Ni princesas ni machotes: hacia una educación más libre

Ni princesas ni machotes: hacia una educación más libre

M. Felipa Gea López
21 de junio de 2026
La conmemoración del Día Internacional de la Educación No Sexista constituye un hito fundamental en la agenda global de la salud pública, la psicología del desarrollo y la pedagogía contemporánea. Aunque esto suene muy técnico, en el fondo hablamos de algo que nos toca a todos: el derecho de nuestras niñas y niños a crecer sin etiquetas que les corten las alas.

 

Y es que hablar de educación no sexista no significa borrar diferencias ni imponer una forma de pensar. Significa algo mucho más sencillo —y más importante—: permitir que cada niño y cada niña pueda crecer sin sentirse encerrado en un molde.

 

Pero… ¿qué es la educación no sexista? Desde la perspectiva de la investigación científica, se define como un proceso dinámico de enseñanza y aprendizaje que cuestiona los estereotipos de género, elimina las barreras que limitan el potencial humano por razones de sexo y promueve un desarrollo integral y el respeto a los derechos humanos.

 

La educación empieza en el salón de casa

 

Aunque solemos asociar la educación con los colegios, gran parte de lo que aprendemos sobre género ocurre en casa y en el entorno cotidiano. La infancia es una etapa especialmente sensible: todo deja huella. Los niños observan, imitan y absorben mensajes constantemente, incluso cuando nadie pretende enseñarles nada.

 

El cerebro infantil es como plastilina, se moldea con lo que ve y escucha cada día… y sin darnos cuenta, el lenguaje que usamos deja huella.

 

Frases que parecen inofensivas como «los niños no lloran» o «las niñas son más responsables», tienen más peso del que imaginamos, ya que actúan como micro-violencias que generan inseguridad y afectan el bienestar emocional. Estos comentarios “sin importancia” terminan condicionando cómo los/as menores entienden sus emociones y su lugar en el mundo. Pues si a un niño le enseñamos a reprimir su tristeza, le estamos quitando herramientas para gestionar sus emociones en el futuro. Por el contrario, si a las niñas las premiamos solo por ser «buenas y obedientes», estamos frenando su capacidad de liderazgo y volviéndolas vulnerables ante los peligros de la vida.

 

También ocurre con los juguetes, pues durante años hemos asociado el rosa con el cuidado y la belleza, y el azul con la acción, la aventura o la tecnología. Y la segmentación por colores y funciones no es biológica, sino cultural. Algo que tiene consecuencias en los/as menores, ya que aislar a los niños de los juegos de cuidado inhibe el desarrollo de sus redes neuronales vinculadas a la empatía y restringir el juego físico en las niñas limita su práctica de habilidades visuoespaciales y autonomía física.

 

Y algo parecido sucede con las historias, cuentos, personajes… que consumen desde pequeños/as. Aunque cada vez existen más referentes diversos, todavía persiste la idea de la princesa delicada que espera ser rescatada o del héroe fuerte que nunca muestra miedo. Son modelos que, poco a poco, terminan marcando expectativas y encapsulan la capacidad de ser y estar en el mundo en una sola opción.

 

El cerebro no nace con un color asignado, nace con posibilidades infinitas. El problema aparece cuando sentimos que no podemos elegir otra cosa sin ser juzgados/as.

 

Lo que no se nombra, no existe

 

Los centros educativos también son parte importante de en esta socialización, pues allí se transmite mucho más que contenidos académicos. También enseña qué voces importan, quién ocupa el espacio y quién queda fuera del relato. Si echamos un vistazo a los libros con los que estudian nuestros hijos/as, los datos son impactantes. En España, por cada 100 personajes que aparecen con nombre propio en los libros de texto, solo 3 son mujeres.

 

Esta falta de referentes femeninos en la ciencia o la historia lanza un mensaje silencioso a las niñas: «este no es tu sitio». Para que una niña sueñe con ser astronauta o ingeniera, necesita saber que otras ya lo hicieron antes. No es falta de capacidad, es falta de modelos.

 

Por eso la educación no sexista también pasa por revisar materiales, ejemplos y referentes. No se trata de “rellenar cuotas”, sino de mostrar la realidad completa. Porque las mujeres siempre estuvieron ahí, lo que ocurre es que muchas veces no son nombradas y se las deja en los márgenes.

Criar sin estereotipos no significa criar sin libertad

 

Fomentar una educación libre de moldes no es una cuestión de «ideología», sino de maximizar el potencial de desarrollo. Pues el cerebro no tiene género, tiene posibilidades.

 

¿Qué pasa cuando dejamos que un niño juegue a las cocinitas o que una niña se ensucie jugando al fútbol? Que sus neuronas crean conexiones nuevas. Cuando a los niños se les permite expresar tristeza, miedo o ternura, desarrollan una relación más sana con sus emociones. Y cuando las niñas crecen sintiéndose capaces de liderar, explorar, practicar deporte o interesarse por la tecnología, ganan confianza en sí mismas.   Educar en libertad también es una cuestión de salud. Una educación libre de estereotipos permite que cada menor sea quien realmente es, reduciendo la ansiedad y mejorando su autoestima. El objetivo no es criar niños “perfectos”, sino criar personas que no tengan miedo de ser quienes son.

 

Educar en igualdad en tiempos de TikTok

 

Hoy en día, la educación ya no solo ocurre en casa o en el cole, sino que ocurre también en la pantalla del móvil. Los/as adolescentes están expuestos a discursos que promueven una masculinidad agresiva o una hipersexualización temprana de las niñas. El entorno digital se ha convertido en una fuente clave de desinformación y refuerzo de estereotipos nocivos. La aparición de la «manosfera» en redes como TikTok —espacios virtuales que propagan discursos misóginos y antifeministas— está impactando directamente en la socialización de los adolescentes, especialmente de los hombres.

 

La alfabetización digital es clave para que los/as menores identifiquen la violencia simbólica y los delitos sexuales mediados por tecnología, que han aumentado exponencialmente en la última década. Necesitamos que nuestros/as jóvenes aprendan a dudar de lo que ven y a desarrollar un pensamiento crítico frente a los «influencers» que intentan venderles modelos de hombre y mujer del siglo pasado.

 

Conclusión: educar para la libertad

 

La educación no sexista es una herramienta de salud pública esencial para prevenir la violencia de género y promover el bienestar mental. Al romper los moldes de «princesas» y «machotes», no solo garantizamos la igualdad de derechos, sino que permitimos que la arquitectura cerebral de nuestras niñas y niños se desarrolle de la manera más diversa y resiliente posible.

 

Educar en igualdad no es intentar que todos sean iguales, sino garantizar que todos tengan las mismas oportunidades para ser diferentes. Al romper los moldes de «princesas» y «machotes», les estamos dando el mejor regalo posible: la libertad de elegir su propio camino.   Esto significa ganar libertad para emocionarse, para elegir, para explorar intereses propios, para construir una personalidad sin tantas etiquetas… Porque al final, educar en igualdad no solo consiste en preparar a la infancia para el futuro, sino también en preguntarnos qué clase de sociedad queremos construir.  

El matrimonio lésbico como institución: entre la integración y la transformación

El matrimonio lésbico como institución: entre la integración y la transformación

M. Felipa Gea López

26 de abril de 2026

El 26 de abril coincide con el Día de la Visibilidad Lésbica y el Día Mundial del Matrimonio. Esta coincidencia refleja el choque —y el abrazo— entre una orientación sexual que durante siglos tuvo que esconderse y una de las instituciones más tradicionalmente excluyentes de nuestra sociedad.

 

Desde que se aprobó la Ley 13/2005 en España, no solo han cambiado las leyes, sino también la salud pública y el bienestar psicológico. El matrimonio igualitario no es solo un contrato legal, es ocupar un espacio que antes prohibido y darle un significado totalmente nuevo, alejándonos del control histórico sobre la sexualidad femenina.

 

Tendencia matrimonial

 

Históricamente, el matrimonio ha sido un mecanismo de organización social, económica y política, vinculado a la propiedad, la reproducción y la división de roles de género. Aunque el matrimonio parezca «pasado de moda», las cifras en España cuentan una historia distinta. Desde 2005, se han celebrado más de 75.000 bodas entre personas del mismo sexo. De hecho, en 2016, por primera vez, los matrimonios entre mujeres superaron a los de hombres, tendencia que no ha parado de crecer.

 

En el último año, mientras que los matrimonios convencionales apenas se movían, las uniones del mismo sexo pegaron un salto del 8,33%. Para las parejas lésbicas, el matrimonio se convierte en un espacio de seguridad y reconocimiento. Es una forma de decir: «nuestra familia existe y el Estado la protege». El «sí, quiero» es mucho más que un papel firmado, es un chute de salud mental y una respuesta directa frente al estigma social arrastrado durante años.

 

Laboratorio de igualdad y negociación

 

Las parejas de mujeres han dinamitado el modelo de «marido proveedor» y «mujer cuidadora». Al no haber un guion de roles predefinidos, el matrimonio lésbico se convierte en un laboratorio social donde se ensayan formas de convivencia más horizontales. Un espacio donde todo se negocia desde cero.

 

Los estudios nos dicen que estas parejas suelen ser mucho más equitativas en el reparto de las tareas domésticas. No se reparten las cosas por ser «hombre o mujer», sino por quién tiene más tiempo o quién se le da mejor cocinar o llevar las cuentas. Esa sensación de justicia en casa es el mejor pegamento para una relación, pues cuando sientes que el esfuerzo es compartido, la satisfacción marital sube como la espuma.

 

Pero no todo es un camino de rosas. Con la llegada de los/as hijos/as, aparece la «sedimentación de roles». A veces, la madre biológica acaba cargando con más cuidados por inercia cultural. Y no podemos olvidar la carga mental, ese trabajo invisible de planificar el menú, recordar las vacunas o saber qué falta en la nevera que afecta al 91% de las madres en España. Aunque, en las parejas lésbicas, la gestión suele ser más compartida, la presión por ser la «madre perfecta» también está presente, lo que puede generar un agotamiento emocional que solo se cura con comunicación asertiva y honesta.

 

Impacto en la salud pública

 

Más allá de lo social, el matrimonio lésbico tiene un impacto directo en la salud pública. Según el “modelo de estrés de las minorías”, las mujeres lesbianas están expuestas a altos niveles de estrés crónico por la discriminación, las microagresiones y la expectativa constante de rechazo. Este estrés sostenido tiene consecuencias psicológicas, incrementa el riesgo de ansiedad, depresión y dificultades en la regulación emocional.

 

En este contexto, el matrimonio actúa como un factor de protección. El reconocimiento legal del vínculo afectivo aporta seguridad jurídica, sensación de pertenencia y legitimidad social. Las investigaciones demuestran que las parejas casadas legalmente tienen niveles más bajos de angustia y sienten que su vida tiene más sentido.

 

El reconocimiento legal funciona como una herramienta de salud pública que estabiliza nuestra salud mental. La estabilidad del vínculo contribuye a disminuir la ansiedad anticipatoria, refuerza la autoestima y favorece la construcción de un apego más seguro. Es decir, el acceso a derechos no sólo transforma lo social, sino también lo psicológico.

 

Más allá del coitocentrismo

 

En el ámbito sexual, el matrimonio lésbico contribuye a romper el coitocentrismo. En estas relaciones, la satisfacción sexual no se mide por la penetración, sino en términos de comunicación, conexión emocional y exploración compartida del placer.

  

Las investigaciones nos dicen que las mujeres que aman a mujeres suelen tener encuentros más largos y una frecuencia de orgasmos más alta. El secreto de la satisfacción sexual está en la empatía corporal y en la comunicación abierta —la capacidad de expresar deseos, necesidades y límites—.

 

Pero también hay retos, como el riesgo de la «fusión excesiva». A veces, de tanto querer estar juntas y ser iguales, perdemos esa chispa de misterio que alimenta el deseo. Por eso es importante mantener espacios de autonomía e independencia. Ser «nosotras» está genial, pero seguir siendo también «yo» es lo que mantiene viva la atracción a largo plazo.

 

Visibilidad y afirmación política

 

Casarse no es solo un trámite, es un acto político de visibilidad y afirmación. Durante décadas, a las lesbianas se les dijo que sus relaciones eran «asuntos privados» que no debían salir de casa. El matrimonio rompe esa cultura de la vergüenza, ya que salir a la luz pública con plenos derechos ayuda a que las nuevas generaciones tengan referentes positivos.

 

Figuras como Jennifer Quiles nos enseñaron que la visibilidad es necesaria y terapéutica. Cuando dejas de esconderte, el miedo al rechazo pierde fuerza. Sin embargo, no podemos bajar la guardia. Todavía un 33% del colectivo LGTBIQ+ ha tenido ideas suicidas recientemente por culpa del rechazo social acumulado. Por eso, la igualdad legal tiene que convertirse en igualdad social real en cada rincón de nuestra sociedad.

 

Debates y desafíos persistentes

 

Aunque hayamos avanzado, nos quedan espinas clavadas. Una de ellas es la violencia intragénero. El mito de que entre mujeres no hay violencia porque somos «más pacíficas» hace que obviemos la existencia del «abuso de identidad» (amenazar con sacar a alguien del armario), y es vital que los profesionales sepamos identificarlo sin caer en prejuicios.

 

Desde sectores del feminismo y la teoría queer, se advierte el riesgo de la homonormatividad: la asimilación a modelos tradicionales que priorizan la monogamia y ciertos estilos de vida, excluyendo otras formas de relación. Sin embargo, voces como la de Beatriz Gimeno defienden que el matrimonio lésbico es intrínsecamente subversivo porque cuestiona la necesidad de la figura masculina y redefine la institución desde dentro.

 

También preocupa que muchas mujeres aún tengan miedo de decir que son lesbianas ante su médico/a, lo que dificulta la prevención de enfermedades y el diagnóstico temprano. Es necesario insistir en la formación profesional para crear entornos más seguros, donde la identidad/orientación no sea un obstáculo para recibir los mejores cuidados.

 

Reconstruyendo la institución

 

El matrimonio lésbico es una etapa más en la lucha por la dignidad humana. Es un proceso de reconstrucción institucional desde dentro, demostrando nuevas formas de amar y cuidar que garantizan una igualdad libre de miedo y estigma.

 

El 26 de abril nos recuerda que sin visibilidad no hay derechos, y que sin derechos la visibilidad es peligrosa. Al habitar el matrimonio, las lesbianas no solo están ampliando la ley, sino que están reconstruyendo la sociedad a través de repensar los valores que sostienen el amor, la familia y la convivencia.

Falacias de la falocracia

Falacias de la falocracia

M. Felipa Gea López

5 de abril de 2026

Hoy 5 de abril, el llamado Día Mundial del Pene, nos abre la oportunidad de hablar del órgano más mitificado de la anatomía humana no sólo desde la biología, sino desde el poder. Porque el pene, más allá de su función fisiológica, ha sido históricamente convertido en símbolo. Así que vamos a hablar de la falocracia como institución: un sistema de valores, creencias y estructuras donde lo masculino (y lo fálico) se asocia con autoridad, dominio y legitimidad.

 

Este sistema no solo jerarquiza, también limita. La falocracia no eleva simplemente a los hombres sobre las mujeres, sino que empobrece la experiencia humana en su conjunto. Al imponer un ideal rígido de lo que significa “ser hombre” y “ser mujer”, termina denigrando a las mujeres y encorsetando a los hombres en un molde estrecho, artificial y profundamente irreal.

 

Toda construcción simbólica exagerada se sostiene, inevitablemente, sobre falacias. Por ello, es necesario identificar algunas de ellas para poder reconocer esta institución falocrática, que reprime y engaña a quienes se inscriben en ella.

 

La falacia de la superioridad natural

 

La falocracia se sustenta en la idea de que existe una superioridad intrínseca asociada a lo masculino, utilizando el pene como “prueba” de una supuesta “jerarquía natural”. Este relato confunde la diferencia biológica con una escala de valor social, ignorando que la biología no establece sistemas de poder. Los sistemas de poder los construyen las sociedades, no la biología.

 

Esta creencia legitima la subordinación histórica de las mujeres y, al mismo tiempo, impone una presión constante sobre los hombres para demostrar esa supuesta superioridad. La asociación entre pene y capacidad de mando es una metáfora cultural que empuja a los varones a demostrar constantemente una fuerza que no siempre corresponde con su realidad psíquica, generando estrés crónico y vulnerabilidad a la ansiedad y la depresión.

 

Confundir “diferencia” con “superioridad” es una falacia clásica. La diversidad corporal no implica jerarquía, y convertirla en eso empobrece las relaciones humanas. Aspirar a ser un “macho alfa” aleja de factores clave para la supervivencia humana: la cooperación y la inteligencia emocional.

 

La falacia del poder simbólico

 

El pene ha sido elevado a icono de poder en múltiples ámbitos de la vida (lenguaje, arte, política…). Expresiones como “tener cojones” o “ser un hombre de verdad” refuerzan la asociación entre genitalidad y autoridad.

 

Este simbolismo no sólo margina a las mujeres, excluyéndolas de los espacios de poder, sino que obliga a los hombres a encarnar una imagen de dominio, seguridad y control que no siempre coindice con su realidad emocional. El resultado es una desconexión profunda con la vulnerabilidad y la diversidad humana. Este fenómeno se refuerza mediante el llamado «mandato de masculinidad», según el cual ser hombre no es un estado, sino un estatus que debe ganarse y defenderse públicamente a través de actos de dominación, a menudo expresados en microviolencias o en la exclusión de lo femenino.

 

El simbolismo no es poder real, pero tampoco es inocuo. Es una narrativa que, al interiorizarse, distorsiona la percepción. La falocracia convence al hombre de que su valor reside en su capacidad de imponerse, lo que constituye una trampa psicológica que bloquea el desarrollo de una identidad auténtica basada en el autocuidado.

  

La falacia del rendimiento

 

Otra falacia extendida es que el valor masculino se mide en términos de rendimiento sexual: duración, tamaño y potencia. Esta lógica, además de ser reduccionista, genera ansiedad, inseguridad y una relación distorsionada con el propio cuerpo. La sexualidad masculina se convierte en un examen constante.

 

La llamada «ansiedad de ejecución sexual» afecta a un porcentaje significativo (9-25%) de hombres y contribuye a padecer eyaculación precoz y/o disfunción eréctil psicógena. El encuentro sexual se percibe como una prueba donde la «hombría» está en juego, dejando poco espacio para el disfrute. Además, la pornografía ha intensificado esta falacia al imponer estándares irreales. Muchos jóvenes comparan sus cuerpos y su desempeño con modelos editados, lo que alimenta la insatisfacción y el consumo de productos que prometen mejoras imposibles.

 

Esta lógica también perjudica a las mujeres, cuyo placer ha sido históricamente relegado, reforzando dinámicas donde su experiencia queda subordinada al desempeño masculino. El resultado es doble, por un lado, hombres atrapados en la ansiedad del rendimiento y, por otro, mujeres desplazadas en su propia vivencia sexual.

 

El placer, la intimidad y la sexualidad humana son complejos y subjetivos. Reducirlos a métricas fálicas es una simplificación que empobrece a todas las partes.

 

La falacia de la centralidad

 

Durante siglos, el pene ha ocupado el centro del discurso sexual. La falocracia lo sitúa como el eje alrededor del cual orbitan el deseo, el acto, y la satisfacción, invisibilizando otras formas de placer y experiencia.

 

Esta centralidad define el sexo exclusivamente como la penetración pene-vagina, heredando modelos históricos reforzados por la medicina y la religión. El resultado es una dinámica desigual donde el cuerpo de la mujer queda subordinado a un guion diseñado para la satisfacción masculina. Además, al considerar la penetración como el único acto “real” de sexo, se deslegitiman las formas de placer, muchas de ellas más efectivas para las mujeres.

 

Paradójicamente, esta centralidad también empobrece la experiencia masculina al reducir a una función genital. Limita la exploración del cuerpo, la sensibilidad y otras formas de intimidad y conexión.

 

La idea de que el sexo “termina” con la eyaculación masculina es una consecuencia directa de esta falacia, que reduce la intimidad a una descarga fisiológica en lugar de un intercambio afectivo. La sexualidad va más allá del pene, es una constelación diversa de experiencias.

 

La falacia de la identidad

 

La falocracia impone una ecuación rígida: pene = hombre = masculinidad. Esta simplificación excluye a personas trans, intersexuales y no binarias, y limita las formas en que los propios hombres pueden vivir su identidad.

 

Bajo este esquema, cualquier desviación se percibe como una amenaza. Se ignora que todos los seres humanos combinamos rasgos, hormonas y deseos que no encajan en moldes absolutos. Así, los hombres quedan atrapados en un ideal imposible, mientras otras identidades quedan fuera del reconocimiento.

 

La identidad no se reduce a la anatomía. Es una construcción compleja donde intervienen la cultura, la experiencia y la autopercepción. Va más allá de lo límites que impone la falocracia.

 

Repensar el símbolo

 

Cuestionar la falocracia no implica demonizar al pene, sino despojarlo de una carga simbólica opresiva. Se trata de devolverlo a su condición de “parte del cuerpo” que merece cuidado y respeto, pero no obediencia ni poder.

 

El problema no es el símbolo en sí, sino el sistema que lo convirtió en medida de todas las cosas. Un sistema falocrático que ha servido para jerarquizar, excluir y simplificar la riqueza de la experiencia humana.

 

Quizá el gesto más subversivo sea dejar de situar al pene en el centro del poder y empezar a mirarlo con naturalidad, como cualquier otra parte del cuerpo. Desmontar estas falacias abre la puerta a una comprensión más amplia, diversa y honesta de lo que somos.

El uso del fenómeno “therian” para deteriorar los derechos de las personas trans

El uso del fenómeno “therian” para deteriorar los derechos de las personas trans

M. Felipa Gea López

31 de marzo de 2026

 

 

 

La construcción de la identidad en la era de la hiperconectividad ha dejado de ser un proceso puramente introspectivo, basado en el modelo bio-psico-social, para convertirse en un fenómeno mediado por algoritmos, redes sociales y comunidades globales de nicho. En este contexto, la visibilidad de las personas trans, conmemorada cada 31 de marzo desde 2009, se enfrenta a desafíos inéditos.

 

Estos desafíos no provienen únicamente del estigma histórico, sino también de campañas de desinformación que utilizan subculturas digitales emergentes para deslegitimar derechos fundamentales. Señalar esta fecha en el calendario no solo implica contrarrestar siglos de invisibilización, sino también reflexionar sobre los nuevos riesgos que surgen en un entorno marcado por la hiperconectividad y la viralidad de discursos teñidos, en muchos casos, de desinformación y odio, primero dentro de las redes sociales y después fuera de ellas. ​

 

Qué está ocurriendo en el ecosistema digital

 

En los últimos años, los medios digitales han transformado profundamente la manera en que se construyen y difunden las identidades. Plataformas como TikTok, X o Instagram han permitido que millones de personas exploren, nombren y compartan experiencias personales, facilitando que muchas encuentren referentes y dejen de sentirse solas. Sin embargo, este mismo fenómeno ha generado también un terreno fértil para la confusión, la simplificación, la desinformación y el odio.

 

Uno de los ejemplos más disruptivos y menos comprendidos de este fenómeno es el uso del llamado movimiento «therian», que son individuos que experimentan una identificación psicológica o espiritual con animales no humanos, como una herramienta retórica para cuestionar la validez de la identidad de género y frenar avances legislativos en materia de autodeterminación.

 

Por ello, es necesario desglosar cómo una vivencia interna subjetiva, a menudo exploratoria y propia de la adolescencia y del ser humano en general, ha sido capturada por sectores políticos para construir la falacia de la «transespecie» y, por extensión, ridiculizar la realidad de las personas trans.

 

El fenómeno “therian”

 

Para abordar esta cuestión con rigor, conviene aclarar de dónde surge la identidad therian. El término «teriantropía» describe a personas que refieren una identificación interna profunda con un animal no humano, ya sea a nivel psicológico, espiritual o simbólico, reconociendo simultáneamente su condición biológica humana. Es decir, el sujeto therian no padece una ruptura con la realidad y, por lo tanto, no forma parte de la patología.

 

De hecho, desde la neuropsicología, estas vivencias identitarias se entienden dentro del espectro de la diversidad humana y del desarrollo humano, donde la construcción del «yo» es fluida y se apoya en metáforas culturales para organizar la experiencia interna. Para muchos jóvenes, el teriotipo (lobos, felinos, aves) funciona como un anclaje simbólico que permite transitar emociones complejas, como la necesidad de independencia o la respuesta al estrés social.

 

La identidad “therian” es una subcultura, donde existe una Identificación psicológica o espiritual simbólica. Sin embargo, la identidad trans es una identidad en sí misma, donde existe una discordancia entre género sentido y el asignado al nacer. Es necesario señalar que el sexo biológico y la identidad de género son conceptos independientes, tal y como abala la ciencia moderna. Mientras que el sexo se refiere a indicadores biológicos y físicos, el género constituye el sentido interno y profundo de quién es una persona. Actualmente, a nivel social y cultura se sigue confundiendo ambos planos, por lo que se sigue asignando la identidad de género tomando en cuenta únicamente lo que existe entre las piernas (es decir, la anatomía genital).

 

Las consecuencias van más allá de lo viral

 

La confusión deliberada entre las categorías “therian” y trans no es un error de apreciación, sino un mecanismo de deshumanización. Mientras que la identidad trans cuenta con un respaldo científico robusto, validado por organizaciones como la Asociación Mundial para la Salud Transgénero (WPATH), la Organización Mundial de la Salud (OMS) o la Asociación Mundial de la Salud Sexual (WAS), el fenómeno “therian” se sitúa en el ámbito de las subculturas (como Emo, Otaku, Hippie, Rockabilly…). Sin embargo, al equipararlas bajo el paraguas de la «autopercepción», los detractores de los derechos LGTBIQ+ intentan reducir la identidad de género a un capricho biológico similar a «creerse un animal», ignorando décadas de investigación.

 

Lo cierto es que las consecuencias de este fenómeno no son meramente discursivas, ya que se trata de una campaña estructurada que utiliza “técnicas de pánico moral” para influir en la opinión pública y en los procesos legislativos. La desinformación contribuye a consolidar prejuicios, alimenta el rechazo social y dificulta avances en materia de derechos. Esta estrategia tiene tres objetivos claros:

  1. Despatologización vs. Repatologización: Mientras la ciencia avanza hacia la despatologización del cambio de género/sexo, estos discursos buscan reintroducir la noción de «trastorno» a través de la comparación con la licantropía clínica, tergiversando a su vez la subcultura therian.
  2. Eliminación de la Protección Legal: Si se logra convencer al público de que las identidades trans son equivalentes a identidades animales (que no son sujetos de derecho), se facilita la derogación de leyes que castigan la discriminación.
  3. Monopolio de la «Normalidad»: Al presentarse como los defensores de los/as «niños/as normales» frente a la supuesta amenaza de los/as «niños/as gatos», estos sectores capturan la rabia y frustración de una sociedad golpeada por guerras del petróleo, genocidios en Gaza, crisis económicas y de vivienda, redirigiéndola hacia un enemigo ficticio.

 

La amenaza de las «terapias de conversión»

 

Esto tiene un efecto particularmente dañino: invisibiliza las experiencias reales de las personas trans. Al quedar atrapadas entre la caricatura y la polémica, sus voces pierden espacio en el debate público y sus demandas quedan relegadas frente al ruido mediático. Abriendo, a su vez, la puerta a reintroducir las llamadas “terapias de conversión”.

 

Al categorizar las identidades trans y therian como «desorientación social» o «falta de valores», se intenta legitimar prácticas que buscan cambiar la identidad de género u orientación sexual de una persona, las cuales han sido calificadas por organismos internacionales como formas de tortura. En España, la Ley Trans prohíbe explícitamente estas terapias, pero las reformas impulsadas en algunas comunidades autónomas, bajo técnicas de pánico moral, han debilitado los mecanismos de vigilancia contra estas prácticas ilegales. Por ejemplo, en diciembre de 2023, la Comunidad de Madrid, aprobó una ley que eliminaba el concepto de «identidad de género».

 

La necesidad de contrarrestar esta confusión

 

Hoy más que nunca, debemos reafirmar que la identidad humana es compleja, fluida y digna de respeto en todas sus formas, siempre que no se traduzca en daño a terceros o en la pérdida de la funcionalidad. Sin embargo, este respeto no debe permitir la dilución de las categorías de derechos humanos. La lucha de las personas transgénero por el reconocimiento de su identidad de género no es un juego simbólico; es una cuestión de justicia social, salud pública y dignidad fundamental.

 

Es necesario recentrar la conversación, desarrollando una mirada crítica frente a los contenidos virales y cuestionando las narrativas que buscan simplificar o distorsionar realidades complejas. Como sociedad, tenemos la responsabilidad de no dejarnos seducir por las caricaturas o ejemplos extremos amplificados artificialmente ni por los bulos de fácil digestión. Solo a través del conocimiento riguroso, el respeto a la evidencia científica y la defensa inquebrantable de la autonomía corporal podremos avanzar hacia un futuro donde la visibilidad no sea un riesgo, sino una celebración de la pluralidad humana.

 

El Día de la Visibilidad Trans debe recordarnos que los derechos conquistados no son inamovibles y que la desinformación es la herramienta más eficaz de quienes desean volver a un pasado de silencio y exclusión. La respuesta ante el odio no es el pánico, sino la verdad, la empatía y la firmeza legislativa en la protección de la diversidad humana.

Día Internacional del condón: ¿por qué sigue habiendo dificultades en su uso en la actualidad, especialmente entre los/as jóvenes?

Día Internacional del condón: ¿por qué sigue habiendo dificultades en su uso en la actualidad, especialmente entre los/as jóvenes?

M. Felipa Gea López

 

13 de febrero de 2026

 

El preservativo no es, ni mucho menos, un invento actual. Es curioso que, pese a ello, su uso sigue sin estar asumido como cuidado mutuo y, por lo tanto, sin estar presente en nuestra vida sexual todo lo necesario, especialmente entre los jóvenes. Su uso sigue estando rodeado de mitos y falacias que se asientan, normalmente, sobre el sistema heteropatriarcal imperante en nuestra sociedad.

 

A menudo me pregunto por qué, a pesar de la información, los anuncios y la ruptura de tabúes en torno a la sexualidad, el preservativo sigue sin estar presente en las relaciones sexuales, especialmente entre los más jóvenes. ¿Qué es lo que frena su uso? ¿Qué es lo que hace que siga estando demonizado? ¿Por qué nuestros jóvenes siguen descuidándose? ¿Qué está pasando para que, en la era de la información, nuestros jóvenes estén más expuestos que nunca?

 

Lo cierto es que, mientras creíamos haber ganado la batalla a muchas infecciones de transmisión sexual (ITS), en los últimos años los datos nos han devuelto a la realidad: hay un repunte del VIH y otras ITS entre nuestros/as jóvenes. Esto no es una casualidad, al igual que no lo es el repunte del machismo entre los mismos. Es el síntoma de un problema más profundo que interpela a nuestra sociedad: cómo estamos educando (o dejando de educar) en sexualidad, afectos y cuidados.

 

El preservativo como historia

 

El preservativo lleva siglos entre nosotros los humanos. Ya en el antiguo Egipto, al menos desde el año 1000 a.C., se empleaban fundas de lino para protegerse de las enfermedades y de los embarazos no deseados. También en la Roma clásica (entre el siglo II a.C. y el siglo II d.C.) se describen métodos rudimentarios de protección, a menudo consistentes en entrañas de animales (tripa) o vejigas. Aunque fue en el siglo XVI, con la expansión de la sífilis en Europa, cuando hubo una preocupación real por crear barreras más sistemáticas que protegieran de las infecciones. Siglos más tarde, la vulcanización del caucho en el siglo XIX permitió fabricar los primeros preservativos de látex, más resistentes y accesibles que las rudimentarias tripas de animal. Finalmente, a lo largo del siglo XX, el preservativo pasó de ser un objeto asociado al miedo o la moral a convertirse en una herramienta fundamental de salud pública, especialmente durante la crisis del VIH en los años 80.

 

Resulta paradójico que, tras tantos años conviviendo con el preservativo, estemos asistiendo a un nuevo repunte de ITS entre nuestros jóvenes. Parece que hemos olvidado lecciones que ya estaban aprendidas. El sentimiento de retroceso que nos acompaña a muchos/as de nosotros/as nos produce una preocupación profunda que va más allá de la menor precepción de riesgo o del uso irregular del preservativo, pues parece que hemos pasado del progreso al retroceso en muchos aspectos que nos atraviesan como sociedad.

 

Datos que hablan

 

La historia del preservativo es, en realidad, la historia de nuestra relación con el riesgo, el placer y el cuidado. Y hoy en día esa historia nos interpela, ya que los datos actuales hablan por sí solos.

 

Según el último Informe de Vigilancia Epidemiológica (2024), se notificó un aumento del 10,2% de infección por Chlamydia trachomatis respecto al año anterior. En relación con la Gonorrea, hubo un 7,2% más de casos y, en relación a la Sífilis, el incremento fue de un 6,7%. Todos estos aumentos son especialmente significativos entre los jóvenes menores de 25 años.

 

En cuanto al VIH, en 2024 se notificaron 3.340 nuevos diagnósticos en España, de los cuales el 51,1% fueron identificados de forma tardía. Aunque el número total de casos ha registrado un leve descenso, la persistencia de diagnósticos tardíos y la concentración de casos entre los jóvenes evidencia que existe un problema persistente relacionado con el no-uso del preservativo. De hecho, el 28,3% de los nuevos diagnósticos de VIH se dan entre menores de 30 años.

 

Carencia relacional como síntoma

 

El repunte de las ITS entre los/as jóvenes es el síntoma de una profunda carencia relacional. Y es que, en la poca educación afectivo-sexual que reciben, muchos/as adolescentes y jóvenes reciben información fragmentaria, tardía y excesivamente centrada en lo biológico. Saben cómo funciona el cuerpo, pero no han aprendido a comunicar deseos y límites, a negociar el uso del preservativo, a vincular placer con cuidado, a comprender al otro como sujeto, o a entender el consentimiento como la base de cualquier relación (incluida la sexual) sana.

 

Lo cierto es que llevamos años hablando de riesgos, pero no de cuidados; de protección, pero no de responsabilidad afectiva; de anatomía, pero no de vínculos; de cuerpos, pero no de respeto. ¿Y qué es la sexualidad sino vínculo?

 

La pornografía como manual

 

Actualmente, la educación afectivo-sexual sigue siendo un escollo en las instituciones, por lo que hay un vacío educacional en la vida de nuestros/as jóvenes respecto a la sexualidad. Este vacío lo rellenan a través de las redes sociales e Internet y como resultado, actualmente, es la pornografía la que moldea la sexualidad de nuestros/as jóvenes, una pornografía cada más accesible y violenta, donde se trata al otro como objeto y no como sujeto.

 

La pornografía ha ocupado el lugar de la educación y de lo relacional, se ha convertido en el principal referente educativo-sexual de nuestra juventud, con todas las distorsiones que lleva asociadas: relaciones sexuales sin consentimiento, ausencia de preservativos, prácticas de riesgo normalizadas, violencia sexual, menosprecio de la mujer, etc. Todo esto se convierte en una bomba de relojería, ya que el placer se aprende sin protección y el deseo sin responsabilidad.

 

Poniendo el foco más allá

 

El problema no es el uso (o no) del preservativo, sino el cómo nos relacionamos: cómo consideramos al otro/a y cómo nos consideramos a nosotros/as mismos/as. Si queremos frenar el repunte de las ITS, no basta con repartir preservativos y seguir instaurando su uso. Necesitamos enseñar a cuidarnos, a comunicarnos, a vincularnos entre nosotros/as y a vincular el placer con la responsabilidad.

 

Pues el preservativo tiene historia porque el cuidado tiene historia, porque las relaciones humanas tienen historia. Y esa historia solo tendrá sentido si somos capaces de transmitirla a las nuevas generaciones. El preservativo ya pasó de ser un objetivo estigmatizado y oculto a convertirse en un instrumento de salud, elección y libertad. Ahora nos toca dar un paso más allá y poner el foco en lo verdaderamente importante, en lo verdaderamente humano. Debemos enseñar a las nuevas generaciones que protegerse no es desconfianza, sino responsabilidad; que cuidarse es querer y quererse; y que el placer auténtico no está reñido con la protección.