Sedare dolorem opus divinum est

Javier Martín Herrero

 16 de octubre de 2025

Viernes, 16 de octubre de 1846.

 

Hospital General de Massachusetts, Boston, Estados Unidos de América.

 

William Thomas Green Morton administra un gas anestésico a Edward Gilbert Abbot, paciente de 20 años, que fue intervenido por el cirujano John C. Warren para la extracción de un gran tumor submandibular. Al despertar de la cirugía, no dejó ninguna frase famosa para la posteridad, pero sí se sintió sorprendido al no haber sentido dolor durante el proceso.

 

Esta fue la primera demostración pública exitosa del uso del éter como anestésico quirúrgico. Hasta esa fecha nadie había experimentado una cirugía sin dolor estando consciente.

 

¿Nadie?

 

Para conocer el inicio de esta carrera nos tenemos que remontar casi tres siglos atrás. No fue hasta 1540 cuando Valerius Cordus, médico, farmacéutico y botánico alemán, explicó en su obra Liber Quartus de arte conficiendi aquas que al destilar etanol con ácido sulfúrico se obtenía lo que él denominó oleum dulce vitrioli. El término éter no se acuñó hasta el siglo XVIII. En sus primeros años se empleó como solvente y, en medicina, para mitigar dolores y espasmos. A principios del siglo XIX, debido al estado de embriaguez, euforia y desinhibición que provocaba, se empezó a ingerir como bebida, lo que se conoció como las ether frolics o fiestas de éter.

 

A finales del siglo XVIII destaca la figura del químico inglés Joseph Priestley, prolífico estudioso de ciencias, arte, educación, teología y política, aunque fue en la química y en el estudio de los componentes del aire donde más profundizó.  En 1772 Priestley seguía con sus experimentos de química. Calentó nitrato amónico que, al descomponerse, liberaba óxido nitroso. Para él era aire inflamable, aunque realmente no es así. Simplemente favorece la combustión al tener en su composición oxígeno. Veintisiete años después, en 1799, Humphry Davy, discípulo suyo, fue quien inhaló este gas (Priestley no lo hizo) y describió sensaciones de euforia y analgesia, sugiriendo que podía usarse para aliviar el dolor en la cirugía. Sin embargo, no fue así y, del mismo modo que ocurrió con el éter, su uso derivó hacia fines recreativos, vigentes aún hoy en día, como lo demuestra la publicación del Ministerio de Sanidad de 2023 al respecto.

 

Y nos acercamos al tercer gas en discordia. El cloroformo se sintetizó casi al unísono por tres equipos distintos entre 1831 y 1832: Guthrie en Estados Unidos, Souberain en Francia y Von Liebig en Alemania. En 1841 se empezaron a realizar experimentos en animales, pero no fue hasta 1847 cuando un ginecólogo escocés, James Young Simpson, empezó a emplearlo en obstetricia. La primera paciente fue la mujer de un amigo suyo, y tan maravillada quedó con los efectos del gas durante su parto, que decidió llamar a su hija Anaesthesia. Este fue el primer parto sin dolor de la historia. Sin embargo, debido a su toxicidad —ya en 1848 se informó de la primera muerte asociada a su uso— y al puritanismo reinante en el Reino Unido, que apelaba a la maldición bíblica recaída sobre Eva (“Multiplicaré en gran medida tus dolores y tus preñeces, y parirás a tus hijos con dolor”), la práctica fue inicialmente rechazada. No obstante, cuando el ginecólogo de la corte inglesa, John Snow, administró este gas durante el parto del séptimo hijo de la reina Victoria, se aplacó la oposición de los sectores más integristas y la anestesia comenzó a ser reconocida como un importante avance social.

 

No obstante, las figuras más importantes que nos llevan a octubre de 1846 fueron Horace Wells y William T.G. Morton.

 

Horace Wells, que tenía una clínica dental en Hartford (Vermont), experimentó con el óxido nitroso al dejarse extraer una pieza dental por un colega suyo sin sentir dolor. Decidió no patentar su descubrimiento, arguyendo que verse libre del dolor debía ser tan gratuito como el aire.

 

Pero ¿cómo llegó este gas hasta él? A través de la serendipia … y del circo Barnum. Durante una demostración de su uso lúdico, Wells observó que un vecino, Samuel Cooley, tras inhalar el gas no refirió ningún tipo de dolor pese a sufrir una herida considerable en su pierna al caerse, mientras permanecía en un estado total de euforia.

 

Wells fue, de este modo, el primer paciente en ser intervenido bajo anestesia, y utilizó el óxido nitroso de forma prolífica en su clínica. En 1845 intentó reproducir sus experiencias en el Hospital General de Massachusetts, pero eligió mal al paciente, quien comenzó a gritar de dolor en plena amputación. Ante tal fracaso, abucheado por el público allí congregado, abandonó la odontología.

 

Fue un discípulo suyo, William T. G. Morton, quien tomó el relevo. A diferencia de Wells, y aconsejado por su amigo y mentor, el químico Charles T. Jackson,  empleó éter dietílico. Con los permisos pertinentes por parte del hospital, realizó la demostración frente a médicos y estudiantes de medicina en el anfiteatro que hoy se conoce como Ether Dome. Aquel 16 de octubre pasó a la historia de la medicina como el momento del nacimiento de la anestesia moderna.

 

El destino de ambos dentistas no fue todo lo reconocido y laureado como se podría pensar.

 

Horace Wells, tras abandonar la práctica médica, se dedicó a viajar y a los negocios. Se volvió adicto al cloroformo y, bajo sus efectos, roció a dos prostitutas con ácido. Fue encarcelado en Nueva York, donde se quitó la vida cortándose las venas.

 

Por su parte, William T. G. Morton no siguió mejor camino. De extraña personalidad, denominó al gas empleado como Letheon para poder lucrarse por su patente. Sin embargo, finalmente tuvo que reconocer que la sustancia empleada era el ya conocido éter. Arruinado por pleitos y abogados en su vano intento de ser reconocido como descubridor de la anestesia, murió loco y en la más absoluta pobreza en 1868, a la edad de 49 años.

 

En su tumba en Mount Auburn (Watertown) reza el siguiente epitafio:

“William T. G. Morton, inventor y revelador de la inhalación anestésica. Antes de él, en todos los tiempos, la cirugía era la agonía. Gracias a él, el dolor quirúrgico se impidió y suprimió. Desde él, la ciencia controla el dolor”