La controversia de la coerción en salud mental

La controversia de la coerción en salud mental

Carlos Navas Ferrer

24 de julio de 2024

¿Qué es …?

El espectro de las prácticas coercitivas es amplio y abarca desde interacciones sutiles hasta demostraciones de fuerza manifiesta. La convicción, la persuasión, la presión, la negociación, el tratamiento forzoso, el aislamiento, el ingreso involuntario o la contención mecánica son algunos ejemplos.

La Asociación Española de Neuropsiquiatría en ‘Coerción y Salud Mental’ define la coerción como “la práctica habitual en la asistencia actual en Salud Mental que consiste en administrar tratamientos en contra de la voluntad de quienes los reciben, acompañados de otras medidas que limitan su autonomía, basándose en una orientación que pretende disminuir los riesgos de la persona y también de la sociedad, y que habitualmente implica una definición externa del sufrimiento personal”.

Estas prácticas, lejos de disminuir, han visto aumentada su frecuencia en los últimos años. De hecho, Christopher Munt, profesor universitario y persona con experiencia en salud mental, explicaba en un artículo publicado en ‘Mad in (S)pain’ que había visto sufrir a otros pacientes a manos de los profesionales:

“He sido testigo de cómo se sujetaba a la gente por la fuerza, se la aislaba y se la sedaba. He tenido que escuchar cómo los profesionales difamaban, amenazaban e intimidaban a las personas que atendían”.

El panorama internacional es muy variado al respecto. Países como Reino Unido o Islandia tienen leyes muy restrictivas en este sentido, lo que contrasta con la situación de España que no tiene una normativa que regule estas prácticas y la lucha contra esta lacra se realiza desde el activismo de algunos profesionales, pero, sobre todo, de las personas que sufren este tipo de vejaciones. Algunos ejemplos de este activismo son los movimientos asociativos de ayuda mutua como Flipas GAM, Orgullo Loco Madrid, Colectivo Lo común o Hierbabuena; o asociaciones de profesionales como la Revolución Delirante; o con campañas como #0Contenciones o el manifiesto de Cartagena.

¿Por qué ocurre …?

La psiquiatra Laura Martín apunta en una de sus charlas TedTalk que para entender las causas de la coerción debe mirarse atrás, al origen de la psiquiatría. Según esta psiquiatra la psiquiatría nace como un instrumento de poder, supuestamente científico que intenta delimitar ese lugar que existe entre lo “normal” y lo “anormal”. Esta separación se hace, fundamentalmente, a través del diagnóstico. Un diagnóstico que impone un discurso y provoca una relación asimétrica que busca la docilidad y la sumisión del paciente al que se le pueden organizar sus necesidades por encima de su autonomía y libertad.

Recientemente, asistí a unas jornadas sobre ‘Derecho y Salud Mental’ con la expectativa de hallar algún avance en este sentido. Sin embargo, la decepción fue mayúscula cuando, en boca de un reputado psiquiatra, escuchaba frases como: “La enfermedad es lo que dice el psiquiatra”; acompañada, de otras que apuntan hacia una comprensión exclusivamente biologicista del sufrimiento humano.

Pero, la coerción ¿es útil?

La evidencia sobre la utilidad de estas prácticas, en concreto el aislamiento y la contención mecánica, es inexistente o negativa. Sin embargo, sí se han demostrado graves efectos adversos que desaconsejan su uso.

¿Existen estrategias eficaces y viables para reducir la coerción?

. Evidentemente no son sencillas, al menos en la práctica. Sin embargo, son posibles. Según un artículo de Begoña Beviá y Manuel Girón las ‘dianas terapéuticas’ frente a la coerción serían limitar los ingresos involuntarios mediante intervenciones basadas en el respeto a la autonomía como los planes de crisis o de voluntades anticipadas; prevenir la coerción en las unidades psiquiátricas de hospitalización mediante programas como Six Core Strategies© o Safewards©; y el encuadre de las intervenciones en modelos asistenciales incompatibles con el ejercicio de la coerción como, por ejemplo, el Modelo Tidal de Phil Baker.

En la misma línea, una publicación de ‘Pikara Magazine’ menciona, como alternativa, las “casas de crisis”, dispositivos que pretenden un cambio de filosofía asistencial para acompañar mejor, con ingresos abiertos y voluntarios, apoyo entre pares y relegación, como mínimo a un segundo plano, de los psicofármacos y otros elementos del abordaje “tradicional”.