Ciencia y excelencia para transformar el cuidado en hospitales y universidades

Ciencia y excelencia para transformar el cuidado en hospitales y universidades

Raúl Soto Cámara y Laura Alonso Martínez

30 de junio de 2025

Los Centros Comprometido con la Excelencia en Cuidados (CCEC® / BPSO® por su nombre en inglés) son un programa internacional de la prestigiosa Registered Nurses’ Association of Ontario (RNAO). Esta organización, que representa a las enfermeras registradas y estudiantes de enfermería de Ontario, está liderada desde 1996 por la Dra. Doris Grinspun, su directora ejecutiva, reconocida por su incansable labor en defensa de la política pública en salud y el papel de la profesión enfermera.

 

Este programa, presente en instituciones de todo el mundo, tiene en España la coordinación nacional de los centros asistenciales en Investén-ISCIII, la Unidad de Investigación en Cuidados del Instituto de Salud Carlos III. En él, los centros candidatos implementan durante tres años las Guías de Buenas Prácticas (GBPs) desarrolladas por la RNAO, en un proceso tutorizado que culmina en una fase de sostenibilidad y evaluación continua.

 

Por ejemplo, la experiencia del Sector Zaragoza III, recientemente acreditado como Centro Comprometido con la Excelencia en Cuidados (CCEC® / BPSO®), demuestra el potencial transformador del programa. Más de 200 profesionales trabajaron entre 2022 y 2024 en la implementación de guías sobre salud mental, ostomías y lactancia materna, generando cambios estructurales y formativos. Este caso ilustra cómo la evidencia científica basada en guías actualizadas puede integrarse con éxito en la práctica asistencial, con impacto directo sobre la calidad de los cuidados y la seguridad de los pacientes.

 

En este contexto, la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de Burgos (UBU) ha dado un paso histórico al convertirse en la primera institución académica española en ser designada como candidata a Centro Comprometido con la Excelencia en Cuidados (CCEC® / BPSO® Académico) por la RNAO. Este proceso de candidatura es acompañado por la Dra. Doris Grinspun y el Host Académico bajo la dirección de la Dra. Amalia Silva. Como afirman estas expertas, estos programas buscan la transformación profunda, medible y colectiva de la cultura del cuidado y exigen un compromiso con la actualización del conocimiento, el pensamiento crítico y la colaboración estrecha entre el ámbito académico y los centros asistenciales. Además, subrayan el papel de la enfermería como motor de cambio multidisciplinar, que involucra a médicos, farmacéuticos, técnicos, pacientes, familiares y otros profesionales en un esfuerzo conjunto por mejorar la calidad de los cuidados.

 

Este reconocimiento, más allá de un símbolo institucional, refleja una apuesta clara: formar profesionales y estudiantes sanitarios con base en evidencia científica actualizada, mediante la implementación de las Guías de Buenas Prácticas (BPGs) desarrolladas por la RNAO. Estos programas refuerzan el vínculo entre universidad y sistema sanitario, e impulsan un modelo donde el conocimiento sustituya a la ideología en las decisiones clínicas.

 

El programa no solo fortalecerá la formación universitaria, sino que impactará directamente en la calidad de los cuidados prestados a toda la sociedad. En un contexto donde la desinformación en salud representa una amenaza creciente, iniciativas como esta reivindican el valor del conocimiento riguroso y la práctica clínica basada en la evidencia.

 

La excelencia en cuidados no es una utopía, es una responsabilidad. Desde la Universidad de Burgos, el sector académico también comienza a caminar con paso firme hacia ella.

SIBO ¿Pandemia o sobrediagnóstico?

SIBO ¿Pandemia o sobrediagnóstico?

María Badía Martínez
27 de junio de 2025
El sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (SIBO) es una enfermedad conocida desde tiempos remotos. El SIBO (Small Intestinal Bacterial Overgrowth), por sus siglas en inglés, se definía antiguamente como el crecimiento excesivo de bacterias en el intestino delgado o la contaminación por bacterias provenientes del colon, asociado a síntomas de malabsorción, como hinchazón, diarrea y déficit de vitamina B12.

Esta definición no era controvertida y se sospechaba en pacientes con un síndrome de malabsorción y diarrea crónica debido a una causa predisponente quirúrgica o médica.

 

En la actualidad, el SIBO se diagnostica cuando existe una concentración de ≥ 103 unidades de bacterias colónicas formadoras de colonias por mililitro (UFC/mL) en el cultivo del aspirado duodenal/yeyunal. Este diagnóstico es complejo y poco práctico, ya que conlleva la realización de una prueba invasiva como una gastroscopia.

En este sentido, las pruebas de medición del hidrógeno en el aire espirado son una alternativa diagnóstica y se aplican, actualmente, para detectar SIBO como método diagnóstico indirecto, aunque sin una base científica obtenida mediante ensayos clínicos controlados. Es decir, las pruebas disponibles hasta el momento son poco precisos. Incluso se desconoce si la normalización de estas pruebas es realmente garantía de curación, ya que muchos de ellos no están validados ni son reproducibles.

Recientemente, el término SIBO se ha popularizado, debido a la alta prevalencia reportada desde que se diagnostica de manera indirecta, y gracias a la difusión de la enfermedad por “influencers” en las redes sociales.

 

La definición actual del SIBO ha generado polémica debido a que su espectro se ha ampliado más allá de la malabsorción. Por ello, en 2024, y debido a la gran incertidumbre generada, un grupo de expertos de la AEG (Asociación Española de Gastroenterología) y la ASENEM (Asociación Española de Neurogastroenterología y Motilidad), se pusieron manos a la obra para intentar dar un poco de luz sobre esta enfermedad. Realizaron un estudio formulando preguntas fundamentales sobre el manejo de la patología y dando respuesta a las mismas, de acuerdo con la evidencia científica disponible hasta el momento. Se trata de un documento práctico para el manejo de pacientes con SIBO y ayuda a contrarrestar la desinformación actual que existe sobre la enfermedad.

Así mismo, la Guía Europea editada en el año 2022 para la indicación de test de aliento de hidrógeno (H2) y metano (CH4), propone que, aún en ausencia de un consenso absoluto para la interpretación de sus resultados, y hasta disponer de un verdadero patrón oro para el diagnóstico de SIBO, se considere la realización de las pruebas en pacientes con hinchazón, dolor abdominal y/o signos de malabsorción, una vez descartados otros diagnósticos mediante técnicas endoscópicas o de imagen, y especialmente si hay factores predisponentes.

Estos factores predisponentes son sobre todo alteraciones anatómicas y estructurales intestinales, como cambios posquirúrgicos, asas ciegas, estenosis y fístulas o diverticulosis yeyunal; trastornos graves de la motilidad (conectivopatías graves, amiloidosis y enfermedad de Parkinson); trastornos endocrinos y metabolopatías avanzadas (aclorhidria, hipotiroidismo y diabetes mellitus); diversos fármacos; y una miscelánea constituida por condiciones como rosácea, inmunodeficiencias, enfermedad inflamatoria intestinal, enfermedad celíaca, enteritis radica, pancreatitis crónica, hepatopatía o nefropatía graves y el síndrome del intestino irritable (SII), con mayor riesgo en la forma con predominio de diarrea.

En ausencia de dichos factores predisponentes bien definidos, la probabilidad de tener un SIBO es baja y la decisión de realizar pruebas para diagnosticarlo no estaría justificada.

En conjunto, los síntomas compatibles con SIBO, muchas veces pueden confundirse con una disbiosis intestinal, entidad mucho más frecuente y con un tratamiento distinto.

 

La disbiosis intestinal se define por el desequilibrio en la microbiota intestinal. Una pérdida de dicha diversidad junto el desequilibrio entre las proporciones de cepas bacterianas puede provocar graves consecuencias.

La microbiota intestinal está formada por más de 1.000 especies microbianas, incluyendo bacterias, arqueas y eucariotas. Alcanzan su mayor proliferación en el colon y son parte funcional y no prescindible del organismo humano: aportan genes (microbioma) y funciones adicionales a los recursos de nuestra especie, participando en múltiples procesos fisiológicos (desarrollo somático, nutrición, inmunidad, etc.). La microbiota juega un papel relevante en la salud y en la enfermedad, aunque todavía no tenemos respuestas definitivas para describir cómo es la simbiosis perfecta entre microorganismos y humanos, o cuál es la proporción o combinación de microorganismos más adecuada para cada individuo. En personas sanas, la composición de la microbiota intestinal es sumamente diversa, con cepas bacterianas protectoras que superan en número a las cepas potencialmente perjudiciales.

Múltiples factores como el uso de antibióticos y otros fármacos, estrés, factores genéticos, dieta, estilo de vida, etc., se han implicado en el origen de la disbiosis. Si el factor desencadenante es intenso o persistente en el tiempo, el proceso puede conducir a enfermedad intestinal, generalmente de tipo crónico o recurrente y de patrón inflamatorio.

 

Como todos sabemos, la salud de un individuo depende de múltiples factores, su biología (genética, desarrollo, envejecimiento), estilo de vida (alimentación, ejercicio, consumo de fármacos, hábitos tóxicos, etc.), medio ambiente (factores externos físicos, químicos, biológicos, psicosociales, socioculturales, etc.) y del sistema sanitario que le atiende (utilización de servicios, eficacia, eficiencia, etc.). La colonización microbiana está implicada, de un modo u otro, en muchas de esas variables. En concreto, la investigación experimental y clínica de la última década ha subrayado el impacto funcional de las comunidades microbianas que habitan el intestino de los animales, incluyendo el ser humano.

Definir con precisión la población microbiana en el intestino delgado asociada al SIBO es por tanto un desafío, y se espera que futuros estudios de la microbiota mediante secuenciación de nueva generación proporcionen un nuevo concepto de SIBO, tanto en términos cuantitativos como cualitativos.

Mientras tanto, debemos informar correctamente a los pacientes y tener mucha cautela antes de diagnosticarles de SIBO, interpretando únicamente un test indirecto de aire espirado, sin tener en cuenta los riesgos del tratamiento, antecedentes y un contexto clínico adecuado.

¿La salud también se enseña? Salud, hábitos y profesionales en acción

¿La salud también se enseña? Salud, hábitos y profesionales en acción

Laura Alonso, María Elena Sánchez y María José Sierra

23 de junio de 2025

La educación para la salud en las escuelas es una herramienta estratégica para el bienestar de las futuras generaciones. En un momento en que la salud pública enfrenta desafíos como el aumento de enfermedades crónicas, el sedentarismo o el consumo de sustancias, integrar esta formación en el entorno escolar puede suponer una transformación profunda y duradera.

 

Según la Organización Mundial de la Salud, la pandemia de COVID-19 provocó un retroceso global en la esperanza de vida, con un aumento significativo de la mortalidad por enfermedades transmisibles, que representaron el 28% de las muertes en 2021. En este contexto, prevenir y promover la salud desde edades tempranas se vuelve crucial.

 

En España, con 49 millones de habitantes y un sistema sanitario considerado de los más avanzados del mundo, la esperanza de vida al nacer alcanza los 83 años, de los que 79 se viven con buena salud, según el Ministerio de Sanidad (2024). Sin embargo, el país enfrenta un progresivo envejecimiento de la población, el 20% supera los 65 años y un preocupante balance negativo entre nacimientos (322.075) y defunciones (433.163).

 

A pesar de los avances clínicos y un gasto anual en sanidad de 134.000 millones de euros al año (10% del Producto Interior Bruto [PIB]), persisten indicadores que subrayan la necesidad de reforzar la prevención: el 26% de la población presenta colesterol alto, el 21% hipertensión, un 20% sufre problemas de salud mental, un 16% tiene dolor lumbar y un 9% tiene diabetes. La obesidad afecta al 16% de los adultos y al 10% de los menores, y el 36% de la población no realiza actividad física regular. Además, el 20% fuma a diario y el 35% consume alcohol cada semana.

 

Frente a estas cifras, la escuela se revela como un espacio estratégico. La educación para la salud no debe limitarse a acciones puntuales, sino formar parte del currículo escolar, incluyendo temáticas como nutrición, salud mental, afectividad, ejercicio físico, uso responsable de tecnologías y prevención del consumo de sustancias.

 

En esta línea, experiencias como enseñar primeros auxilios, reconocer síntomas de enfermedades, como el asma o la diabetes, o aprender a gestionar el estrés, demuestran el poder de esta formación para empoderar a los menores en el cuidado de su salud y la de su entorno.

 

Un dato relevante que no solo supone un reto sanitario, sino también educativo y social, es que entre el 10% y el 15% de los escolares en España convive con enfermedades crónicas. La diabetes tipo 1, por ejemplo, cuenta con unos 1.200 nuevos diagnósticos anuales en menores de 14 años. Aquí entra en juego la importancia de la enfermería escolar y la pedagogía terapéutica. Estos profesionales son fundamentales para ofrecer un entorno inclusivo, seguro y saludable. No solo a los estudiantes, sino también como apoyo al profesorado, pues muchos docentes no cuentan con los conocimientos suficientes para afrontar situaciones sanitarias o adaptar contenidos de salud al aula. Invertir en su capacitación continua, protocolos de actuación y herramientas de evaluación es esencial.

 

Desde la realización de talleres hasta la coordinación con docentes y familias, su labor contribuye al desarrollo integral de los menores, especialmente aquellos con condiciones crónicas. Estos profesionales al desarrollar programas de promoción de la salud colaboran en la educación sanitaria y actúan como puente entre la escuela, las familias y el sistema de salud. Además, su presencia reduce el absentismo, mejora la detección temprana de problemas de salud y refuerza el clima de seguridad en el centro escolar.

 

La enseñanza de primeros auxilios o la reanimación cardiopulmonar (RCP), permite preparar a los menores para situaciones de emergencia y fomenta el sentido de responsabilidad ciudadana. Escuelas que integran estos contenidos, a menudo en colaboración con instituciones sanitarias, no solo educan, sino que salvan vidas.

 

Además de la atención sanitaria, el deporte y la nutrición deben ocupar un lugar prioritario. El bajo nivel de actividad física entre menores refleja la urgencia de programas escolares que promuevan hábitos saludables desde edades tempranas. El ejercicio regular, junto con una dieta equilibrada, reduce significativamente el riesgo de obesidad y enfermedades crónicas, y mejora el estado emocional del alumnado.

 

Según la OMS, las escuelas promotoras de la salud son un modelo probado que mejora tanto los resultados educativos como sanitarios. Implementarlas requiere compromiso institucional, recursos humanos formados y voluntad política, pero su retorno en salud y bienestar social es incuestionable.

 

En definitiva, integrar la educación para la salud en el aula no solo responde a una necesidad sanitaria, sino que construye una ciudadanía más consciente, autónoma y preparada para afrontar los retos del siglo XXI. Si apostamos por esta transformación desde la escuela, estaremos invirtiendo en un futuro más saludable, justo y sostenible.

Cuidando la salud y el medio ambiente

Cuidando la salud y el medio ambiente

Beatriz Sánchez Hernando

05 de junio de 2025

El cambio climático es un hecho innegable. Dejando de lado fenómenos naturales puntuales, es una evidencia que la temperatura del planeta está en ascenso y que cada vez las olas de calor son más intensas y más cercanas entre sí. El calentamiento global se ha acelerado de manera artificial en los últimos 200 años debido a la emisión de cantidades ingentes de gases de efecto invernadero procedentes de la industrialización y el desarrollo tecnológico humano. Como no podía ser de otra manera, este fenómeno ambiental tiene consecuencias en la salud. Una de esas consecuencias es el aumento o exceso de mortalidad vinculado a múltiples enfermedades, siendo el calor extremo el común denominador.

 

Aunque el cambio climático es un fenómeno global, no afecta de la misma manera a todas las personas. Además de los ancianos, los niños y las personas que sufren de diversas patologías, los determinantes sociales de la salud ponen en relieve que no todas las personas sufren de la misma forma los efectos de los cambios ambientales.

 

Para poder construir aspectos positivos que mejoren la salud ambiental del planeta, vinculando los actos individuales y colectivos, debemos observar la salud y el medio ambiente desde un punto de vista positivo, salubrista, salutogénico. De otra manera, centrando la observación en las grandes emisiones, pactos mundiales y demás, podríamos caer en el bloqueo y la ansiedad. En este sentido, una buena opción es adoptar opciones que produzcan cobeneficios, es decir, acciones que repercutan positivamente en nuestra salud y, además, sean sostenibles o, por lo menos, no supongan un perjuicio para el medio ambiente.

 

Algunas actividades relacionadas con los hábitos diarios, como la alimentación y el ejercicio físico, forman parte de esos cobeneficios. En cuanto al ejercicio físico, la elección de medios de transporte cardiosaludables, como caminar e ir en bicicleta, son beneficiosos para la salud. Con estas opciones se aumenta el tiempo dedicado a realizar ejercicio físico moderado y/o vigoroso, lo cual impacta de manera positiva en diferentes marcadores de salud, como los factores de riesgo cardiovascular, reduciendo la incidencia de otras enfermedades. Además, el hecho de caminar e ir en bicicleta supone un aporte nulo de emisiones al medio ambiente, convirtiéndose, a la vez, en una actividad sostenible.

 

Con respecto a la alimentación, el consumo de alimentos de temporada y de kilómetro cero suelen ser opciones de alimentación más saludable y sostenibles. Por una parte, se asumiría un aumento del consumo de vegetales, lo cual supone una mejora en los hábitos dietéticos. Por otra parte, este consumo se traduce en una disminución de las emisiones relativas al transporte de mercancías. Pero, además, esta práctica potencia la riqueza de los territorios, ensalzando el valor de lo local y situando a los productores como un activo para la salud a tener en cuenta.

 

En este sentido, la compra sostenible, procurando un menor desperdicio, supone un beneficio directo para el medio ambiente y un menor gasto para los individuos y las familias que, considerando los determinantes sociales para la salud, tendría un efecto positivo también en la salud.

 

Para continuar hablando sobre los cobeneficios y las actividades diarias, es importante destacar el valor de los cuidados. En una sociedad de consumo, el volver a lo de siempre, cuidándonos más y cuidando a nuestros allegados, supone un acto sostenible. Convierte a los cuidadores en activos en salud, figuras concretas y explícitas que generan salud. Y, siguiendo esta línea argumental, es beneficioso para el planeta, no solo por la disminución de la producción farmacéutica, sino por la menor utilización de las grandes infraestructuras construidas para tratar la enfermedad que, aunque necesarias, suponen un elevado gasto energético.

 

Por último y a modo de conclusión, es importante la concienciación sobre las consecuencias positivas de los comportamientos individuales más saludables y más sostenibles. Pero también es necesario que estos valores formen parte de la vida, no solo de los individuos y de las comunidades, sino que sea este el mensaje que podamos transmitir a generaciones futuras, para que en el presente y en el futuro contemos con una cultura sostenible en la que normalicemos las 3R (reducir, reutilizar y reciclar) en toda su esencia, no sólo en lo que respecta al consumo y a la gestión de residuos, sino también a lo que respecta a la salud.

Visibilizando la locura: Una lucha contra el estigma

Visibilizando la locura: Una lucha contra el estigma

Susana Nérida Suárez

1 de junio de 2025

Vuelves de trabajar, tras un día largo, te acomodas en el sofá, con el pijama, las zapatillas de andar por casa y clic, la tele se enciende.

– El asesino tenía esquizofrenia.

– El acusado indica que le obligaban las voces.

Clic.

Pero ¿qué se piensa el mundo que es lo que tengo?

Despacio, me muevo hacia el ordenador y en Google busco: psicosis. Lo primero que sale es una película de asesinatos.

Resignade, me siento a escribir mi concepto de locura, sobre las PERSUPSIS (personas con sufrimiento psíquico) que, en su mayoría, estamos aquí y así por las constantes violencias sufridas, para pasar a ser los peligrosos.

Ni siquiera me dejan tatuarme sole, no sea que brote mientras me dan color.

Una vida entera de violencias, vejaciones, señalamientos y acusaciones no fueron suficiente, que ahora encima soy peor que la peste.

¿Y qué transmite salud mental ante esto? Pregunto para mí.

Si nos ponemos mal, por los achaques y reveses, lo primero que entra en tu casa, sin permiso, es la policía. Tras ellos, los sanitarios de la ambulancia. No te muevas mucho, no respires fuerte, porque siempre van con las manos cercanas a la porra; y cuando no, te inmovilizan por ir al baño a evacuar y te sacan a rastras a la ambulancia y os aseguro que se vive como un secuestro por una gente desconocida que va disfrazada. En ella, te atan a la silla, camino al hospital, donde tu voz no valdrá nada.

Sobremedicade nuevamente, como zombi con la baba colgando y más desconectado de la realidad que por tu propia afección. Una fría tablet con une juez y vete a saber qué te hacen tres preguntas que ni logras entender por la sobremedicación.

– Definitivamente está para ingresar, ingreso involuntario.

– Toma las pastillas y calla. Son las tuyas (ya, pero qué son). Si no te las tomas te aislamos o te atamos otra vez.

– Come todo y ni se te ocurra cambiar la comida o te atamos.

– Cuidados con esos de ahí, están aquí por condenas penales (gracias por el aviso, ya vi qué pasa con estos también).

– Fulano me ha hecho… Es tu cabeza, que estás loca. Aquí estás segura, estas cosas no pasan (4 días más de seguimiento, por si hay que duplicar de nuevo la medicación).

– (Oiga, no puedo dormir con los gritos, ¿de dónde vienen?) Te iba a dar el alta hoy, pero mejor te pongo bajo seguimiento y tropel de pastillas para dormir. 3 días más.

– Oye (entorno) que me está pasando esto. No me cuentes más que me vas a traumatizar. (Pero yo sí puedo traumatizarme con todo sin que nadie me proteja ni interceda por mi).

– Aquí tienes el alta, las 40 recetas médicas y la derivación a salud mental: 30 min cada 3/6 meses. Depende del caso.

– Estás gorda. Aquí a sesión se viene correctamente maquillade, vestide y deja de hablar con gente discapacitada, que sólo sabéis lameros las heridas y lloriquear. (Ni volví).

– Te comportas con rabia porque estás brotada, ni se te ocurra enfadarte, ni aunque te pisemos el cuello cada vez que podemos y lo peor, la mayoría inconscientemente.

Y me quema, me hierven las venas, arde mi alma, encontrando una salida, una lucha conjunta: el activismo. Orgullo loco, la Bajona, el Observatorio y desde el que tengo el placer de escribiros estas líneas: FlipasGAM. Aquí estamos, somos, tenemos derechos. Aquí, y en mil lugares más, resuenan nuestras voces.

Empieza a conocer a las alternativas, sé que estás ahí, sole, vulnerable. Súmate.

Tras todo esto, nos hemos juntado para hacerte llegar este rayo de luz en la inmensidad de la oscuridad.

Hoy os contestamos, con nuestro manifiesto y los brazos abiertos de par en par, para formar comunidad en Flipas GAM.

Un día como hoy, hablemos de regla

Un día como hoy, hablemos de regla. Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres

Isabel Blázquez Ornat
28 de mayo de 2025

Algo personal, como profesional sanitaria y como docente, me ha removido la reflexión surgida durante la tutela de un trabajo de fin de grado de una de mis alumnas de Enfermería. Esta experiencia me llevó a pensar con más profundidad sobre la medicalización del cuerpo menstruante y sobre cómo, incluso desde la atención sanitaria, perpetuamos discursos y prácticas que invisibilizan la menstruación o la tratan como disfunción. Esta fecha, que desde 1987 conmemora la lucha por el derecho a una salud integral para las mujeres, es una oportunidad para reflexionar sobre una dimensión de nuestra salud que ha sido sistemáticamente silenciada. En el día a día de la práctica sanitaria, y también en nuestras vidas, siguen presentes inequidades menstruales que nos interpelan.

 

Desde hace décadas, los estudios feministas en salud han señalado que la medicina ha tenido una mirada parcial y androcéntrica, en la que lo masculino se ha considerado la norma y lo femenino una desviación o una ausencia. La llamada «ciencia de la diferencia», defendida por Carme Valls y otras investigadoras feministas, ha hecho visible que la salud de las mujeres no puede entenderse sin considerar las condiciones de vida, las desigualdades estructurales y la biología cíclica que nos atraviesan.

 

Este enfoque cuestiona el paradigma biomédico tradicional al evidenciar cómo el conocimiento producido desde una perspectiva masculina ha invisibilizado sistemáticamente a las mujeres. La ciencia de la diferencia no propone sustituir lo masculino por lo femenino, sino introducir una mirada compleja, situada y relacional que reconozca la especificidad de los cuerpos, experiencias y contextos. Investigar y enseñar desde esta perspectiva implica integrar variables de género, clase, etnia y etapa vital en el análisis de los procesos de salud, enfermedad y atención sanitaria. Nos recuerda que la equidad no es tratar igual a quienes son diferentes, sino responder de forma justa a las necesidades diversas. Así, la menstruación deja de ser un tabú clínico o una molestia privada para ocupar un lugar como indicador de salud y dimensión clave del bienestar integral.

 

La menstruación, lejos de ser un proceso exclusivamente fisiológico, es una experiencia social, política y emocional. Sin embargo, como muestran las investigaciones recientes en el España, sigue siendo una fuente de discriminación y barreras. El estudio de Medina-Perucha et al. (2023) reveló que entre un 22 y un 40 % de mujeres y personas que menstrúan han experimentado pobreza menstrual en algún momento de su vida. Es decir, no han podido acceder a productos menstruales adecuados, seguros y suficientes. Además, muchas relatan haber tenido que ausentarse del trabajo o los estudios por no poder gestionar su menstruación.

 

Pero no se trata solo de productos. Las inequidades menstruales también se expresan en la falta de educación menstrual, en los diagnósticos tardíos de condiciones como la endometriosis, en la patologización del ciclo menstrual, o en la medicalización sin alternativas. A menudo, el mensaje implícito que recibimos es que menstruar es una molestia que debe esconderse, una carga individual que no merece atención sanitaria ni política.

 

Tampoco las experiencias menstruales son homogéneas. No lo son entre mujeres cis y personas trans o no binarias que menstrúan, ni lo son según la clase social, el lugar de origen, el estatus administrativo, la edad, la diversidad funcional o la situación laboral. La interseccionalidad no es un concepto teórico, sino una herramienta para diseñar políticas sensibles y justas. Como muestran los estudios, quienes no tienen papeles, viven en situación de calle o sufren violencia de género, encuentran barreras casi infranqueables para acceder a una salud menstrual mínima.

 

En este espacio reflexivo de hoy, no podemos olvidar que los estereotipos sobre lo menstrual operan también en los espacios sanitarios, donde muchas veces se trivializan los síntomas o se ofrece la anticoncepción hormonal como única solución, como evidencian testimonios recogidos en investigaciones muy recientes. Como enfermera-docente, me pregunto: ¿estamos formando profesionales de la salud preparados para escuchar a las mujeres, que legitimen sus vivencias y que promuevan su autonomía? Y como ciudadana, me interpelo: ¿por qué no exigimos políticas públicas que garanticen el derecho a una menstruación libre de dolor evitable, estigma y pobreza?

 

Por eso, el 28 de mayo no es una fecha para celebrar sino para movilizarnos. Necesitamos urgentemente una educación menstrual que empiece en la infancia y continúe durante todo el ciclo vital; formación obligatoria en los grados de ciencias de la salud; protocolos de atención menstrual en centros de salud, escuelas, prisiones y espacios laborales; y acceso gratuito y universal a productos menstruales de calidad.

 

La reciente aprobación en España de medidas como las bajas por menstruación dolorosa —contempladas en la Ley Orgánica 1/2023, de 28 de febrero, que modifica la Ley Orgánica 2/2010— es un avance importante, pero no suficiente. Esta ley reconoce como causa de incapacidad temporal la dismenorrea incapacitante secundaria asociada a patologías diagnosticadas como endometriosis, miomas u otras condiciones ginecológicas, permitiendo el derecho a baja médica desde el primer día sin requisitos mínimos de cotización. Aún así estamos lejos de garantizar el derecho a una salud menstrual integral. Hablamos de un derecho que no puede seguir dependiendo de la geografía, el código postal o la renta.

 

Como mujeres, como profesionales, como docentes y activistas, debemos recordar que visibilizar las diferencias no es reforzar estereotipos, sino dar nombre a realidades negadas. Nombrar es el primer paso para transformar. Porque vivir con la regla no debería ser un privilegio, sino un derecho garantizado.