirado), apego (Adivina cuanto te quiero de Sam McBratney), y habilidades sociales (La abrazosaurio de Rachel Bright).

 

Elegir el cuento apropiado es sólo el primer paso, aquí he citado algunos ejemplos que funcionan muy bien, pero no es suficiente. Debemos crear una ambiente relajado y cálido para que los niños entren en el mundo de la historia; hacerles partícipes de ella a través de preguntas, pausando la lectura para comprender que nos siguen y ayudarles a entender los matices más complejos; y, una vez, que la hemos narrado, hay multitud de maneras de explorar lo que ha suscitado en ellos mediante juegos, diálogos, dramatizaciones, actividades de dibujo o manualidades, etc. Está claro que un cuento por sí mismo no puede sanar una patología, abordar problemas conductuales o solucionar un problema en la vida del niño, pero sí que puede ser una ventana a otro mundo donde nuevos valores, emociones y experiencias nos ayuden a comprender la complejidad del ser humano. 

 

 

El uso del fenómeno “therian” para deteriorar los derechos de las personas trans

El uso del fenómeno “therian” para deteriorar los derechos de las personas trans

M. Felipa Gea López

31 de marzo de 2026

 

 

 

La construcción de la identidad en la era de la hiperconectividad ha dejado de ser un proceso puramente introspectivo, basado en el modelo bio-psico-social, para convertirse en un fenómeno mediado por algoritmos, redes sociales y comunidades globales de nicho. En este contexto, la visibilidad de las personas trans, conmemorada cada 31 de marzo desde 2009, se enfrenta a desafíos inéditos.

 

Estos desafíos no provienen únicamente del estigma histórico, sino también de campañas de desinformación que utilizan subculturas digitales emergentes para deslegitimar derechos fundamentales. Señalar esta fecha en el calendario no solo implica contrarrestar siglos de invisibilización, sino también reflexionar sobre los nuevos riesgos que surgen en un entorno marcado por la hiperconectividad y la viralidad de discursos teñidos, en muchos casos, de desinformación y odio, primero dentro de las redes sociales y después fuera de ellas. ​

 

Qué está ocurriendo en el ecosistema digital

 

En los últimos años, los medios digitales han transformado profundamente la manera en que se construyen y difunden las identidades. Plataformas como TikTok, X o Instagram han permitido que millones de personas exploren, nombren y compartan experiencias personales, facilitando que muchas encuentren referentes y dejen de sentirse solas. Sin embargo, este mismo fenómeno ha generado también un terreno fértil para la confusión, la simplificación, la desinformación y el odio.

 

Uno de los ejemplos más disruptivos y menos comprendidos de este fenómeno es el uso del llamado movimiento «therian», que son individuos que experimentan una identificación psicológica o espiritual con animales no humanos, como una herramienta retórica para cuestionar la validez de la identidad de género y frenar avances legislativos en materia de autodeterminación.

 

Por ello, es necesario desglosar cómo una vivencia interna subjetiva, a menudo exploratoria y propia de la adolescencia y del ser humano en general, ha sido capturada por sectores políticos para construir la falacia de la «transespecie» y, por extensión, ridiculizar la realidad de las personas trans.

 

El fenómeno “therian”

 

Para abordar esta cuestión con rigor, conviene aclarar de dónde surge la identidad therian. El término «teriantropía» describe a personas que refieren una identificación interna profunda con un animal no humano, ya sea a nivel psicológico, espiritual o simbólico, reconociendo simultáneamente su condición biológica humana. Es decir, el sujeto therian no padece una ruptura con la realidad y, por lo tanto, no forma parte de la patología.

 

De hecho, desde la neuropsicología, estas vivencias identitarias se entienden dentro del espectro de la diversidad humana y del desarrollo humano, donde la construcción del «yo» es fluida y se apoya en metáforas culturales para organizar la experiencia interna. Para muchos jóvenes, el teriotipo (lobos, felinos, aves) funciona como un anclaje simbólico que permite transitar emociones complejas, como la necesidad de independencia o la respuesta al estrés social.

 

La identidad “therian” es una subcultura, donde existe una Identificación psicológica o espiritual simbólica. Sin embargo, la identidad trans es una identidad en sí misma, donde existe una discordancia entre género sentido y el asignado al nacer. Es necesario señalar que el sexo biológico y la identidad de género son conceptos independientes, tal y como abala la ciencia moderna. Mientras que el sexo se refiere a indicadores biológicos y físicos, el género constituye el sentido interno y profundo de quién es una persona. Actualmente, a nivel social y cultura se sigue confundiendo ambos planos, por lo que se sigue asignando la identidad de género tomando en cuenta únicamente lo que existe entre las piernas (es decir, la anatomía genital).

 

Las consecuencias van más allá de lo viral

 

La confusión deliberada entre las categorías “therian” y trans no es un error de apreciación, sino un mecanismo de deshumanización. Mientras que la identidad trans cuenta con un respaldo científico robusto, validado por organizaciones como la Asociación Mundial para la Salud Transgénero (WPATH), la Organización Mundial de la Salud (OMS) o la Asociación Mundial de la Salud Sexual (WAS), el fenómeno “therian” se sitúa en el ámbito de las subculturas (como Emo, Otaku, Hippie, Rockabilly…). Sin embargo, al equipararlas bajo el paraguas de la «autopercepción», los detractores de los derechos LGTBIQ+ intentan reducir la identidad de género a un capricho biológico similar a «creerse un animal», ignorando décadas de investigación.

 

Lo cierto es que las consecuencias de este fenómeno no son meramente discursivas, ya que se trata de una campaña estructurada que utiliza “técnicas de pánico moral” para influir en la opinión pública y en los procesos legislativos. La desinformación contribuye a consolidar prejuicios, alimenta el rechazo social y dificulta avances en materia de derechos. Esta estrategia tiene tres objetivos claros:

  1. Despatologización vs. Repatologización: Mientras la ciencia avanza hacia la despatologización del cambio de género/sexo, estos discursos buscan reintroducir la noción de «trastorno» a través de la comparación con la licantropía clínica, tergiversando a su vez la subcultura therian.
  2. Eliminación de la Protección Legal: Si se logra convencer al público de que las identidades trans son equivalentes a identidades animales (que no son sujetos de derecho), se facilita la derogación de leyes que castigan la discriminación.
  3. Monopolio de la «Normalidad»: Al presentarse como los defensores de los/as «niños/as normales» frente a la supuesta amenaza de los/as «niños/as gatos», estos sectores capturan la rabia y frustración de una sociedad golpeada por guerras del petróleo, genocidios en Gaza, crisis económicas y de vivienda, redirigiéndola hacia un enemigo ficticio.

 

La amenaza de las «terapias de conversión»

 

Esto tiene un efecto particularmente dañino: invisibiliza las experiencias reales de las personas trans. Al quedar atrapadas entre la caricatura y la polémica, sus voces pierden espacio en el debate público y sus demandas quedan relegadas frente al ruido mediático. Abriendo, a su vez, la puerta a reintroducir las llamadas “terapias de conversión”.

 

Al categorizar las identidades trans y therian como «desorientación social» o «falta de valores», se intenta legitimar prácticas que buscan cambiar la identidad de género u orientación sexual de una persona, las cuales han sido calificadas por organismos internacionales como formas de tortura. En España, la Ley Trans prohíbe explícitamente estas terapias, pero las reformas impulsadas en algunas comunidades autónomas, bajo técnicas de pánico moral, han debilitado los mecanismos de vigilancia contra estas prácticas ilegales. Por ejemplo, en diciembre de 2023, la Comunidad de Madrid, aprobó una ley que eliminaba el concepto de «identidad de género».

 

La necesidad de contrarrestar esta confusión

 

Hoy más que nunca, debemos reafirmar que la identidad humana es compleja, fluida y digna de respeto en todas sus formas, siempre que no se traduzca en daño a terceros o en la pérdida de la funcionalidad. Sin embargo, este respeto no debe permitir la dilución de las categorías de derechos humanos. La lucha de las personas transgénero por el reconocimiento de su identidad de género no es un juego simbólico; es una cuestión de justicia social, salud pública y dignidad fundamental.

 

Es necesario recentrar la conversación, desarrollando una mirada crítica frente a los contenidos virales y cuestionando las narrativas que buscan simplificar o distorsionar realidades complejas. Como sociedad, tenemos la responsabilidad de no dejarnos seducir por las caricaturas o ejemplos extremos amplificados artificialmente ni por los bulos de fácil digestión. Solo a través del conocimiento riguroso, el respeto a la evidencia científica y la defensa inquebrantable de la autonomía corporal podremos avanzar hacia un futuro donde la visibilidad no sea un riesgo, sino una celebración de la pluralidad humana.

 

El Día de la Visibilidad Trans debe recordarnos que los derechos conquistados no son inamovibles y que la desinformación es la herramienta más eficaz de quienes desean volver a un pasado de silencio y exclusión. La respuesta ante el odio no es el pánico, sino la verdad, la empatía y la firmeza legislativa en la protección de la diversidad humana.