Colitis ulcerosa y enfermedad de Crohn. Entendiendo la enfermedad inflamatoria intestinal

Patricia Camo Monterde

19 de mayo de 2025

La enfermedad inflamatoria intestinal (EII) representa un desafío médico y social debido a su carácter crónico y su impacto en la calidad de vida de los pacientes. ​ Este término engloba dos patologías principales: la Enfermedad de Crohn (EC) y la Colitis Ulcerosa (CU) que, aunque comparten características clínicas, se diferencian en la localización y el tipo de inflamación que generan. ​En las últimas décadas ha dejado de considerarse una enfermedad poco frecuente, puesto que se estima que más de 10 millones de personas en el mundo conviven con ella y, además, el número de casos aumenta progresivamente, sobre todo en países industrializados. En España se considera que entre 100.000 y 150.000 personas la padecen, siendo más comúnmente diagnosticada en adultos jóvenes. No obstante, hasta en un 30% de los casos se diagnostican en mayores de 60 años.

 

 

Etiología Multifactorial

La EII no tiene una única causa sino que se debe a la confluencia de varios factores:

Genéticos: La predisposición genética juega un papel importante, especialmente en individuos con familiares de primer grado afectados. ​

Sistema inmunológico: Una respuesta inmunitaria descontrolada frente a estímulos en la luz intestinal contribuye al daño tisular.

Microbiota intestinal: En el intestino existen millones de bacterias que deben estar en equilibrio. El desequilibrio en la composición bacteriana del intestino puede favorecer la inflamación. ​

Factores ambientales: El consumo de alimentos ultraprocesados, el tabaquismo (especialmente en EC), el abuso de antibióticos en la infancia y ciertas infecciones gastrointestinales son desencadenantes potenciales en individuos predispuestos. ​

 

 

Manifestaciones clínicas

Los síntomas de la EII son variados y dependen del tipo de la enfermedad, pero los más frecuentes y habituales son:

Diarrea crónica, muchas veces acompañada de exteriorización de sangre roja, especialmente en la CU

Dolor abdominal y cólicos que pueden acompañarse de pérdida de apetito y de peso.

Fatiga y cansancio constante.

En algunos casos puede aparecer fiebre no muy alta, sobre todo en el caso de la EC –que puede producir infecciones abdominales–.

Urgencia para defecar con sensación de evacuación incompleta.

 

En la EC puede haber afectación de cualquier tramo del tubo digestivo, desde la boca hasta el ano, pudiendo producir dolor en la boca del estómago, nauseas o vómitos.

 

Además de los síntomas digestivos, algunos pacientes pueden desarrollar lo que se conoce como manifestaciones extraintestinales, que son afecciones y síntomas en otros órganos, como los ojos, las articulaciones o la piel, de tal forma que, muchas veces, los síntomas digestivos pueden aparecer posteriormente.

 

Los síntomas de la enfermedad evolucionan en forma de brotes, donde se alternan periodos de estabilidad en los que el paciente no presenta ningún tipo de síntoma, con otros en los que aparecen todos o algunos de los síntomas descritos anteriormente, variando su intensidad o frecuencia. Aunque es frecuente que estos brotes desaparezcan paulatinamente solos, es necesario una correcta valoración médica y diagnóstico, puesto que la inflamación crónica de cualquier órgano del cuerpo puede traer consecuencias más graves.

 

 

Diagnóstico

El diagnóstico de la EII requiere una evaluación exhaustiva mediante estudios endoscópicos, generalmente una colonoscopia y gastroscopia, si se sospecha una EC con afectación gástrica o de esófago, acompañados de biopsias para confirmar la inflamación y las lesiones. ​ En casos de afectación del intestino delgado se emplean técnicas como la resonancia magnética y la cápsula endoscópica. ​

 

 

Opciones terapéuticas

El tratamiento de la EII es multidisciplinar y se adapta a la gravedad y características de cada caso:

Aminosalicilatos (mesalazina), generalmente más usados en la colitis ulcerosa leve.

Corticoides, usados únicamente en los brotes graves para reducir y mitigar la inflamación de forma crónica, pero que no pueden ni deben mantenerse a largo plazo por los efectos secundarios que tienen.

Fármacos inmunosupresores, como azatioprina y metotrexato, en aquellos casos en los que no se responde correctamente a corticoide y mesalazina.

Fármacos biológicos, como el infliximab o el adalimumab, que son fármacos dirigidos contra las moléculas que producen la inflamación del intestino.

Nuevas moléculas, como los inhibidores de la JAK, que son fármacos orales de rápida acción y que se pueden mantener a largo plazo.

La cirugía está indicada en casos de complicaciones (como inflamaciones segmentarias intestinales o infecciones que provocan accesos). También en caso de falta de respuesta al tratamiento médico. ​

Cambios en el estilo de vida como dejar de fumar y adaptar la alimentación son medidas clave para evitar los brotes y mejorar la calidad de vida.

 

 

Conclusión

La enfermedad inflamatoria intestinal, aunque desafiante, no debe ser vista como una limitación definitiva. Gracias a los avances en el diagnóstico y tratamiento, muchas personas con EII llevan una vida activa y plena. ​ En el Día Mundial de la Enfermedad Inflamatoria Intestinal, es fundamental promover el conocimiento y visibilizar esta condición para mejorar la atención y el apoyo a quienes la padecen.