La literatura como medio de supervivencia

La literatura como medio de supervivencia

Natalia Jiménez Pérez

3 de marzo de 2026

Aunque no se sabe con certeza cuándo se estableció que el Día Internacional del Escritor y la Escritora se celebraría el 3 de marzo de cada año, lo que sí se tiene claro es el quién y el por qué de la celebración: tras su fundación en los años 20 del siglo pasado, la asociación PEN Club International (PEN como acrónimo de poetas, ensayistas y novelistas), propuso esta fecha para reconocer la importantísima labor y contribución de los escritores y las escritoras (y por supuesto de la literatura) a la sociedad. La idea es muy inspiradora, pero cabe preguntar: ¿cuál es esa contribución, realmente? ¿Acaso va más allá del valor cultural de la literatura (aunque en sí ya sean una contribución notable)?

 

Si preguntamos a una persona cualquiera que nos encontremos por la calle si cree que la literatura es uno de los elementos más importantes de la sociedad, seguramente se quedaría extrañada y, más allá de si lee o no, lo más probable es que diga que es un entretenimiento importante, y poco más. Las personas más lectoras podrían añadir que además la lectura ayuda a desarrollar la imaginación; pero ¿acaso son tan relevantes el entretenimiento y la imaginación en un mundo marcado por las guerras, el hambre, el cambio climático y las pandemias, entre otros horrores? Incluso si nos centramos en un ámbito más cercano, ¿cuántas personas tienen tiempo de preocuparse por la literatura cuando el precio de los alimentos y de la vivienda están alcanzando máximos históricos?

 

Si pensamos en la famosísima jerarquía de necesidades humanas de Maslow, el arte se incluye en la última de las necesidades de la pirámide, la de autorrealización, después de las necesidades fisiológicas básicas (como comer o descansar), las de seguridad (como la salud), las de afiliación (como la amistad, el afecto y el amor) y de reconocimiento (como el respeto y el éxito).

 

Es decir, si bien todas son necesidades humanas, solo se consigue llegar a las más elevadas una vez suplimos las más básicas.

 

Sin embargo, se ha criticado mucho a Maslow por su rigidez, defendiendo en su lugar una visión holística del ser humano en la que, más que una pirámide, sus necesidades forman una red de elementos que dependen los unos de los otros. Por ejemplo, mientras que la falta de salud física puede afectar a la satisfacción de las necesidades sociales y emocionales, la insatisfacción de estas necesidades también puede afectar negativamente a la salud física. Esto encaja a la perfección con la definición de salud que da la Organización Mundial de la Salud (OMS):

 

“La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.

 

Y si todavía quedaban dudas sobre lo mucho que se influyen y retroalimentan los niveles de necesidades, la pandemia del COVID-19 las despejó todas: resultó que problemas emocionales como la soledad, la incertidumbre y la desesperanza podían empeorar notablemente la salud física y hacernos más vulnerables al virus. Pero los descubrimientos no se quedaron ahí. También pudimos comprobar en nuestras propias carnes que el entretenimiento que ofrecía la narrativa en sus múltiples expresiones (ya sea en forma de series, películas, novelas, etc.) no era un lujo prescindible; al contrario, se convirtió, junto con la tecnología que nos permitía comunicarnos a distancia, en nuestro salvavidas. De hecho, este fenómeno dio lugar a estudios que demostraron los enormes beneficios que había tenido la lectura en la salud durante la pandemia.

 

Al contrario de lo que podría parecer a priori, la fuerza que nos daba la literatura no venía solo de su capacidad de escapar del confinamiento a través de nuestra imaginación (que también, por supuesto), sino, sobre todo, de la forma en que nos permitía comprendernos y expresarnos entre nosotros y nosotras: nuestra soledad, nuestras caídas y recaídas, pero también nuestros deseos y anhelos, y nuestra enorme necesidad de afecto y de cuidados. Su impacto fue tan gran grande que hasta dio lugar a subgéneros literarios específicos basados en la pandemia, como las corona fictions.

 

Pero resulta que este descubrimiento no es tan novedoso (como reza el famoso refrán, no hay nada nuevo bajo el sol). Lo cierto es que se ha teorizado durante siglos sobre la relevancia de la literatura a la hora de comprendernos como personas y de comprender al mundo que nos rodea. De hecho, J.R.R. Tolkien, célebre escritor de novelas clásicas de fantasía como El Señor de los Anillos y El Hobbit, creía que la literatura era una necesidad humana básica, puesto que nos ayudaba a entender aquello a lo que la ciencia no podía llegar. Y con esto no se refería a que la incomprensión o desconocimiento de la naturaleza haga que acudamos a los mitos. Todo lo contrario: para él, incluso cuando la ciencia consigue darnos explicaciones válidas del mundo y del ser humano, sigue siendo insuficiente.

 

Y la verdad es que no es tan difícil de comprender: por mucho que la ciencia pueda explicarnos por qué sufrimos cuando muere un ser querido y cómo nos afecta exactamente, nos sirve de poco si no tenemos una historia o un poema que nos permita procesar lo que hemos vivido y nos haga sentir que no estamos solos y solas, sino que nos pueden comprender. Un buen ejemplo lo encontramos en la fuerza que ganaron las novelas de Sally Rooney entre las generaciones más jóvenes porque conseguían plasmar lo que supone vivir con problemas graves de salud mental en un mundo cada vez más hostil, volviéndose un faro de esperanza en un tiempo crítico. Ya no era tan grande la soledad.

 

Claro que una novela o un poema no pueden curar una enfermedad crónica o devolvernos a ese ser querido que hemos perdido. Pero eso no quiere decir que no nos resulten esenciales para sobrellevarlo. Creo que C.S. Lewis, autor de las Crónicas de Narnia, lo explicó mucho mejor en su reflexión sobre la importancia de las relaciones humanas:

 

“La amistad es innecesaria, como la filosofía, como el arte […]. No tiene valor de supervivencia; más bien es una de esas cosas que dan valor a la supervivencia.”

 

No podría estar más en lo cierto: cuando la literatura consigue resonar con nuestro sufrimiento y nuestros anhelos, nos reconforta porque sabemos que no estamos solos y solas: lo que sentimos ya lo sintieron (y describieron) escritores y escritoras de la talla de Jane Austen hace más de doscientos años, o incluso Homero decenas de siglos antes.

 

Y la cosa es que esa necesidad que tenemos de los demás, de saber que no estamos solos y solas y de sentirnos comprendidos y comprendidas, es crucial para sobrevivir. Ese es el lugar que ocupa la literatura. En otras palabras: junto con las relaciones personales (del tipo que sean: familiares, de amistad, románticas, etc.), la literatura es un pilar básico de la salud humana.

El largo camino de las personas con una enfermedad rara

El largo camino de las personas con una enfermedad rara

Héctor Nafría Soria

1 de marzo de 2026

Imagina que empiezas a notar un síntoma inespecífico: un dolor, una fatiga algo no te sienta bien. Hay días en los que apenas puedes levantarte y otros en los que consigues seguir adelante como si nada. Buscas ayuda. Vas al médico, que te deriva a un especialista; después a otro, y luego a otro más (a veces piensan que inventas tus síntomas). Sin darte cuenta, comienza un peregrinaje al más puro estilo Ulises, intentando descubrir qué te ocurre. A veces, si tienes suerte, el diagnóstico llega en tu propia comunidad autónoma; otras veces el viaje te lleva a recorrer cientos de kilómetros hasta que alguien da con la clave.

 

Esta es, aproximadamente, la realidad de los tres millones de personas que viven en España con una enfermedad rara (ER). Los datos indican que el diagnóstico tarda en llegar una media de cinco años, y en muchos casos puede superar los diez años, sin olvidar a quienes pasan toda su vida sin obtener un diagnóstico definitivo.

 

Así lo puso de manifiesto el Estudio ENSERio, publicado por FEDER en 2009, que nos dio de bruces con la situación de los pacientes con ER en España. El informe mostró el grave retraso diagnóstico, así como las grandes dificultades en el acceso a tratamientos: alrededor del 40% de los pacientes no contaba con un tratamiento adecuado o no tenía ninguno. También destacó el fuerte impacto económico en las familias, que podían destinar cerca del 20% de sus ingresos a gastos derivados de la enfermedad, además de situaciones frecuentes de discriminación social, señaladas por más del 75% de los afectados. A ello se sumaba la insatisfacción con la atención sanitaria, ya que más del 45% de los pacientes no estaba satisfecho y muchos profesionales reconocían un conocimiento insuficiente sobre estas patologías.

 

¿Qué es una enfermedad rara?

 

En España, una enfermedad rara es aquella que tiene una baja prevalencia en la población, concretamente cuando afecta a menos de 5 personas por cada 10.000 habitantes, según el criterio establecido por la Unión Europea y adoptado en nuestro país. Sin embargo, esta definición no es igual en todo el mundo. En Japón, por ejemplo, se considera enfermedad rara a aquella que afecta a menos de 50.000 personas en todo el país, lo que equivale aproximadamente a menos de 1 caso por cada 2.500 habitantes.

 

Aunque cada enfermedad rara afecta individualmente a pocas personas, en conjunto, existen más de 6.000 enfermedades raras diferentes y su impacto global es muy significativo. Se estima que afectan a alrededor de 3 millones de personas en España y a más de 300 millones en el mundo, lo que representa entre el 3,5% y el 5,9% de la población mundial. Dicho de otra forma, aproximadamente 1 de cada 17 personas vive con una enfermedad rara.

 

¿Por qué el nombre?

 

En una época marcada por lo políticamente correcto, el término rara puede resultar incómodo. Conviene recordar que rara es la enfermedad, no la persona que la padece. A lo largo de los años se han propuesto alternativas como enfermedades minoritarias o enfermedades poco frecuentes, buscando un lenguaje más técnico e inclusivo.

 

Sin embargo, es importante recordar que en los años 90 fueron las propias asociaciones de pacientes quienes decidieron organizarse bajo el término enfermedades raras, dando lugar en España a la Federación Española de Enfermedades Raras (FEDER). El nombre no fue impuesto desde fuera, sino asumido por el propio movimiento asociativo como una forma de visibilizar una realidad compartida y de reivindicar derechos. Visto con la perspectiva del tiempo, parece que fue una buena decisión de marketing.

 

Al final, más allá del debate lingüístico, lo esencial no es la palabra, sino el reconocimiento, la atención sanitaria adecuada, la investigación y el respeto hacia las personas que conviven con estas enfermedades. Si fueron los propios pacientes quienes decidieron llamarlas así, quizá la pregunta no sea cómo debemos nombrarlas, sino cómo debemos acompañar y apoyar a las personas.

 

¿Cómo son las enfermedades raras?

 

La mayoría de las enfermedades raras (ER) son crónicas, graves y de origen genético, y muchas de ellas se manifiestan en la infancia. Suelen ser patologías complejas, progresivas y, en muchos casos, discapacitantes. Precisamente por su base genética y su baja prevalencia, históricamente han contado con pocos recursos de investigación y desarrollo terapéutico.

 

A nivel global, se estima que solo entre el 5% y el 6% de las enfermedades raras cuentan con un tratamiento específico aprobado, lo que significa que más del 90% no dispone aún de una terapia curativa. Esto no implica necesariamente que no exista ningún tipo de atención, pero sí que en la mayoría de los casos el abordaje es sintomático y paliativo. Por ello, las personas que viven con una ER suelen necesitar cuidados continuos, que pueden incluir atención médica especializada, rehabilitación, apoyo psicológico, ayudas técnicas y, en muchos casos, cuidados familiares diarios.

 

El futuro de las enfermedades raras

 

El futuro de las ER está cada vez más vinculado a la inteligencia artificial, la edición genética y las terapias avanzadas, abriendo un horizonte mucho más esperanzador que hace apenas una década. La IA ya se utiliza para acelerar el diagnóstico (reduciendo años de incertidumbre mediante el análisis de datos clínicos y genómicos) y para identificar nuevas dianas terapéuticas o reutilizar medicamentos existentes. La edición genética, especialmente mediante tecnologías como CRISPR, permite corregir mutaciones responsables de enfermedades hereditarias, y ya existen terapias génicas aprobadas para algunas patologías raras.

 

Aunque persisten desafíos importantes, como el alto coste de las nuevas terapias o las desigualdades en el acceso, la IA ya está transformando profundamente el panorama de las enfermedades raras.

 

Por supuesto, las personas también necesitan un nuevo paradigma en su atención, basado en la incorporación de enfermeras gestoras de casos con competencias avanzadas y experiencia específica, tal y como se concluye en un artículo publicado en 2024.

 

Tal vez dentro de unos años el inicio de este artículo no tenga que hablar del tiempo que tarda alguien en obtener un diagnóstico, y quizá incluso el propio concepto de rara pierda parte de su significado, porque la tecnología habrá permitido identificar, comprender y tratar estas enfermedades con mayor rapidez y precisión. Pero hasta entonces, debemos seguir visibilizando y celebrando el Día Mundial de las Enfermedades Raras.

La lengua materna también cura: Por qué hablar en tu idioma es un factor de salud

La lengua materna también cura: Por qué hablar en tu idioma es un factor de salud

Isabel Herrando Rodrigo

22 de febrero de 2026

Hay una escena que se repite más de lo que nos gustaría: una persona entra en consulta, entiende “más o menos” lo que le dicen, asiente por educación (por cansancio, por vergüenza), sale con una receta en la mano y un “ya veremos”. En casa descubre que no sabe exactamente qué hacer. No es mala voluntad ni falta de interés. Muchas veces es un problema de lengua materna: la que se habla y, sobre todo, la que  se siente.

 

En OCODES llevamos tiempo insistiendo en que la información en salud es un bien común y que la desinformación se cuela donde hay grietas. Una de esas grietas se llama barrera lingüística. Y no solo afecta a personas migrantes o turistas: también impacta en quienes dominan la lengua oficial de un país, pero no lo usan como lengua de confianza (por ejemplo, mayores, comunidades bilingües o personas vulnerables y/o en situaciones de estrés). En salud, la lengua que se utiliza no es decoración: es infraestructura.

 

Cuando no hablamos la misma lengua, baja la calidad y sube el riesgo

 

La evidencia es bastante consistente: las barreras de idioma en el sistema sanitario se  asocian con peor comunicación, menor satisfacción tanto para los pacientes como para el personal sanitario, y problemas de seguridad del paciente (errores, malentendidos, adherencia más baja al posible tratamiento).

 

Y al revés, cuando el profesional sanitario atiende en el idioma preferido del paciente, lo que se llama concordancia lingüística , la relación tiende a ser más sólida, generando confianza, comprensión y alianza terapéutica. Ejemplos de estas situaciones se pueden encontrar en multitud de contextos como en Estados Unidos y la población de habla hispana o en Canadá con la población anglófona y francófona. Incluso hay estudios observacionales que encuentran asociaciones entre concordancia lingüística y menor riesgo de resultados adversos en poblaciones que hablan lenguas minoritarias.

 

No es una cuestión de percepción, sino de carga cognitiva. Cuando recibimos información sanitaria en una lengua que no es nuestra lengua materna, el cerebro debe dedicar más recursos para comprenderla. Y la salud, por naturaleza, ya implica incertidumbre, estrés y urgencia.

 

La lengua materna no solo se entiende: se habita

 

La lengua materna es la que usamos para contar lo difícil: dolor, vergüenza, sexualidad, duelo, ansiedad. Es la lengua del matiz. Y en salud, el matiz lo es todo: no es lo mismo “me duele” que “me quema”, “me pincha”, “me oprime” o “me despierta por la noche”.

 

Aquí aparece un punto poco visible pero clave: emociones y lenguaje van de la mano. Como explica Mamen Horno (2024)  en Un cerebro lleno de palabras, el lenguaje no es una capa superficial que usamos para describir lo que sentimos, sino una herramienta que estructura nuestro pensamiento y modula nuestra experiencia emocional. Las palabras activan redes neuronales asociadas a recuerdos, afectos y vivencias previas, especialmente cuando pertenecen a nuestra lengua materna. Por eso, recibir información sanitaria en la propia lengua materna no solo facilita la comprensión racional, sino que también ofrece un anclaje emocional que reduce la incertidumbre y el miedo. Cuando el mensaje llega en otra lengua, no solo aumenta el esfuerzo cognitivo: también puede debilitar ese vínculo afectivo que ayuda a procesar, integrar y confiar en la información recibida.

 

De ahí que la investigación en bilingüismo y procesamiento emocional sugiere que la lengua en la que codificamos experiencias puede influir en cómo sentimos y expresamos emociones.  Dicho sin bata blanca: a veces, en una segunda lengua eres más funcional pero menos preciso para lo íntimo. Eso importa porque en muchas consultas lo que se diagnostica y se trata no es una analítica, sino una historia: síntomas, contexto, hábitos, adherencia, creencias, miedos. Y esa historia sale mejor en tu lengua materna porque te acompaña y acoge de una manera más fiel en tu fragilidad cuando enfermas.

 

El intérprete profesional: el antivirus más infravalorado del sistema

 

Cuando no hay concordancia lingüística, el recurso más eficaz no es el Google Translate humano (tu primo, tu hijo, tu vecino), sino que debería ser un intérprete profesional. Disponer de este recurso,  reduce malentendidos, mejora calidad asistencial y protege la confidencialidad (especialmente en salud sexual, violencia, salud mental).

 

La traducción informal tiene un riesgo silencioso: filtra, simplifica y censura. Un adolescente interpretando a su madre en una consulta de ginecología quizás no llegue a ser “ayuda familiar” sino una receta para el desastre (clínico y humano).

 

¿Qué podemos hacer ya? Medidas simples, impacto real

 

En consulta, pide ser atendido/a tu lengua materna para reducir riesgo.

Si no hay personal sanitario que hable tu lengua, y el sistema sanitario de tu Comunidad Autónoma no ofrece intérpretes profesionales, recurre a herramientas y aplicaciones de tu teléfono móvil o dispositivo electrónico. La Inteligencia Artificial también puede ser de gran ayuda en esta mediación lingüística.

Prepara un mini-guion en tu lengua materna: síntomas, cuándo empezaron, qué empeora/mejora, medicación, alergias.

Para profesionales y gestores: medir “idioma preferido” como un dato clínico más (como alergias o antecedentes) y normalizar circuitos de interpretación. La seguridad del paciente también habla distintas lenguas maternas.

 

En definitiva

 

La lengua materna no es un lujo cultural, sino que también debe concebirse como un determinante de salud. Influye en comprensión, confianza, adherencia al tratamiento, calidad del relato clínico y—en algunos casos—en resultados. Si nos tomamos en serio la lucha contra la desinformación en salud, también debemos tomarnos en serio algo básico: que la información sea entendible y habitable para quien la recibe.

 

Porque en cuestiones de salud, muchas veces, la diferencia entre “me lo explicaron” y “lo entendí” no es inteligencia: es lengua materna.

 

 

 

 

 

Determinantes sociales del bienestar: Una perspectiva desde el trabajo social

Determinantes sociales del bienestar: Una perspectiva desde el trabajo social

Paloma Martí

21 de febrero de 2026

¿En qué medida el entorno social condiciona la capacidad de una persona para mantener un estado de bienestar físico y mental?

 

Las circunstancias en las que las personas nacen, crecen, trabajan, viven y envejecen influyen de manera decisiva en su estado de salud. Esta no depende únicamente de factores biológicos o médicos, sino que está determinada en gran medida por condiciones sociales, económicas y culturales conocidas como determinantes sociales de la salud.

 

 

La salud sigue un gradiente social

 

 

Cuanto más desfavorable es la posición socioeconómica de una población, menores ingresos, bajo nivel educativo y condiciones precarias de vivienda, peor es su estado general de salud. La propia Organización Mundial de la Salud define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, lo que implica que no basta con la ausencia de enfermedad, sino que es necesario contar con condiciones que permitan el desarrollo pleno en todos los ámbitos de la vida”.

 

En este contexto, resulta fundamental abordar el concepto de justicia social. A diferencia de la justicia conmutativa, que vigila que los contratos y acuerdos entre individuos se cumplan de manera correcta y equitativa, y de la justicia penal, cuya función principal es castigar el delito cuando se vulnera la ley, la justicia social tiene un propósito más amplio y colectivo: transformar las condiciones sociales para garantizar igualdad de derechos y oportunidades. Su finalidad es reducir las brechas existentes, proteger a los grupos más vulnerables y fortalecer la cohesión social mediante políticas inclusivas.

 

El epidemiólogo Michael Marmot demostró, a través de diversas investigaciones, que existe una relación directa entre la posición social de las personas y su estado de salud. Sus estudios evidencian que quienes se encuentran en los niveles sociales más bajos presentan peores condiciones de salud, no solo por un menor acceso a la atención médica, sino por la influencia constante de los determinantes sociales en su vida cotidiana.

 

En su informe Fair Society, Healthy Lives (2010), Marmot destaca que las desigualdades en salud se originan desde la infancia. Las condiciones en las que crecen los niños —alimentación, estimulación educativa, estabilidad familiar y entorno social— influyen decisivamente en su desarrollo y en su salud futura. Por ello, sostiene que mejorar la salud de la población requiere ir más allá del sistema sanitario y abordar las causas sociales de la enfermedad, promoviendo una sociedad más justa y equitativa en términos de educación, empleo y condiciones de vida.

 

La justicia social también ha sido analizada por diversos filósofos y organismos internacionales. El filósofo político John Rawls, en su obra “Teoría de la justicia” afirma que, la justicia es la primera virtud de las instituciones sociales. Esto implica que cualquier sistema político debe estructurarse de modo que garantice la igualdad de derechos y oportunidades, especialmente para los sectores más desfavorecidos. Una sociedad justa no se mide únicamente por el cumplimiento de las leyes, sino por su capacidad para eliminar barreras estructurales que impidan el desarrollo pleno de sus miembros.

 

La Organización Mundial de la Salud, en su informe Closing the gap in a generation: Health equity through action on the social determinants of health (2008), señala que la pobreza y la exclusión social aumentan significativamente la probabilidad de enfermedad. Asimismo, destaca la necesidad de reconocer y corregir las desigualdades estructurales que afectan a grupos como mujeres, personas mayores, minorías étnicas y personas con discapacidad, quienes suelen enfrentar mayores cargas de cuidado, discriminación y menor estabilidad económica, lo que incrementa su vulnerabilidad a enfermedades física y trastornos de salud mental.

 

 

La ausencia de justicia social no solo perjudica la salud física, sino también la salud mental.

 

Vivir en condiciones de pobreza, inseguridad laboral, violencia o exclusión genera estrés crónico, ansiedad y depresión. La incertidumbre constante respecto al empleo, la vivienda o el acceso a servicios básicos impacta directamente en el bienestar emocional. No puede hablarse de salud integral cuando existen desigualdades estructurales que deterioran la estabilidad psicológica y limitan el desarrollo personal.

 

Retomando la pregunta inicial —¿en qué medida el entorno social condiciona la capacidad de una persona para mantener su bienestar físico y mental? —, puede afirmarse que el entorno social constituye un determinante fundamental del bienestar. Este influye directamente en el acceso a recursos esenciales como educación, empleo, vivienda, alimentación y servicios de salud. Un entorno equitativo e inclusivo no solo facilita la satisfacción de necesidades básicas, sino que promueve un estado de salud integral y sostenible a lo largo de la vida. En consecuencia, cuanto mayor sea la justicia social en una sociedad, mayores serán las probabilidades de que sus miembros gocen de bienestar físico y mental.

 

 

Cáncer infantil en Aragón: La fuerza de los datos frente al ruido de la desinformación

Cáncer infantil en Aragón: La fuerza de los datos frente al ruido de la desinformación

Gabriel Tirado Anglés y Mariano Dieste Marcial

15 de febrero de 2026

Cuando la desinformación se adelanta a los hechos

 

Vivimos tiempos complejos. Las redes sociales han dado una visibilidad sin precedentes a quienes difunden afirmaciones sin base científica. Aunque son una minoría, su capacidad de generar ruido es enorme y las consecuencias no son menores: pueden llevar a los pacientes a tomar decisiones contrarias a su salud y generan miedo, alarma e incertidumbre en el conjunto de la sociedad. Un ejemplo recurrente: cada vez que fallece un niño o un joven por una causa que los medios de comunicación no detallan en un primer momento, aparecen comentarios de personas más o menos anónimas atribuyendo dicho fallecimiento a las vacunas de la COVID. Les da igual que los médicos forenses determinen después que la causa ha sido otra completamente distinta. El bulo ya ha sido esparcido y la duda, generada.

 

A nosotros nos ocurrió el año pasado, en el Día Internacional del Cáncer Infantil, cuando ofrecimos una rueda de prensa para informar de la incidencia de esta enfermedad en nuestra comunidad. Señalamos que, en 2024, 38 niños fueron diagnosticados de cáncer infantil en Aragón. Muchos medios recogieron la noticia y la publicaron en sus canales, incluidas sus redes sociales. No tardaron en aparecer, sobre todo en Facebook, comentarios asegurando que los niños tenían cáncer precisamente por las vacunas.

 

La realidad es que esa incidencia —38 casos en 2024— está absolutamente dentro de la media de las últimas décadas. Y por este motivo es tan importante que aparezcan iniciativas como OCODES, que permiten desmentir bulos y divulgar información basada en la evidencia científica. Eso es precisamente lo que vamos a hacer a continuación: aportar datos que consideramos esenciales para tener un contexto adecuado sobre esta enfermedad en Aragón y en España.

 

Una enfermedad que no es nueva ni está aumentando

 

El cáncer infantil no es una enfermedad nueva ni ha aparecido a raíz de las vacunas. Además, a diferencia del cáncer en adultos, cuya incidencia está aumentando sobre todo por el progresivo envejecimiento de la población, el cáncer pediátrico se mantiene totalmente estabilizado. Se registran aproximadamente 1.000 casos nuevos al año en España, de los que entre 35 y 40 se dan en Aragón.

 

Es importante explicar que, el cáncer infantil, es una enfermedad rara. El número reducido de casos hace que haya años con una incidencia algo mayor y otros que son «valle». Esto es precisamente lo que nos ha ocurrido en 2025 en Aragón: se han diagnosticado 28 casos nuevos, una cifra por debajo de lo habitual. Pero esto entra dentro de la normalidad estadística. En enfermedades raras, estas fluctuaciones anuales son esperables y no indican por sí solas una tendencia al alza ni a la baja. Cuando se observa a medio plazo —en periodos de cinco años—, los años con menos casos, por desgracia, se compensan con los que tienen más.

 

Supervivencia: motivos para la esperanza y para seguir trabajando

 

¿Cuál es la supervivencia de esta enfermedad? En España, la supervivencia del cáncer infantil se sitúa actualmente en el 83,9%. Es un dato esperanzador: más de cuatro de cada cinco niños con cáncer se curan. Pero no debe hacernos olvidar que el 16,1% restante no salen adelante. Si se diagnostican 1.000 nuevos casos al año en España, esto se traduce en que alrededor de 161 niños no superarán la enfermedad. De hecho, el cáncer infantil continúa siendo la principal causa de muerte por enfermedad en la infancia.

 

Con todo, hay razones sólidas para el optimismo. La investigación y la medicina funcionan. Según el informe RETI de la SEHOP (Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas), de donde hemos extraído estos datos, la supervivencia de los niños diagnosticados de cáncer en 1980 fue del 54,8%. Casi la mitad no sobrevivía. Hemos mejorado prácticamente 30 puntos porcentuales en apenas cuatro décadas. Es un éxito rotundo que se debe al esfuerzo continuado de investigadores, profesionales sanitarios y, por supuesto, de las familias.

 

Tumores pediátricos: enfermedades distintas que necesitan investigación propia

 

Al igual que ocurre en el cáncer de adultos, existen multitud de tumores pediátricos, y cada uno es un mundo. El tratamiento que funciona para una leucemia linfoblástica aguda no sirve ante un meduloblastoma: uno afecta a la sangre y el otro es un tumor que aparece en el cerebelo.

 

El cáncer infantil más frecuente es la leucemia, que representa el 29% de los casos. Le siguen los tumores del sistema nervioso central (23%), los linfomas (13%) y los neuroblastomas (8%). Pero ha de tenerse en cuenta que no hay un solo tipo de leucemia, ni un solo tipo de tumor del sistema nervioso central o de linfoma. La diversidad es enorme.

 

Probablemente, algunos de estos términos resulten poco familiares, en especial «neuroblastoma» y «meduloblastoma». Es normal. Mucha gente asume que los niños padecen los mismos tumores que los adultos, y esto no es exactamente así. Los menores no desarrollan cánceres muy habituales en personas mayores, como el de mama o el de colon. Y los adultos, a su vez, prácticamente no presentan algunos tumores que se dan casi exclusivamente en la infancia, como los neuroblastomas y los meduloblastomas, entre otros.

 

Datos y conocimiento: la mejor respuesta frente a los bulos

 

Por todo esto es tan importante apoyar, también, la investigación específica del cáncer infantil. Son enfermedades distintas y necesitan proyectos propios en busca de una mejor supervivencia.

 

Y por todo esto son tan necesarias iniciativas como OCODES: porque frente al ruido de la desinformación, la mejor herramienta que tenemos es el conocimiento riguroso, basado en datos y en evidencia científica. Compartirlo es responsabilidad de todos.

Día Internacional del condón: ¿por qué sigue habiendo dificultades en su uso en la actualidad, especialmente entre los/as jóvenes?

Día Internacional del condón: ¿por qué sigue habiendo dificultades en su uso en la actualidad, especialmente entre los/as jóvenes?

M. Felipa Gea López

 

13 de febrero de 2026

 

El preservativo no es, ni mucho menos, un invento actual. Es curioso que, pese a ello, su uso sigue sin estar asumido como cuidado mutuo y, por lo tanto, sin estar presente en nuestra vida sexual todo lo necesario, especialmente entre los jóvenes. Su uso sigue estando rodeado de mitos y falacias que se asientan, normalmente, sobre el sistema heteropatriarcal imperante en nuestra sociedad.

 

A menudo me pregunto por qué, a pesar de la información, los anuncios y la ruptura de tabúes en torno a la sexualidad, el preservativo sigue sin estar presente en las relaciones sexuales, especialmente entre los más jóvenes. ¿Qué es lo que frena su uso? ¿Qué es lo que hace que siga estando demonizado? ¿Por qué nuestros jóvenes siguen descuidándose? ¿Qué está pasando para que, en la era de la información, nuestros jóvenes estén más expuestos que nunca?

 

Lo cierto es que, mientras creíamos haber ganado la batalla a muchas infecciones de transmisión sexual (ITS), en los últimos años los datos nos han devuelto a la realidad: hay un repunte del VIH y otras ITS entre nuestros/as jóvenes. Esto no es una casualidad, al igual que no lo es el repunte del machismo entre los mismos. Es el síntoma de un problema más profundo que interpela a nuestra sociedad: cómo estamos educando (o dejando de educar) en sexualidad, afectos y cuidados.

 

El preservativo como historia

 

El preservativo lleva siglos entre nosotros los humanos. Ya en el antiguo Egipto, al menos desde el año 1000 a.C., se empleaban fundas de lino para protegerse de las enfermedades y de los embarazos no deseados. También en la Roma clásica (entre el siglo II a.C. y el siglo II d.C.) se describen métodos rudimentarios de protección, a menudo consistentes en entrañas de animales (tripa) o vejigas. Aunque fue en el siglo XVI, con la expansión de la sífilis en Europa, cuando hubo una preocupación real por crear barreras más sistemáticas que protegieran de las infecciones. Siglos más tarde, la vulcanización del caucho en el siglo XIX permitió fabricar los primeros preservativos de látex, más resistentes y accesibles que las rudimentarias tripas de animal. Finalmente, a lo largo del siglo XX, el preservativo pasó de ser un objeto asociado al miedo o la moral a convertirse en una herramienta fundamental de salud pública, especialmente durante la crisis del VIH en los años 80.

 

Resulta paradójico que, tras tantos años conviviendo con el preservativo, estemos asistiendo a un nuevo repunte de ITS entre nuestros jóvenes. Parece que hemos olvidado lecciones que ya estaban aprendidas. El sentimiento de retroceso que nos acompaña a muchos/as de nosotros/as nos produce una preocupación profunda que va más allá de la menor precepción de riesgo o del uso irregular del preservativo, pues parece que hemos pasado del progreso al retroceso en muchos aspectos que nos atraviesan como sociedad.

 

Datos que hablan

 

La historia del preservativo es, en realidad, la historia de nuestra relación con el riesgo, el placer y el cuidado. Y hoy en día esa historia nos interpela, ya que los datos actuales hablan por sí solos.

 

Según el último Informe de Vigilancia Epidemiológica (2024), se notificó un aumento del 10,2% de infección por Chlamydia trachomatis respecto al año anterior. En relación con la Gonorrea, hubo un 7,2% más de casos y, en relación a la Sífilis, el incremento fue de un 6,7%. Todos estos aumentos son especialmente significativos entre los jóvenes menores de 25 años.

 

En cuanto al VIH, en 2024 se notificaron 3.340 nuevos diagnósticos en España, de los cuales el 51,1% fueron identificados de forma tardía. Aunque el número total de casos ha registrado un leve descenso, la persistencia de diagnósticos tardíos y la concentración de casos entre los jóvenes evidencia que existe un problema persistente relacionado con el no-uso del preservativo. De hecho, el 28,3% de los nuevos diagnósticos de VIH se dan entre menores de 30 años.

 

Carencia relacional como síntoma

 

El repunte de las ITS entre los/as jóvenes es el síntoma de una profunda carencia relacional. Y es que, en la poca educación afectivo-sexual que reciben, muchos/as adolescentes y jóvenes reciben información fragmentaria, tardía y excesivamente centrada en lo biológico. Saben cómo funciona el cuerpo, pero no han aprendido a comunicar deseos y límites, a negociar el uso del preservativo, a vincular placer con cuidado, a comprender al otro como sujeto, o a entender el consentimiento como la base de cualquier relación (incluida la sexual) sana.

 

Lo cierto es que llevamos años hablando de riesgos, pero no de cuidados; de protección, pero no de responsabilidad afectiva; de anatomía, pero no de vínculos; de cuerpos, pero no de respeto. ¿Y qué es la sexualidad sino vínculo?

 

La pornografía como manual

 

Actualmente, la educación afectivo-sexual sigue siendo un escollo en las instituciones, por lo que hay un vacío educacional en la vida de nuestros/as jóvenes respecto a la sexualidad. Este vacío lo rellenan a través de las redes sociales e Internet y como resultado, actualmente, es la pornografía la que moldea la sexualidad de nuestros/as jóvenes, una pornografía cada más accesible y violenta, donde se trata al otro como objeto y no como sujeto.

 

La pornografía ha ocupado el lugar de la educación y de lo relacional, se ha convertido en el principal referente educativo-sexual de nuestra juventud, con todas las distorsiones que lleva asociadas: relaciones sexuales sin consentimiento, ausencia de preservativos, prácticas de riesgo normalizadas, violencia sexual, menosprecio de la mujer, etc. Todo esto se convierte en una bomba de relojería, ya que el placer se aprende sin protección y el deseo sin responsabilidad.

 

Poniendo el foco más allá

 

El problema no es el uso (o no) del preservativo, sino el cómo nos relacionamos: cómo consideramos al otro/a y cómo nos consideramos a nosotros/as mismos/as. Si queremos frenar el repunte de las ITS, no basta con repartir preservativos y seguir instaurando su uso. Necesitamos enseñar a cuidarnos, a comunicarnos, a vincularnos entre nosotros/as y a vincular el placer con la responsabilidad.

 

Pues el preservativo tiene historia porque el cuidado tiene historia, porque las relaciones humanas tienen historia. Y esa historia solo tendrá sentido si somos capaces de transmitirla a las nuevas generaciones. El preservativo ya pasó de ser un objetivo estigmatizado y oculto a convertirse en un instrumento de salud, elección y libertad. Ahora nos toca dar un paso más allá y poner el foco en lo verdaderamente importante, en lo verdaderamente humano. Debemos enseñar a las nuevas generaciones que protegerse no es desconfianza, sino responsabilidad; que cuidarse es querer y quererse; y que el placer auténtico no está reñido con la protección.