¿Por qué debemos tomar conciencia sobre el consumo de azúcar?

Sofía Pérez Calahorra

18 de noviembre de 2025

Hablar de azúcar es hablar de uno de los ingredientes más frecuentes en nuestro día a día para la mayoría. Lo consumimos en el café de la mañana, en las bebidas refrescantes, en las galletas, en las salsas y en una gran cantidad de productos que, a simple vista, no parecen dulces. También está de manera natural en alimentos saludables como las frutas, la leche o el pan. Sin embargo, la diferencia entre un tipo de azúcar u otro, no es solo su origen, sino también su impacto en la salud. Por eso, concienciar sobre el consumo de azúcar es una necesidad de salud pública.

Para entender esta necesidad, es fundamental distinguir lo siguiente. El azúcar engloba a varios tipos de carbohidratos simples: glucosa, fructosa, galactosa y disacáridos como la sacarosa, la lactosa y la maltosa. Una parte de estos azúcares está presente de manera natural en alimentos frescos y nutritivos, como frutas, verduras y lácteos. La otra parte corresponde a los azúcares añadidos (aquellos que se incorporan durante la elaboración o preparación de productos alimentarios con el fin de mejorar el sabor, la textura o la conservación). Como azúcares añadidos se incluyen el azúcar de mesa, la miel, los jarabes y los productos obtenidos a partir del maíz, como el jarabe de maíz de alta fructosa. La diferencia puede parecer pequeña, pero es clave, porque estos azúcares añadidos actúan en el organismo de un modo diferente -metabólicamente hablando- a los azucares naturales. Una diferencia esencial es que los azúcares naturales se encuentran dentro de la estructura celular de alimentos como frutas enteras, cereales o verduras y se acompañan de fibra, vitaminas y minerales que modifican su digestión y sus efectos metabólicos.

Comprender estas distinciones es importante ya que el consumo de azúcares añadidos y azúcares libres se ha vinculado, de forma consistente y creciente, con un amplio conjunto de problemas de salud.

En las últimas décadas diversos estudios han revelado asociaciones claras entre un alto consumo de bebidas azucaradas y alimentos ricos en azúcares añadidos con el aumento de enfermedades como la obesidad, la diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, hígado graso no alcohólico, síndrome metabólico e incluso efectos negativos en funciones cognitivas y emocionales.

Esta preocupación no es nueva. La historia muestra cómo el debate nutricional ha ido cambiando con el tiempo. En la década de 1950 comenzaron a aparecer evidencias que señalaban un vínculo entre la dieta y el aumento de enfermedades coronarias. De ese contexto surgieron dos grandes explicaciones: la hipótesis del azúcar añadido, defendida por John Yudkin, y la teoría de las grasas saturadas y el colesterol, respaldada por figuras como Ancel Keys. Durante décadas, la teoría de las grasas saturadas dominó el discurso científico y social, relegando la hipótesis del azúcar a un segundo plano. Esto influyó en la creación de guías alimentarias bajas en grasas que dominaron el panorama nutricional durante casi cuarenta años.

Sin embargo, estudios como el Framingham Heart Study, volvieron a situar al azúcar en el centro del debate. Este estudio comenzó en 1948 y estudio a varias generaciones, y encontró asociaciones entre el consumo frecuente de bebidas azucaradas y un aumento significativo de grasa hepática, así como alteraciones en los lípidos sanguíneos. Estos hallazgos coincidieron con otras investigaciones contemporáneas, sin embargo, parece ser que la influencia de la industria azucarera pudo haber suavizado o desviado la atención de los resultados que señalaban al azúcar como un factor de riesgo relevante.

Con el paso del tiempo, la evidencia se ha vuelto más consistente, especialmente en relación con los azúcares añadidos y las bebidas azucaradas, los cuales se metabolizan rápidamente y aportan muchas calorías sin generar saciedad. Esto ha motivado la creación de recomendaciones específicas por parte de entidades como la OMS, la Asociación Americana del Corazón y el sistema sanitario británico. Todas coinciden en que los azúcares añadidos deberían constituir menos del 10% de las calorías diarias, y lo ideal sería reducirlos a menos del 5%. En la práctica, esto supone no superar los 50 g de azúcar añadido al día en un adulto, y preferiblemente mantenerse por debajo de los 25 g (referencia: 1 sobre de azúcar aporta entre 8-10 g).

 

Entre los motivos más relevantes para promover la conciencia hacía la reducción del consumo de azúcares añadidos principalmente es: el papel del azúcar en el aumento de varias enfermedades crónicas:

La obesidad como pandemia actual, los estudios muestran que las bebidas endulzadas o alimentos procesados ricos en azucares añadidos tienen la relación más fuerte con el aumento de peso que otras fuentes de carbohidratos, porque aportan calorías líquidas, o no producen sensación de saciedad y facilitan un consumo excesivo de calorías. Además, ciertos azúcares, como la fructosa presente en numerosos alimentos como jarabe de maíz de alta fructosa, se metabolizan principalmente en el hígado, lo que puede favorecer el aumento del tejido adiposo y la disminución de la sensibilidad a la insulina.

La diabetes tipo 2, es otra de las enfermedades fuertemente asociadas al consumo de azúcares añadidos. La evidencia ha mostrado que una alta ingesta de bebidas azucaradas y azucares añadidos puede conducir a un deterioro progresivo de la señalización de la insulina y a niveles elevados de glucosa e insulina en ayunas.

En las enfermedades cardiovasculares, también la evidencia ha demostrado relaciones sólidas entre el consumo elevado de azúcar y la alteración de los lípidos, marcadores inflamatorios elevados y un mayor riesgo de cardiopatía coronaria.

Otro problema emergente es la enfermedad del hígado graso no alcohólico, que ha aumentado notablemente en los últimos años y afecta incluso a personas sin exceso de peso. Los estudios muestran que el consumo de bebidas azucaradas está asociado con un incremento en la acumulación de grasa en el hígado y en el tejido adiposo visceral. La razón está nuevamente en la forma en que el hígado metaboliza la fructosa, que se convierte con facilidad en grasa a través de un proceso llamado lipogénesis de novo.

Más allá de los efectos metabólicos y físicos, el azúcar también puede influir en la función cognitiva y el estado de ánimo. Aunque el cerebro utiliza glucosa como su principal fuente de energía, un consumo excesivo y prolongado de azúcar se ha relacionado con deterioro de la memoria, problemas de concentración y mayor riesgo de demencia. La exposición a dietas ricas en azúcar durante etapas vulnerables como la adolescencia o el embarazo también podría tener efectos negativos duraderos en el desarrollo cognitivo. Se han propuesto varios mecanismos, pero la neuro inflamación, alteraciones en el hipocampo y cambios en el microbioma intestinal, parecen ser los mecanismos causantes. En cuanto al estado de ánimo, algunos estudios han vinculado las dietas altas en azúcar con síntomas depresivos, ansiedad y alteraciones en las vías de recompensa del cerebro.

 

En definitiva, la evidencia científica actual muestra un panorama claro: el consumo elevado de azúcares añadidos, especialmente en forma de bebidas azucaradas y jarabes ricos en fructosa y azúcares añadidos en multitud de alimentos, tiene impactos negativos importantes y bien documentados en distintas áreas de la salud. Tomar conciencia sobre su presencia en nuestra dieta y sobre sus efectos no significa eliminar por completo los alimentos dulces, sino comprender su papel, distinguir los azúcares naturales de los añadidos y tomar decisiones informadas para proteger la salud a largo plazo. Al final, la clave no está en demonizar el azúcar, sino en conocerlo, reconocerlo y consumirlo con moderación.