¿Roncar o dormir? Conviviendo con apnea del sueño

Francisco José Navas-Cámara

14 de marzo de 2025

En mi familia a nadie le ha extrañado que se ronque cuando uno duerme, ya sea en la siesta o durante el sueño nocturno. Se podría decir que ha sido una tradición familiar durante generaciones. Incluso en más de una ocasión se ha bromeado sobre el hecho, habiendo llegado a grabar coros de ronquidos con el consiguiente cabreo de los “cantantes” cuando escuchaban la melodía, prueba fehaciente del escándalo sonoro. La cuestión se vuelve preocupante cuando compartes el lecho con tu pareja que es quien tiene que sufrir las estridencias que emite el buen durmiente, que además normalmente no es consciente de que está roncando, y que interfieren seriamente el buen descanso de quien le acompaña. El problema se incrementa cuando la pareja sufridora, que no puede conciliar el sueño, se da cuenta de que el roncador, en ocasiones, deja de respirar por un periodo prolongado de tiempo, segundos desesperantes e interminables en los que parece que el roncador ha fallecido. Afortunadamente, la respiración se recupera, y el individuo sigue durmiendo de forma más o menos apacible, recuperando los ronquidos, aunque el episodio de dejar de respirar se puede repetir con una frecuencia variable a lo largo del descanso. Esos episodios se conocen como “Apnea del sueño” y afectan alrededor del 4 % de los adultos.

Cuando dormir no es descansar: los síntomas que ignoré

Acabo de describir mi historia personal en relación con la Apnea del sueño, de la que yo no era consciente, hasta que mi pareja me lo comentó. Yo me sabía roncador, pero no tenía la sensación de dejar de respirar. Ella sí lo había detectado y en ocasiones se había asustado porque las pausas se prolongaban en el tiempo, a veces hasta 20 segundos. Cuando yo despertaba por la mañana no me sentía cansado, que es uno de los síntomas de esta patología, y podía desarrollar mi actividad con normalidad. Sin embargo, en mi vida diaria había indicios que apuntaban a un mal descanso nocturno que solo se podían atribuir a la Apnea del sueño.  Durante la noche, muchas veces sentía, sequedad de boca, interrupción brusca del sueño y palpitaciones intensas del corazón, probablemente debido a llevar unos segundos prolongados sin respirar. Esto se acompañaba de tener que ir a orinar dos o tres veces por la noche, circunstancia que se podía atribuir a la próstata, aunque no era el caso. Durante el día existía cierta tendencia a la somnolencia, cuando leía, o estaba viendo la televisión. Pero lo más preocupante, y que hizo saltar las alarmas, fue la tendencia a dormirme conduciendo. Siempre, antes de emprender un viaje, especialmente por la tarde y después de comer, tenía que dormir, aunque solo fueran 30 minutos para asegurar que no iba a dar cabezadas conduciendo. Eso me ha ocurrido en tres ocasiones y, aunque dura menos de un segundo, es una sensación absolutamente desagradable de pérdida de control y difícil de evitar. La somnolencia se apodera de la situación y entras en un sopor progresivo, que solo se detiene parando el coche y despejándote, porque si no corres el riesgo de ocasionar un accidente grave.

En busca de soluciones

Comentada la situación con la especialista, me pasó una batería de preguntas que dieron como resultado un índice de riesgo elevado que aconsejaba un estudio del sueño, una prueba que realicé de forma ambulatoria en casa. Consistía en monitorizar durante una noche: la presión arterial; la saturación de oxígeno (con esa pinza que te ponen en el dedo); y mediante unas “gafas respiratorias”, como las que ponen con el oxígeno, conectadas a un sensor, comprobar el ritmo respiratorio y las posibles paradas durante el sueño. La prueba no me pareció molesta y me dejó dormir. Los resultados fueron abrumadores y concluyentes. Padecía una Apnea del sueño severa de tipo central, eso quiere decir que no se debe a obesidad (muchas veces causante de este problema) sino que se debe a una falta de estimulación de la función respiratoria desde el sistema nervioso. Se detectó un número de paradas respiratorias nocturnas excesivo y las repercusiones sobre el funcionamiento del corazón en forma de taquicardias, de alteración de la presión arterial y de falta de aporte de oxígeno a los órganos podía resultar muy grave. Además, esas pausas respiratorias justificaban la somnolencia diurna y la tendencia al sueño conduciendo. Como la apnea, en mi caso, no es obstructiva, es decir no está provocada por la obesidad, no era cuestión de ponerme a dieta, que puede ayudar a mejorar la sintomatología, y la única herramienta terapéutica eficaz era aplicar “la máquina”, conocida como CPAP (del inglés “continuous positive airway pressure, presión positiva continua en la vía aérea). Este aparato suministra continuamente a las vías respiratorias aire a una presión más alta que la ambiental, de forma que las vías no colapsan y se mantienen abiertas, facilitando la respiración y evitando las apneas. Se consigue mediante una mascarilla aplicada solo a la nariz o conjuntamente a la nariz y la boca, dependiendo del patrón respiratorio de cada paciente. En mi caso la mascarilla es solo de nariz.

No me ha costado adaptarme al aparato, llevo ya 5 meses con él y mi pareja dice que no ronco ni detecta paradas respiratorias. El ruido del aparato es un susurro, ni a ella ni a mi nos molesta. La mejoría es significativa. Duermo habitualmente sin interrupciones. No me levanto a orinar a mitad de la noche, los despertares con sobresalto prácticamente han desaparecido, la somnolencia diurna también y la que se producía conduciendo ya no la siento. Las revisiones son periódicas y en el último control los episodios de apnea registrados por el aparato se han reducido a prácticamente la normalidad. Es decir, la terapia con CPAP está resultando efectiva y está previniendo problemas cardiorrespiratorios y vasculares potencialmente graves. Estoy contento. Los únicos inconvenientes son: la parafernalia nocturna de ponerte la mascarilla y conectarte al aparato, que acabas pareciéndote a un astronauta; y que tienes que viajar con él a donde quiera que vayas, para que la terapia sea efectiva. Pero está claro que las ventajas superan a los inconvenientes y más vale prevenir que curar. Hay que buscar mantener una buena salud y evitar que tu entorno pueda sufrir las consecuencias de tu enfermedad.